Letras
Violeta

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Soda con limón, el trago de siempre. Cuarenta minutos y ocho cigarrillos. Era un libro de cuentos. Una y otra vez leía el mismo. Quería ser parte de esa historia, de otra que no fuera la de ella.

Diego nunca solía ir a ese lugar. Pasó por allí buscando cigarrillos y la vio. Estaba sentada con las piernas cruzadas, el libro sobre ellas, una mano sosteniéndolo. Vestía sandalias negras, unos jeans viejos y una franela negra con escote, que dejaba su espalda y su cuello al descubierto. Su cabello largo caía suelto sobre sus hombros. Una delgada cinta color violeta a manera de cintillo. Sus pestañas aleteaban, alas de una pequeña mariposa, y sus dedos amarillos iban pasando las páginas del libro.

Había olvidado comprar fósforos. Se acercó a Mónica para pedirle fuego. Ni siquiera levantó la mirada, extendió su brazo y le dio el encendedor.

—¿Está ocupado? —preguntó él, tratando de llamar su atención.

—No. Siéntate —contestó Mónica.

Aún no alzaba los ojos para ver quién era ese extraño que se había sentado en su mesa.

—Disculpa el atrevimiento pero, ¿estás esperando a alguien?

—No... Ya no... A nadie.

—¿Y puedo preguntar por qué lees en un café como este donde hay tanto ruido y no en tu casa o en una biblioteca?

—El ruido no me molesta... me acompaña.

Diego no supo qué decir luego de esa respuesta. Decidió irse para no molestarla. Mónica finalmente lo vio. Se volvió para buscarlo.

—Disculpa... no quise ser grosera.

—No te preocupes. No quise molestarte.

—No te había visto por aquí.

—Primera vez que entro. ¿Y tú?

—Desde hace como año y medio.

—Siempre paso pero nunca me quedo.

—¿Y esta vez fue por..?

—Por ti...

—Hombres... no pueden ver sola a una mujer porque inmediatamente deciden atacarla —dijo mientras reía.

—No, no fue eso.

—¿Entonces?

—Eras la única que estaba fumando en el lugar y yo no tenía fósforos.

—Entonces fue por necesidad.

—Sí...

Mónica parecía sacada de contexto. Entre tanta gente tomando, hablando, riendo, ella estaba allí leyendo. Rodeada de tanta gente pero completamente sola. Eso lo cautivó. Sintió la necesidad de estar con ella, de disipar su soledad aunque fuera por un instante.

Estuvieron hablando de cosas triviales hasta que oscureció. Muchas cosas cambiaron durante ese tiempo. La mirada de Mónica detallaba el rostro de Diego. El libro se encontraba a un lado, cerrado. Las sandalias negras ahora acariciaban la pierna de Diego, por debajo de la mesa.

Cuando ya no había más de que hablar, ella lo tomó de la mano y lo condujo a su casa. Esa tarde, ella no pretendía conseguir nada. Tal vez un poco de placer. Diego buscaba un lugar donde comprar cigarrillos y terminó con otro vicio.

Mónica abrió la puerta de la casa con lentitud, estaba oscuro. Guió a Diego entre las sombras. Él se dejó llevar por esa extraña. Sus manos estaban frías. Pensó que era nerviosismo. La casa era pequeña, pintada de azul en distintos tonos; libros apilados en piso, muebles vacíos, un radio viejo.

Lo sentó en el sofá. Él abrazó su cintura tratando de acercarla. Empezó a besarle el vientre mirándola a los ojos. Mónica le acariciaba el cabello pero se mantenía distante. Diego se levantó y quedó inmóvil frente a ella. Retrocedió un poco. Un mechón de cabello se había liberado de la cinta color violeta. Lo tomó con su mano, tratando de enrollarlo entre sus dedos. Ella le sujetó la muñeca para interrumpirlo. Se acercó lentamente, cerrando los ojos y sin aviso, lo besó. Ahora, sin que ella lo detuviera, jugaba con su cabello. Bajó por la espalda descubierta. Llegó hasta sus muslos y la levantó contra él. La pared fue cama por un momento. La llevó cargada hasta la habitación mientras ella entrelazaba sus piernas en su espalda. La colocó sobre las sábanas blancas y fue acostándola con delicadeza. Empezó a besarle el cuello, bajó hasta su vientre y retiró con su boca la franela negra. Con ambas manos, le sujetaba las muñecas con fuerza para besarla. Mónica no oponía ninguna resistencia. Ella se dejó acariciar, en silencio y a oscuras. Su cuerpo inerte sabía que cualquier movimiento podía remover los recuerdos y echarlo todo a perder. Él era un hombre como todos, un amante casual que conoció en la tarde.

La fue desnudando lentamente. De rodillas, sobre ella, la miró por largo rato. El lienzo blanco de las sábanas enmarcaba su cuerpo despojado de todo. Lo único que le dejó puesto fue la cinta violeta en el cabello.

La oscuridad se desvaneció. Allí estaba ella, en la cama junto a él, mirando cada parte de su rostro, detallando cada poro, cada parte de ese hombre que estaba dormido a su lado. Pensó en vestirse y decirle adiós, antes de que su memoria empezara a sacudirse. Quiso explicarle que esa noche no iba a ser el principio de un nuevo amor, ni siquiera de una pasión fugaz, era sólo un instante de placer, y que dentro de poco se iría; debió decirle que no habría más nada para ellos, que no vagarían juntos otra vez de la mano por las calles, ni compartirían juegos de amantes, pero no pudo hablar. Lo vio vulnerable y quiso ser su amiga, tal vez amante casual, algunos ratos de ocio, sin exigencias ni compromisos, para no estar sola y para lidiar con el miedo. Sintió pena por él. Las lágrimas empezaron a quemarle los ojos. Sabía que Diego no pensaba lo mismo. Desde que salieron del café, había entrelazado su mano con la de ella, y hasta ahora, no la había soltado.

Rozaba su rostro con lástima, pidiéndole perdón con las caricias de sus manos. Diego abrió los ojos. No dudó en besarla.

—¿No has dormido nada?

—Un poco —le mintió.