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Julio de la VegaDon Julio en temporada de líquenes

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La creación poética de Julio de la Vega, fallecido recientemente en la ciudad de La Paz, es como un prisma expuesto a numerosas lecturas. He aquí una breve intuición de lo que fue su orfebrería con la palabra.

Es probable que, para Julio de la Vega, aquella su personal temporada de líquenes, que aparece nombrada por primera vez en uno de sus poemas de Amplificación temática (1957), haya sido siempre una manera de definir su estado poético. Quizá adquirido en los humedales calurosos de Puerto Suárez, donde nació en 1924. Y que esa temporada ha sido para él un estado perpetuo de fascinación y creación, que en vez de decaer con el tiempo se fue acendrando profundamente.

“Mancomunada soledad que nos arrastra / a paraísos de la noche / tengo un camino hecho de verde, /una labor que amo: la de ir cortando horas / como si fueran ramas en el jardín del tiempo”, confiesa al comenzar el poema.

Como la poesía es ruego, sospecha, premonición y trampa, es el propio Julio que al final de este poema dirá: “Temporada de líquenes con raíces en mi vida / prolonga tus jardines hasta el fin de mis días”.

Y fue así, nunca desapareció ese su espíritu que remite al verde líquido de la selva y que se integra de modo natural a los adoquines paceños, que una y mil veces Julio caminó.

 

Julio de la Vega era como un gigante manso. Lo distanciaba del mundo prosaico su mirada ensoñada, sus ojos casi dormidos y cubiertos por sus espesas cejas. Es probable, paradójicamente, que esa misma distancia lo hiciera más vulnerable.

Aquel abogado y catedrático de la carrera de literatura de la Universidad Mayor de San Andrés, que caminaba, vestido de gris, casi a diario desde la 6 de Agosto hasta su departamento ubicado en la Aspiazu, casi siempre encontraba a su paso motivos para escribir.

“No sé si regreso por el adoquín / pisando la hoja de papel en blanco de este poema. / No vaya a ser que el sueño / me diga que esto fue realidad”, medita en “Trayecto”, un poema del libro Vuelos (1993).

En la temporada de líquenes de Julio de la Vega, la luz del día fue un elemento de permanente recurrencia, que comenzó temprano en su primer libro, Amplificación temática, cuando escribe “París canción de día” y dice: “París no es sólo lo contado, / París está en las catedrales, / está en el día, / está en las calles; / está en la marejada de overoles y en esta canción diurna, / esta vital canción a pleno aire”.

“Los dialectos poéticos de Julio de la Vega son un tránsito comprometido, qué duda cabe, con lo esencial de la vida, pero son, además, un testimonio de voces escuchadas y repetidas entre cavernas milenarias y ecos que se cruzaron en el tiempo, entre lianas y cuerpos heréticos e irreverentes que nunca desahuciaron ni el amor ni las formas letales del humor”, escribió Juan Carlos Orihuela, en la publicación de la Poesía completa de Julio de la Vega (2008).

 

Los textos escritos por Julio a lo largo de su longeva vida permitirán que aquella temporada de líquenes iniciada o tan sólo intuida por él, mantenga sus raíces atentas y florezca nuevamente en alguna tierra dispuesta.

Quedará en el recuerdo su presencia serena. Sentado en su mullido sillón, cuidadosamente acomodado por su esposa, Bethsy. Allí recibía a los amigos para compartir con ellos la lectura de sus poemas. “Después nos llena un canto / una canción de cuna / y un hada de ternura viene a cerrar tus ojos...”.