Letras
Epitafio con el que me gustaría ser recordado

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Dedicado a Gabriel Payares, cuyo relato “Nota de suicidio #5”
sirvió como inspiración para componer parte de este cuento.

“Dicen que toda nota de suicidio es también un relato de suicidio.
Una confesión, un recuento de las cosas que salieron mal,
y por lo tanto, una acusación. No hay nada de eso en esta carta”.

Gabriel Payares, “Nota de suicidio #5”
(del libro Cuando bajaron las aguas, 2008).

Jimmy murió de cáncer el año pasado. Recuerdo que él era un excelso deportista, corredor de mañanas, como decía su mujer, otra aficionada al deporte. El cáncer llegó de improviso, tanto fue así, que todo se supo unas semanas antes de su muerte. Ella lo contó a la familia con sumo ahogo: Jimmy estaba en el gimnasio el 5 de agosto del año 2006, quizás, en ese imponente aparato que se usa para moldear el pecho, y fue cuando una especie de zarpazo en el hígado lo detuvo en su exaltación, esa típica exaltación que existe cuando el peso y el poder dominan el cuerpo. La alarma que anunció el inconveniente fue el retumbo que hicieron las pesas al impactar con fuerza contra la base en donde éstas suelen reposar. Varios acudieron a su ayuda. El hecho de ser un atleta lo hacía llevar ante una opinión médica cualquier anormalidad que apareciera de repente, inclusive, algo así como las gripes que le pueden dar a cualquiera. Entonces su médico lo mandó realizar unos estudios un tanto complicados y sobre todo tediosos que lo obligaron a faltar al trabajo por una semana entera. Luego conformaría el reposo y, pues, como si nada hubiese pasado. En mí se cocinaba un presentimiento no muy grato de la situación; él siempre había sido la viva imagen de la ejemplar salud, y que viniese algo tan simple, como lo es un dolor en la panza, de repente, no podía significar sino una amenaza que había estado allí, esperando el momento para atacar; me recordó a la coartada de los griegos para borrar del mapa a la ciudad de Troya. Según las palabras de la mujer de Jimmy, ellos solamente se esperaban un diagnóstico de gastritis o un desgarre muscular (algo comprensible en los que se ejercitan con frecuencia), u otra cosa por el estilo, pero el médico los agarró desprevenidos cuando les dijo que, en una de las placas que se habían tomado de su zona media, había una serie de pelotas, no muy pequeñas, ciertamente, distribuidas por gran parte de la zona. Él médico había dicho, sin chistar o dudar, “esto parece una metástasis”. ¿Metástasis? Yo también dudé. ¿Y por qué, entonces, no presentó síntomas sino hasta que el cáncer se esparció por todo su cuerpo? Una duda que el médico trató de aclarar con afirmaciones que se hacían vagas ante tanta incertidumbre. Realmente, era algo inexplicable. Ella le dijo al médico que los orientara y éste, con esa nota de no sé qué hacer que siempre tienen los médicos a la hora de dar malas nuevas, dijo que era muy tarde, que lo único que podían hacer era disfrutar sus últimos momentos. Unas semanas más tarde, Jimmy despertó sin vida. Cuando su mujer lo cuenta a uno se le salen las lágrimas, sobre todo, porque él había sido un compañero leal, un amigo como ninguno. Ella despertó después de una noche en que durmieron tranquilos, abrazados, lo movió, lo movió duramente, lo movió con las fuerzas que no tenía, y fue luego de dos horas que lo tuvo que aceptar, soltando su última reserva de lágrimas.

Me da un poco de tristeza recordar esto, porque fue tan repentino, tan inesperado. No lo veía muriendo, lo veía eterno, trotando a los ochenta años de edad, cuando ya yo estuviese hecho polvo en la tierra. ¿Por qué un hombre muere con treinta años de edad? No sé; tal vez sea por lo mismo que yo, alguien que ha fumado prácticamente desde que nació (mis padres siempre fumaron) y que come casi todos los días porquerías sintéticas, sigo viviendo con achaques en la espalda y las piernas. Probablemente llegue a los setenta años o a los ochenta, aun con achaques. Como habla aquella maldición gitana: “No tenías que morirte nunca, siempre enfermo”. Por lo menos esa no sería la inscripción que aparecería en su lápida mortuoria. Sí sería la mía, pero ese es otro asunto. Él dijo que le hubiese gustado que le escribieran buen hombre o buen marido, o buen “algo”. Pero creí que eran unos deseos un poco modestos; por lo menos ilustre deportista, ¿no? Creo que era y es una inscripción muy adecuada, pero él sólo quería buen “algo”. Y eso se le puso, buen hombre. No fue sino hasta que vi la lápida el día del entierro cuando pensé en mis posibles epitafios. ¿Y quién suele pensar en sus epitafios, sino los reyes pretenciosos, que piensan más en cómo los van a recordar que en hacer algo productivo por sus pueblos? Quizás fue esa la causa de su muerte, pensar en ésta antes de lo... normal.

Un día hablaba con Flavio (un amigo mío) sobre la muerte. Él era como una especie de filósofo frustrado, porque nunca se dedicó de lleno al estudio de la filosofía. No le tuvo paciencia, aunque decía que no era necesario estudiar filosofía para poder conocer los caminos más complejos del pensamiento, que sólo bastaba con leerse hasta las revistas más rezagadas de filosofía que los estudiantes creaban como proyectos para las universidades. Yo siempre lo veía con esos libros enormes de Hegel, después de salir del gimnasio. Una vez le pregunté: “¿Entiendes lo que escribe Hegel?”. Y él respondió: “No. ¿Sabías que existen algunas pocas opiniones generalizadas de la filosofía de Hegel? Aunque muchos filósofos más materialistas suelen decir que su filosofía es la más inentendible de todas. Y yo concuerdo con eso, porque hasta lo que he leído, no he podido entender cosas muy concretas”. Yo pregunté: “¿Entonces por qué los lees si no lo entiendes?”. Y él respondió: “Porque me gusta”. Esa respuesta me pareció un poco extraña, alienada por culpa de algo que lo incomodaba; creo que era una discusión que había entre algunos estudiantes de ingeniería mecánica sobre las leyes de Newton.

Flavio es un aspirante a modelo de pasarela, aunque ciertamente pasa más tiempo leyendo que en el gimnasio, y aún lo hace. Estudia letras y desea publicar un libro algún día. Pero quiere prepararse bien antes de ello, así que se la pasa metido en talleres y talleres, de poesía, de narrativa, de ensayo, de crónica, de historia literaria, aparte de tener un grupo de lectura al que pertenecí al principio, pero que abandoné por falta de tiempo. Una vez discutimos sobre la muerte, un tema un poco extraño. Recuerdo que habíamos escrito pequeñas reflexiones individuales sobre la muerte en unas papeletas, las doblamos y las sorteamos en un sombrero de paja. Sólo recuerdo mi reflexión y generalidades de la reflexión de Flavio. Mi reflexión decía: “La muerte es el punto final de un camino marchito y el inicio de un camino florido”. La primera opinión que hubo fue sobre el “camino” como manera empírica de definir la muerte. “Entonces”, dijo la muchacha que comenzó, “si la muerte es un camino, debe tener un fin, porque realmente, ningún camino es eterno”. Cuando dijo eso, me dejó intrigado. Puede ser que la muerte tenga un fin; muchas religiones defienden la tesis de que la resurrección existe. Pero ella no se refirió a eso, sino a un concepto de idea más fáctico, algo así como que: “luego del camino florido, vuelve otro camino marchito”. Entonces, según su idea, era posible una resurrección carnal, aunque yo lo que pretendía decir era que el siguiente camino era infinito.

No creo en la resurrección carnal. Además, el cristianismo representa la resurrección como algo complicado y contradictorio, pues, como yo pienso que son todas las religiones: contradictorias. Luego esa discusión nos llevó a evaluar la reencarnación como algo que no tiene que ver con el cuerpo físico, eso había sido refutado por unos allí que eran agnósticos: Franz y Carlos. Yo no soy agnóstico, sino que trato de comprender las cuestiones divinas desde muchos puntos de vista. Y allí entro en la reflexión de Flavio: “La muerte es la vida del alma”. Pensé que era fácil, y di mi punto de vista acerca de ello, aunque muchos se me quedaron viendo perplejos, como si yo fuese un ignorante. Ya ni recuerdo qué dije. Recuerdo que Josh, el exiliado, dijo, atropellando palabras al estilo gringo, que esa afirmación le recordaba algo que había leído sobre el cuerpo, que supuestamente es la prisión del alma. Y en general las opiniones fueron vagas; algunas carecían de sentido. En eso, Flavio aclaró que lo que trataba de decir era que el alma en lo material no existe, sino que es algo indefinible. Nos recomendó que no perdiéramos el tiempo buscando respuestas sobre el alma mientras estuviéramos vivos. Aunque, ciertamente, él ni se entendía a sí mismo. Eso fue como una reflexión bonita de la muerte que le surgió en el momento. La discusión terminó, con las características del idealismo, a las doce de la noche.

Flavio me comentó unos días después del fallecimiento de Jimmy que él sentía un profundo temor hacia la muerte, que cada vez que leía algo sobre ella y evaluaba versiones y versiones de su definición, tanto filosóficas como científicas, se decía a sí mismo que nunca sabría en realidad lo que era este fenómeno, o lo que traía consigo. Entonces, yo cuestioné: “¿Cómo es posible eso?”. Y él respondió: “Es que son tantas interpretaciones y concepciones distintas, con buenos sustentos, con buenos motivos, que nunca termino de entender qué es la muerte, nunca comprendo por qué viene, qué es lo que trae, a qué da paso... Es imposible saberlo”. Fue cuando rememoré la muerte de Jimmy, un joven deportista que murió por causas, de alguna manera, naturales, a poco más de sus veinticinco años de edad. Y en eso tratamos de unir cada planteamiento en común de cada concepción que existía sobre la expiración de la vida. Pero no comprendíamos, no comprendemos y creo que nunca comprenderemos. Esto me hizo querer hacer una evaluación de mi vida, y tratar de definir mi posible muerte. Aunque pienso en esto constantemente: de haber hecho una evaluación sobre la vida de Jimmy, y con ella haber sacado una conclusión acerca de su posible muerte, nunca hubiese tomado en cuenta el cáncer, y mucho menos una metástasis. Aun así, traté de pensar y usar lo real en mi propia evaluación: comencé a fumar a los catorce años; fue por culpa de una chica, o mejor dicho, ella, indirectamente, tuvo la culpa, porque yo, para agradarle, para que se fijara en mí, decidí que fumaría. Eso lo hacían (o lo hacen) los jóvenes de quince años. Yo estaba en tercer año y ya quería ser un chico de quinto año. La muchacha nunca me tomó en cuenta, pero me dejó (indirectamente) este vicio como regalo. Ahora fumo cuando me siento estresado, cuando me dan ganas de ir al baño, como digestivo después del almuerzo, como distracción cuando estoy en la hora libre, cuando tomo con los amigos, cuando tomo solo, y cada vez que pueda y quiera. Entonces, ¿a causa de qué moriré? Cualquiera que tenga un pensamiento normalmente racional diría que de cáncer de pulmón, o de lengua, o de esófago. Pero no hay que descartar la posibilidad de que me pueda atropellar un carro antes de que mis pulmones empiecen siquiera a sentir secuelas de todo el humo que he ingerido. Esto me hizo pensar en un epitafio un poco descabellado: (hijo, hermano, etc.) ...el que pudo salvarse de la muerte que le tocaba, pero que fue muerto igual. La oración me hizo rememorar una película que había visto poco tiempo antes, en la cual se contaba la historia de la muerte como una fuerza persecutoria que seguía a unas personas que se habían salvado de un accidente, aunque fuese la hora exacta en la que debían morir, para llevárselos en el orden en que debió hacerlo durante ese mismo accidente. La oración es contradictoria, porque entonces no pude, en esencia, salvarme de la muerte. Volviendo al ejemplo: llegó inminentemente; el carro la causó.

Prontamente evalué la posibilidad de no tratar de contradecir la muerte de forma alguna, pues, porque no se puede, porque es inminente, así que seguí evaluando mi existencia para conseguir un epitafio acorde con mi vida: tomé mi primera cerveza a los doce años, una edad, me atrevería a decir que estándar, para alguien que vive en un país como el mío. Luego comencé a desarrollar un gusto un poco desquiciado por el alcohol (aunque ya me controlo), hasta el sol de hoy he bebido; bebí, bebo y siempre beberé. Creo que será imposible para mí dejar el alcohol aun cuando un medico me diga: “Cuando tenga setenta años, debe dejar de beber o eso le puede causar muchos problemas”. Entonces, una causa justa de muerte en este caso sería la cirrosis o el cáncer de hígado, o que, borracho, me caiga y me dé un fuerte golpe en el cráneo o que me atropellen. ¿Y, para eso, cuál sería el epitafio ideal? Pensé mucho, y me dije a mí mismo, sería horrible si pusieran en mi tumba algo como El Borracho, o El Amante de los Alcoholes. A pesar de que suena horrible, ahora hay una moda que consiste en embriagarse cuando alguien se muere, no sé si será una moda reciente o si ya lleva tiempo, pero sí puede ser que su motivo esté vinculado con el hecho de desprenderse un poco de la tristeza o entregarse de lleno a ella.

Se pueden pensar muchas cosas, al igual que esta muerte que me tomó por sorpresa: conocí a Julia a finales de julio de 2004; yo estaba a punto de graduarme de abogado y ella había entrado nueva. Fue extraña la manera en que terminamos juntos, por lo que mi mente decidió borrar ese hecho, pero sí recuerdo cómo nos conocimos: yo estaba en la biblioteca de la universidad, leyendo un trabajo en el que se daban análisis detallados sobre las constituciones que ha tenido el Estado, y ella entró y pidió mi ayuda (me interrumpió bruscamente) para orientarla sobre la historia jurídica del Antiguo Imperio Romano. Le dije que buscara en la sección histórica, pero ella dijo que la acompañara. Nunca supe si era una de esas mujeres que ven a los hombres y comienzan a sentir placer, aun si el hombre que ven en el momento es más feo que una patada en las zonas sensibles del cuerpo, pero lo que sí supe era que me buscaba con deseo y más tarde terminamos hablando de política nacional e internacional en el café. No sé si sería la misma chica que andaba correteando a un grupo de muchachos unos días después, muy libertinamente, por cierto, pero lo que sí me consta era que quería conmigo. No me dejaba en paz, incluso, sabiendo que yo conocía lo que ninfomanía significa. Entonces le di el gusto; estuve con ella una noche en un motel, no muy barato que digamos, y eso sin contar el dinero que gasté en la cena y el cine. (¿Por qué las citas serán tan básicas? Cine y golosinas, luego cena y, por último, hotel.) Después de unos días, la mujer comenzó a comportarse extraña conmigo. En cuanto a definición de pareja, nunca supe qué era lo que éramos. Novios, no. Tal vez, amigos con derechos, pero ni siquiera éramos amigos, porque hablábamos poco. ¿Amantes de fin de semana? ¿Amigos cuando hay sexo? ¿Novios el viernes y desconocidos durante la semana? No sé. Pero volviendo a lo de la extrañeza, ella me culpó de muchas cosas, como de una cortada en la muñeca. Yo deducía que algo le había freído algunas (muchas) neuronas, y lo pude comprobar cuando hizo lo que nunca pensé que haría: mandó una nota en la que se despedía de mí. Ésta decía así:

Aquí estoy, suicidándome. No sé cómo hacerlo. No sé si lanzarme del balcón de mi alcoba. ¿Me lanzo del balcón? No, porque podría ser un intento fallido; mi casa sólo tiene dos pisos. ¿Me corto las venas? No, muy común, y podría salvarme. ¿Me abaleo la frente? No; no sé adónde o cómo conseguir un arma, y no tengo tiempo para ello. ¿Me tomo un frasco de esteroides? No, siento que alguien me llevará al médico antes de que mi cerebro colapse, y me salvaré. ¿Entonces, qué puedo hacer para tener una muerte infalible?

Dos días después de recibir la nota, llegó al salón la noticia de que Virginia Torres se había envenenado con una mezcla extraña de pastillas y remedios que le causaron una progresiva destrucción de su estómago, hígado y pulmones. Cuando recibí la noticia estaba desayunando y se me quitó el hambre; allí pensé que murió como morían los criminales más tontos de la mafia italiana, luego de decir salud y beber un trago largo, aunque ella sí estaba consciente del peligro. ¿Acaso buscar la muerte cuenta entre los posibles recuerdos? No considero un orgullo tener como un epitafio algo así como El Suicida, o La Suicida, en su caso. Quizás, para uno de esos terroristas que dan la vida por su religión sí sea un orgullo, aunque, en ese caso, no sería El Suicida, sino El Héroe. Eso me dejó cavilando por semanas. Quise que uno de los productos de mi reflexión fuese un ideal un poco común, para no tener que entrar en dilemas; algo así como: “El suicidio es un acto de cobardía”. Pero no quise pensar de forma precipitada, más bien, quise justificar el suicidio en ocasiones especiales. Unos días después, supe que esa chica era esquizofrénica.

Pasaron dos años y llegó la muerte de mi abuelo. Cada vez que mi madre habla de él dice: “por lo menos fue feliz”. Es cierto, por lo menos es lo que yo recuerdo. A los setenta años era un mujeriego que hacía bromas con respecto al Viagra. Recuerdo que le decía a mi padre: “¿Cuánto quieres apostar a que tú te mueres primero que yo?”. Entonces yo pensaba que era descabellado, ya que el otro no estaría vivo para sufrir la pérdida y pagar la apuesta. Pero aquello lo decía en tono de broma, como todos sus comentarios, ciertamente, alienados por la mitomanía. Una vez llegó a la casa a las cuatro de la mañana, mi abuela le preguntó que en dónde estaba y por qué llegaba a esa hora. Según lo que mi madre me contó con mucha gracia, él dijo que estaba en el funeral de un tal Lucas que era amigo de la familia. Entonces mi abuela fue unos días después a darle el pésame a su mujer y le atendió a la puerta el muerto. Hasta mi abuela (su esposa) recuerda eso con gracia; la familia no halaga sus acciones, sino su felicidad.

Mi abuelo murió de forma repentina. Un día le dio una gripe y al mes ya se le había formado una úlcera estomacal que le causó un edema pulmonar y, luego de un paro respiratorio, la muerte. Él me recuerda a todas mis reflexiones sobre la muerte, y cuando lo comparo con mi amigo Jimmy, me doy cuenta de que el destino final es algo tan impredecible como un seísmo. Mi abuelo era un mujeriego, fumador y mal alimentado hombre; y Jimmy era un atleta sin vicios, aunque no sé si mujeriego. ¿Quién, objetivamente hablando, debía vivir más? Nunca contesté ni contestaré esta pregunta, terminaría tan loco como los filósofos que le gustan a Flavio.

Un año más tarde, ocurrió una serie de eventos que no puedo explicar. Éstos se basaban en el destino y en cómo se definía mediante las situaciones en las que se presentaba. Por ejemplo: mi madre también fue una fumadora empedernida desde los catorce años (los genes son algo impresionante), duró treinta y pico de años fumándose, por lo menos, de diez a veinte cigarrillos diariamente. Un día (ya a sus cincuenta años), contrajo una gripe algo persistente y fastidiosa que se extendió por una semana. Cual asmática, iba casi todos los días de la semana siguiente al médico para que la conectaran del aparato nebulizador. Durante esa segunda semana, supo que había contraído una neumonía y fue hospitalizada. El médico le dijo que, si se fumaba otro cigarrillo, moriría. Y más nunca fumó. Eso me hizo conocer la impresionante voluntad que tiene el humano que ama la vida. Otro de los eventos extraños fue más impactante e increíble: un amigo fue arrollado por una motocicleta, tuvo una fractura de cráneo casi fatal y quedó en coma por dos semanas. Fue horrible, y más teniendo en cuenta que fue una moto, ni siquiera un carro pequeño. Pero luego del coma se mejoró y volvió a su vida normal (aunque puede ser que haya quedado medio loco). Pienso que ambas situaciones se parecen en que no hubo muertes, a pesar de que hubo motivos suficientes para que ésta se produjera, y también en que el destino se malinterpreta. Tal vez, el destino le dijo a mi madre, de una manera un tanto radical, que no fumara más; tal vez, el destino le dijo a mi amigo, de tal forma, que dejara de ser tan despistado. Y santo remedio.

Me gustaría que en los diccionarios apareciera la palabra “impredecible” como una parte importante en la definición de la palabra destino, aun cuando sé que hay destinos claros. Eso me recuerda un proverbio que dice: “Mientras la muerte decida el destino, no hay nada que hacer”. No sé quién dijo esto, pero pienso que tiene algo de razón. Volví a Jimmy y a su muerte y conversé conmigo mismo: “¿Será que realmente no vale la pena vivir?”. Luego, el suicidio de Virginia cruzó por mi frente. Había sido un ataque de pensamientos cuyos significados desconocía, que me tenían al borde de la locura. Pero dejé de jugar al pensador que se enajena por amor a la filosofía; fue allí cuando llegaron de nuevo las anécdotas de mi madre y mi amigo que fue atropellado. Entonces escribí en la parte trasera de mi cuaderno: “No tiene sentido vivir, cuando se tiene en cuenta que la vida no tiene sentido por culpa de los destinos inminentes; sí tiene sentido vivir cuando se tienen en cuentan muchas cosas, excepto lo anterior”.

¿Acaso Jimmy y Virginia se entregaron a la muerte a propósito? Tal vez Jimmy sí, pero ¿Virginia? La reflexión surgió gracias a ella, aunque no estoy seguro si utilizó el suicidio como motivación para apurar el destino inminente porque se dio cuenta de que la vida no tiene sentido o si lo usó como el juego del melancólico. Era esquizofrénica, ¿pero eso la llevaría al suicidio? Una vez leí un relato en el que su protagonista pretendía comunicar su futuro suicidio, pero no de la manera en la que uno creería; algo así como la nota que me escribió Virginia. No. Este relato es más como una respuesta al porqué del acto. El joven que lo relata va contestando a sus padres el porqué de su suicidio, el cual tiene que ver con una cierta pasión por la muerte que siempre lo hubo dominado. Esto me pareció brillante, primero, porque no es la típica nota de suicidio, y segundo, porque muestra una perspectiva de vida que muchos no conocen. Tal vez, Virginia sentía una pasión por la muerte que la llevó directamente al suicidio, por eso en algún momento traté de justificarlo.

Yo no me suicidaría; le tengo demasiado miedo a la muerte como para hacerlo. O no miedo, sino respeto, porque pienso que es algo que no debe tomarse a la ligera. Sin embargo, pienso que es algo que se puede evaluar, que se puede tratar de definir como punto de llegada, aunque no como fenómeno espiritual, pues, porque nadie conoce la muerte, sino cuando la experimenta, y el problema principal es que, cuando ésta se experimenta, es imposible contarla. Eso es una controversia. Religiones se han declarado la guerra entre sí por estas creencias. En la universidad tuve una compañera evangélica que me cuestionaba todos los días sobre aquella lectura que tenía para el momento: Así habló Zaratustra, de Nietzsche; un libro en el que se menciona la muerte de Dios como hecho de naturaleza idealista en un plano de pensamiento existencialista y humanista. Me decía: “¿Cómo puedes creer que Dios ha muerto? Eso es imposible. Dios nunca muere”. Ahí era donde entraba en juego el existencialismo que este filósofo profesaba. Le respondí: “No es que haya muerto en el más estricto sentido de la palabra, sino que ha muerto porque la gente no cree en él de corazón”. Entonces, me cuestionó duramente diciendo: “¡Yo creo en Dios!”. Y yo le respondí: “Porque para ti creer en Dios es una obligación. Dices a cada momento: si no crees en Dios, no te salvarás; lo que me hace deducir que para ti no importa Dios, sino la salvación. Y es deducible cuando lees la Biblia y te encuentras con que el infierno es un lugar terrible. Nadie quiere ir allí”. No supo cómo contestar mi afirmación; tal vez la hubiese denegado, pero seguramente su fuero interno le decía que su cuestionamiento iba a estar envuelto por la farsa.

Estos conflictos religiosos, creo yo, son el problema principal a la hora de tener en cuenta la muerte. Tal vez, con mis reflexiones he podido entender que la muerte no existe en la vida, que nadie tiene la potestad de decir qué es o qué no es. El día en que por primera vez me intrigó la muerte, supe que nunca conseguiría respuestas. Flavio tampoco ha conseguido respuesta al respecto, aunque no deja de leer a sus amados filósofos Emmanuel Kant y Arthur Schopenhauer. Esto me hace visualizar claramente lo que diría su lápida mortuoria en un futuro incierto: Misántropo, pero a la vez un amante de la vida de conocimientos que vivió. Algo que también me hace visualizar el epitafio con el que me gustaría ser recordado: El que vivió.