Letras
Variaciones sobre la manzana

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I. Escena mitológica

Primero llegó la manzana de la discordia. Del mismo modo que Adán decidió dejarse engatusar por su parienta y aquella fruta bíblica que Durero pintó con forma de manzana y viejos traductores confundieron; aquel trío soberbio formado por Hera, Atenea y Afrodita, la triada maldita, insistió en persuadir a Paris del bien que le prometía.

Después llegó la serpiente pirómana o la envidia de Hera y la displicencia de Atenea. Y con ellas vino el pecado original, el rencor y las disputas. Y ardió Troya como sólo sabe arder la maleza bajo la yesca.

Desde entonces revive la semilla del mal en la naturaleza muerta de los bodegones. Y la inocente Blancanieves se afana en hacer perdurar su asfixia y su letargo en los hombres en ciernes que aún están a tiempo.

 

II. Escena cotidiana

Esta mañana cojo una Granny Smith del frutero por despecho hacia una Golden y una Reineta que, retozonas, parecen poner en entredicho el vistoso, untuoso y acerado color verde triscón de la primera.

No le pelo su piel vistosa y engalanada, como si un hule de brillo la blandiese, y sacio la sed y la calentura en la fruta prohibida que —siempre inocente de sí misma, ajena y resbaladiza como las culpas compartidas que solemos sacudirnos cual polvo indeseable— se siente involucrada a duras penas en peleas y en pecados sin ser arte ni parte del problema.

Y me la como como como todo lo que engullo, con deleitación y entrega, para que mis jugos gástricos no tengan que esforzarse tanto en eliminar las partes inútiles de los alimentos, y para no gastar energía en balde. ¿Quién sabe cuándo podré necesitarla, si algún día salgo por fin del ahorro de esta cárcel?

 

III. Escena familiar

El problema se hace diario en la cesta de la compra del ama de casa. De este modo se renueva sin solución. Indecisa, se deja tomar por la mano del frutero, meter en una bolsita, pesar y sopesar, y acaba acompañando —en otra bolsa con asas y mayor— a otras frutas y verduras que nunca fueron acusadas de nada, inocentes.

Éstas, con esa inocencia afilada de quien se sabe inmune a las preguntas, a las censuras y a los reproches, la miran insistentemente. Las miradas no cesan, fiscales y delatoras, no cesan los murmullos de reprobación y de inquina. Si las pepitas hablasen, si los tronchos se impusieran, si los rabitos fueran índices y sus pieles, lenguas mordaces...

Y acaba el viaje en una cesta de mimbre o en una barquichuela de metal brillante por cuyas rendijas se cuelan las uvas y las ciruelas. ¡Menudo viaje a ninguna parte! Si supiera...

Si adivinara siquiera que aún queda lo peor...

Y una mano la coge acariciadora y la frota en un trapo o la lava con la saña que emplea el cazador. De repente siente en sus carnes prietas el mordisco y se cierne sobre ella la devoración.