Letras
Cuento para el verano

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18 de agosto de 2010

A Evaristo Sorete le encargaron un cuento, porque los titulares estaban de vacaciones y había que rellenar el hueco para el semanario. Lo aceptó de grado. Sin embargo, escribió un relato que, de alguna manera, se vengaría de las veces que le dieron con las puertas en las narices, cada vez que se presentaba en la redacción con uno para su publicación. “Está la tirada completa”. Esperó a entregarlo a última hora para que no hubiera posibilidad de sustituirlo o rechazarlo. No hubo, por tanto, oportunidad ni de leerlo por la premura de la edición. A la mañana siguiente, en la última página del semanario apareció el flamante artículo: “Ágape para el funeral de don Domingo y Flojas”. Comenzaba con la introducción, a modo de crónica, de la manera en la que fue a morir el ilustre convecino. Aquella noche fatídica, don Domingo engañaba a su mujer, como tantas otras, con una pupila entrada en carnes, en el lupanar de doña Ana María, situado a las afueras de la villa. Evaristo Sorete relataba con todo lujo de detalles cómo le vino su último momento, entregándose a la lujuria. Para evitar el mal trago a la madán del local, con que les unía antigua amistad, sacaron los amigos que le acompañaban al finado y, tras vestirle, le arrojaron por un barranco, cerca del burdel; simulando una caída fortuita debido al estado de embriaguez. El juez practicó el levantamiento del cadáver. Y los empleados del establecimiento de pompas fúnebres “La Esperanza” lo llevaron a su casa, depositándole en su cama, donde se le velaría durante la noche para enterrarle al día siguiente. La noticia corrió como la pólvora, y no tardaron en llegar a su residencia vecinos, amigos y parientes para el velatorio. Como don Domingo y Flojas pertenecía a la alta sociedad de la población, hubo de preparar todo de acuerdo a su categoría; para lo que se dispuso la sala que daba a la habitación donde reposaban los restos. Abundante café, agua a calentar. Bandejas de plata con sus correspondientes obleas blancas, repletas de canapés de atún, paté y embutido del lugar. Vino y dulces para los que se queden toda la noche y chocolate con pastas y caldo para la madrugada. Fueron llegando los compañeros de correrías y farras para consolar a la viuda; una señora joven, rolliza, de labios carnosos, curvas apetecibles y senos generosos. Se sentaron junto a ella, junto al difunto. Cada uno fue hablando de las obras y milagros del finado; de su conducta, su camaradería y —como siempre en estos casos— de lo buena persona que fue. Tras de lo cual, como si se tratase de algo acordado, fueron saliendo a probar bocado, dejando, cada vez, a uno solo con la viuda. Ya en la intimidad, le fueron recordando uno a uno los regalos que le hicieron a la ahora viuda, para irse con ella a la cama y ponérselos, a su ahora difunto. Obsequios que no fueron pecata minuta, sino más bien suntuosos y valiosísimos. Así hasta que cada uno de los compañeros consoló a la viuda con su particular pésame. Cuando todos hubieron cumplido el ritual, la viuda salió a la sala donde dos doncellas de la casa servían a los asistentes. Ya era una hora en la que sólo permanecían los familiares directos y los más íntimos. La señora de la casa pidió un momento de silencio y atención para agradecer a los allí presentes su asistencia. Tras las cumplidas palabras de agradecimiento, se dirigió en particular a los amigos del esposo. “Mucho os agradezco vuestra compañía y aliento en estos momentos tan difíciles. Me habéis recordado cada uno de los obsequios con los que pagasteis el irme con cada uno de vosotros a la cama. Imagino que vuestras esposas no lo sabrán, como sí lo sabía mi marido, que no era tal; sino mi socio en este negocio. Una servidora fue una pupila del lupanar de doña Ana María, que decidió independizarse y montarse por su cuenta. En nombre de mi socio y en el mío propio mucho les agradezco que hayan contribuido a acrecentar nuestro capital”. Según contó Evaristo Sorete esa misma noche de la publicación del cuento a los amigos, mientras tomaban la copa de rigor en el pub de costumbre, uno de los pretendientes de la viuda del cuento, no era otro que el director del semanario, del que puso un nombre falso para evitar sobresaltos. Según parece, el cuento gustó a los lectores y ya no le dieron con la puerta en las narices. Aunque uno de los amigos de Evaristo, un tanto socarrón y jocoso, creía que más que la calidad de su prosa le abrió las puertas de las publicaciones el miedo del director a ser reconocido.

 

Cuento para el verano II

20 de agosto de 2010

ESTABA un servidor plácidamente leyendo a Manuel Scorza (autor peruano que murió trágicamente en accidente de avión en Barajas), a esa hora del día que el calor remite y se está muy agradable. Me dio mi señora una carta que había traído el cartero a la mañana. Nos sorprendió a los dos porque venía en sobre de luto, de esos con los ribetes en negro que ya no se ven. La remitía doña Clara Bienvenida Sobradillo de Buenavista, desde Colombia. No sabía hasta que no abrí el sobre de quién se trataba. Aunque sí supimos que era viuda. La carta también era de riguroso luto y esto es lo que en ella decía:

“Mi querido señor:

”Mucho le agradezco que haya tenido usted a bien en relatar la fidedigna muerte de mi esposo y socio, Domingo y Frías, que ocurrió, tal y como lo refería usted, que por boca de don Evaristo Sorete trajo a colación. Quería aclararle aspectos, respecto del velatorio, que usted obvió, teniendo en cuenta que los desconocía. Al difunto se le envolvió y enterró con el hábito y escapulario de Nuestra Señora del Carmen, de quien era ferviente devoto. En cuanto al ágape, le faltó citar, comprensible por su lejanía, ajiacos, lechona, sancocho de gallina, pandebono, frijoles con chicharrón y buñuelos. Que no es por venir a presumir; pero a una servidora le salen para rechuparse los dedos, aunque le está mal el decirlo a una. Que nadie vaya a pensar que sólo es una virtuosa (de conocer el oficio y hacer gozar a los hombres, que de la otra virtud, Nuestro Señor tenga compasión con lo que me vino a dar) en la cama; sino que en la cocina —en esto sí hace justicia—, no le voy a la zaga a la más cumplida cocinera. Aclarado esto para que usted le informe a don Evaristo Sorete, de lo que una servidora quedará honrada; he de decirle, como bien afirma un caballero que le comenta en su blog; efectivamente Domingo y yo éramos amantes, a la par que socios. Que de alguna manera, este lazo rebaja el estado de amancebamiento y le viene a dar cierto aire de legalidad, si es que a las de nuestro oficio se les pudiera aplicar este atributo. En cuanto a los clientes obsequiosos, engañados ellos y no mi finado esposo; he de agradecerles a algunos de los que no se personaron en el velatorio su generosidad y su respeto en el trance con don Domingo. En lo de continuar con el negocio, con alguno de mis obsequiosos clientes; pues no está una por la labor. Puesto en contacto con doña Ana María, me traspasa el negocio, pues ya está algo mayor y cansada. Así continuaré en el oficio, ahora desde la dirección. La cuita siguiente sería la de nombrar al local, para darle un aire algo más europeo. A mi difunto le hubiera gustado alguno de los nombres que barajo. Pero me da que le son algo provincianos y le restaría glamour al negocio. Tampoco se trata de hacerle de menos a mi esposo, por lo que tras darle vueltas al asunto he dado con este que creo festivo y hace honor al antiguo oficio: ‘En doña Clara despierte como si fuera domingo’. Quizá algo extenso, ¿no le parece? Pero, a juzgar por la caja, efectivo. No le molesto más. Agradezco la atención que me dispensa y le rogaría encarecidamente lo comunique a don Evaristo Sorete”. Su...

Continué con la lectura de Redoble por Rancas mientras revoloteaba como una polilla el contenido de la carta de doña Clara: inesperada y solícita. Como si se hubiera colado por la ventana el ritmo de ultramar en forma de cuento.

 

Contestación, como correspondía, a doña Clara Bienvenida Sobradillo de Buenavista

21 de agosto de 2010

COMO no podía ser de otra manera, me vi en la obligación, por cortesía, de contestarla, a la vez que envié puntual nota al amigo Sorete. Mi esposa recelaba —imagino que como cualquiera cuando se le escribe a una cortesana. En este caso, el océano de por medio evita todo resquemor. Al comenzar, se me planteó la duda del tratamiento. Cómo la llamo. Por el nombre de pila no me complico. Claro que doña Clara, a secas, es un tanto frío. Tampoco puedo tratarla de muy señora mía, y menos distinguida señora. Por otra parte, si en algún momento pudiera percibir mi desdén por su oficio; no dejaría de ser una majadería por mi parte. Me voy a decidir por doña Clara, como ahora es madán.

“Doña Clara:

”Recibí su atenta en la que nos pone al corriente de sus cualidades culinarias. Hubiéramos probado sus exquisiteces, claro que en otras circunstancias menos lamentables. Asunto que desconocíamos, como también ignorábamos el fervor religioso del difunto de su esposo hacia la Virgen del Carmen. Nos preguntamos si, como sucede en la patria, bendice en Colombia los mares, a los marineros y a la Marina. En cuanto a su decisión de independizarse, parece acertado. El nombre del negocio también lo es. En esto de nombrar hay que hacerlo con cierto tino y gusto. Es muy importante que los nombres den una imagen real de lo nombrado. Imaginase que se hubiera llamado león a una hormiga y viceversa. O en su caso, un nombre que desdibujaría el sentido del placer de quien allí acude en busca de los servicios que ustedes ofrecen a los clientes. Estoy entrando de puntillas en este asunto, porque no pretendo parecer cursi, ni tampoco vulgar. Porque este oficio de usted se puede prestar a interpretaciones dispares, según cómo y quién lo trate. Siendo un servidor muchacho, abrieron al fondo de la calle don vivíamos un prostíbulo. Al anochecer, en un coche enorme, traía el dueño a las chicas, cuatro o cinco. La chiquillería se apostaba cerca de la puerta para verlas llegar. Ya venían vestidas con las ropas y adornos apropiados para el trabajo, lo que les confería un halo atractivo, diferente, especial. Además las plumas, las ligas, las medias, los oropeles, las pinturas, los corsés las convertían en seres especiales; se diría que divas. Aquel era un local algo cutre, que no tendrá nada que ver con la elegancia del suyo. Había una luz roja encima de la puerta y sonaba dentro una música para ser bailada cuerpo con cuerpo. En cuanto abrían las puertas sonaban en la noche las respectivas voces de las madres de todos los asistentes al espectáculo diario para volver a casa. A ellas no les hacía gracia alguna. Los padres nos preguntaban a hurtadillas cómo eran las fulanas. Y ahí cada uno ponía de su cosecha y de su imaginación, para darnos alguna importancia y presumir del espectáculo al que podíamos asistir cada noche y ellos no. No duró tiempo. El lugar estaba mal elegido. Por lo que se trasladó a las afueras de la población. No sé por qué estoy contándole estas cosas. En algún momento se me había pasado por la cabeza, que con las manos que tiene usted para la cocina, podría compartir lupanar con un distinguido restaurante. Oiga, que estas son apreciaciones mías, que cada cual es feliz en lo suyo. Y si me lo permite, tanto placer es el de la mesa como el de la cama. Hágase una idea si pudiera complementarse. No le voy a referir un dicho, a este respecto, que por aquí se usa; porque me va a tachar usted de impertinente.

”Ya envié nota, para poner al corriente, al amigo Sorete. No puede decirle que pasaría a verla; primero por la distancia; segundo, porque mi señora no estaría por la labor. Mucha suerte en su nueva andadura. Decirle que tenga mucha clientela, no sé si contravendría los principios morales. Aunque, bien mirado, también ejercen ustedes una labor social. En cuanto al trato que les dispensó a quienes pretendían ponérselos a su difunto, qué quiere usted que le diga: fueron por lana y salieron esquilados. Es lo que tiene el huerto ajeno, que gusta tanto. El problema es que tenía dueño y no les quedó más remedio que pasar por caja, con sobre pago por estar en zona ‘vip’, que es como aquí se le llama a los que tienen ciertos privilegios de proximidad en los espectáculos. En cuanto a los velatorios, en nuestro país han desaparecido, salvo algunas excepciones dignas de mención. Son asépticos, fríos. Todo está en manos de las funerarias. Te cogen al muerto, te lo maquillan, te lo muestran en el ataúd, tras de unos cristales y al día siguiente te lo entregan dentro de una urna convertido en cenizas y te lo llevas a donde quieras. Incluso la última noche que aquí pasan lo hacen solos dentro del escaparate donde les colocan. Por lo que usted nos cuenta el de su difunto fue de los de antes”.

 

Carta recibida, en el día de la fecha, de doña Clara Bienvenida Sobradillo de Buenavista

24 de agosto de 2010

EL tiempo que tarda la carta en cruzar el océano, más lo que se llevó en escribirla quien la remite; es lo que hemos empleado en ponerla en conocimiento. Esta vez viene aliviada del luto.

“Mi querido señor:

”Ha de disculpar la espera en contestarle. Mis nuevas ocupaciones me traen de cabeza, además del tiempo que me restan. La otra noche que fue festiva y aquí se celebra con una romería, pude disponer de mi persona y aproveché para sentarme a contestarle. Mucho le agradezco el que me dispense tantas atenciones, referentes, a lo que usted le llama ‘virtudes’ culinarias. Me ha de explicar el refrán que omitió en su carta. Aunque, conociendo algo de los placeres, creo que tendrían relación con la lujuria tras la gula. No sería mal negocio. Pero no podrían estar juntos, alguien se lo apuntaba por ahí. Como usted califica: el yantar y el yacer por separado se han de tener. Mis mañas para la cocina las heredé de mi abuela. Y le mentiría si le dijera que me enseñó siendo niña. Estas cosas se heredan a no, según vengan. Sí es cierto que me fijaba mientras amasaba, montaba las claras, ponía a punto el fuego; canturreaba canciones de mi tierra: ‘Soy colombiano’, ‘Pueblecito viejo’, o ‘El regreso’; pero no me pregunten ustedes, porque no tengo buen oído para la música —aunque esté mal el decirlo—, si se trataba de cumbias, bambucos, vallenatos o cualquiera de nuestros ritmos. Guárdeme usted el secreto, por favor. La otra virtud, que usted así no la considera, me vino dada. Como quien nace con un lunar, una gracia o una mancha. El asunto consiste en saber encauzarlo. Quien nace con cualquier don (música, canto, literatura) y no se procura un buen gusto, no dejará de ser vulgar, aunque conozca la técnica. Nos estamos metiendo en tierra caliente. Pero no espere que le desvele mis secretos. No me sea usted golosón. El oficio que una servidora ejerce, por antiguo, debiera de estar considerado como cualquier clásico. Sospecho que tiene usted la pregunta a punto: ¿cómo se buscó ese buen gusto? Al lado de grandes señoras que han convertido su labor en obra de arte social. Al punto, que decisiones transcendentes han salido entre edredones. Debería de haber algún escritor que escribiera la historia de las cortesanas del mundo. Ese ensayo le encumbraría a la fama; porque detrás de las cortinas, en las coquetas, frente a los espejos y junto a los cojines se esconden los grandes secretos que han movido la rueda del mundo. No me diga usted que me estoy yendo por los cerros de Úbeda, que se lo oí decir a un español de Castilla la Vieja. No puedo, ni debo, por dama, contarle asuntos que ni le aprovecharían a usted, ni a mí me beneficiarían. ¿Qué hace un escritor? Leer y pensar. ¿Qué un músico? Poner el oído. ¿Qué un cantante? Cantar. No me pregunte usted. Se lo dejo para que se lo rumie. Poco más he de decirle. Si un día me cansare de este oficio, puede que le haga caso y complazca a quienes buscan el buen comer. Se me ocurrió una noche releyendo su carta, como le llamaría. Esto habría de ser, sin duda, algo apetitoso. ¿Qué la parece? ‘La olla de Clara’. En ese caso, quedaría usted invitado y su señora, si nos complaciera en visitarnos en nuestro lindo país”.

Su...