Letras
Black

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Citó a “Los Animales” y me dijo: “Dile a tus hijos que no hagan lo que he hecho yo”. A él le gusta hablar así, todo en español, aunque sepa inglés a la perfección. Lo aprendió de los discos antiguos, cuando traían los títulos de las canciones traducidas y no en inglés, en la parte de atrás. Yo le respondí que no fuera idiota, que yo no tengo hijos y que el papel de víctima y/o victimario arrepentido ya no le queda bien. Así empezó esa larga conversación de lunes por la tarde. Me pasó a ver después del trabajo, tenía una cara de caña impresionante, el traje de oficina se le veía terrible y tenía un ligero aliento alcohólico que, supuse, cultivó en alguna visita rápida a un bar antes de llegar. Lo saludé con algo de indiferencia: no era la primera vez que hacía esto. Y me refiero a llegar a mi casa buscando consuelo a su despecho.

Se sentó en la mesa sin pedir permiso y sacó los cigarros. Yo le serví una cerveza, pero, le advertí que sería la única, que ya era bastante con tenerlo sobrio en esas circunstancias.

Había pasado un mes desde que Carolina se fue del país. Él no sabía a dónde se había ido, sin embargo, seguían comunicándose por correos electrónicos y algunas llamadas telefónicas. Habían estado juntos por cerca de cinco años. La historia es fácil de adivinar: el tiempo, la rutina, una chica linda para el chico aburrido, un chico guapo para la chica aburrida. La diferencia es que Carolina no alcanzó a entretenerse con el chico guapo, así que pudo hacerse la ofendida a sus anchas cuando Daniel la engañó. Seguro se sintió muy mal, pero ella tampoco fue completamente honesta; por eso duraron tanto.

Y tan importante se creía que juraba que ella se había ido por su culpa, cuando es fácil deducir que se fue con él de excusa, porque, si hubiera querido borrarlo del mapa realmente, habría partido por dejar de escribirle, llamarlo y esas cosas. Él decía que ella lo seguía contactando para descargar su rabia y tristeza. Yo argumentaba, más en mi cabeza que a sus oídos, que eso no funciona así: cortar relaciones es fácil, tanto como apretar el interruptor de la lámpara para apagarla. Hubiera apostado porque ella disfrutaba, de cierta forma, de hacerlo sentir mal. Y él parecía disfrutar también de esa importancia concedida por Carolina. “¡Por favor, Daniel! Si yo me voy del país por un tipo, será para ir a buscar a uno mejor, no para vivir la ilusión de dejar de respirar su aire mientras lo llamo por larga distancia llorando”. Poca paciencia me quedaba a esas alturas y se lo hacía notar. Pero él sabía que nunca hubiera sido capaz de echarlo de mi casa o negarle la entrada o la palabra.

Él no escuchaba lo que yo le decía. Tampoco le decía mucho, ya. Había sido un largo mes desde que ella se fue y él estaba hecho un estropajo. Demasiado, para mi gusto. Yo hacía tiempo le había dicho que esa relación estaba podrida, que ya era casi enfermiza. Ellos, los dos, lo sabían, pero, estaban cómodos y sin correr riesgos. O eso creyeron, al menos.

—Tú no entiendes, Andrea. Ella me amaba, nosotros nos amábamos... —decía cada cierto rato.

—Pero, Daniel, hay dos motivos para engañar a alguien: porque eres un enfermo incapaz de ser fiel, o porque estás aburrido y la mirada para el lado se te fue a las manos —yo trataba de quitarle importancia al asunto, de sacarlo de su embobamiento y hacerlo reaccionar. De recordarle lo malo de la relación, para que dejara de lloriquear.

—Soy una basura, Andrea. Ella tiene razón al dejarme, yo también me dejaría si pudiera —ya había escuchado sus indirectas suicidas antes, así que no me preocupé como la primera vez. No me preocupé en absoluto, en realidad. Lo que tenía al frente no era más que un infante, un adolescente como mucho, quejándose de que no lo toman en cuenta cuando, de hecho, le han prestado demasiada atención.

Su cerveza se acabó y me paré a preparar café. Mantenía su vista en un punto de la mesa y cada cierto tiempo se tomaba la cabeza con ambas manos, como si le pesara más de lo que podía soportar sobre sus hombros. El café estuvo listo unos minutos más tarde y volví a la mesa decidida a terminar esa irrelevante conversación lo antes posible.

—Daniel, creo que es momento de que asumas que tomaste la decisión equivocada, la más equivocada de todas las alternativas que tenías, que pidas perdón una última vez y lo olvides finalmente. Es por tu sanidad mental, amigo. No puedes torturarte toda la vida. Mira, la gente como nosotros hace lo mejor que puede en cada momento. Tú no tienes ni nunca has tenido malas intenciones. Sólo tomaste el camino errado. Errar es humano, hermano. Perdonar es divino y ella no lo hará, pero tiene que aprender a vivir con eso. Estoy segura de que en un tiempo, no mucho, habrá superado completamente este tema. No te sientas tan responsable —en un mes se me habían agotado ya los argumentos convincentes. Me quedaban sólo los de iglesia evangélica y los trataba de usar con la mayor elegancia posible, teniendo en cuenta que Daniel creía que los evangélicos eran la versión “chula” de los católicos.

—Pero, Andrea...

—No, Daniel, no sigas. Si la engañaste es porque ya no la querías y punto. Y, si yo fuera tú, le dejaría de responder sus llamadas y correos, que eso es sadomasoquismo. Disculpa si soy muy dura, pero es por tu bien. No quiero ni puedo verte más sufriendo así.

—¿No quieres ni puedes verme sufrir? Yo sé que tú también estás sufriendo. Deja, por favor, de hacerte la fuerte conmigo, que te conozco demasiado.

—¡Claro que sufro! ¡Sufro por verte así, Daniel!

—No seas mentirosa, no es necesario conmigo. Sé que esto te está matando a ti también, Andrea. Las cosas no fueron fáciles para ninguno de los tres y siento en el alma el día en que te pedí que fueras su amiga también. Sé que no fue tu culpa, no te preocupes por eso, pero ella se siente tan engañada, tan traicionada... —en ese momento, él notó en mi rostro una expresión de vergüenza, de ira y de pena, y mis ojos se humedecieron más de la cuenta, y mi mentón no paraba de temblar: había sido descubierta y la pose ruda, indiferente, despreocupada, ya no servía de nada frente a él—. Creo que de ahora en adelante será mejor que deje de venir acá a pedirte ayuda; no he sido justo contigo, ahora lo entiendo. Andrea, yo sé que un día tendrás una hermosa vida, yo sé que un día serás un sol en el cielo de alguien más —citó, a medias, a Pearl Jam en su canción “Black”, para mí—. Lamento que seas mi única amiga de verdad. Y lamento mucho más haber engañado a Carolina contigo.