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Vargas Llosa: contra viento y marea

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Mario Vargas Llosa habla sobre Jorge Luis Borges en una clase en la Universidad de Princeton. Fotografía: James Leynse
Mario Vargas Llosa habla sobre Jorge Luis Borges en una clase en la Universidad de Princeton. Fotografía: James Leynse.
 

Había ocurrido con Jorge Luis Borges y se temía que Mario Vargas Llosa fuera una nueva víctima de las injusticias cometidas en la escogencia del Premio Nobel de Literatura. Pero la del autor de Historia universal de la infamia no fue la única, pues la lista es tan larga como los años que han transcurrido desde 1901, fecha en que nació el codiciado premio.

Un rápido vistazo al listado de los galardonados con la gloria y la fama nos indica, casi siempre con asombro, que no lo ganaron Franz Kafka, el escritor checo que legó al mundo La metamorfosis y El proceso, dos de las obras que integran su extensa producción; James Joyce, el escritor irlandés que escribió otra especie de Quijote con el nombre de Ulises; Marcel Proust, el soñador francés que dejó para el fin del mundo En busca del tiempo perdido, obra que recordó el guatemalteco Miguel Ángel Asturias para decir —en medio del frenesí que produjo la publicación de Cien años de soledad, en 1967— que había sido plagiada por el Nobel García Márquez; León Tolstoi, el fabulador ruso que deslumbró al mundo de las letras con Ana Karenina y La guerra y la paz...

La enumeración podría seguir hasta llegar a nombres de escritores latinoamericanos cuyos méritos, a mi juicio, no fueron suficientes para cubrirse con la gloria del Nobel, pese al reclamo de sus seguidores, adoradores de Rayuela o de Pedro Páramo: el argentino Julio Cortázar y el mexicano Juan Rulfo, por supuesto, y por ejemplo. Eso sí, maestros de la palabra, magos de la ficción, pero lejos de la gran producción y la calidad literaria que identifican la obra de Vargas Llosa, el afortunado creador de universos imposibles que ingresa a la zona cercana al mito y de la que forman parte otros nuestros, latinoamericanos: Miguel Ángel Asturias, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Octavio Paz y el ya mencionado Gabo.

El único lamento que se extendió a lado y lado de nuestra América universal fue el de Borges —hay que repetirlo—, a quien la Academia Sueca atribuyó siempre razones de índole política para justificar su eterna negativa en la concesión del Nobel. En realidad, la universalidad de la obra de Borges no tiene discusión ni tampoco la dimensión ni la expansión de su poesía y de su prosa, ese estallido multicolor de metáforas y de ocurrencias inverosímiles que parecieran traspasar la ficción para entrar en un indefinible estadio superior de la literatura. Eso lo sabemos todos los que amamos los cuentos, la poesía y los ensayos de Borges; y, mucho más lo sabe Vargas Llosa, quien declaró a los medios, la misma noche en que se cubrió de gloria:

Me da un poco de vergüenza recibir el premio Nobel que no recibió Jorge Luis Borges, creo que es una ausencia muy criticada. La Academia Sueca también se equivoca; pero no soy el indicado para hacer críticas en este día.

No era el momento, claro está. Y no lo era porque el peruano rompió el espejo de la repetición de una historia que desde hace más de veinte años se convirtió en un juego de apuestas en el que su nombre terminaba siempre desdibujado cuando se producían los anuncios de la Academia.

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En efecto, después de Elogio de la madrastra, novela publicada en 1988, y en la que revela una faceta desconocida de su escritura —mediante el erotismo que roza a don Rigoberto, Lucrecia y al perverso Fonchito—, su nombre entró, en serio, al llamado sonajero de los que en algunos de los últimos lustros podrían ser glorificados en Estocolmo y ungidos por los reyes de una corona que aún brilla. Pero no: el juego continuó en medio del frenesí creativo de Vargas Llosa, quien cada año exorcizaba sus demonios interiores con la producción de nuevas obras de ficción, de teatro y de lúcidos ensayos.

Desde entonces, no hubo descanso. En 1993 las escopetas de las preferencias apuntaron fuertemente a su nombre; pero la decepción apareció luego de conocerse que Toni Morrison, una escritora que, según los especialistas, debió recibir el Premio Nobel de la Paz por su incansable lucha antirracista, había obtenido el de literatura gracias a su canto a la libertad y a la condena de la esclavitud. Ese mismo año, Vargas Llosa debió conformarse con el Planeta, un prestigioso premio que reconocía las calidades literarias de Lituma en los Andes, la novela que marcaría su regreso a la literatura —después de los ajetreos políticos— y con la que iniciaría, sin saberlo él ni nadie, el tránsito definitivo hacia la eternidad de un premio universal.

Cuatro años después de Lituma en los Andes, apareció en los mercados del libro y en las librerías de América Los cuadernos de don Rigoberto, esa ficción en la que sobrevuelan otras artes expresadas en obras pictóricas cruzadas por un profundo erotismo y en medio de un recorrido universal del desnudo de los cuerpos que había entremezclado ya, mediante reproducciones de pinturas de diversas épocas, en Elogio de la madrastra.

Las campanas repicaron con más fuerza hace diez años, cuando el autor de La ciudad y los perros —primera de sus novelas, ganadora de los premios Biblioteca Breve y de la Crítica española—, publicó La Fiesta del Chivo, mitad ficción, mitad realidad, que revela y devela hechos circundantes del mezquino mundo de Rafael Trujillo, dictador dominicano asesinado en 1961. Entonces se dijo que Vargas Llosa había escrito la obra que la Academia Sueca esperaba. (Lo mismo se afirmó en el caso de García Márquez con la publicación, en 1981, de Crónica de una muerte anunciada). Y algo más se dijo: que el extraño neoliberalismo político del autor arequipeño había dejado atrás al escritor reaccionario y oscurantista de viejos tiempos.

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En 2001, cuando su candidatura cobró fuerza y se convirtió ya en una especie de presión impulsada desde Hispanoamérica entera, el Nobel lo obtuvo V. S. Naipaul, un escritor británico de origen hindú, considerado el mejor escritor de lengua inglesa, y quien después de la publicación de su obra cumbre, El enigma de la llegada, a mediados de la década de los 90’s, había iniciado una competencia fuerte con Vargas Llosa por la obtención del esquivo premio.

Algo similar puede decirse del sudafricano John Coetzee, el londinense Harold Pinter, el turco Orhan Pamuk, la iraní Doris Lessing y el francés Jean-Marie Le Clézio, quienes fueron galardonados, sucesivamente, hasta el 2008, con un premio que la crítica más exigente destacó con reconocimientos y honores a la vida y obra de los laureados.

Durante ese período, en el cual el nombre de Vargas Llosa se había ubicado en una especie de segundo plano respecto al Nobel, publicó dos novelas, El Paraíso en la otra esquina y Travesuras de la niña mala; dos ensayos memorables: uno sobre la novela emblemática de Víctor Hugo, Los miserables, y otro de más de doscientos páginas acerca de la obra del uruguayo Juan Carlos Onetti, el reputado autor de El astillero y de La vida breve, y uno de los antecesores del famoso boom latinoamericano del que el mismo Vargas Llosa, al igual que García Márquez y Carlos Fuentes, sería uno de sus más dignos representantes. Y publicó, también, dos obras de teatro de escasa trascendencia.

Total: un período productivo, de luces y sombras al compararlo con el esplendor de una década en la que aparecen obras revolucionarias de la literatura de entonces y que provocan el aplauso sin fronteras: La casa verde, Conversación en La Catedral, Pantaleón y las visitadoras y La guerra del fin del mundo.

En 2009 Vargas Llosa volvió a figurar entre los escritores que podrían obtener el Nobel, pese a la existencia de otros fabuladores respetables cuyos nombres también lograron filtrarse en el anchuroso mundo de las letras: la estadounidense Joyce Carol Oates, otra sempiterna candidata; el checo Milan Kundera, quien debió ganarlo en la década de los 80’s después de habernos deleitado con las dudas existencialistas de La insoportable levedad del ser y La inmortalidad; el estadounidense y muchas veces premiado —menos con el Nobel que tal vez gane en 2011— Philip Roth; y nuestro Carlos Fuentes, quien tiene tantos merecimientos como los escritores antes citados; pero, ahora, más distante de Estocolmo.

Sin embargo, el año anterior destacó el nombre de la rumana Herta Müller, poeta y escritora de enigmático rostro, premiada en medio de sorpresas, pues parecía que la Academia Sueca volvía a privilegiar la idèologie politique —de la que hablan los franceses—, por encima de la ficción libre de ideologismos y, a cambio, habitada por sueños universales, sin asideros políticos, pero sí con nuevos ritmos narrativos, invenciones y posturas tangibles más allá del maniqueísmo moderno.

La Academia Sueca ha justificado el otorgamiento del Premio Nobel de Literatura a Mario Vargas Llosa por la “cartografía de las estructuras del poder y aceradas imágenes de la resistencia, de la rebelión y derrota del individuo”, expresión de múltiples significados que, asimismo, provocan diversas interpretaciones; tanto como aquellas que surgieron en 1982 cuando el galardonado fue Gabriel García Márquez: “...por sus novelas y relatos cortos en los que lo fantástico y lo real se combinan en un universo ricamente compuesto de imaginación que refleja la vida y los conflictos del continente americano”.

En fin, un Nobel a Vargas Llosa “contra viento y marea”, título premonitorio de los tres volúmenes que recogen su obra ensayística y periodística escrita entre 1962 y 1988.

Este artículo ha sido publicado por nosotros en forma simultánea con la revista impresa Arte & Parte, de La Guajira, Colombia.