Letras
Cinco minutos

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Si tan sólo estuviera en mi país. Ahí la ley no mata cristianos; te meten a la cárcel y se acabó; aunque quién sabe si sea mejor morir. Esto pensaba José mientras dos enormes oficiales lo llevaban sostenido de los brazos, esposado de las manos y los tobillos, por lo que caminaba con dificultad a lo largo de un sucio pasillo, repleto de ecos lejanos. Miraba tristemente todo a su alrededor en el mortal traslado a donde le quitarían la vida, donde saldaría el delito, en su condena de muerte. Había pensado al principio de todo este asunto que le quitarían la vida en la silla eléctrica, eso creía, pero tiempo atrás le explicaron que ese era un método inhumano, que ahora lo aniquilarían con la Inyección Letal. ¿Y no es inhumana la mentada inyección?, se preguntó mientras le decían eso. Llegó a un cuarto pequeño, lo recostaron en una especie de cama quirúrgica, le sostuvieron las manos con un tipo de brazaletes mientras alguna voz explicaba el procedimiento y recordaba el crimen que el condenado cometió. Al oírlo, otra vez, como durante todo el juicio, al desdichado se le retorcía el estómago de amargura, de arrepentimiento, y le temblaba el corazón. Habían pasado ocho años desde que cometiera la terrible falta. Ahora sentía que era otra persona diferente; quien debía morir ya no estaba en su interior; ahora, él era un ser humano distinto, alguien que amaba la vida con pasión. Aprendió de Dios en el presidio, entrando en su alma un fuego inextinguible que ni la muerte apagaría.

Veía un lejano público tras una ventana de la sala donde le colocaron, era como un espectáculo del cual era protagonista. En su desolación comenzó a contar el tiempo en su mente, aun con el terror en el corazón, tratando de apaciguar su inmisericorde angustia. 1... 2... 3 segundos... Pensaba, sin dejar de contar, en el odio que le tenía aquella gente tras los cristales, parientes sin duda de su víctima. Pensaba también que quizá ellos ya lo habían perdonado, motivados por la piedad del Creador, mientras que las leyes no lo harían hasta que, como hombre libre y honrado, al fin fuera muerto y enterrado. Sin duda lo sepultarían con la mayor sencillez posible, al no tener familia en ese país lejano de los suyos.

“Se aplicarán tres inyecciones al condenado por medio de las cuales...”, escuchó que decía maquinalmente la misma voz de antes. Él creía que con una era más que suficiente para extinguirlo, para asesinarlo como a un animal infectado de rabia o de alguna otra peste peligrosa. Le dolía profundamente el odio que pudieran sentir hacia él las personas tras el ventanal, que se mostraban a su vista como siluetas indefinidas.

“...son tres sustancias conjuntamente: tiopental sódico, que hace perder el conocimiento al reo; bromuro de pancuronio, que paraliza el diafragma, y a consecuencia detiene la respiración, y cloruro de potasio, el cual provoca un paro cardiaco, sin sufrimiento”, continuaba explicando la voz mientras mentalmente el prisionero seguía su cuenta silenciosa... 1 minuto y 33 segundos... No sabía si era común que explicaran el procedimiento de la ejecución, pero qué importaba; con él lo estaban haciendo, le permitían escuchar cómo moriría. Algunas personas se paseaban por el cuarto, tal vez los verdugos que preparaban su golpe, su aterradora faena. En medio de aquella ceremonia mortal aparecieron en su mente imágenes de su niñez, como un retrato difuso, triste y alegre a la vez: su madre, muerta ya, con una sonrisa amorosa, pese al hambre y la pobreza; sus hermanos, sucios y harapientos como él mismo, recolectando las siembras de trigo o maíz, por unas cuantas monedas para llevar al hogar. Seguía la cuenta... 3 minutos y 21 segundos... Su mujer y sus hijos debían estar llorando con amargura en ese momento, desolados, porque le amaron desde la lejanía de su país, de su pueblecillo pobre, mientras él trabajaba en los campos de una rica nación, desterrado por la miseria de su patria para tener qué dar a su familia, para poder sostener sus necesidades primordiales. Ahora ellos lloraban incluso más que en los últimos ocho años del juicio... 4 minutos y 5 segundos..., contaba angustiado y sudoroso, pese al frío de la habitación. ¿Cuánto tiempo le quedaría a su vida, a su amor, a su temor y odio, a toda su humanidad?

Vino de pronto a su memoria el recuerdo de una mujer en el supermercado, con un bolso espléndido, sin duda repleto de dinero. Él la sigue fuera del establecimiento: efectivamente, su coche confirma su condición. ¡Un hermoso coche... debe tener mucho dinero!,se dice. Ella deja los paquetes con sus compras dentro del automóvil. Mientras se sube y aborda el vehículo, por la puerta contraria, él se introduce y la amenaza, le exige que encienda el auto y que conduzca hasta donde le indique. Así lo hace la mujer, temblando, con la respiración entrecortada. Llegan a un paraje suburbano. Ella se siente aterrorizada por el arma de bajo calibre, pero capaz de matar a un frágil humano, con la cual el hombre le apunta. La mujer le da todo cuando carga consigo, y le pide suplicante que no dispare, que no la asesine, le dice al borde de la histeria que tiene hijos y la esperan, igual que su marido; él no pensaba hacerlo, no tenía la intención de dañarla, pero el terror de su propio acto hace temblar su dedo, y su voluntad también tambalea. Activa entonces el gatillo motivado por un impulso perverso, inexplicable. Dispara y la sangre cubre el interior del coche. Huye de inmediato guiado por un instinto de sobrevivencia. Piensa que de no haber sido despedido de su empleo injustamente por ser extranjero, por no ser como ellos, no hubiera ocurrido aquello, a lo cual se sintió obligado por la necesidad de enviar dinero a su gente. Culpa al mundo en ese momento, a la sociedad, a todos, a Dios. ¡Ellos tienen la culpa, ellos tienen la culpa!, se repite una y otra vez, quizá en voz alta, en tanto continúa su caminata irregular, zigzagueante, huyendo de la escena de su crimen. El hambre no espera, había pensaba momentos antes de llevar a cabo su acto salvaje, sin plan alguno, guiado por un estado de locura efímera. Pero para ese momento ya no había regreso, caminaba tembloroso por la calle después de su fechoría imperdonable. ¿Moriría la mujer, soy un asesino, cómo podré ver a mis hijos a la cara? ¡Hasta dónde he llegado!, pensaba. Ni siquiera traía en sus manos el botín, el producto del robo; acaso lo dejó en alguna parte del largo camino recorrido desde el lugar del crimen. Lo apresaron mientras caminaba enajenado por la calle, un par de horas después.

Ahora su realidad era otra, todo eso sólo era un recuerdo cruel y perturbador que pronto se borraría para siempre de su mente, ahora contaba los últimos segundos de su vida en una camilla de la que ya no se levantaría... 4 minutos y 40 segundos... No había nada qué hacer, sólo esperar. El tiempo como siempre imponía su ley. Alguien se acercaba con una jeringa en su mano. Una lágrima corrió por su cara hasta estrellarse en la camilla, sintió tristeza por quienes le miraban en su ruina, pensando en el dolor que les causó desde aquel día infame; recordó a su esposa, a sus hijos, y más llanto brotó. En la garganta sentía la muerte atorada. Pensó de nuevo en la mujer a quien matara mientras le suplicaba por su vida; en su inexplicable reacción al halar el gatillo. Percibió a Dios en su corazón, confortándole, en medio de su convulsivo terror... 4 minutos y 50 segundos..., contaba.

“Inyecten primero el tiopental sódico...”, dijo la voz de antes con seriedad y tono solemne. El sueño le llegaba, sueño acompañado de un espantoso dolor que se extinguía poco a poco, hasta que quizá en algún segundo del minuto 5 ya era un hombre libre, honrado y redimido de su culpa.