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Poemas

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A estropicio

Cuando la irracionalidad se apodera de mí.
Cuando la monstruosa fiera
hipa desde los indisolubles retiros
y sus mandatos son incontrolables;
lo feroz rasguea mis entrañas y sentidos,
la alucinación se regresa proverbial.

Preexisto varón a la raíz de los diferentes.
En mi atisbo y en mis privanzas
coexiste la pureza y la fiereza;
la brutal dicción de lo rudo
encarcela, a estropicio, en mi identidad.
Borrascas acometen hacia mi badajo.
Percibido de indivisibles matices
concurro afianzado al fuego que me arderá.
Asentada pena cunde el ámbito
inviolado a telúrica corriente
y soy de la misma forma, granito
que enseña los dientes
a la influencia del termal
que sosiega mi apariencia.

Cuando poseedor amo,
florezco en la ardorosa afección
de novísimos requiebros juveniles.
Pretendo ser el que jamás rebasará su límite
disimulando arriadas las velas, que sueño izar,
me proyecto bauprés de alteroso navío
tatuado de mareas y galernas bacanales;
entonces muerdo las ternezas de la amada
vuelvo a la selva acorralado de mente
incivilizado, de inútil exhibicionismo varonil.

Inquieto a la noche me despeño
ante el umbral de la inseguridad que me atañe.
Desvalido y animal
recreo todas y cada una de mis veredas
unísono de los coros letales
de mis fieles desengaños
fijos a las faenas
del galán pincel de los recordatorios
que me desencaja hueso de huesos,
distanciándome
de dignidades ambicionadas
y extintos manuscritos,
que evoco, desesperadamente.
Sin omisión
cabalgo por los ensueños quebrantados
en el pliego calado que me ocupa
presumido poeta, humanitario,
circunspecto y cabal.
Prestigio que me presto
socorrido a la rueda de la época
en los acordes que me evitan
al apagarse las luces.
Vidorria filantrópica
calándose en mis grafías,
catando entre mis dedos
el tiempo que me gasto;
Anónimo, en la proscrita filosofía,
que se persigue.

 

Intensidad sin altura

Intensidad y altura.
      César Vallejo.

Ambiciono decir y me ahogo en espuma
pretendo escribir y las manos duermen.
No hay guarismo conversado
que no acaezca cálculos,
no hay cuerpo ilustrado sin adornos.
Viene a mí el rugido de las fieras
y no puedo abrazar con estas garras;
quiero halagar y muerdo.

Ambiciono componer, pero pienso leopardo;
ansío comprender, pero me aturdo.
No tengo voto contra las tinieblas.
No hay justicia, ni descendiente de dios,
entre los hombres.

Voy a golpes robándome la vida
pecho desguarnecido sin gimoteo,
melancólicamente joven y atrevido.

Vengan, vengan por mí,
en turbas
los taimados voceadores,
en bandadas
los modernos cuervos.

Estoy enardecido;
voy a descorchar las ajenas botellas
y a fecundar alcurnias histéricas.

 

La mente al cielo

Obligadas las confusiones
a la arena de lo incierto,
las nubes sobre las destrezas amargan
en la bella vida, que se lucha.

Alzo la mente y se desata un gran retozo.
Por encima del sol
severísimas oquedades circulan
acaparando vendavales azules
—todo oceánicamente azul—
que luego se deshacen
regenerándose en gentiles horizontes
imantados de conversiones lumínicas
sobre la gravedad que nos retiene.

Millares de cirros ruedan transparentados
la alegría de anhelados paraísos
más allá de las figuraciones de los profetas
atrayéndome a una paz lúbrica
desvelado y voraz de alucinadas tersuras.

Mucho amanezco con la boca en el cielo.
Nubes blancas invalidan mis ojos
lo cubren todo, tropel que desfila a mi puerta
algarabía inmensurable de la infancia
y esa torpeza, que indefensa a las primeras luces.

Incontables veces, al despertarme,
he percibido oleajes
insinuándome la ciudad anegada de suspiros
y conformidades faenadas contra el ocio
añorante de verbenas imposibles
a estos tiempos calcinantes de cualquier altura.

Cada día, me levanto menesteroso a este mundo
prístino de avances previsores a la cumbre
apretándome los dientes...
¡cantando a la maravilla!