Sala de ensayo
“El desbarrancadero”, de Fernando VallejoLas verdades del egoísmo
Ensayo sobre la voz narrativa en El desbarrancadero, de Fernando Vallejo

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A pesar del tono autobiográfico de las novelas de Fernando Vallejo, el narrador en primera persona presente en todas ellas tiene visos de máscara, de coartada que oculta al autor en vez de revelarlo. En el momento en que Vallejo escribe El desbarrancadero ha publicado ya seis novelas: Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Años de indulgencia, Entre fantasmas y La virgen de los sicarios. Seis obras cuya lectura nos revela el proceso de construcción por parte del autor de su propia voz narrativa, de su alter-ego, una voz que se ensanche y que rebose los límites, que le permita encontrarse a sí mismo y encontrar su verdad. En este sentido, El desbarrancadero se nos muestra como su novela más lograda, y las características que definen el estilo del autor son aquí especialmente poderosas: el adecuado uso del lenguaje; el tiempo fragmentado de la narración; el humor; la ausencia de un centro, de un hilo narrativo preciso; la individualidad extrema; la entronización del yo por encima de cualquier atadura social, de cualquier restricción cultural, ajeno a todo convencionalismo; las verdades subjetivas que niegan la objetividad... Todas estas particularidades nos desvelan el deseo del autor por aprehender la Nada, esto es, la futilidad de la vida —atrapada en el tiempo que desemboca en la muerte—, por medio de la escritura.

La voz narrativa en El desbarrancadero simula ser explosiva, irracional y espontánea. El caos aparente de la obra, de orden cronológico, espacial y temático, refuerza esta sensación. Pero existe un trabajo riguroso que niega esta espontaneidad, y lo encontramos en un aspecto básico de la obra: el lenguaje. La gramática, la sintaxis, la sonoridad, la coherencia de las frases —por nombrar sólo algunos—, son elementos cuidadosamente manejados por el autor y que reflejan el carácter contradictorio del narrador-protagonista. Es a partir de este esmerado trabajo en el lenguaje que la voz narrativa en El desbarrancadero fluye con un ritmo vertiginoso y permite contar de un modo muy personal la tragedia del protagonista, una tragedia que, paradójicamente, es atemperada por un humor negro basado en la desfachatez y que es característico de toda la obra de Vallejo; un humor que le permite al lector mantener un distanciamiento frente a lo que se está contando, frente al dolor que experimenta el narrador:

Y acto seguido, en tanto él acababa de armar el cigarrillo de marihuana y se lo empezaba a fumar con la naturalidad de la beata que comulga todos los días, le fui explicando el plan mío que constaba de los siguientes cinco puntos geniales: uno, pararle la diarrea con un remedio para la diarrea de las vacas, la sulfaguanidina, que nunca se había usado en humanos pero que a mí se me ocurrió dado que no es tanta la diferencia entre la humanidad y los bovinos como no sea que las mujeres producen con dos tetas menos leche que las vacas con cinco o seis. Dos, sacarle la próstata. Tres, volverle a dar la fluoximesterona. Cuatro, publicar en El Colombiano, el periódico de Medellín, el consabido anuncio de “Gracias Espíritu Santo por los favores recibidos”. Y quinto, irnos de rumba a la Côte d’Azur.i

La intención inicial de El desbarrancadero es referir el regreso del narrador a su ciudad natal, Medellín, para acompañar a su hermano Darío, enfermo de sida, durante su agonía. El narrador retorna así a un pasado no tan lejano mientras observa impotente cómo su propia casa familiar se derrumba debido al paso del tiempo, a la falta de un orden y a la muerte que se lleva, uno a uno, a sus habitantes. Aquí es interesante notar cómo Fernando (el narrador) no se limita nunca a ser un observador pasivo; por el contrario, tiene una opinión muy personal sobre todas las cosas que ve, la cual no duda en plasmar de la manera más descarnada posible sin importarle que el hilo de la narración se vea afectado. Así, no esconde el odio que siente por el menor de sus hermanos, a quien pone el mote de “Cristoloco” o “El Gran Güevón”, ni por su madre, a quien en todo el relato sólo se le conoce como “La Loca”, y a la que Fernando culpa del descalabro de la casa y del caos que se ha adueñado de ésta. Sin embargo, el narrador extiende igualmente sus críticas a todo tipo de personajes públicos y privados: a los presidentes de Colombia y México, a los colombianos, a los mexicanos, a los políticos en general, a las mujeres embarazadas, a los negros del Central Park, a los pobres, a los niños, a los curas, y a una figura sobre la cual lanza una y otra vez, a lo largo de la novela, sus dardos cargados de odio: el papa Juan Pablo II. De esta forma, el lector se percata de que no tiene ante sí una referencia directa a sucesos novelados, sino principalmente un esbozo de la conciencia (e inconsciencia) del narrador. Estamos ante un mundo complejo y subjetivo, basado en la realidad de una ciudad y de una casa y en unos seres de carne y hueso que hacen parte del pasado del autor y que son trans formados literariamente por éste, no sólo para construir un relato, sino para alcanzar una libertad que le permita apartarse de los esquemas y las verdades objetivas, que le permita encontrar su propia voz. En este caso, la voz literaria refleja la búsqueda de sí mismo. El autor, Fernando Vallejo, utiliza a su narrador como un espejo para ver lo evidente y lo oculto.

En este espejo que es su libro, Vallejo se quiere enfrentar a dos conceptos, ligados entre sí, y cuya imposibilidad de ser aprehendidos le da forma a la novela: el Tiempo y la Muerte. El paso del tiempo destruye el pasado del narrador, le muestra la futilidad de lo vivido y de la posesión, lo enfrenta con el vacío, con la Nada. El tono de la novela es la nostalgia, y por tanto su estructura temporal intenta emular, no el orden cronológico que el ser humano percibe, sino el caos de la memoria, con las múltiples puertas que se abren y se cierran, con los recuerdos que surgen intempestivamente y buscan destacarse unos sobre otros. Así, la intención inicial del narrador, que es contar la agonía y muerte de su hermano Darío, se transforma en un constante regreso a un pasado mucho más remoto y en un entrelazamiento con otro evento igual de doloroso: la muerte del padre de ambos. Pero aunque la memoria es lo que nos constituye como seres humanos, ésta nunca es fiel a la realidad, existe siempre un falseamiento, una distancia entre lo vivido y lo recordado. Lo efímero del instante nos demuestra que el presente no existe y que habitamos en el pasado, en nuestros recuerdos, y por lo tanto el escritor que intenta plasmar sus memorias con toda la honestidad posible seguirá haciendo, inevitablemente, ficción.

Fernando Vallejo
Fernando Vallejo.

El narrador de El desbarrancadero no es ajeno a este falseamiento; por el contrario, la verdad para él es su verdad, no hay términos medios, no hay sentido común o consenso, no existe la objetividad. Los recuerdos que él narra aparecen ya filtrados por su propia mente, por sus puntos de vista. Su madre ya no es Lía, el nombre que tiene en sus novelas anteriores, sino es La Loca, la causante del caos. El narrador la ve como una mujer perversa, insensible, manipuladora, egoísta y perezosa, y nosotros como lectores no podemos verla de otro modo porque Fernando no nos concede otro punto de vista. Puede ser que en realidad la madre de Fernando Vallejo haya sido una mujer maravillosa, pero eso nunca lo sabremos o, en lo que se refiere a El desbarrancadero, no nos interesa. Hay igualmente otro suceso en la novela donde el narrador, desesperado por la agonía de su padre, lo ayuda a morir suministrándole veneno. El lector que llega a este punto y que piensa que está leyendo una autobiografía puede preguntarse: “¿pero es que Vallejo mató en realidad a su padre?”. De nuevo, esto es algo que sólo interesa al interior de la novela, es una verdad dentro de la ficción, y no tiene sentido inquirir la veracidad histórica de este hecho. Nadie va a procesar penalmente a Fernando Vallejo por los asesinatos que su narrador ha confesado en varios de sus libros. El falseamiento en el que incurre toda novela, y al mismo tiempo su veracidad en un sentido más profundo, han sido analizados ya por autores como Vargas Llosa, y al respecto ha dicho también Terry Eagleton en su libro Después de la teoría: “Porque una novela afirme hechos reales éstos no se vuelven en modo alguno más verdaderos. Una vez más, el hecho de que sabemos que es una novela garantiza que no escrutemos estas afirmaciones en busca de su valor de verdad, sino que las entendamos como parte de un diseño retórico general”.ii Esta dualidad realidad-ficción, que sin duda se presta para confusiones, la encontramos de igual forma en las diatribas de Fernando contra su país y su ciudad natales, las cuales han generado todo tipo de reacciones adversas entre los lectores de El desbarrancadero (sobre todo entre los lectores colombianos). Pero la Colombia y la Medellín del narrador no son reales, no son el espacio físico real en el cual transcurre la vida de millones de personas. Ellas son el espacio en el que transcurren los hechos novelados y las vidas de los personajes, y seguirán siendo fantasías del narrador aunque él nos jure que así son en verdad. “Una vez que pones en el papel un suceso real, se convierte en ficción”, dice un profesor de escritura creativa a sus alumnos en alguna de las sádicas películas de Todd Solonz.

Esta búsqueda de una verdad propia por parte del narrador es también la búsqueda de la individualidad, es decir, es una forma de rebelión contra lo establecido, contra las organizaciones, contra la sociedad en general. El arte le permite al narrador rozar el egocentrismo absoluto. Le permite fustigar aquello que odia y aquello que, para él, simboliza el destructivo paso del tiempo, y es de notar cómo en El desbarrancadero este fustigamiento adquiere tonalidades salvajes, desbocadas, implacables. Las continuas injurias contra el papa Juan Pablo II, por ejemplo, no son fortuitas y cumplen una función doble en la novela: por un lado, reafirmar el yo de un narrador que nació en una familia y en una ciudad eminentemente católicas, y por el otro, subrayar su rebelión contra Dios por medio de su representante en la Tierra, contra ese Dios que permite el paso del tiempo, que permite la muerte y la destrucción, y que permanece mudo ante aquel moribundo enfermo de sida y ante aquella Colombia consumida por la violencia.

Pero la individualidad extrema genera en el narrador dos estados que son evidentes en la obra: la soledad y una conciencia acrecentada de la muerte. Esta conciencia acrecentada reduce la vida a la Nada, y esta Nada se refleja en El desbarrancadero tanto en su contenido (la muerte de los seres queridos, el caos y la destrucción de la casa) como en su forma, en esa estructura inconclusa, inacabada, que gira sobre sí misma como si bailara alrededor de un abismo (de un vacío). De allí los múltiples saltos temporales y espaciales, que entretejen sucesos en apariencia distantes. De allí la constante intromisión de Fernando con sus opiniones y sus comentarios (con su moral), las repeticiones, los esporádicos cambios en el punto de vista del narrador y la ausencia de un centro y de un hilo narrativo acorde con la estructura clásica del relato (inicio, nudo y desenlace). Como afirma Terry Eagleton: “Existir de forma independiente es ser una especie de cero. Los obstinados tienen la vacuidad de una tautología. Cometen el error de imaginar que actuar de acuerdo con una ley exterior al yo significa no ser el autor del propio ser de uno”.iii El narrador en todas las novelas de Vallejo rechaza cualquier tipo de ley exterior a sí mismo; sólo su voluntad maneja el hilo de sus obras, y de allí las críticas despiadadas y los insultos a todo aquello que no puede controlar. Sin embargo, en apariencia sigue atado a una ley de la que no es posible escapar, que lo condiciona de forma abrumadora y que, paradójicamente, le permite su intento de rebelión por medio de la literatura: la ley del lenguaje. El narrador sabe que no le es permitido atravesar los límites que las palabras entretejen, porque el hacerlo es encontrarse cara a cara con la parálisis o con la muerte. La búsqueda de la libertad llega entonces hasta este punto: m& aacute;s allá sólo queda un abismo insalvable, el vacío que las palabras intentan ocultar. La literatura nunca podrá expresar la Nada, así como tampoco podrá reflejar por completo la realidad (quizás la Nada y la realidad sean las dos caras de una misma moneda); tan sólo podrá esbozarlas, enmascararlas, mostrar sus contornos resbaladizos.

...no se hagan ilusiones con las palabras que son bien poca cosa: torpes, imprecisas, mendicantes, incapaces de apresar la cambiante realidad que se nos escapa como un río que pretendiéramos agarrar con la mano.iv

El paso del tiempo hace que la vida se disuelva en la Nada, y la literatura no es más que un sucedáneo. Es justamente esto lo que Vallejo nos ha querido decir siempre con sus obras, con esa larga novela que aún no ha terminado de escribir.

 

Notas

  1. Vallejo, Fernando. El desbarrancadero. Editorial Alfaguara. 2004. Págs. 15-16.
  2. Eagleton, Terry. Después de la teoría. Págs. 100-101. Editorial Debate. 2005.
  3. Eagleton, Terry. Op. Cit. Págs. 195-196.
  4. Vallejo, Fernando. Op. Cit. Págs. 124-125.