Letras
Delirios reconfortantes

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Te has ido. Eso queda claro, caminando por tu apartamento desolado busco con afán algún rastro de tu aroma, de tu calor, de tu cariño. Un meow en el fondo me recuerda que no camino por los pasillos de una casa ajena, que nada ha sido un sueño, que algún día hasta bailaste salsa en la sala conmigo. Me acuerdo de los mil y un sitios que marcamos con pasión, de los chistes malos y los huevos quemados.

Un ring en la puerta me saca del ensueño que provoca el no tenerte cerca.

—¿Quién es?

—Domicilio —vaya, no recordaba haber pedido algo, pero es difícil saber la verdad. Tal vez pedí, tal vez. Abro la puerta y miro pero no veo.

—Buenas tardes. Son 15.700 —lo miro, y supongo que yo tengo que decir algo, pero no puedo. Revuelvo los dedos entre los bolsillos esperando encontrarme con algo que desconozco, pero sólo salen billetes de 10.000.

—Quédese con el cambio, gracias —lo logré, dije algo. Le recibo las bolsas y las dejo sobre la mesa del comedor que aún no existe. Qué vacío cuando no estás.

Otro ring. Pensaba que había cerrado la puerta ya. ¿Ahora qué? ¿O quién? Abro la puerta.

—Quédate quieta.

—Tú... ¿por qué?

—Quédate quieta. Por favor, no te muevas.

—Ajá —levanto los hombros dándole a entender que me importa un bledo, y me volteo.

—¡Que no! —y se abalanzó sobre mí.

—¡Qué putas te pasa! Quítate.

—Snipers.

—Ajá —lo que me faltaba, uno que delira más que yo—. ¿Sabes? Ya es hora de mis pastillas, gracias a Dios, creo que ahora sí que las necesito de verdad.

—¿Lo dices por mí?

—Claro, se supone que estás muerto. Ah, y por fa cierra la puerta —saco las pastillas del bolsillo de mi chaqueta, me sirvo algo de coca cola cuando decido que necesito algo un poco más fuerte. A ver, ¿dónde quedó el tequila aquel?

—¿Tequila?

—Yeah, baby —si tan sólo supiera. Pastillas en la lengua, shot de tequila. A tragar.

—Con pastillas.

—Ajá.

—Pero sabes que no debes.

—Tanto como sé que sí puedo.

—Terca, terca. Yo creo que te equivocaste de mes al nacer. Pareces más Tauro que Acuario.

—Lo que sea, no deberías estar aquí y lo sabes tan bien como yo.

—No puedo evitarlo... Te necesito.

—Déjate de pendejadas, sé perfectamente que soy yo la que te necesita a ti. También sé que no eres tú el que está aquí —sirvo otro trago de tequila, del blanco, para no olvidar tanto.

—Mírame, ya no tomes más, por favor. Guárdala.

—¿Por qué? Fuiste tú quien me la regaló. Sabías que tomaría de ella. Sabías que era impulsiva y que estaba miedo trastornada. No te quejes de lo que provocaste.

—No sabes cuánto y cómo añoro tocarte.

—No tanto como yo.

—Mejor.

—Falso. No me engañas, Gordo, sé que no eres tú.

—Pero sí soy yo.

—No, no, eres yo. Soy yo.

—Prométeme que no tomarás más nada. No pastillas, ni tequila, ni agua. Debes seguir en pie un rato más. Ya verás cómo empiezas a sentir el efecto. Háblame.

—¿Para, para, para qué?

—Te ves hermosa con la colita alta. Me encantas cuando te sonrojas, cuando se te suben los colores por el trago. Te ves tan tierna, tan vulnerable y abierta.

—Siempre quise que tuviéramos una mesa y sillas en la cocina, joder, hacen falta, detesto estar de pie cuando no hace falta.

—Fue mi culpa, lo siento. Pensé que te emocionaba más el que te hiciera regalos...

—Bla, bla, bla. ¿Por qué no te callas ya? Tengo suficiente con mi propia voz hablando sobre ti sin parar. Quisiera tanto odiarte u olvidarte. Pero estás tan presente como ahora. Joder, hasta puedo olerte —no resisto más y decido acercarme al baño con la poca conciencia que me queda para estar despierta.

—Por favor, no te muevas.

—Pero, es que —las letras salen lentas, como ajenas— tengo sueño —bostezo.

—Mírame. Te extraño. ¿Aún me quieres?

—Siempre —tuc. ¿Qué putas? ¿Por qué me caigo al piso? Mi cabeza... y el frío del piso.

—Sniper. Era sólo cuestión de tiempo. Tranquila, respira, que te espero —y me besó la frente rompiendo mis reglas, las suyas y las nuestras.