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Los celajes de Alá Iddé

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Para poner al pie de Ochún, si lo permite,
y para Carmen, mi Ochún en la tierra.

Alá: del Yoruba velo, manto blanco

Alá Iddé tiembla.

Baja descalza al río con una calabaza vacía, balanceándose sobre su cabeza. Ella es Ibú Aña, no puede escuchar el tambor, porque sabe dónde encontrarlo. Siempre tiembla; tiembla como los peces trastornados que se amontonan, a mitad del agua en las redes que teje.

Alá Iddé prefiere llorar en su telar por las noches, llora por el mundo, por ella —que es el mundo, o el mundo que es ella— con frecuencia lía lágrimas y juncos antes del amanecer. A los peces les atraen esas trémulas mallas, tan parecidas a ofrendas impregnadas de sollozos, la muerte les sorprende conmovidos.

Los caracoles ya no recuerdan si Alá Iddé es el río, o lo son sus lágrimas, o si el río es el que tiembla, o si sólo tiembla dentro de Alá Iddé y éste es su tambor que no escucha, pero que encuentra.

Alá Iddé tiembla.

Sabe cabalgar sobre los caballos, los hombres y las olas, pero prefiere quitarse la corona y andar a pie erigiendo pueblos o reinos jóvenes, refugios de menesterosos salvados del Miedo. Vaga por los trechos, las cuencas, los meandros y las desembocaduras. En cada suburbio teje con los pescadores, conforta a las mujeres y acaricia con bendiciones a los niños. Alá Iddé ha salvado la virginidad de sus hermanas, a cambio de la suya propia. A veces, está desnuda y su corazón tintinea, como campanas de sol, fornica con los cazadores, seduce al volcán y al trueno, fornica una y otra vez... calla, profetiza, huye y no para de temblar.

En las madrugadas se viste de blanco y esparce, para los desvelados, cáscaras de huevos tostadas y flores blancas trituradas en miel con aguardiente —¿o es polvo de estrellas? Sabe viajar en la noche y se infiltra en los sueños, dibuja rostros amables, montes dorados, brazaletes de ámbar y remos que conquistan la libertad.

Alá Iddé es la madrina de los flamencos, las garzas, los pavos reales, de todos los ensimismados y de la Melancolía. Cuando ella une sus manos para bendecir, un abanico de cien lirios cae sobre las frentes de sus ahijados, pues diez lirios conforman cada uno de sus dedos, su risa suena como pulseras de oro, que se besan y saludan al danzar. Su boca es un gajo de pomarrosas bautizadas de rocío, se envuelve el cuerpo en gasas de yerba buena y albahaca para espantar a los tribunales y escribas que registran las penas y los errores. Salva las cabezas con algodón de ceibas, natillas y merengues. Esconde en su talle, pizcas de entrañas de Luna con las que inventa ensalmos, rezos y discursos que la escoltan a desmayarse en el mar.

Alá Iddé vibra: es espasmo.

Alá Iddé palpita: es cuajo de vida.

Ala Iddé tiembla: es vientre.

Alá Iddé es un celaje, es el velo de todas las reinas-diosas. Se despide, pero jamás se marcha. De su corona penden todos y cada uno de los ombligos.

Alá Iddé titila: es planeta.

Alá Iddé persiste: es corazón.