Letras
Dos relatos

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El cumpleaños de Eva

Eva siempre fue una mujer atractiva, quizás un poco sobrevalorada en esa Sudamérica con sabor a Caribe; a papayas maduras, pendientes que salen del pecho; caderas apetitosas (gruesas como la rueda de un róbalo), y a vagina con sabor a especias. Había llegado a los 40 años espléndida, aparentando menos edad.

En la ducha no podía evitar el gozo que le producía verse allí, desnuda, recorriendo con la mirada esa carne firme, el cabello negro que se le escurría por la curvatura del muslo, longitudes de su pierna y que huía por su pie; rumbo a navegar con la corriente, a lanzarse por el acantilado del sifón; al suicidio. Era un cabello negro, desde la raíz hasta la punta. Como todos los de ella. Negro como el que ya no tenían sus amigas; cabezas ambiguas de orígenes blancos y términos entintados.

Se reía, ponía contenta la cara bajo la ducha y se reía de nuevo. ¿Cómo no hacerlo?, ¿cómo no sentirse orgullosa?, ¿cómo no perder el miedo y preguntarse cómo se vería a los 50? “¿Con estos genes? No cabe duda que un poco más madura, pero igual de bella, quizás más hermosa”. Volvía a reír, hasta que una mano tatuada con una llama corrió la puerta de la ducha y juntó su humanidad a la de ella.

Sentía el calor de su hombre. Encima tenía al hombre que amaba, que la amaba, que penetraba con su lengua inflamable todos sus labios. El marido que todas querían y que ella, la Eva de esa costilla, fue la única en tener.

El tiempo ha pasado. Diez años han pasado. Hoy Eva cumple 50 años. La sala de su casa está llena de flores, de heliconias rosadas, sus favoritas. Una foto gigante de Eva reposa sobre un caballete: sentada en una bicicleta con un vestido blanco y vaporoso, lucha por no caerse. Sostiene el manubrio con sus manos y mantiene el equilibrio con la punta de sus pies descalzos, mientras una sonrisa juguetona se forma en sus labios pintados de rojo. Luce más bella.

Su familia y sus mejores amigos están presentes. Algunos beben café, otros sorben de a poco sopa caliente. Los que llegan saludan flemáticos y se organizan en una fila para verla.

Dentro de una urna, con la cabeza sobre un cojín de seda blanco y el fulgor de sus cabellos negros que contrastan bajo el cristal, reposa Eva. Tiene la boca cosida con nailon, rellena de algodón, adhesivo en los ojos, el tórax cortado por la autopsia y por las múltiples puñaladas que le dio su esposo. Así sin color, joven, llena de vida pero sin ella, se ve Eva a los 50 años.

 

La llama de Pedro

Cada vez que Pedro tocaba la bolita del cursor del mouse y sentía bajo su dedo esa prueba de fragilidad; la de la yema de su índice sobre la pequeña esfera y la de la pequeña esfera abajo, dominada por una yema; pensaba que detalles como esos eran los que extrañaría cuando estuviese muerto.

Él tenía tatuada una calavera en su mano, porque se sabía un ave de paso. Y cuando por fin aprendió a no cuestionar, a apreciar la vida y amarla por lo que era, cuando se tatuó de nuevo y puso sobre la calavera una llama (la chispa que en él se encendía), se suicidó tranquilo, después de quitarle la vida con un cuchillo, así nomás a su esposa.