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Violencia de géneroViolencia de género / Mujer invisible

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El niño de hoy en día
Maltrata a las mujeres
Después que las insulta
Dice que las quiere.

Canción “El niño de hoy en día”,
del grupo Dame Pa Mátala.

Joven o vieja, negra o blanca, india o mestiza, pobre o rica, intelectual o analfabeta, las mujeres venezolanas han sufrido algún tipo de violencia. Las damas de esta época traen consigo la herencia de la intimidación. En nuestro país el género femenino camina confiado por los senderos de la modernidad, es considerada la heroína del siglo XXI, fuerte y delicada, inteligente y sensual, activa y oportuna, segura y protegida, no importa la edad porque todas son iguales ante el amparo y desamparo de las fórmulas legales y morales. La violencia no sólo se expresa en la agresión física, también se es atentada desde el comentario jocoso, el halago inoportuno y grosero, el comentario fuera de lugar, que de una u otra manera desdibuja la feminidad y que se permite atropellar la intimidad; una frase como “Bonitos pantalones, quedarían muy bien en el suelo de mi dormitorio”, según su contexto social podría considerarse una seria agresión sicológica, y según su frecuencia una situación de acoso o violencia sexual.

Sin embargo, es oportuno aclarar que en la mayoría de nuestros hogares la mujer venezolana es educada para vivir, convivir, aceptar y justificar las situaciones de agresión bajo diversas premisas. Es muy común escuchar dentro de un hogar expresiones tales como: “Algo tienes que haber hecho para que te castigue así”; observemos que en muchos casos la violencia verbal (palabras hirientes, ofensivas y punitivas) es parte de la cotidianidad así como los metamensajes de sumisión, autosuficiencia y justificación; en un extremo se da la permisibilidad para la agresión, mientras que en el otro se le resta importancia, se oculta, se pasa la página, y esto contribuye a que el problema no desaparezca y, en muchos casos, surjan nuevas víctimas,las cuales repiten: “A veces se porta mal pero ya se lo he dicho: le quiero”.

Es la violencia un problema de todos, porque nadie escapa a este flagelo o epidemia social; el caballero de la corbata hiere y amenaza a la esposa, el chofer le lanza el dinero a la usuaria, la insulta, la amenaza, mi compañero de trabajo le atraviesa el auto a la que supone mujer porque lleva flores en el parabrisas, en muchos espacios crece la intimidación, y de las palabras se va a la acción premeditada, la cual podría desembocar en tragedias mayores. Hoy me surge una interrogante: ¿cómo controlamos al bravucón?, o ¿deberíamos multar a la provocadora? que aunque está “protegida”, y ésta se dice a sí misma que es dura como el diamante, termina regularmente con la fragilidad del cristal.

Históricamente son muchos los ejemplos que podríamos citar para ilustrar situaciones donde la pérdida del control, la infracción verbal y las medidas inadecuadas han desembocado en encuentros desafortunados donde las féminas regularmente llevan las de perder.

La mitología griega recrea el caso de Hércules, cuyo castigo es ser el más fuerte de todos; este personaje es producto una relación ilícita entre Zeus y Alcmena, y a quien Heras (esposa de Zeus) enloquece en sus sueños y termina matando a su esposa Megara junto a sus hijos.

¿Es acaso esta narración sólo producto de la imaginación popular o será la recreación de muchas escenas que se repiten desde tiempos inmemoriales y que aún persisten en el siglo XXI? Si no recordemos a Jénnifer Carolina de Valero, a quien su compañero supuestamente le quitó la vida, luego de muchos episodios y encuentros violentos, donde quizás se acomodó la expresión cómplice: “Quien bien te quiere te hará llorar”, o mejor “Los que se pelean se desean”; pues nada de esto es cierto, ellos se fueron en medio de la tragedia, y sólo nos queda la reflexión de que pudo haberse evitado que el “síndrome de Hércules” atrapara al Inca Valero.

Asimismo coincidimos con Sònia Valiente cuando señala que la lucha contra la violencia debe enfrentarse desde todos los flancos, y por ello debemos cuidar nuestro lenguaje porque estas expresiones subyacentes se acomodan y hasta se llega a creer ciertas, ya que “estas expresiones, además de ser machistas... inducen directamente a la agresión, al maltrato, a la vejación de la mujer”.

En Venezuela dos casos impactan cuando han salido a la palestra pública, el primero se devela ante la historia y el segundo ante los medios de comunicación, iniciamos contando que una mujer joven demanda a su marido por golpearla sin clemencia cuando éste bajo engaño la invitó a una fiesta, confiesa que luego de ser víctima de este ultraje es abandonada hasta que las autoridades le rescatan y le brindan auxilio, ella se niega a volver con él, esta señora sería demandada y perseguida por varios años, Dominga Aces (1796) en la obra La palabra ignorada, de Inés Quintero. Mientras que en el otro la mujer es secuestrada, mutilada y sometida a la privación de su libertad, nunca volverá a ser la misma, porque sus cicatrices internas y externas le han causado discapacidades; ella acusó a su supuesto agresor, sin embargo después de luchar nadie resultó culpable, Linda Loaiza Soto (2007), en “Linda Loaiza: ‘La mujer no tiene derechos’ ”.

Luchadora y vencida, triunfadora y fracasada, virtuosa y prostituta, todas tienen en común que han sido maltratadas; hay violencia con la mujer que ha sido abandonada y sola con sus hijos intenta salir adelante, la que sufre burlas por sus creencias religiosas, la que sufre críticas ante la expresión de su soledad, la discriminada por sus condiciones étnicas o por sus limitaciones físicas; no seamos cómplices y trabajemos en la búsqueda del respeto por la diversidad de género; la mujer venezolana debe sentirse orgullosa no por ser igual al hombre ni por alcanzar sus mismos derechos, debe sentirse orgullosa de ser diferente y sobre las bases de ese contraste desarrollar sus propios logros, entre ellos medidas que realmente nos protejan de la violencia de género.

 

Referencias