Sala de ensayo
Enrique Serna
Enrique Serna.
Historia y literatura en El seductor de la patria, de Enrique Serna

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Hablar de la literatura en la historia o viceversa es un tema no fácil de limitar; en el mismo renglón esta hablar de la realidad y la ficción. En un primer momento podemos afirmar que se trata de un juego o de una fusión entre ambas disciplinas. La historia es abordada desde de lo público y la literatura desde lo privado.

En el presente trabajo enfrentamos el tema de la historia y la literatura en el género de la novela histórica, específicamente en una novela de Enrique Serna, El seductor de la patria, de 1999. Para ilustrar la manera íntima en cómo se relacionan en esta novela realizamos un paralelismo entre el personaje histórico y el personaje de ficción.

En El seductor de la patria, Antonio López de Santa Anna pretende elaborar una biografía en la recta final de su vida con la asistencia de su hombre de confianza y su hijo, quien es el comisionado para elaborarla y con el cual mantiene comunicación por vía de misivas a las cuales se sumarán más documentos históricos.

Nos encontramos ante una novela epistolar con narración en primera persona; autobiográfica, por ello, definimos el concepto de ésta, y en la cual hechos y personajes son ficcionalizados. Esta novela pertenece al género llamado Nueva Novela Histórica (NNH) en el cual sobresale la importancia del personaje histórico.

 

La historia y la literatura

Tratando de dilucidar entre la eterna discusión de la tarea del escritor (poeta para Aristóteles) y la del historiador, es obligatorio recurrir a lo dicho por Aristóteles en su Poética: “No es oficio del poeta contar como sucedieron sino cual desearíamos hubieran sucedido y tratar lo posible según su verosimilitud...” (Aristóteles, 1996: 143-144). La verdadera diferencia, dice Aristóteles, entre uno y otro, no radica en la métrica con la que escriba el poeta, sino en que el historiador dice las cosas tal y como pasaron, en cambio el escritor dice las cosas como hubieran pasado. Además “la poesía trata sobre todo de lo universal, y la historia, por el contrario, de lo singular”. Al hablar de lo universal, Aristóteles se refiere a lo que es verosímil de manera que el poeta podrá imponer nombres a personas, al contrario de lo singular del historiador que dirá lo que le pasó a una persona en particular.

El realismo de la literatura descansa en el concepto de verosimilitud, que no es otra cosa que el carácter que poseen los textos narrativos pertenecientes a la ficción del arte literario, los cuales deben ser considerados como creíbles desde una verdad poética y no histórica. Así, un texto de ficción no tiene que ser verificable, bastará que sea verosímil para creer en él, y sin tener que comprobarse.

Interminable ha sido el debate entre lo verdadero y lo ficcional, y al respecto Juan José Saer, autor también de novelas históricas, señala que no son necesariamente conceptos contrarios y el entrar en la ficción no implica tergiversar lo verdadero. Igualmente al adentrarse en campos no verificables las posibilidades de la ficción son inconmensurables.

En su teoría de la ficción Saer sostiene que aun en las ficciones que integran conscientemente fuentes falsas, lo hacen “para señalar el carácter doble de la ficción, que mezcla de un modo inevitable lo empírico y lo imaginario” (Saer, 1997: 12). Por otro lado, debe ser creída en tanto que ficción y no en tanto que verdad. La ficción será verosímil si incorpora elementos históricos asimilándolos y trabajándolos a su manera. Ese es el caso de las cartas fechadas en El seductor de la patria.

 

La Nueva Novela Histórica

En las últimas décadas del siglo XX ha surgido una notable y prolija producción de novelas históricas en Latinoamérica. Se ha dicho incluso que ello conlleva un cambio radical o renovación en el género para algunos críticos. En casi toda novelística el personaje compone un aspecto imprescindible, pero muy especialmente en estas novelas históricas, pues el rol que desempeña es trascendental, dado que, o son un aspecto principal de la novela, o por medio de éste se accede a una zona en la que “la historia aún no ha sido contada”.

Con el propósito de diferenciar estas recientes novelas históricas de sus antecesoras, los críticos les han dado diferentes nombres —a partir de 1980, a decir de Ute Seydel— tales como “novela histórica posmoderna” de Brian McHale, “metaficción historiográfica” de Linda Hutcheon, “nueva novela histórica” de Fernando Aínsa y Seymour Menton, “novela histórica de fin de siglo” o “novela contemporánea” de María Cristina Pons (ver Seydel, 2003: 49).

La “metaficción historiográfica”1 se caracteriza, según puntualiza Pulgarín, por la autoconciencia de las teorías del Nuevo Historicismo y el reconocimiento de la imposibilidad de representar la realidad. Señala, además, que “los autores son conscientes de que tanto la narración histórica como la narración ficticia son construcciones o productos humanos” (1995: 14).

La definición de Aínsa y Menton de la Nueva Novela Histórica (NNH) es la denominación más generalizada en Latinoamérica, propuesta en 1991 por el primero de ellos y adoptada inmediatamente después por el segundo en 1993, llamando ambos a las novelas previas, novelas históricas tradicionales. Según Menton, la Nueva Novela Histórica es menor en cantidad, pero mayor en calidad (ver Menton, 15). Se distingue además por “el distanciamiento del modelo tradicional por los aspectos formales en su narrativa y por la posición que adopta frente a la historia y a la historiografía” (Pons, 1996: 16).

La Nueva Novela Histórica tiene su precedente en la Novela Histórica Tradicional, la cual se desarrolló al calor del romanticismo en el s. XIX, que evolucionó, en rigor, en el siguiente siglo, al interior del modernismo, criollismo y existencialismo, y en lo cual juega un papel importante la obra Zama de Antonio Di Benedetto (1950) (ver Menton, 1993: 36).

Para la distinción de las Novelas Históricas Tradicionales algunos críticos se apoyan más en un método inductivo, parten de las obras mismas, esto es, desde hechos relacionados más con la experiencia que con el aspecto teórico. Por ejemplo, Menton, que parte de un corpus de novelas históricas publicadas luego de 1979, en las que advierte diferencias significativas a las precedentes. Otros como Barrientos opinan que la diferencia entre la Novela Histórica Tradicional y la Nueva Novela coincide con la oposición entre modernidad y posmodernidad. Además de que la primera aspiraba a ser objetiva y científica y la segunda es, sin lugar a dudas, subjetiva.

Así, al momento de definir la NNH, sus orígenes y delimitaciones, nos encontramos con desavenencias entre los críticos. El mismo Menton, a su vez toma de Anderson Imbert la definición de NNH que considera la más conveniente para su objeto de estudio, definición que se remonta a 1951 y considera Nuevas Novelas Históricas a todas aquellas que cuenten una acción ocurrida en una época anterior a la del novelista, de tal suerte que el crítico excluye múltiples novelas de notable relevancia.

Como año del natalicio de la NNH se maneja una serie de fechas, hay quienes abogan por 1949, 1974, 1975 o 1979. La primera fecha corresponde a la publicación de El reino de este mundo, del cubano Alejo Carpentier; según Menton, es la primera nueva novela histórica, destacándose por su referencia a la historia de un país o del continente; incorporada por la crítica también en el “boom”,2 concepto en el cual eran incluidos escritores de nuevas novelas.

 

Construcción del personaje

Para la construcción del personaje abordado desde un frente semiológico, es importante señalar que actuará como un morfema, por lo cual se desenvolverá en un contexto del cual emergerá su definición: “por un conjunto de relaciones de semejanzas, de oposición de jerarquía y de orden (su distribución)”. (Hamon, Philippe, 1996: 130).

El contexto desempeña un papel muy importante, pues además tiene la función de seleccionar, actualizar, y es susceptible de aplicar, según Hamon, “de ampliar esta noción de contexto a todo texto histórico y cultural” (Hamon, 1996: 131). De manera que el empleo de un personaje histórico quedará supeditado “por una Historia previa ya escrita y fijada” (Hamon, 1996: 132). Entonces, si atendemos a esta teoría, significa que al emplear el nombre de Antonio López de Santa Anna quedará su accionar en cierta medida comprometido desde el momento mismo de su mención, por llamarlo de alguna manera, es decir, que dentro de la novela está ya predestinado a ser presidente de México, a la mutilación de su pierna, a la pérdida de los territorios del norte del país, a su matrimonio con Dolores Tosta, etc. Estos acontecimientos son parte del mundo en el que se moverá el personaje histórico. Pero no por ello, subraya Hamon, quedará fija la funcionalidad narrativa de un personaje cuyo nombre tiene referencia en la historia y cuyo papel ya ha sido fijado por ésta. De esta manera, sabemos que el personaje histórico padeció demencia senil y padece ataques, y en El seductor de la patria, para calmarlos, necesita tomar polvos de ipecacuana, hecho que históricamente no nos consta.

Del mismo modo, la aparición de nombres de lugares geográficos cumple unas funciones determinadas: “anclaje referencial en un espacio verificable”, “subrayado del destino de un personaje” y “compendio económico de ‘papeles’ narrativos estereotipados”. Así que tenemos, como referencias verificables: la ciudad de México, Veracruz, las diferentes haciendas; los lugares donde habitó el personaje: Nassau, El Encero, Manga de Clavo, y las actividades que realiza en estos lugares, unas distintas de otras.

A pesar de ser una novela histórica, en El seductor de la patria no todos los nombres de los personajes son históricos, es decir, que son personajes con nombre propio no histórico, los cuales, a decir de Hamon, con su aparición crean una suerte de “blanco” semántico. Didier Michon, joven de nacionalidad belga, mayordomo en la corte del rey Luis Felipe y amante de Dolores Tosta, es un nombre propio no histórico, o “un signo vacío” que se llenará de significado en virtud de su descripción: personaje que aparentaba ademanes afectados, nombrado director de protocolo por Santa Anna. Sin embargo, este personaje o “morfema vacío”, que de entrada cuenta únicamente con referencia contextual, será completado hasta el final del relato cuando haya actuado en diversas transformaciones. Ese significado3 del personaje se llenará de acuerdo a su interacción dentro del texto.

El pasado, al momento de escribir, no permanece fijo e inmutable a causa de la memoria que, sin titubear, inventa el pasado gracias a dos principios: “selección y combinación”4 (Muñoz, Molina, Antonio, 1996: 311). La memoria provoca el surgimiento de la ficción, gracias al inventar, seleccionar y combinar. Esta ficción se mantiene “desleal” a los hechos que son encausados para dotarlos de coherencia.

Según lo anterior, podemos decir que, gracias a la memoria —inventar y recordar—, el novelista de la Nueva Novela Histórica se permite reinventar o reescribir la Historia, es por ello que algunos críticos hablan de que abordar la NNH es reinventarla o reescribirla, o en dado caso, como pudo haber sucedido.

Según Muñoz Molina, es en quien (ya sea una persona o un tema) verdaderamente nos interesamos cuando más subjetivos y arbitrarios somos, por lo que un novelista mezcla en sus personajes verdad, mentira y ficción, quedando la identidad del personaje sujeta a la mirada y a la imaginación del autor.

El fracaso o éxito quedará sujeto al buen tino o al buen olfato del escritor para nombrar a su personaje. La trascendencia del nombre estriba porque “es la cara que ve el lector del personaje” (Muñoz Molina, 1996: 315). Es válido que en una novela de ficción nos desagraden ciertos nombres, pero ¿cuándo son históricos? Dice Muñoz Molina que mientras no tengamos el nombre, no podemos decir que tengamos al personaje. En una NNH, generalmente tenemos, de antemano, el nombre del personaje. Particularmente, en El seductor de la patria el nombre de Antonio López de Santa Anna no será la primera vez que lo leamos, estará ya cargado o contaminado, si se me permite la palabra, por situaciones externas a la literatura.

El nombre es, pues, muchas veces, la carta de presentación que tiene el autor a través de su personaje, cuyo origen de la designación del apelativo encuentra sus orígenes en distintos modelos. Modelos que se gestan, según Muñoz Molina, por la intervención de la memoria, el recuerdo, la selección y combinación, la verdad y la mentira, realidad y ficción y “mezclando rasgos”.

 

“El seductor de la patria”, de Enrique SernaEl seductor de la patria como autobiografía

La autobiografía es una categoría en la que los especialistas tienen opiniones muchas veces contrarias acerca de su constitución, su naturaleza, sus delimitaciones, orígenes y definiciones. Ello debido, según May, a que no se separa comúnmente de géneros literarios e históricos en cercanía de los cuales se desarrolló.

Problemática importante radica en su conceptualización, y es que no hay una definición universal, en vista de que no solamente varía conforme al teórico, sino también al tiempo, pues como la entendemos hoy no ha sido siempre. Además que, al entrar en contacto con conceptos nada similares, pero igualmente complejos, como la ficción, adquiere una complicación más. Ello porque la ficción mantiene una relación muy particular con la literatura, a la que afecta propiciando en ella géneros a la vez vastos y relativamente recientes como la nueva era de la novela histórica que, entre otras cosas, se destaca por la importancia que cobran los personajes; asimismo la imaginación que el novelista aporta, de modo que no hay fidelidad respecto a los datos históricos.

Según George May no ha llegado el momento de una definición precisa y universal en la que hayan convenido los críticos sobre autobiografía. No obstante, en su trabajo comienza definiendo lo que para él es la autobiografía: “Es una biografía escrita por aquél o aquéllos que son sus protagonistas” (May, 1982: 13).

Estos personajes históricos son objeto de autobiografías ficcionales, también llamadas imaginarias o apócrifas, cuyo denominador común es el poner en escena a un personaje histórico connotado y no necesariamente héroe. Por ejemplo: Maximiliano y Carlota, Agustín de Iturbide, Hernán Cortés, Antonio López de Santa Anna, entre otros.

En este sentido El seductor de la patria es una novela autobiográfica porque el personaje principal y narrador de la historia, Antonio López de Santa Anna, relata en primera persona; por lo tanto, se asumirá que todo aquello dicho por el personaje se hará bajo su óptica, intercalando relatos de su presente con el pasado. A pesar de no existir identidad entre Santa Anna y el autor real, Enrique Serna.

Esta autobiografía cumple con las dos características que, según George May, son comunes en la mayor parte de las autobiografías: la primera característica señalada es que la autobiografía es una obra de la madurez o de la vejez;5 tal situación se presenta con el personaje, que cuenta con 76 años al momento que decide llevar a cabo su autobiografía. La segunda característica es que el autor es conocido por muchas personas antes de la publicación de su obra. En la novela, el personaje es conocido por muchos aunque no de la manera que el personaje quisiera, pues el conocimiento que tienen de él es por sus acciones. Además, el personaje siente que provoca en la actualidad un interés morboso que le resulta incómodo:

Comprendo el interés de la muchedumbre por mi pobre persona. Para bien o para mal soy una leyenda, y como saben que puedo morirme de un día para otro, no quieren perder la oportunidad de manosearme. Pero hubiese preferido visitar la Basílica a solas, porque en vez de tener un día de sosiego recaí en mis obsesiones políticas, que la multitud insufló en mi espíritu con sus murmullos de admiración o rechazo (49).

Nuestro trabajo intercala las lecciones históricas que han abordado el tema del ex presidente Antonio López de Santa Anna, encarnación del caudillo, quien mezclaba lo mismo virtudes —reconocidas incluso por sus opositores— como el genio militar, que resabios como la vanidad y la perfidia, ellas coronadas con un comportamiento “histriónico de un gran comediante”.

En la autobiografía ficcional, el personaje de un hombre que fue 11 veces presidente y que gobernó durante 30 años la nación, a manera de petición ruega imperiosamente se le juzgue después de conocer su visión de la historia, que lo enjuicien con más elementos de causa, como el mismo personaje dice:

Desearía ser mejor comprendido, que la gente me condene o me absuelva, pero con mayores elementos de juicio. ¿Vender yo la mitad de México? ¡Por Dios! Cuándo aprenderán los mexicanitos que si este barco se hundió no fue sólo por los errores del timonel sino por la desidia y la torpeza de los remeros. Estoy dispuesto a cargar con mis culpas, no con las que me endilgue la plebe ignorante y rastrera, cómplice de todas mis tropelías (Serna 1999: 49-50).6

Con esta visión comulgan algunos historiadores como Enrique Krauze, quien lo considera, efectivamente, hasta cierto punto víctima de su tiempo y de los azares de la historia de nuestro país:

Personaje de opereta... era una especie de gloria imperial sin corona... No fue el único responsable de la pérdida de Texas... pero los liberales... lo habían convertido en el hombre fatal, el genio del mal que abortó el averno para oprimir, degradar y vejar a la magnánima, dulce y apacible nación mexicana, un vil traidor “vendepatrias” sin derecho a estatuas. El que durante sus periodos presidenciales no hizo otra cosa que erigirse estatuas (Krauze, 1999: 13).

Durante nuestras clases de historia en los primeros años de enseñanza se nos instruye, como en todo en la vida, acerca de los buenos y malos, no hay medias tintas, tendemos siempre a polarizar. En esa edad pueril es impensable poner en tela de juicio la probidad de los “héroes que nos dieron patria”, tan conspicuos hombres. De la misma manera, nos es impensable imaginar siquiera que Antonio López de Santa Anna —aquel vil traidor que vendió Texas por unos cuantos pesos, y que malgastó en uno de sus tantos juegos de apuestas— haya sido considerado como un héroe, llamado “eterno hijo de Marte”, “Benemérito de la Patria” o “Campeón de Zempoala”.

El personaje ficcional sumergido en cavilaciones que el recuerdo provoca y con el afán de justificarse, el cual corresponde a la insatisfacción de su presente, trae a colación a otro mito de la historia mexicana, cuyo personaje y acciones son noveladas, pero cuya reputación es diametralmente opuesta: Miguel Hidalgo y Costilla. En estas circunstancias, Santa Anna es merecedor de otro destino porque, a decir suyo, es más loable su acción como actor político que lo llevado a cabo por el llamado Padre de la Patria:

Nuestro pueblo era una mezcla heterogénea de culturas y razas. Yo soy el principal artífice de su historia, por encima del cura Hidalgo, porque le di fisonomía y cohesión espiritual a una masa de huérfanos desvalidos (171).

Si bien no comparten la misma época, sí comparten una característica muy singular: la seducción. Ambos sedujeron a una patria y a un pueblo por su carisma, don de mando y por su carácter astuto.

Pero, como mencionamos, la fama de la que goza cada uno es totalmente opuesta. Y ello se evidencia por la suerte que corre la memoria de cada uno, pues mientras el nombre de Miguel Hidalgo y Costilla pervive gracias a que es referencia obligada en libros de historia de México, y a que su memoria es objeto de discursos apoteósicos orales y escritos; por habérsele otorgado su respetable nombre a escuelas, calles y avenidas; a las muestras de afecto popular que su memoria provoca; y a que igualmente, en su honor, se han erigido bustos y estatuas posteriores a su muerte. En cambio el nombre de Antonio López de Santa Anna, que durante su gobierno se erigieron estatuas en su honor y teatros que llevaron su nombre, en la actualidad nada de eso existe, si se recuerda su nombre es con un dejo de desprecio. En pocas palabras, vive en el ostracismo de la historia gloriosa que maneja la historia oficial.

El contexto en el que tienen lugar los acontecimientos del personaje autobiográfico ficcional son los mismos años que los del personaje histórico, localizados durante el periodo que comprende la vida del personaje: 1791-1876. Vida que, como relata el personaje, transcurre en un puerto sui géneris, en sus haciendas, en la ciudad de México, y en el exilio. Todo ello envuelto por una atmósfera de inestabilidad política y componendas entre las facciones políticas cuyo móvil no era otro que la consumación del poder.7 Entendido, en un sentido lato, como la autoridad política que decide el rumbo que debe tomar un país de acuerdo a sus intereses.

Es interesante cómo se construye uno de estos “héroes” en una ficción, interpretación, imaginación que juega con la historia sin repetirla, sin reducirse a ella, pero sin desconocerla. Y, con base a lo analizado, ficción y no, le damos cuerpo a la etopeya de un individuo que fue luz y sombra.

 

Conclusión

En el presente trabajo observamos que el personaje pretende acceder a una rehumanización por medio de la narración de su vida, de manera tal que relata minuciosamente los aspectos más controversiales, no sólo de su vida pública, sino también privada. Nos hace partícipes de sus confesiones que, apologéticamente, relata, a veces con un aire de reproche y otras de resentimiento.

Un acontecimiento de predominante relevancia para ambos personajes —el histórico y literario— es la derrota al imperio español dirigido por Barradas, que tuvo lugar en Tampico, en 1829. Actualmente para nosotros no significa nada, por la simple razón de que no figura en el temario de la historia oficial, por ser un aspecto relevante de un “perdedor” de la historia, de un personaje que no es recordado con beneplácito. Sin embargo, si contextualizamos el hecho, entendemos la importancia de éste. No sólo significó el poner a Santa Anna en el mapa político de México, pues anterior a este suceso su relevancia era eminentemente regionalista, gozaba de la admiración de sólo sus coterráneos, pero después de éste se trazaban los caminos que lo llevarán al poder y al mito.

El imperio español pretendía una reconquista de la allende llamada Nueva España, interés que se cifraba por la riqueza de dicho lugar, de modo que esa derrota puso fin a nuevos intentos. Se llegó a considerar ese hecho como la verdadera consumación de la independencia tanto por Santa Anna como por muchos otros. De ahí la comparación que hace el personaje con Hidalgo en un pasaje de la novela.

Presenciamos en la novela a un personaje enteramente oportunista, paciente hasta el momento que es preciso y que la situación lo requiere. No le importó decir hoy una cosa y mañana otra, defender a ultranza, cuando menos de palabra, a un partido, y al día siguiente al bando rival. Y es que, finalmente, fue como el mismo protagonista lo dijo: “Yo no soy un hombre de partidos”, fue simplemente santanista.

 

Bibliografía

  • González Pedrero, Enrique. País de un solo hombre: el México de Santa Anna, vol. I. “La ronda de los contrarios”, FCE, México, 1993.
  • Hamon, Philippe. “La construcción del personaje”, en Teoría de la novela. Antología de textos del siglo XX, Enric Sullá (Ed.), Barcelona, Grijalbo-Mondadori, 1996.
  • Krauze, Enrique. Siglo de caudillos. Biografía política de México (1810-1910), Tusquets, Barcelona, 1994.
  • May, George, La autobiografía, traducción de Danubio Torres Fierro, México, FCE, 1982.
  • Menton, Seymour. La nueva novela histórica de la América Latina, 1979-1992, México.
  • Pulgarin, Amalia. Metaficción, la novela histórica en la narrativa hispanoamericana posmoderna, Ed. Espiral Hispanoamericana, España, 1995.
  • Seydel, Ute. “Ficción histórica en la segunda mitad del siglo XX: conceptos y ficciones”, en Escritos, UAP, 2003.
  • Serna, Enrique. El seductor de la patria, México, Joaquín Mortiz, 1999.
  • Valadés, José C. México, Santa Anna y la guerra de Texas, México, Diana, 1979.

 

Notas

  1. Conceptos que fueron unidos por Linda Hutcheon para describir la ficción histórica posmoderna.
  2. “Boom”, según Ute Seydel: “concepto que se refería primordialmente al repentino éxito editorial de Vargas Llosa, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, entre otros” (2003: 54). Cfr. Donald Shaw, 1999: 99.
  3. Hamon dice que el significado o “valor” del personaje se constituye por repetición, acumulación y transformación y oposición (ver Hamon, 1996: 133).
  4. Selección y combinación: principios mediante los que se estructura la trama (véase Muñoz Molina, 1996: 311).
  5. Para May una característica que se da generalmente entre los autobiógrafos es que rebasan los 50 años de edad, por ejemplo Lamartine tenía 54 cuando realiza su autobiografía, Goethe 62 y Darwin 67. Esto se explica mediante una deducción simple, según May, porque el deseo de recobrar el movimiento de la vida no aparece sino hasta cuando se ha vivido lo suficiente para poder así revivirla (ver May, 1988: 34).
  6. A partir de aquí se anotarán únicamente las páginas de la novela y se seguirá siempre la edición de 1999 de Joaquín Mortiz.
  7. El ejercicio de este concepto por parte del personaje histórico se revela mediante otro concepto que explica en gran medida la vida política de nuestro país por casi todo el siglo XIX y parte del siguiente, el caudillo. En 1825 el estado de cosas que reinaba en el país en materia de gobierno mantenía en vilo la práctica de este concepto, es decir, “la noción implícita de poder que dominaba la mentalidad criolla se había perdido: el poder tradicional, jerárquico, corporativo, patrimonialista, de la Corona española. La otra noción, la del moderno poder republicano y representativo emanado de la Constitución, no terminaba por consolidarse...” (Krauze, Enrique. 1999: 135), esto quiere decir que no había “legitimidad”. Por ello, el ejercicio de este principio se afianzaba en “los rasgos personales del caudillo” (Krauze, 134). Y ¿cuáles eran los rasgos personales de Santa Anna?: “(temeridad, ambición, emotividad exaltada, imprevisión, ignorancia)” (Krauze, 134). En aras de definir mejor el término, recurramos a la disquisición que hace González Pedrero, quien dice que el poder que posee el caudillo “es un poder que le viene de él mismo y que no es responsable ante nadie... Aquel poder desbordado se ejerce en un territorio impreciso donde sólo truenan los chicharrones del único que tiene voluntad... las acciones del caudillo son porque son (del caudillo). Hoy pueden perseguir una finalidad y mañana otra. Varían según su estado de ánimo” (González Pedrero, Enrique, 1993: XLVII-XLVIII). Añádase a todo esto el poder de seducción que particularizaba a Santa Anna.