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Guerra Civil españolaRevisionista

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Nosotros no tenemos un enemigo sino dos; los blancos y los rojos, que cada cual a su manera quiere hacer nuestra completa felicidad metiéndonos en la cárcel.

Pío Baroja

El día que sea posible representar en escena a un obrero deshonesto el teatro francés habrá demostrado su mayoría de edad.

Flaubert a Colette

Releyendo Guerra y paz cuando el sol se levanta y se doran las copas de los árboles me topo con la frase de Tolstoi en que habla del “acostumbrado recurso de los historiadores cuando algo no se ajusta a sus deseos”. Lo que inmediatamente me recuerda otro enunciado de no sé quién: “Es muy fácil cambiar el pasado, los historiadores lo hacen constantemente”. La Historia no ha sido nunca una ciencia exacta pero se espera de ella cierto rigor y precisión. Al fin y al cabo es lo que debe explicarnos cómo hemos llegado al maravilloso esplendor del tiempo presente. Tucídides se presentaba como un austero “notario”, alguien que no hacía uso del “recurso acostumbrado”.

A falta de buenos notarios es muy recomendable la lectura de legos como el periodista Chaves Nogales: contó muy bien, entre otras cosas, lo visto detrás de los Pirineos entre 1936 y 1940, y da impresión de veracidad. Dice Félix de Azúa que si hubiera sido estalinista ahora le estarían dedicando plazas, de haber sido fascista ya las tendría. Prefirió no ser ninguna de las dos cosas. Libros del Asteroide ha publicado La agonía de Francia, escrito por él en el fragor de serios acontecimientos, libro cuya lectura no habría perjudicado a Herbert Lottman a la hora de pergeñar La agonía de París. Según Chaves, en Francia había una guerra civil larvada “en la que los ciudadanos no se asesinaban unos a otros —como habían estado haciendo gozosamente los españoles— por la sencilla razón de que la gendarmería no había perdido su eficacia y faltaba el margen de impunidad que es indispensable a los héroes de las guerras civiles”. Se explaya sobre un mundo político tan altanero como torpe. “El país estaba podrido hasta el hueso, los hombres no tenían grandeza y las masas eran como rebaños trashumantes”. Mientras los locutores parloteaban en una emisora de radio dirigida a Suramérica acerca del sprit de París y el chic de sus modistos, se ordenaba al ejército que no combatiera, que se limitara a contener o rehuir las desagradables embestidas del enemigo. La tesis es que esa nación estaba ya hundida y preparada para someterse a un ejército de ocupación mucho antes de que los alemanes asomaran sus estandartes por los Campos Elíseos con cara de villanos, el ceño muy fruncido. También se refiere al lamentable espectáculo de la evacuación de la ciudad. Le sorprende que los ministerios quedaran vacíos, que la gran burguesía parisién pusiera pies en polvorosa, sin olvidar la plata y las alfombras. ¿No es lo habitual en estos casos? El periodista andaluz también se veía obligado a deshonrosas huidas: terminó en Inglaterra donde murió no a causa del blitz sino de una peritonitis carente de toda épica.

Hay que mencionar al valiente escritor y periodista Giles MacDonogh, nieto de judío húngaro, que ha escrito la novela Después del Reich sobre las atrocidades cometidas contra los alemanes al terminar la guerra: masacres (tres millones murieron después del fin de la guerra), violaciones (doscientos mil niños nacieron como consecuencia del priapismo de los libertadores), económico aprovechamiento de campos de concentración, expolios, humillaciones sin cuento en las que los historiadores han preferido no ponerse a indagar. Se supone que puede ser mal usado, servir a algunos para relativizar la culpa y aliviar la responsabilidad de los nazis pero, como dice su autor: “Eso no debe detener al historiador, so pena de ignorar injustificadamente un periodo de la historia”.

Efímera fue la vida de la República de Weimar; tampoco la española se caracterizó por su duración. Con el paso del tiempo la guerra civil (de la que hasta ahora sólo hemos tenido visiones coloreadas por el partidismo) se va contemplando con más perspectiva, lo que a veces obliga a cambiar de tesis, con todos los riesgos que conlleva. Hasta ahora esos cambios de teoría llevados a cabo por individuos sin miedo al ostracismo se han valorado en términos ideológicos y despachado de forma muy negativa por historiadores que intentan dar, se supone, una versión desapasionada de esos asuntos —sine ira et studio— pero sufren de miopía y lo demuestran ofreciendo tergiversaciones en las que no falta ese toque denominado “impronta personal” o “acento propio”. No parecen contemplar la opción de analizar de verdad los argumentos del temerario que se aparta del carril.

Sobre la lamentable contienda es bueno leer a algunos anglosajones. Stanley G. Payne ha escrito “Por qué la República perdió la guerra”, libro con el que probablemente estaría de acuerdo Chaves Nogales. Pero como no sostiene las tesis actualmente oficiales y osa atribuir la derrota republicana a factores endógenos, ya se impugna como expresión de una traición, y se le califica de lo peor que se le puede calificar a un historiador, de “revisionista” (así calificaba Mao, por cierto, a un millón de personas que se cargó alegremente), aunque sin perder el tono de voz comedido de los hombres objetivos. Este varón de Texas pone en duda que la República representase un régimen democrático, se refiere a asuntos como la intransigencia doctrinal, la demagogia galopante, el caos financiero... Por lo tanto ha dejado de ser “de los nuestros”. Se diría que, como antes la franquista, la interpretación historiográfica moderna sigue encastillada en sus dogmas y sorda a cualquier propuesta extramuros. Da la impresión de que sobre la historia reciente no es fácil conservar la ecuanimidad, ser renuente a enrolarse en uno de los dos bandos en liza. No debe ser agradable ser mirado con reprobación por prestigiosos sectarios por evitar simplificaciones y dar una visión adulta de conjunto.

Andrés Trapiello se muestra bastante renuente a ese enrolamiento, sin embargo, al recordarnos a Carlos Morla Linch, diplomático chileno y confidente de Lorca, “con su cabeza a la derecha, su corazón a la izquierda”, una especie de Schindler, figura que nadie quiso reivindicar. Salvó la vida a más de dos mil personas, primero metiendo en la embajada y en su domicilio particular durante meses a curas, falangistas, militares, políticos conservadores de los que los milicianos querían separar el alma del cuerpo, y luego a comunistas y republicanos que huían de las represalias de Franco y las checas de la Falange... Se le agradecieron los servicios prestados con el silencio y el olvido. Escribió un diario (ahora editado por Renacimiento) que, como es lógico, nunca interesó a los “expertos”. Rompía los esquemas. Era un testigo incómodo. Aparece el cónsul Neruda: “de un egoísmo y de un ensimismamiento abrumador”...

Resulta satisfactorio vislumbrar que algo está cambiando. En el siglo XXI algunos impíos como Santos Juliá empiezan a hablar, en un esfuerzo de imparcialidad, de la exclusión de los moderados desde el nacimiento del régimen, o de la tristeza de Azaña ante matanzas que nada tenían que ver con la defensa de la República “ni con los valores por ella representados, sino con el comienzo de una revolución social que, entre otras catástrofes como acelerar la derrota, significaba, de triunfar, el fin de la misma República”. Uno lleva tiempo pensando, sin decírselo (irresoluto) a casi nadie, que en aquella barbaridad no había ni fascistas de tebeo ni dulcísimos republicanos. O había muy pocos. Juan Ramón, Cernuda, Gil-Albert o Benjamín Jarnés no cayeron en el maniqueísmo, tan fácil y siempre de moda: no podían identificarse con una orgía de odio y crueldad sin traicionarse a sí mismos. La excelente última novela de Muñoz Molina también pretende poner las cosas en su sitio, reflejar las ambigüedades de la realidad.

Mientras el sol declina y unas nubes se arraciman, junto los dedos formando un capitel y decido identificarme con el extraño en todos los círculos, con el personaje al que la escabechina cogió totalmente a contrapié, con el que fue odiado por tirios y troyanos, con el que publicó al escritor que estaba en el bando contrario, con los que defendieron al adversario político, con el que redactó avales para ayudar a unos represaliados, con los que no reciben premios de gobierno alguno, con personajes tan raros como el embajador chileno Carlos Morla Linch.