Letras
El método

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Podría haber escrito un exhaustivo diario, pero no hubiera sido lo mismo. De nada sirve eso para recordar de verdad. A menudo, uno lo lee y siente que otra persona lo escribió, que fue otro el que estuvo ahí. Es como cuando alguien insiste en que recordemos un acontecimiento aportándonos cada vez más detalles. Sí, hombre, fue en casa de no sé quién, ¿no te acuerdas? Estuvimos riéndonos un buen rato porque tú llevabas una camisa horrorosa. Pues no, no me acuerdo. Que sí, cómo no te vas a acordar. Sacaron unos canapés de paté, que no era muy bueno y que ya estaba algo oxidado. Sonó durante mucho rato el último disco de Madonna y, cuando nos fuimos... Que no, joder, que no me acuerdo. Lo he borrado. Ese día no existe, o yo en ese día no existo. Vete a la mierda. Pero esa gente es tenaz, y no se queda satisfecha hasta que sonríes y dices ah, sí sí sí, ya me acuerdo, qué risa... Los diarios le hacían sentir así, acosado por un yo con memoria fotográfica que le era completamente ajeno. Sin embargo, algo debía hacer, pues la conciencia de que todos los sucesos de su vida que no fuera capaz de recordar caerían en el abismo del vacío más absoluto le producía un vértigo terrible.

Reflexionando sobre este asunto, llegó casi inmediatamente a la conclusión de que normalmente recordamos lo que nos llama la atención, lo que se sale de la rutina, del fluir habitual de nuestras vidas. Podía evocar a la perfección la bofetada que le dio su padre la mañana en que volcó un refresco sobre unos documentos importantes; recordaba también su primer beso, la oscuridad del portal, los labios secos de Susana; tenía grabadas a fuego las vacaciones por el este de Europa en compañía de su mejor amigo, las charlas bajo las estrellas, los albergues ruidosos e inmundos; y, por supuesto, el nacimiento de su hijo, la sangre, los nervios, el esfuerzo reflejado en el rostro de ella. Recordaba esos y muchos otros momentos. Sin embargo, haciendo un cálculo mental tremendo, descubrió aterrorizado que todos los recuerdos que conservaba colocados en fila india, uno detrás de otro, apenas daban para rellenar tres años de su vida. Cinco minutos por aquí. Unos segundos por allá. Los más largos no duraban más de dos horas. En total, tres años. Él tenía treinta y nueve. ¿Dónde demonios estaba el resto de su vida? ¿Qué había pasado con esos treinta y siete años de conversaciones, películas, comidas, sexo, zappings, paseos, lecturas, excursiones, fiestas y jornadas laborales interminables? ¿Tan poco interesante era todo eso que no merecía la pena ser recordado? La mayor parte de sus experiencias vitales parecían haberse convertido en su mente en nubes de memoria; no eran recuerdos concretos, sino brumas fruto de la condensación de miles de recuerdos similares. Recordaba haber hecho la compra cientos de veces, pero no una de esas ocasiones en particular. Recordaba haber dado innumerables paseos con su mujer, sin embargo estaban empastados unos con otros de modo que parecía uno solo, un larguísimo paseo genérico en el que todas las deambulaciones particulares habían perdido su relieve en aras de una idea abstracta.

Si algo tenía claro es que se negaba a que el resto de su vida formase parte de esa nebulosa de rutinas indeterminadas. A partir de ese momento, se esforzaría en memorizar lo que le sucediese, por anodino que fuera. Para ello elaboró un método con el que esperaba lograr algo inaudito: engañar a la memoria. Aunque original, la idea era en realidad bastante simple. La memoria siente predilección por los acontecimientos llamativos, por las sorpresas, por las anécdotas divertidas, por los sucesos trágicos. Bien, pues démosle lo que le gusta. Si el filtro de ese cruel colador lo deja pasar todo menos lo notorio y lo extraordinario, añadamos de forma artificial la notoriedad y la extraordinariedad a los momentos más grises y más susceptibles de ser fácilmente olvidados.

Puso en práctica su novedoso método un lunes de septiembre. Llevaba unas horas redactando un informe en el ordenador cuando se dio cuenta de que ese día de cielo plomizo no tenía nada especial. Por la mañana había compartido un café con sus compañeros. Los chistes habituales. Las críticas de siempre. Y después la urgencia, la necesidad imperiosa de terminar un informe antes de las cinco de la tarde. Nada más. Ese lunes, estaba seguro, se diluiría en el olvido en menos de una semana. Se fusionaría con todos los otros lunes, con todos los otros días encapotados en los que tuvo que teclear con prisa un documento cualquiera. Apartó sus manos del teclado, miró a sus compañeros, encorvados sobre sus respectivas mesas y, de un salto, se puso en pie sobre su silla. Uno de sus colegas le miró extrañado y siguió enseguida con lo suyo. Él se sentó de nuevo y reanudó el monótono repiqueteo de teclas, aunque ahora lo hacía de un modo distinto. Con una sonrisa.

Procuró no pensar más en esa mañana y dejó pasar unas semanas para comprobar la eficacia de su mnemotécnica. El resultado le dejó atónito. Lograba recordar, lógicamente, haberse subido a la silla, pero no sólo eso. Esa pequeña anécdota era un hilo del que podía tirar hasta hacerse con la madeja completa. Veía la mirada divertida y sorprendida que le lanzó su compañero, que andaba algo resfriado. Recordaba esa mañana de cielo grisáceo, casi blanco, su miedo a que comenzara a llover, el dilema de si coger el coche o el metro. Podía visualizar la charla frente a la máquina de café, los chistes racistas del de administración y las ácidas críticas al nuevo gerente, demasiado inexperto, demasiado rupturista. Recordaba incluso el informe sobre la competencia en el que estuvo trabajando, cuya redacción le resultó muy grata a pesar del escaso margen de tiempo con el que contaba. Funcionaba.

Al día siguiente, fue al trabajo en pantalones cortos. Al otro se pintó la cara con un rotulador indeleble. Al siguiente, calentó el tupper hasta que las albóndigas reventaron en mil pedazos. Y así continuó, aplicando a diario su método contra el olvido con una eficiencia y un tesón que nadie hubiera sospechado en él. Invitó a sus colegas a piruletas. Bailó un tango con la secretaria del jefe. Leyó en voz alta una y otra vez su poema favorito de Kavafis. Se fumó un porro en el baño. Llamó a los bomberos diciendo que la oficina estaba en llamas. Se tiró un sonoro pedo en mitad de una reunión.

Dos semanas después fue despedido. El paro suponía un reto aun mayor que el trabajo en la oficina, pero fue un reto superado, de eso no cabe duda. Escupió desde su ventana a los que paseaban por la calle. Pasó un día entero hablando por teléfono con gente que no conocía. Hizo una hoguera en la terraza con los libros que más detestaba de su biblioteca. Se desplazó a gatas durante toda una mañana. Se masturbó hasta que le fue físicamente imposible continuar. Se emborrachó con una botella de licor cuarentaytres. Por supuesto, era importante ser disciplinado. En cuanto sospechaba que un día no iba a ser memorable, se sentaba, hundía la nariz entre las palmas de sus manos y dedicaba unos minutos a pensar cómo remediarlo. Y eso no era algo que pudiese dejarse al azar o a la improvisación. Sus performances debían ser siempre notorias, siempre originales, siempre únicas para ser eficaces. La autoexigencia era cada vez mayor, pero aun aumentó mucho más cuando fue consciente de que aquello no bastaba. Gran parte de sus jornadas seguía escurriéndose y deslizándose hacia el olvido. Debía ser más meticuloso. Más constante. Finalmente optó por crear hitos memorísticos cada hora. Eso le permitiría ubicar sus recuerdos con un margen de error de sesenta minutos. Así que, por ejemplo, comenzó un día dándose unas bofetadas a las diez de la mañana. A las once gritó tan fuerte como pudo. A las doce mandó un mail a su ex jefe insultándole a él y a su familia. A la una orinó sobre su hámster. A las dos se comió un bocadillo de remolacha. A las tres durmió una siesta en el portal. A las cuatro cortó todas sus toallas por la mitad. A las cinco se grabó una uve en la mano con ayuda de un cúter. A las seis hizo un grafiti con ketchup en la pared del salón. A las siete se fue al cine y pagó la entrada con monedas de diez céntimos. A las ocho se masturbó durante una escena bélica terriblemente sangrienta. A las nueve, quedó a cenar con unos amigos en un restaurante hindú. No era sencillo concentrarse en la conversación porque debía pensar un hito con el que señalar las diez de la noche. Tras darle muchas vueltas, le pareció que lo más apropiado sería provocarse el vómito. Sí, eso haría. Entretanto, sólo tenía que engullir esos platos con salsas de todos los colores y esperar el bip de su reloj digital. Sonrió orgulloso. Algún día, cuando fuese un anciano, podría echar la vista atrás y rememorar prácticamente toda su vida. Cada día. Cada hora. Se trataba sin duda de una hazaña que jamás nadie lograría superar. Sin embargo, lejos de envidiarlo, todos los que lo conocían lo consideraban de forma unánime un auténtico idiota.