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PolíticaCultura política: ¿miedo o esperanza?

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En este mundo actual, interconectado e interdependiente, cuando un país no tiene cultura política no puede concebir ni construir su propio futuro, su propio futuro mejor. No puede proyectarse pacífica ni armoniosamente en el tiempo por vivir generando nuevos presentes y nuevos futuros a la medida de sus necesidades y anhelos.

En tal caso la vida sociopolítica discurre polarmente, mejor dicho, bipolarmente, con un esquema de opciones contradictorias y absolutistas, de extrema oposición, que se excluyen mutuamente, con tremendismo y violencia crecientes.

Esta condición obstaculiza el diálogo y las interacciones entre los opuestos extremos e intermedios. Desde las diversas lógicas opuestas el diálogo es concebido como un signo de debilidad intelectual, moral y de fuerzas. De allí que las organizaciones con poder lo consideren un recurso extremo que en lo posible evitarán. Quien tenga mayor fuerza o poder nunca pedirá dialogar (negociar es aquí el término equivalente), a lo sumo se prestará al diálogo pedido por el otro (casi siempre forzosamente) pensando en imponerle el mayor número de condicionamientos, de modo que la solución del conflicto de que se trate sea así su solución.

La vida política y social de un país de estas características no puede construir planes, es decir, elaborar proyectos de realización diferida en el tiempo, con objetivos y fines, con tácticas y estrategias coherentemente ensamblados. Y no puede no por desconocimiento de sus ventajas sino por su imposibilidad práctica, ya que está condenada a tener horizontes muy próximos, tan próximos que la vida de las personas y las instituciones se desenvuelve en un constante presente, en el día a día, en la emergencia, en la solución aparente y transitoria de múltiples y renovados conflictos que emergen y son producto de problemas y desajustes de fondo que no se tratan, no se visibilizan y no concitan reflexiones ni propuestas sino miedos.

Las sociedades de este tipo no explicitan sus miedos ni sus preocupaciones conscientes respecto del futuro ya lejano, ya cercano. Por el contrario, transcurren, duran, pero no construyen su tiempo histórico. Se recubren de comportamientos y actitudes que se parecen más a los efectos de un narcótico que a la toma de decisiones lúcidas y conscientes. Lo que pudiera llamarse, aun indebidamente, conciencia social, es en gran medida un estado de vacío, una ausencia de diagnósticos, de proyectos, de metas, tanto a nivel individual como colectivo. En ellas no hay lugar para sueños individuales ni compartidos porque es imposible soñar, porque ha muerto la esperanza como motor de la vida.

Sociedades con miedo a la vida —a despecho de sus renovadas arrogancias— esconden sus miedos y los encarnan en un enemigo, o en varios. De ahí la guerra, el ataque, la frontera. La guerra no compromete el futuro porque le teme, porque le roba tiempo desde atrás como animal de rapiña pero mira constantemente hacia atrás.

Sólo la paz construye el futuro. Pero no cualquier tipo de paz, no una paz “pasiva”, entendida como ausencia de casus belli por un extremo y ausencia de conflictos sociales por el otro, sino una paz activa, basada en la fraternidad humana, en la armonía, el amor y la alegría de la vida. En todo el mundo todavía este tipo de paz es un inédito posible.

En estas sociedades desesperanzadas lo normal es la pelea constante y la constante necesidad de un enemigo para poder timonear improvisadamente el rumbo del gobierno y de la sociedad en una dinámica de acción-reacción que no supera el corto plazo de atención de las emergencias, en los cuales la reiteración de los ciclos de entusiasmo/optimismo, por un lado, y de frustración/desesperanza, por el otro, consumen rápidamente las escasas energías socialmente disponibles.

En estas condiciones, la prioridad de los investidos y dueños del poder es el mantenimiento y reposición de determinadas asociaciones políticas en el manejo del gobierno y del sistema productivo, al costo del direccionamiento de prebendas y migajas a sectores clientelares, sin consideración a las necesidades de la sociedad y del Estado como entes históricos.

Este panorama está cada vez más consolidado en la realidad y cada vez se expande más. Los centros de comunicación lo ocultan, lo disimulan, lo maquillan, lo terminan legitimando ética y estéticamente a medida que avanza desde la periferia del sistema hacia sus centros vitales. Coherente con esta percepción del presente existe una incapacidad creciente de autogestión de estas sociedades cuya gravedad crece exponencialmente a medida que transcurre el tiempo.

Cualquier mirada larga y honesta hacia el pasado habrá de ratificar, por más doloroso que sea, este diagnóstico y este intento de prospectiva.

Las alternativas a esta cada vez más dura y cruel realidad parecieran ser únicamente la fuga, la evasión, el escape, o bien el atajo astuto y ladino del zorro y la consiguiente ferocidad del lobo.

Ver “Rumbo al Bicentenario, en un país así...”.