Letras
Nota del editor

“Ondas expansivas”, de Julián Isaza

A principios de este año, la editorial argentina El Fin de la Noche publicó Ondas expansivas, del escritor colombiano Julián Isaza, del que forma parte el cuento que hoy presentamos a los ojos de la Tierra de Letras. Del libro ha dicho el reconocido escritor y periodista Daniel Samper Pizano: “Con pocas palabras el autor logra trasladarnos allí como si nos encerrara en un cuarto frío rodeado de carne en canal. Sus cuentos son hijos del cine de Tarantino y Spielberg, de la televisión, de los cómics, de Internet, pero también de las estructuras literarias clásicas”. Los lectores pueden adquirir el libro en Amazon.

Señales

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Zoom in. Las señales comenzaron hace poco, aunque todo estaba establecido para que llegaran desde hace mucho. El señor Kindred está sentado frente al televisor como había hecho cada día después de la primera revelación a esa hora y en ese canal. ¿Qué ve? No importa, ni a él mismo le importa demasiado, pues lo suyo parece más cercano al decidido acto de contemplar con fijeza la nada, de ver la serie de píxeles que conforman imágenes en movimiento y que ya no tienen ningún interés. Pero esa noche fue distinta. Esa noche, Kindred, por supuesto, recibe otro mensaje, pero esta vez más claro. Un nuevo mensaje extraterrestre. Los flashes de imágenes confusas interrumpen en el noticiero entre chasquidos. Ve en su mente lo que le pareció una figura humana y, más tarde, escucha una distorsionada voz que dice “ahora-días-fin-esperando-confirmación”. Pero, a decir verdad, el asunto comenzó desde mucho antes.

Para el momento en que todo inició, el señor Kindred había sufrido un accidente laboral. Él, con el tiempo, decidiría que fue una auténtica fortuna que ese martes, a las 14:07, atravesara la recepción de la empresa a la que iba de lunes a viernes, justo cuando un obrero que hacía reparaciones en el tercer piso dejaba caer un destornillador que terminaría traspasando su cráneo y acomodándose en el interior de su cerebro. El destornillador se abrió paso por el pelo, luego por el cuero cabelludo, para perforar el hueso y finalmente acomodarse en su suave masa encefálica. Se detuvo en la empuñadura. Kindred continuó allí parado, mientras una línea gruesa de sangre se deslizaba recta y escarlata, comenzando en lo más alto de su frente y finalizando en una gota gorda que caía de su nariz. Del resto de ese día no recordaría mucho, pero lo que sí supo es que desde entonces se le revelaría su verdadera misión: salvar el mundo.

A medio camino entre el trance y la realidad y tumbado en la sala de operaciones, Kindred parecía una especie de radio, con aquella antena formada por el destornillador y sintonizada en una frecuencia desconocida. K (como él mismo se presentaría después a quien interesara) tenía los ojos muy abiertos y rojos y decía cosas que difícilmente encajarían en cualquier idioma, pues la única palabra distinguible que, de cuando en cuando, repetía con premura de psicótico, era: “héroe”. Ni los médicos ni los demás hicieron mucho caso y el silencio llegaría con los sedantes y la cirugía. Kindred fuera.

Y luego, allí, despertando del estado comatoso, regresando a la playa de lo real como botella de náufrago, tuvo las primeras pistas conscientes sobre su misión. Las revelaciones empezarían a surgir, pero la información era fragmentaria, inconexa, como una señal de cable robada. Algunos “erp-dap-esp”. Interferencia, ruido que se esparcía con cada impulso eléctrico de sus neuronas. Nada lo suficientemente claro para darle nombre, pero K tuvo pronto la certeza de que algo muy grande venía en camino y que él era el único que podía evitarlo. Él y sus recién adquiridos poderes mentales, pensó. K se dijo a sí mismo que él era el elegido y sonrió y luego durmió.

Para definir a K habría que usar repetidamente la palabra promedio. Con 42 años y una colección de corbatas demasiado delgadas y pasadas de moda, K no era un hombre triste ni feliz. Hacía lo posible para ser lo segundo, aunque los grandes objetivos de su vida se los había llevado el tiempo. A veces salía a tomar una copa o de vez en cuando lo lograba con una mujer. Jamás había peleado ni se había insubordinado. Muy pocos podrían decir que era un mal tipo, pero tampoco muchos podrían asegurar que era estupendo. De vez en cuando despertaba en las mañanas y por un momento creía que era otra persona, que vivía otra vida, quizás la de un millonario, la de un seductor o la de un aventurero, pero luego de frotarse los ojos regresaba a la realidad, a su cama extra small, a su habitación amarilla y a sus babas secas en una de sus mejillas. La criatura de Dios veía un nuevo día, uno más, la repetición de todos los anteriores, la premonición de los siguientes. Otro desayuno de campeones y a lo de siempre.

Ahora, con un vendaje en la cabeza, el mundo le parecía muy distinto. K era otro, finalmente. Su expresión no decía mucho, excepto por sus dos ojos demasiado chicos que miraban de derecha a izquierda, como dos pequeños insectos que chocan una y otra vez contra el cristal. K tenía que verlo todo. En todas partes parecían surgir indicios de lo venidero. La sospecha era continua y el mundo era sospechoso. Todo lucía demasiado bien acomodado, pero el resto de la humanidad aparentemente lo ignoraba. Su especie desconocía lo que él creía comprender: las condiciones eran perfectas para la invasión. Los enemigos se acercaban. La trampa, pensó y se convenció, estaba milimétricamente planeada.

K supuso que el metal que los médicos decidieron no extraer de su cabeza tenía algo que ver, que había alterado su cerebro, que lo había modificado y, sí, mejorado. Recordó que alguna vez leyó sobre cómo ciertos orates demasiado activos fueron pacificados con una lobotomía o cómo aquel tipo tranquilo tuvo un accidente en la construcción de una carrilera que le dejó como legado un trozo de fierro encajado en su frente y una renovada vida de criminal. Esas cosas pasan, y ahora le pasaban a él, concluyó. Sólo que a él le sucedió como en los comics. Si a Peter Parker lo mordió una araña o el buen doctor Bruce Banner tuvo un accidente radiactivo que lo convirtió en Hulk, él tuvo lo propio en la entrada de su trabajo y un destornillador era la clave. Un hombre promedio y solitario es material para superhéroe. La idea le sedujo y se convenció de que se gestaba el nuevo paladín de la justicia.

Pero quien viera a K sonreiría y luego se desternillaría de la risa hasta el dolor abdominal, de sólo escuchar lo que él pensaba de sí mismo y K lo sabía, aunque también sabía que los verdaderos héroes se encubren tras la aparente debilidad. Pero, claro, en su caso era demasiada. Era cosa de locos, por no decir menos. Una alopecia casi anárquica, la delgadez de un rifle, la espalda encorvada y los dientes muy picados, no le ayudaban. La verdad sea dicha, su estampa encajaba tanto en la de superhombre como lo puede hacer un trozo de chorizo en un helado de vainilla. Pero K se tenía una recién adquirida confianza que pondría a temblar a cualquiera, sobre todo si ese cualquiera supiera lo que este escuálido ser iba a cometer.

Frente al espejo, mientras analizaba cada pliegue de ese rostro afilado como el de un pájaro y al que comenzaba a creer ajeno, K fue atravesado por otro espasmo luminoso. En su cabeza sentía el destornillador vibrar, y de repente cobrar vida propia, luego la luz irrumpía en sus córneas y comenzaban esos susurros que iban en ascenso hasta alcanzar la potencia de una algarabía de estadio. K se retorcía de dolor. Nadie dijo que sería fácil. Siempre hay sacrificios. Y tirado sobre el piso alcanzó a escuchar y ver la silueta de lo que parecía un niño con una cabeza de dimensiones anormales. K soltó una carcajada convulsiva apenas terminó el episodio, se puso de pie y continuó riendo por varios minutos. K empezaba a darle voz y cuerpo a su enemigo y eso lo hacía sentir bastante bien. Antes no tenía a nadie y ahora, así como así, tenía un adversario que comenzaba a conocer. Su desolado mundo finalmente ya no estaba tan desolado.

Estos episodios se harían cada vez más frecuentes. Sólo que él no les llamaba episodios, sino señales. Señales que terminaban de darles sentido a esas otras señales: los extraños símbolos en los cultivos de trigo o las predicciones de pequeñas catástrofes que anuncian el Armagedón. Pensaba en ello a menudo, lo pensaba mientras veía a aquel tipo que salía en la TV anunciando muertes de hombres y celebridades en llamas. Un falso profeta en el prime time como novedad y luego como flash informativo que habla de un asesino en serie que se suicida no sin antes dar su último golpe. Todo hablaba por sí solo. El final se acerca. Su mente ataba los cabos. Un simpático presidente llamado Obama, un archienemigo llamado Osama. Torres ardientes, raelianos, los cuatro jinetes, los mayas, las luces en el cielo, las píldoras que debía tomar cada día pero que nublaban su mente, las conspiraciones, el anciano de pelos revueltos y mirada feroz que aúlla que el momento se acerca. El mundo lo necesitaba, se decía.

Entonces nuevas descargas de su cerebro. K las esperaba con ansias. Por eso pasaba las horas mirando el televisor sin salir de su cama, en el sauna de sus sábanas, resguardado en su pequeña trinchera con aquel casco de papel aluminio que se fabricó para que no leyeran sus pensamientos, pues si él podía saber de ellos, no era ilógico que supusiera que ellos pudieran saber de él. La idea la sacó de un programa de TV y desde entonces se sintió un poco menos inseguro. Se había vuelto demasiado astuto, concluía. Los “erp-dap-esp”, se habían convertido en palabras, en “cuerpo-adaptación-espera”. Luego escucharía las palabras “invasión, señal y confirmación”. Transmisión interrumpida. Transmisiones interrumpidas. Nada del todo concluyente.

Y fue ese día, el día con el que comienza este relato, el decisivo. K había despertado sintiendo que lo observaban, que de alguna manera era espiado, que finalmente había sido descubierto y que el desenlace se acercaba. K, primero, se sumergió en sus sábanas que olían demasiado a él y que por poco habrían hecho parte de él, pero luego pensó que un par de tejidos superpuestos no eran refugio confiable. Su corazón galopaba y las gotas de sudor frío resbalaban por su espalda. K bajó saliva en estado casi sólido, saltó de la cama y con la velocidad que le permitieron sus músculos magros y blandengues se metió debajo de la cama. Todo K se resumía en un par de ojos intermitentes en la oscuridad, justo bajo el brillo metálico de su casco.

K se estremecía. ¿Quién era?, ¿quiénes eran esos que hablaban en su cabeza, esos que lo observaban?, ¿qué querían? Nada bueno, de seguro. Eran Ellos, sí, con mayúscula. Los que vienen, los que se avecinan. Están cerca, demasiado cerca. El final es aquí y ahora. El destornillador vibra. Peligro inminente.

K lo decide. No tendrá miedo, ya no es un hombre solitario y promedio. Se rasca la cabeza, mete los dedos en su pelo enmarañado, siente su cicatriz, se aprieta el casco con furia. Ya no es lo que fue. Ve las pastillas que nunca tomó y las manda, una vez más, al diablo. Él es el elegido, el héroe, y los héroes se superan a sí mismos. Emerge de debajo de la cama convertido en Súper K, pero luego se dice que es mejor llamarse Capitán K, aunque es mucho mejor K-pitán. El sol brilla allá afuera. El planeta lo espera, hoy será un gran día para la humanidad y uno pésimo para los extraterrestres. Ya verán, se dice.

El hombre ascendido a héroe ríe. El recién nacido paladín de la humanidad no llora como neonato, se carcajea incontenible y luego calla y se queda muy quieto, tan estático como cuando el metal se asentó en su cerebro. La radiación del televisor ilumina su rostro y él ve con atención nada en especial. Llega el mensaje: “ahora-días-fin-esperando-confirmación”. Las pupilas se expanden, la epifanía le invade, las neuronas transportan demasiada electricidad. K-pitán abre la boca el tiempo suficiente para que caiga una gota espesa. La criatura de Dios ha resuelto su papel en este mundo, ha decidido que esa confirmación para la invasión no debe transmitirse, que debe ubicar la fuente, que debe encontrar la avanzada alienígena y exterminarla. No debe estar lejos. Si lo estuviera, no habría podido interceptar su señal, concluye.

Entonces se asoma a la ventana y sus ojos se resienten con la claridad, pero alcanza a ver aquella silueta pequeña y delgada en la calle de en frente. Es Él, el de sus visiones. Su enemigo encarnado en la anatomía de un niño con cabeza de dimensiones anormales, que mira el cielo y luego lo ve a él y levanta la mano, le hace la señal de hola y K-pitán quiere devolverle el saludo, pero reacciona al instante y la turbación se adueña de su ser y se esconde al instante, como adolescente sorprendido en actividades impúdicas. El destornillador se retuerce como si quisiera salir de su cabeza. Se asoma una vez más y ve al chiquillo entrar en la casa vecina.

K-pitán está confundido. Recorre el mínimo espacio de su residencia con pasos cortos y veloces. Piensa qué debe hacer, cuál es el plan a seguir, cómo salvar el planeta. K-pitán lo decide, la mejor defensa es el ataque, es un hombre obligado a hacer lo que tiene que hacer, se trata de la vida de su especie o la de su adversario. No hay tiempo para dudas. El tiempo se agota. Pronto su pequeño oponente confirmará que la invasión es posible y ya no quedará nada. Será el fin. K-pitán se horroriza con sus deducciones y recuerda el cuchillo de la cocina, pero mientras va en su búsqueda encuentra un viejo martillo que guarda en la estantería. Escoge el martillo como su arma, porque el cuchillo es para los villanos. Lo aprieta y se siente reconfortado.

Es un hombre dispuesto a enfrentar su destino. Se yergue tanto como puede, levanta la cabeza y comprime sus mandíbulas hasta que le duelen. El destornillador se sacude, epiléptico, en su cráneo. Es ahora o nunca. Agarra la sábana que huele tanto a él y la amarra en su cuello. K-pitán está listo para luchar.

Escaleras abajo aúlla su grito de batalla, que no es otra cosa que un alarido prehistórico, ríe con la lengua afuera y su capa ondea, mientras cubre de a tres o cuatro escalones con sus zancadas, con sus desecadas piernas blancas, peludas y desnudas. Alguien ve al escuálido y vertiginoso vecino bajar en calzoncillos, con una manta al cuello y con aquel casco de papel aluminio, pero no se atreve a detenerlo.

Es un relámpago que se cuela en la casa de su adversario por una ventana abierta. Es una máquina con una misión.

K-pitán primero encuentra a la supuesta madre del pequeño de cabeza anormal. La ve directo a los ojos y en un microsegundo concluye que es parte de su coartada, se abalanza sobre ella y la golpea hasta que ese extraño líquido rojo comienza a fluir de su cabeza. Mira alrededor y ubica a su objetivo principal que intenta la huida, pero el hombre del casco es demasiado rápido y con algunos movimientos lo intercepta. Su enemigo frena en seco y se queda petrificado. El aspirante a héroe le lanza un certero golpe de su martillo y el infantil adversario se desploma. Pero el hombre debe estar seguro y lo golpea varias veces más, hasta que todo queda reducido a trozos de carne aplastada y luego, exhausto, simplemente mira su obra con orgullo.

La policía rompe la puerta y un oficial entra. K-pitán salta y se para rígido y se lleva la mano derecha a la frente en saludo militar, muestra sus dientes picados y suelta un contundente: misión cumplida, el mundo está a salvo. El policía horrorizado con la escena le grita que se tire al suelo, pero el escuálido héroe continúa allí, de pie. El oficial le dispara su táser y la descarga eléctrica hace que K-pitán se retuerza como lombriz en la sal. Los oficiales le caen encima con sus macanas y lo golpean hasta que el miedo y la rabia le ceden el camino al cansancio. K (sí, sólo K) alcanza a ver su casco sobre el piso y su sábana ensangrentada y, con el dolor de sus huesos fragmentados, con su cuerpo a punto de colapsar, logra preguntarse por qué no le agradecen, si realmente lo merece. Alcanza a decir “yo soy el héroe”, pero al instante un garrotazo seco hace que sus dientes vuelen.

Zoom out. Y mientras todo esto sucede en ese pequeño planeta, a varios cientos de años luz, el operador de colonizaciones interestelares de Sivaubick-1564, monitorea las señales de confirmación de varios mundos que pueden ser viables para la invasión. Esto quiere decir, que contienen criaturas lo suficientemente inteligentes para convertirse en esclavos, pero no tan listas como para ser consideradas un riesgo. El operador dirige su hendidura visual hacia la pantalla que recibe información de la Tierra y ve cómo la señal de su vigía desaparece. La criatura contrae sus tentáculos (que en términos terrestres sería como encoger los hombros) y se dispone a levantar un breve informe en el que se descartará ese planeta como objetivo de ataque. Al parecer, es un planeta demasiado peligroso.