Letras
El Maestro

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Hubo una vez en cierta academia de arte de cierta ciudad llamada Buenos Aires, un maestro que se jactaba de ser el mejor amigo y crítico de sus alumnos y el creador más experimentado de desnudos al pastel.

Quienes llegaban a él con la intención de absorber al menos una parte de su talento, se transformaban automáticamente en estudiantes inquietos, hambrientos de alcanzar los pasos de su profesor, y ansiaban sus críticas, buenas o malas, como abono vital para su crecimiento como artistas.

Pero alguna vez, no muchas veces, pero sí alguna vez, hubo quien quiso explorar la creación artística más allá del espacio demarcado por su maestro. Quiso sumar, quiso irse y volver con los pinceles preparados para marcar distintos trazos que los aprendidos en aquella aula de arte; quiso volver maduro y ecléctico, con horizontes y canvas ampliados, para pararse frente a su maestro y mostrarle cuánto logró sumar a esa semilla poderosa que recibiera de sus manos. Orgulloso, con su semilla hecha árbol, y aun más orgulloso de sí mismo al escuchar los primeros elogios de su maestro sobre sus últimas obras, el alumno le propuso pintar algo juntos, mezclar experiencias y plasmar en un canvas la línea directa entre maestro y discípulo que se genera en el proceso del aprendizaje, ese fluir natural de conocimientos que como toda línea es infinita.

El maestro, entusiasmado, eligió pinceles y colores al azar, improvisó una figura y lo desafió a su alumno a completarla. El alumno la observó desde varios puntos de vista, giró la cabeza, giró el canvas, seleccionó pinceles, mezcló varios colores hasta crear uno único, y sin improvisar, creó una serie de manchas que a la visión del maestro no tenían conexión alguna.

El maestro, a su turno, volvió a su figura inicial y le sumó elementos de vibrantes colores, pero ya sin tanto entusiasmo.

El alumno, con clara decisión y proyecto a seguir, volvió a seleccionar pinceles, a mezclar colores, e incluso a consultarle a su maestro si le parecía oportuno que el desnudo tomara esa cualidad de nebulosa a ser descubierta sólo entre los matices de los colores opuestos.

El maestro entendió que ante el pedido de opinión debía explayar su crítica, y así lo hizo, remarcando sus teorías clásicas de composición de desnudos, comentando al pasar los cuarenta años de experiencia propia y los siglos de experiencias ajenas de todos aquellos pintores talentosos, los dioses de la creación por excelencia; y trató de dejar en claro, aunque con cierta humildad expresa, porque ese siempre había sido su rol ante sus alumnos, que él estaba siempre muchos pasos adelante que ellos.

Su alumno lo escuchó con atención, dejó los pinceles sobre la mesa, lo miró a los ojos y le dijo:

—Todos esos consejos usted ya me los ha dado y es por eso que llegué a donde llegué.

—No entiendo qué me pedís, entonces —le contestó el maestro, ya de visible mal humor.

—Le pido que opine sobre todo aquello que he aprendido sin usted, luego de usted.

El maestro no supo qué decir, pero aventuró un: —Veo que has crecido mucho, y creo que serás un excelente pintor, que ya lo eres y me enorgullece decírtelo.

El alumno, feliz por recibir el único elogio que buscó durante toda su carrera, el de su gran maestro, enfatizó que jamás dejaría de ser su alumno, y que esa obra pintada a dúo sería para él su mayor tesoro, un emblema, un símbolo de todo su esfuerzo por honrar cada pincelada que su maestro le enseñara y cada paso posterior para crecer y asimilar recursos innovadores, profundizar estéticas y de ser posible, transformarse algún día en alguien digno de sentarse a intercambiar críticas y de compartir su firma en una obra con quien fuese, entre muchos otros que pasaron por su vida para ayudarlo a crecer como artista, su maestro elegido por excelencia.

Una suerte de amistad se creó entre ambos y el alumno entendió que era su deber, además de su placer, compartir con su maestro todo aquello que a través de diferentes abordajes había sumado a lo aprendido con él. Lo sintió como algo natural, algo que todo artista no enceguecido por su ego, puede derramar como agua sobre una acuarela recién pintada para sentarse a ver cómo los colores se funden y revelan una nueva pintura.

Y así siguieron algunas semanas enfocados en su obra conjunta hasta que el maestro percibió que su alumno tenía mucho más claro que él lo que quería hacer con su obra; que ponía más entusiasmo, que ansiaba definirla, darle vida, darle voz, piel y futuro. El desnudo ya no era un desnudo clásico y el alumno insistía en demostrarle al maestro todo lo que había aprendido en sus años de exploraciones no tradicionales. Insistió, insistió y se desbordó a los ojos del maestro en querer compartir con él aquellas cosas que a simple y cierta vista su maestro no había explorado o profundizado desde las mismas perspectivas. E incluso, habiendo escuchado en palabras de su propio maestro que ya no era por él considerado un alumno sino un par, y sabiéndose experimentado y con sabiduría suficiente como para poder aportar su visión crítica, quiso colaborar, opinar y sumar enfoques al proceso creativo de su maestro con la única intención de sumar, unir, combinar, y crear una nueva página en la cual pararse juntos para lograr una amalgama con matices únicos. Imaginó que su maestro aceptaría con excitación las críticas bien intencionadas de su avanzado “ex alumno”, pero ante la primera crítica aguda y tras la primera tentativa de explicar su proceso de composición desde lugares distintos a los empleados por su maestro, todo se derrumbó, y estrepitosamente.

De repente, nada de lo aprendido fuera del contexto de las enseñanzas clásicas impartidas por su maestro mantuvo su peso.

De repente, los años de experiencia, exposiciones de arte, premios y opiniones de grandes artistas elogiando a su maestro fueron escupidos como fuego por una boca de dragón enfurecido.

De repente, esa obra en conjunto no era nada, no perfilaba desnudo alguno, y lo peor: el maestro confesó que jamás la sintió suya porque, dada su experiencia y edad, no estaba para andar aceptando opiniones de quienes no eran nadie en el mundo del arte.

Si hubiese usado un pincel como daga o una daga como pincel, el efecto en el alumno hubiese sido el mismo. Devastador, humillante. Que el maestro confundiese su ego con el fruto de años y años de esfuerzo para poder crecer y acercarse a quien lo impulsara a crecer...

Que su maestro, quien le enseñara a aceptar críticas sin sangrar, no aceptara una crítica suya por no haber ganado premios... o expuesto sus obras en los mejores lugares...

Que su maestro se desentendiera de un símbolo sagrado para el alumno, del proyecto artístico en conjunto, porque no, no aceptaría compartir la autoría y designio de una creación...

Que su maestro se cayera de ese lugar de humildad, apertura creativa y hambre de seguir aprendiendo incluso de sus alumnos, que se alejara del modelo de profesor que él mismo hubiese deseado seguir, fue devastador.

Pero, aun así, dolido, humillado y traicionado en su mejor intención de compartir su crecimiento con quien fuese su maestro, el alumno no se separó de él ni dejó morir la obra que comenzaron juntos. Pensó que no todo artista acepta críticas que no lleguen desde los maestros que a ellos los han guiado y que no todo maestro posee la humildad necesaria para aceptar una opinión negativa desde los ojos de un alumno que ha crecido como para animarse a hacerlo.

No tomó los exabruptos de su maestro como un rechazo a su talento, ya había aprendido que su talento no era fruto de uno sólo de sus guiadores sino de su esencia y sus ganas de desplegar el más alto potencial de sí mismo, pero sintió el hachazo en las pantorrillas de todos modos, y cayó al suelo duro y allí permaneció por un largo y silencioso momento, sin que su maestro le diese una mano para levantarse ni una explicación que separase el deterioro de la amistad del daño de la comunión artística.

Cuando pudo levantarse y revisitar los diálogos y asimilar el proceso del encuentro y del desencuentro, el alumno pudo entender la situación aun más nítidamente que desde el piso. Pero tuvo que pasar el tiempo para que pudiese ponerla en palabras frente a su maestro.

—Le pido disculpas por haberme sentido con el derecho a criticarlo —le dijo una tarde, pero el maestro enfocado en su nuevo cuadro ni siquiera demostró atención.

El alumno siguió:

—Le agradezco que me haya permitido seguir usando su atelier para pintar mis obras, usted bien sabe que yo no podría pagar uno —pero el maestro apenas asintió con la cabeza como si reconociera que esa era una verdad sin dudas.

—Y quiero decirle también —siguió el alumno, ahora subiendo su voz— que usted me enseñó a reconocer, entender, criticar y subsanar justamente aquello que yo a usted le he criticado. Que no fue mi ego quien lo criticó ni mi ego quien le propuso sumar técnicas distintas para llegar a un mismo, o quizás mejor resultado. Que sentí que brindarle algo de lo que aprendí sin usted, podría ser tomado como una especie de retribución, de seriedad en mi análisis de sus obras. Y espere, no me interrumpa, déjeme terminar, y luego si quiere écheme de su lugar, ya no me importa. Yo sé quién es usted, yo no he dejado de seguir su camino, sus logros, sus éxitos, pero usted, como ningún artista por más genio que se lo considere, no puede desestimar la opinión de alguien insignificante desde su concepto de fama y experiencia en años, porque esa opinión, esa crítica o esa proposición de hacer algo de una manera distinta a la suya, pudo haberse forjado con mucho esfuerzo y mucha dedicación, con total entrega y amor hacia quien, mal que le pese, seguirá siendo mi maestro. Cuarenta años de experiencia para usted pueden haber significado una vida de aprendizaje continuo, pero bien sabe que como cifra a secas bien podrían significar también cuarenta años de hacer siempre lo mismo, bien, quizás excelentemente bien, pero lo mismo. Reaccionar como usted lo hizo, confundir mi ego con mi esfuerzo y mi particular y extenuante —sí, extenuante— aprendizaje durante la cuarta parte de sus años de experiencia, sólo me dice una cosa, sólo una, una falencia suya para ver grandes aportes en las “pequeñas e irreverentes” críticas de un alumno que si aprendió a criticar así fue porque usted, sí, usted, puso cuerpo y alma para que su alumno lo aprendiera. Pero algo es claro, ¿sabe? Usted a mí no cree necesitarme, usted no es de los maestros que dijo ser, que forma alumnos para que luego lo ayuden a crecer a él al ponerse viejo y atado a sus viejas reglas. Usted no me necesita, y yo, si bien lo admiro y siempre lo consideraré mi maestro, no aceptaré que me humille por haber crecido como usted esperaba que creciera. Lo admiro, siempre lo admiraré como artista y como ser humano, pero si usted no me valora y respeta del mismo modo, nada puede aportarnos el seguir compartiendo un mismo espacio creativo.

Dicho esto, el alumno recogió sus pinceles, firmó su obra, la que fuera inicialmente un símbolo de una alianza artística sagrada para sus sentimientos de artista, y ahí la dejó, culminada pero inconclusa porque en ella ya su maestro no existía.

Del maestro poco se sabe, sólo se exponen sus obras, excelentes, por cierto.