El espejo pensó que le gustaría verse. ¿Cómo sería?
Se sabía generoso, siempre había servido a los demás. Su cristal estaba empañado por el trabajo de amoldarse a los cambios de quienes eran reflejados: caras sonrientes que se volvían tristes, cuerpos obesos que al momento escondían barrigas, arrugas que se estiraban. El esfuerzo de adaptación le estaba costando el brillo. Y deseó al menos por una vez estar en la otra parte.
La obsesión por saber le afectó hasta el punto de que no atinaba a reflejar con propiedad los que en él se asomaban. Las caras jóvenes se veían ajadas, los delgados veían aumentar su tamaño y las mujeres no atinaban a acertar las pestañas al ponerse el rímel. Era un desastre que le estaba pasando factura y amenazaba con que dejara de ser considerado el reflejo perfecto.
Pero su desazón aumentaba con la incertidumbre: ¿y si no me gusto? Nunca más podrá separarse de mí la imagen que encuentre.
Una mañana decidió salir de dudas y preguntó al que en aquel momento se afeitaba:
—¿Podría por favor ser mi reflejo?
El hombre no entendió la petición, ¿cómo podía ser el reflejo de un espejo? Y ante su insistencia, tras acabar el afeitado le dio la vuelta. El espejo se quedó de cara la pared.
La pared, asombrada del honor de estar ante el espejo, estuvo dispuesta a ser su reflejo.
El espejo horrorizado vio en la pared reflejada otra pared. Y se sintió nada.
Olvidó sus deseos de verse como era y prefirió ser el reflejo de otro.
Y encima tuvo que soportar los comentarios de la pared que se vanagloriaba de que una vez había sido un espejo.