Siempre quise matar a alguien. Aún sigo sin saber en qué momento esta idea llegó a mí. Sólo recuerdo cómo mis nervios se alteraban por cualquier cosa. Desde antes de los tres años necesité medicamentos para tranquilizarme. Hoy ya no sufro de eso. Aprendí a callar mis dolores de cabeza para darle la vuelta así al amargo sabor de las pastillas.
Desde niño imaginaba tomar entre mis manos el cuello de algún bebé cuando lo escuchaba llorar. Siempre me han exasperado sus lamentos. Sus lloriqueos provocaban en mí el efecto de un taladro perforando el asfalto. Cuando por algún motivo había visitas en casa y traían consigo a sus hijos pequeños, yo salía a perderme al campo. Sólo mirar sus cuerpos endebles y estúpidos sujetos firmemente a sus madres me provocaba un hondo sentimiento de repulsión. No soportaba su presencia cerca de mí y, como lo hice muchas veces, huía hacia la colina que da justo atrás de la casa. Me alejaba caminando a la espera del final de la tarde, y aunque sabía que había de obtener un regaño por desaparecer tanto tiempo, no importaba, eso era preferible a escuchar las voces de los adultos adelgazadas ridículamente para dirigirse a unos seres que con toda seguridad poco habrían de entenderles.
Recuerdo que en una de esas ocasiones encontré un nido de pájaros grises, los polluelos piaban de hambre sobre las ramas del árbol. Eso los delató. Dentro del nido tres crías abrían el pico emitiendo un lamento largo y agudo que se metía en mis oídos. Sus cuerpos eran deformes, con una cabeza demasiado grande en comparación del resto de sus partes y unos ojos que se veían aun más grandes.
Por su poco plumaje supe que recién habían hecho eclosión. También había un huevo sin reventar. Me puse a observarlos. Sus movimientos eran torpes, caían a cada momento uno sobre otro. Cuando me vieron se dirigieron hacia mí como pidiéndome su alimento. Tenían los ojos totalmente abiertos. Eran unas órbitas enormes. Me costó trabajo imaginar la manera en que con semejantes dimensiones pudieran mantenerse dentro de sus cuencas sin caerse.
Los tomé entre mis manos. Estaban tibios.
Los cobijé formando un hueco con los dedos entrelazados. Uno de ellos comenzó a picarme en el pulgar confundiendo mi dedo con su comida. De inmediato los dos restantes lo imitaron, enfureciéndome. Sus ataques me pellizcaban levemente la piel. Dicen que la gente puede soportar la dentellada del lobo pero jamás el mordisco de la oveja. En esa ocasión supe que era cierto. Ya con la furia encendida arrojé sus cuerpos para que se proyectaran en el suelo. El pasto poco aminoró su caída. Sentía en las manos algo parecido a varios pinchazos de alfiler. Las miré. Me pareció verlas rojas. A través de mis dedos distinguí al huevo restante. Lo tomé con la diestra un segundo. Después lo dejé caer para que les hiciera compañía a sus hermanos.
Cuando regresé a casa no dejé de mirar mis manos. Al momento de entrar no escuché las voces interrogantes que me acosaban, únicamente percibía su sonido lejano, como a través de un largo tubo de cobre que se angostaba justo al llegar a mi oído. A nadie le dije lo que había ocurrido en la colina. No sentí necesidad de contarlo. Suficiente tenía yo con la marejada de pensamientos que me envolvían como para intentar explicar eso de lo que con toda certeza nadie habría de entender y sí todos iban a juzgarlo. Lo sabía de sobra por tantas mañanas en que, sentados alrededor de la mesa, mi familia se la pasaba comiendo de las vidas ajenas. Nadie lo supo. No iba a dejar que nadie me quitara el gusto experimentado, ese cosquilleo que bullía en mis manos, el deseo irrefrenable de volver a la colina para buscar nidos de pájaro.
A pesar de que en varias ocasiones regresé a las ramas de los árboles en poco tiempo pasé de eso. Alguna vez pensé que por hacerlo yo era cruel, pero no, los pocos niños de mi edad con los que conviví resultaron ser tanto o más crueles que yo; ahorcaban ranas, arrojaban arañas a las niñas que declaraban su terror ante ellas, apedreaban perros, sólo por decir algo.
A propósito de las arañas, siempre he tenido ante ellas un miedo cerval que nunca me atreví a confesar a ninguno de mis amigos por el temor a ser el blanco de sus ataques y sus burlas. Era mejor prevenir y, como muchos, ahora lo sé, teníamos que callar lo que realmente nos asustaba.
La idea de matar nunca me dejó. No porque yo la hubiera cultivado, sino porque todos los días, a cada momento aparecía frente a mí sin llamarla, sin provocarla siquiera. Venía a cruzarse en mi camino en múltiples y pequeñas formas, como si poseyera un poder que la convirtiera en algo tentador y omnipresente. Llegué a pensar en experimentarla cuando tenía dieciocho años, pero me detuve, por razones obvias únicamente podría sentirla una vez, una única y exacta vez. No tendría retorno y explicarme a mí mismo todas las sensaciones que sentiría era una prioridad, así que debí prescindir de esa opción. Debo aceptarlo, sentí temor, pero eso en nada cesó mi fascinación, además mi punto no era experimentar la muerte sino sentir qué era dar muerte y con eso terminé mis deseos suicidas.
En un intento por suplir esa carencia impuesta por mí mismo, leí cuanto pude sobre el tema. Desde revistas de corte sensacionalista y documentales de espíritus que no descansan, llenos de fotografías que intentan demostrar la vida después de esta vida, hasta las diferentes interpretaciones en las más variadas culturas del mundo, los egipcios y los griegos, el cruce del río Styx al lado de Caronte. Leí a los poetas, a los novelistas y a los filósofos. Vi pintura, arte abstracto y, hasta donde alcancé a llegar antes de retirarme derrotado ante el pesimismo con que han rodeado ese otro estado de la existencia, todos decían de alguna forma u otra lo mismo y pensé que eso no era lo que buscaba, de manera que detuve mi búsqueda, quizá un poco más confundido que al principio.
Ahora estoy sentado con la mirada fija hacia el jardín. El café humea quieto dentro de la taza. Siento su tibieza en mis manos. Su sabor es dulce. Me gusta así. Observo la higuera. La sembramos entre todos mis hermanos hace tiempo, ahí siempre hemos enterrado a nuestras mascotas. No recuerdo quién propuso hacerlo así, el caso es que lo hemos venido haciendo. Incluso lo hago aún en estos días cuando ya vivo solo en una casa que me parece muy grande para mí. No hay árbol más frondoso en todo el jardín.
A veces, como hoy a la mitad del otoño y sus hojas han caído alrededor suyo, es cuando más me gusta verla. Pienso en la muerte. En cuántas veces deseé alguna, mía o ajena. Sé que alguna vez en la vida contada de Jesús, él se plantó frente a una higuera y le dijo: Sécate, no tengas más vida, y al instante la higuera se marchitó para siempre, dejándolo estupefacto de las consecuencias del poder en sus manos. Pienso que si la muerte cumpliera todos nuestros caprichos yo no habría hecho lo que hice la pasada noche en las calles del Centro. Ahora creo que la muerte tiene poco de divino y que el pasaje de la higuera con Jesús se reduce a un sencillo salto a la oscuridad, donde por uno mismo o empujado, hay que caer siempre con los dos pies.
Como ocurrió con aquella primera vez con los pájaros, hoy tampoco siento remordimientos. ¿Por qué habría de sentirlos? ¿Que no siempre vivimos matando? ¿Que no miles de reses han sido víctimas de los matarifes para que hoy pudiera desayunar un trozo de carne, para que la gente pudiera? A ese hombre ni lo conocía. ¿A quién podría importarle un tipo andrajoso y perdido en su borrachera rebotando con los muros?
En la calle sólo estábamos él y yo. Sentí una especie de contento al verlo aparecer al otro extremo de la esquina y gradualmente nos fuimos aproximando uno al otro. Yo caminaba despacio. En ningún momento dejé de otear alrededor. Mis manos sudaban. Se detuvo frente a mí. Miró mi rostro, como queriendo conservarlo fresco en su memoria para repetir su pedimento en el futuro. Apestaba. Me pidió una moneda. Lo miré. Su cabello y su barba tenían un color cenizo. Olía a mierda y orines. ¿Para qué querría seguir viviendo un tipo así? Sólo mugre y alcohol barato. Le dije que sí, que tendría su moneda, y una sonrisa estúpida y desdentada se le dibujó en su rostro lleno de costras de tierra y suciedad. Llevé mi mano al bolsillo mientras su mano se agitaba temblorosa frente a mí. Comenzó a darme las gracias junto con otras palabras llenas de lambisconería. Entonces vi su mirada cambiar. Mi navaja no se hundió tan fácil en su carne. Por la emoción ante la escena que tantas veces busqué, me falló el pulso y la firmeza y sólo conseguí incrustar la mitad de la hoja en su abdomen en el primer intento. Observé con placer su cara de espanto al verse herido. No sé por qué aferrarse a su existencia si cada día se la destruía él mismo, y corrió con zancadas torpes desandando el camino por el que venía.
Su mano izquierda taponaba la herida. Yo lo seguí, pues me había visto el rostro y, más importante aun, tenía que concluir lo comenzado. No había llegado hasta ahí para regresar con las manos vacías. A los pocos metros lo alcancé y mi mano derecha llegó a su espalda. El golpe fue seco. Uno solo y suficiente. Yo temblaba. Cayó para no levantarse más. Estoy seguro de haber encontrado su pulmón. Lo escuché ahogarse con su sangre. Lo vi un instante y con la certeza de que no hubo testigos, caminé varias calles de regreso hacia el Zócalo. Como aquella primera ocasión con los pájaros no dejé de mirar mis manos durante el trayecto.
Aunque no vi su semblante en el momento mismo de darle la segunda entrada no dejé de imaginarlo. Lo maté, sí, porque quería hacerlo, sólo por eso. Otros matan por deber, por cumplir órdenes, por protegerse. Yo no. Yo sólo por gusto.
Cuando llegué, la plaza estaba hecha un mar de gente. Todos estaban ahí, como si supieran que necesitaba la soledad de las calles y me hubieran dejado el campo libre para hacer lo que hice. No creo en el destino, pero creo que de existir, esto es lo más cerca que he estado de él. Poco esperaba y recibí todo.
La gente rodeaba las ofrendas colocadas para la ocasión del Día de Muertos. Unas figuras enormes coronaban el lugar. Se trataba de un par de esqueletos que portaban cráneos en un bastón sostenido en sus hombros. Me recordó a las muchas litografías de cazadores ingleses que había visto. Pronto me perdí en el espectáculo y fui uno más de los muchos que se paseaban admirando las muestras.
Eran cerca de las doce cuando decidí volver a casa. Confieso que el deseo de regresar a ver si ya habrían descubierto el cadáver me asaltó, pero pensé que esa sería una vulgar equivocación de primerizo. Alguien iba a encontrarlo, ¿hoy? ¿Mañana? ¿Cuándo? Eso no importaba. Como muchas otras cosas en la vida eso también era cuestión de tiempo. Antes de retirarme definitivamente, encaminé mis pasos dispuesto a probar un chocolate suizo en El Moro.
Estaba feliz. Profunda y completamente feliz. Por fin lo había hecho. Por fin sentía de nueva cuenta el temblorcillo en los dedos y una sensación de poder, de sentirme un hombre entre los hombres. Eso era. Al fin encontraba eso que estaba buscando. Todo era placidez. La espuma blanca de luna del chocolate rebosaba, cayendo sobre los bordes de la taza. Sorbí de ella. Cubrió mi labio superior. Bebí con profundidad. Mi euforia me impidió reparar en su temperatura y sentí el hilo caliente del chocolate descender en mis entrañas sin que pudiera detenerlo. Maldije mi torpeza. ¿Así habría sentido el hombre?
Pronto todo mi interior se llenó de una tibieza agradable que me hizo olvidar que el lugar estaba lleno y el accidente suscitado. Por suerte la mesera había conseguido una mesa con una sola silla, de esta manera nadie me interrumpía.
De pronto sentí como podría sentir un miope al encontrarse de nuevo con sus lentes después de haberlos perdido. Todo lo veía muy nítido, los cristales argentados del azúcar esparcida en la mesa, las fisuras en los muros de azulejo, los zapatos de un blanco oculto por ligeras capas de mugre de la mesera que me atendía. Las suelas estaban desgastadas por los extremos externos y vi también los hilos de un remiendo mal hecho en su blusa, justo debajo de la axila. No me molestaba. Todo era agradable para verse, para sentirse. La vida está hecha de imperfecciones, de sonidos diminutos y minucias. Una eufonía.
Me di cuenta de que no hay placer sin destrucción. Que todos cometemos pequeños suicidios cotidianos. ¡Cuánta razón tienen los franceses al llamar al orgasmo la petite mort! Amar mata. Yo mismo muchas veces he dicho ¡me matas! en el vértice de una eyaculación, o a veces casi por nada, como en un juego. Sentí que una suave fibra estaba rota, irreparable, única. Me sentía único entre todos los hombres, aunque muchos más antes de mí hubieran asesinado y no sólo a una persona sino a cientos o a miles bajo sus órdenes. Sabía que de haber dado muerte a diez mil sería un conquistador y no un asesino y que en estos tiempos modernos me habría puesto la bandera de la libertad para someter a un pueblo.
Pero eso estaba lejos de mi alcance. Yo sólo era un punto en el espacio. Lo sabía y esa certeza aún me acompaña en esta mañana cuando tomo mi desayuno en esta casa sola y demasiado grande para mí. Donde los pájaros vienen a revolotear sin pedir permiso de nadie. Lo único que sé es que no hay nada que hoy pueda preocuparme.
Voy a continuar. Luego me arrellané en la silla para disfrutar mejor de la apacible sensación que comenzaba a envolverme. No reparé en el tiempo. Pedí otro chocolate. Tenía un humor estupendo. La mesera se acercó sonriendo y muy atareada hacia mí. La gente no dejaba de entrar y salir y pude percatarme de que algunos me miraban con recelo, creo que con envidia por tener un sitio en ese momento.
Deseaban desaparecerme.
Observé a la mesera. Estaba entrada en años. Cincuenta, pensé.
—No cierran en toda la noche, ¿verdad?
—No, joven. Yo salgo hasta las seis y cuando me voy llegan otros. Aquí nunca se acaba el trabajo.
—No, se ve que nunca.
Y le sonreí.
Imaginé su hora de salida. Sus pasos huecos sobre esas calles miserables y sucias rumbo a su casa, con su bolso colgando del hombro y unas cuantas monedas en sus bolsillos, atravesando las penumbras del comienzo del día. Con las manos ocultas bajo los brazos cubriéndose del frío de la mañana. Imaginé toda su travesía matutina mientras sentía en mi chaqueta el peso de la navaja acariciando mis deseos.
Entonces salí. Sobre la mesa dejé la moneda que pude darle al mendigo. La presioné con fuerza hacia la madera, como para recordarle que era partícipe de mi secreto.
El sonido de las sirenas de algunas patrullas cortó la noche. Tenían sus torretas encendidas. El lúgubre lamento de una ambulancia se unió a ellas. Las luces de color rojo y azul golpeaban los ojos de los espectadores quitándoles por un segundo la vista. Iban hacia el sitio donde yo había dejado al mendigo. Pronto quedaron a mi espalda.
Ya estaba hecho.
Si un hombre puede asesinar a un hombre y después perderse tranquilamente entre la multitud sin ser detenido, entonces puede suceder cualquier cosa. Eso pensé mientras conducía a casa. No pude borrar la idea de que a mí, en cualquier momento de esos momentos, al detenerme en alguna luz roja, llegara un tipo y así sin más disparara su pistola por gusto o necesidad sobre mi cuerpo, o me estrangulara, o, en fin, el hombre ha inventado tantas formas y motivos para matar, que preferí dejar de pensar en ello y, si llegara a ocurrirme algo parecido me hice a la idea de que no sería el último, de que la cadena es eviterna desde que Caín comenzó todo y en las Escrituras no se habla de un fin total. La noche era hermosa, fresca. Los dolores de cabeza de mi infancia ya sólo eran recuerdos. No tenía prisa por nada. Nadie me esperaba. No esperaba a nadie. ¿Adónde podía llegar si no era a casa? Encendí el auto. Los cristales estaban empañados por una ligera brisa nocturna. Los limpié y comencé el camino de regreso. Manejé despacio. Viajé a través de esta ciudad de luces enceguecedoras. Me deslicé en ella. Me hice uno con ella para perderme en una de sus múltiples formas.