Santiago Gamboa nació en Bogotá en 1965. Estudió literatura en la Universidad Javeriana de Bogotá, en la Universidad Complutense de Madrid y en La Sorbona. Ha sido periodista; se ha destacado por su labor en Radio Francia Internacional y como corresponsal de El Tiempo, de Bogotá. Sus escritos periodísticos han aparecido en diversos periódicos y revistas de América y Europa.
Su obra literaria ha sido traducida a más de una docena de idiomas y una novela como Perder es cuestión de método, de 1977, ha sido llevada al cine. De igual modo, una productora italiana adquirió los derechos del relato “Tragedia del hombre que amaba en los aeropuertos”, de 1999. La novela Los impostores, de 2003, ha sido traducida a dieciséis idiomas. En 2004 aparece su libro de relatos El cerco de Bogotá; anteriormente había salido, en 2001, Octubre en Pekín, narración de viajes. En el 2007 El síndrome de Ulises fue finalista del premio Rómulo Gallegos, cuyas versiones al francés y al portugués se recibieron como finalistas, respectivamente, en los premios Medicis, de la mejor novela en Francia en el 2007, y Casino de Povoa, en el 2008. Necrópolis fue ganadora del premio La Otra Orilla en el 2009.
Necrópolis está dividida en tres partes. La primera nos lleva al Congreso Internacional de Biógrafos y de la Memoria a celebrarse en Jerusalén de la mano del personaje narrador, unitario y espectador, que sirve como un centro desde el cual se nos presentarán las diversas entidades que pueblan la obra. Éste se mantendrá comentando los testimonios y entrelazando los hechos narrados.
El personaje se reconoce a sí mismo como periodista radial, corresponsal y novelista que reside en Europa desde hace más de veinte años (p. 19); afirma que no ha escrito nada semejante al “género” biográfico; que se está recuperando de una enfermedad pulmonar, e insiste en fumar. Inmediatamente nos advierte sobre el tipo de invitados que encontraremos en el Congreso: “Los invitados y sus estrafalarias vidas parecían sacados de obras de Tennessee Williams, esos dramas portuarios donde todos están ebrios y desesperados, donde mujeres y hombres se anhelan con violencia y todo es profundamente trágico...” (p. 27).
Con esas indicaciones biográficas sobre el narrador e indicaciones sobre sus gustos literarios, los que nunca faltarán en toda la obra de forma directa e indirecta sobre obras como las de Roberto Bolaño, Poe, Graham Greene, Borges, Adorno, Deleuze, Cortázar, León de Greiff... entramos al fascinante mundo de José Maturana, venezolano, panameño, cubano, latino de Miami, dominicano y boricua, negro, zambo, indio, mestizo, latinoamericano (p. 31). Acostumbrado a la suciedad, al crack y a los golpes, Maturana, experto en el lenguaje oral, se transformó al conocer al reverendo Walter de la Salle, versión caribe de Jesucristo, voluntario en los hospitales y prisiones, también conocido por Ebenezer J. de la Salle, apellido de su padre adoptivo, o como Freddy, José de Arimatea. Junto a Walter y a la señorita Jessica se formará un ministerio, un nuevo orden religioso al que se aficionarán centenares de devotos.
Luego de esta primera aparición de José Maturana nos enteramos del viaje a Jerusalén, de lo incómodo de la llegada, del ambiente hostil ante soldados con metralletas, y de innumerables check points. Subsecuentemente conoceremos a Leonidas Kostolanyi, al bibliófilo Edgard Miret Supervielle y a Sabina Vedovelli, quienes van haciendo aparición entre sacudidas de explosiones e intercambio de experiencias. Se intercala también a la trama Marta Joonsdottir, reportera islandesa. Volvemos en sucesiones de capítulos a la intervención de Maturana, quien nos informa del auge y caída del Ministerio de la Misericordia, de aquel ángel encarnado llamado Walter que se vuelve una especie de Charles Atlas. Más tarde se convertirá en magnate religioso con guardaespaldas y arcas repletas de millones de dólares. De ese mundo Maturana renegará para llevar una vida literaria llenándose de libros y contemplando de lejos la vida de Walter, sus samuráis amantes y a Jessica, la seguidora.
Tal como hizo Ron Hubbard, José redacta las palabras de Walter en unos textos exitosos y en la cúspide de la obra el Ministerio incursiona en la televisión e intenta conquistar Hispanoamérica, hasta que todo termina como terminó Jimmy Jones o como el caso de Waco, Texas. Walter desapareció, jamás volvió a saberse de él. Antes le dejó una jugosa cuenta a Maturana.
Posterior a este relato está la historia de los afectados por los paramilitares colombianos, las empresas Kaplan, judíos colombianos. Luego comienza la búsqueda detectivesca del supuesto asesino de José Maturana, quien decide, según la versión oficial de las autoridades, suicidarse, al acabar su intervención en el Congreso. Después del suicidio Maturana seguirá presente hasta el final ya que el narrador se convence de que fue asesinado y que detrás de ello están Walter y Jessica. Ésta reaparece en Jerusalén, ahora seguidora de un templo copto.
Ni Ferenck Oslovski, ni Gunard Flo, ajedrecistas de la Europa Central, cuyas historias se entretejen luego de la de Maturana, de forma novedosa, uniendo el discurso bélico con el ajedrez, ni Moisés Kaplan, que logra escaparse de los paramilitares mediante una trama muy original que inventa sobre Ramón Melo García valiéndose de la narración de El Conde de Montecristo, logran opacar el interés en descifrar la verdadera historia de Maturana, por quien el narrador recorre cielo y tierra. Tampoco nos substraen de dicha historia las confesiones de Sabina Vedovelli, italiana que fue a vivir a México cuando era adolescente porque su madre se volvió la mujer de un famoso capo. Vedovelli pasea por el mundo de la droga, la prostitución, el alcohol y la pornografía al revelarnos su vida. Melo García y Vedovelli triunfan contra sus captores y perseguidores. Ambos cumplen el sueño de hacerse ricos, uno en Panamá mediante sus negocios, otra en el cine porno, de lo que confeccionará una estética sobre el sexo multiétnico y multirracial que acabará con las ideas raciales preconcebidas, ética de amor por el cuerpo y los tejidos cavernosos concebida como la más alta y atrevida revolución actual (p. 383).
Al final la obra se cierra sobre la figura de Walter Maturana, acerca de quien Vedovelli comisiona al narrador para que escriba una historia de la que producirán un filme. La obra concluye que la muerte de Maturana fue, efectivamente, un suicidio. Se revelan los secretos de Maturana y terminamos en la isla paradisíaca que Maturana utilizaba para recrearse.
La obra nos ofrece muchos temas, nos incita en casi toda palabra y hecho que recrea; la vida contemporánea se demuestra desde ángulos diversos, a veces extraños, inciertos e hiperbólicos, como la vida misma. Es como un carnaval por el que el rey Momo, personaje que lleva al narrador por Jerusalén, nos demuestra las locuras y las exageraciones destructoras de las comparsas humanas. Es una voz de alerta que no deja de ser apocalíptica. La Nueva Jerusalén Bíblica y La divina comedia se conjugan para alertarnos sobre el futuro del planeta, un planeta que ya es el infierno mismo, una necrópolis. Un planeta dividido en barrios por entre los cuales se ve la entrada a la ciudad vieja “donde sonarán las Trompetas del Juicio Final...” (p. 371) el mundo entero es una necrópolis mutilada por paramilitares, capos de la droga, reyes del porno, falsos profetas, suicidios, montañas de basura en las esquinas para que los gallinazos hundan “su pico en busca de residuos”. Esta necrópolis planetaria parece “conservar en su memoria de siglos algo de fuerza para resurgir”. La vida no se ha acabado todavía.