Llueve en la ventana
Llueve en la ventana. Si doy unos pasos descubro que en la calle también llueve, que afuera la gente se aprieta y circula en surcos, y me parecen células en sus canales o el tráfico lento del horizonte. Me tumbo en el suelo y miro una silla. Observo en su pata una recta empeñada en serlo, hasta que se vuelca con la misma firmeza en otra recta. Si me levanto, la lanzo con violencia contra la pared, rompiendo en pedazos sus líneas originales, creando otras, otros pequeños y enrevesados empeños. Y descubro que mi creación no viene del deseo de cambiar la vida, sino del profundo anhelo de entrar volando en ella.
Un solo amarre, un solo poder
Cae el tiempo en el espacio azul de la meditación. El sol, con paso de elefante, abrasa las piedras y borra los puntos cardinales. Los planetarios y los grabados en la sangre. Con paso de elefante, sin alegría y sin dolor, el astro devastador se lleva todo menos lo que no puede quemar.
Revelación del joven poeta
Hacía días que nadie entraba ni salía de la habitación del joven, hasta que algo se rompió en mil pedazos. La madre, que había consentido en no molestarlo a pesar del pulular y de los lamentos nocturnos, entra al fin, y lo encuentra sentado en el suelo, ensimismado junto a un viejo tambor cuya piel presiona fuertemente con el dedo índice. La madre, silenciosa, besa sus manos y el cabello empapado, lo acompaña a la cama, mete en una bolsa el retrato esparcido de la joven y guarda el tambor en el armario. En la cena, el padre sugiere que se trata de una elección, de la apuesta definitiva del joven por la carrera musical. La hermana mayor dice que es el mal de amores, pues pretendía rasgar el tambor con la uña de pura rabia. El hermano menor no sabía de la existencia del dorado tambor y sólo piensa en cogerlo y aporrearlo sin piedad. El joven, a oscuras en la cama, permanece despierto, absorto en su descubrimiento. Ninguna mujer, ningún rostro puede ser mi destino. Apuntaré con todas mis fuerzas a una sola cosa, la más alta que pueda concebir. Y la piel del mundo se curvará y seguirá a ese punto de presión.
Elegir una profesión
Estudiar al amanecer el vuelo de los pájaros. Apuntar a la radiografía de una falange rota en la pizarra luminosa. Chapotear entre manuales para la venta de placas solares. Labrar un terreno con las propias manos. Padre, con todo el respeto, ya fui todo eso en parábola desde la tragedia y el dolor hasta la alegría, el sarcasmo, el recuerdo, el olvido, el recuerdo. Deja que reviente la máquina registradora de una vez por todas. Mi libertad elige la ciencia del cristal. Déjame, pues ya está decidido. Me he vuelto austero y silencioso como un gato. Mi interior sostiene la larga campanada que suena después de la última, así que estoy preparado para encontrar los hilos que conducen a la falange luminosa. La ciencia del viento solar que empuja el corazón, tensa las velas, y nos apunta hacia otro mar y otro cielo más reales.
Ante el espejo roto
¿Por qué sólo lo mío, sólo mis palabras en esta habitación? Si aparto el espejo se abre una ventana. Por ella se cuelan enredadas voces de ultramar y la voz del vecino, así como el blanco y el azul interminables. Viento viajero indomable, tráeme a los hombres y a las mujeres, tráeme aquí sus voces solistas de todos los tiempos. Tráeme también, si puedes, las voces solitarias y las de fuera del tiempo, pues ya no soy autor de brazo partido y tortícolis, sino canalizador de un coro universal desde mi balcón abierto.
Aquí y ahora
Antaño hubo poetas y grandes voces se alzaron, mas el fenómeno poético es ahora o nunca será. Nada existe si no se congrega aquí y ahora, conmigo, en este latido y en este arrabal de adobe abrasado por el sol. Con este conocimiento, ¿qué más puedo pedir que esta desolación? ¿Dónde comienzan las glorias? Si la hoja muerta del suelo contiene fibras que llevan al corazón del árbol del pan, entonces todo es pan.
Hermanos
El huérfano acecha el folio en blanco como una hiena. Más adelante se plegará a los editores y romperá el cristal de un escaparate para dar publicidad a su libro si es necesario, pues en la manifestación de su intransferible y doliente Parnaso le va la vida. Si lo miro de cerca veo que le sangran las encías por ganar posición ante los demás, por conquistar la libertad económica, y por las mujeres, pues el huérfano necesita que lo amen para amarse a sí mismo. El que tiene padre se acerca al folio en blanco como un niño amado incondicionalmente. Para él la literatura es aura y extensión natural de ese amor, además de herramienta para profundizar en el mundo y en la fuente original de la que procede. Consciente de que toda herramienta es siempre menos que el herrero, escribir para él es lo mismo que meditar bajo los pinos, nadar en el mar, cocinar para los amigos, cazar mariposas, o perder el tiempo en general.
Circuito
¿Abrir completamente los ojos y ser todo tensión y concentración como el piloto de carreras? ¿O cerrarlos por completo y dejarse caer como el meditador que entrena su nada en el centro del circuito? Más bien ser espectador, el contenedor de los dos, el que encuentra y registra su simetría polar, o el que lee estas notas en su estancia tranquila, con los ojos entornados, como sucede en la auténtica meditación.
Amor y fuego
Me preguntas si debes empezar por amarte a ti mismo o amar a los demás. Yo digo que no hay diferencia. Un ascua puede ser una hoguera, y una hoguera puede encender otras incontables y extenderse a los horizontes hasta prender el mundo. Pero todos los fuegos son el mismo fuego. Y tu pregunta significa que has despertado un ascua, que el fuego ha comenzado.
No hay puertas
No hay puertas para la onda del amor, que atraviesa piel y piedra, disuelve los velos y alcanza todas las dimensiones. No hay puertas. Mas este atravesar es efecto óptico y mera apariencia, pues el amor es también la partícula que siempre estuvo allí, vibrando en el centro de las primeras cosas, antes de que inventaran las puertas, antes de que aprendieran a posarse las miradas, mucho antes, quizá, de que las cosas fueran.