El senador Evaristo Monteagudo colgó el aparato telefónico cuando culminó la conversación y se quedó paralizado en su butacón de cuero que parece tragárselo. De momento se le antoja tener el corazón repartido entre las sienes y el pecho y con ambas manos trata de calmar los latidos que como furiosos foetazos lo castigan. La realización de lo que acaba de escuchar lo mantiene paralizado por breves instantes. Y a pesar de ser exactamente lo que esperaba escuchar, lo tolera con cierto mínimo entusiasmo como si un malvado pensamiento nihilista le robara la sensación de gozo que debería sentir. Se pasa la mano nerviosamente por la pulida superficie de su cráneo y se acomoda, aplastando de lado a lado de su calvicie las escasas y largas hebras que aún resisten la calamitosa condición.
Tras breves instantes de impaciente esfuerzo por calmarse, Evaristo Monteagudo levanta por fin el teléfono. Marca un número y, como si midiera muy bien sus palabras, habla sin gestos y casi sin emoción:
—Confirmado. Hay pistas contundentes. Recoja a la entrada el sobre que dejaré con el guardia de seguridad. Quiero información precisa, confidencial y para ayer. Ah... y jamás ha hablado usted con el senador Monteagudo... ¿Entendido? —y sin más cuelga el aparato telefónico. Luego extrae unos papeles de una gaveta y, acomodándolos en un sobre de manila amarillo, lo sella con cinta adhesiva y sale silbando una tonadilla.
A las tres de la tarde, tres días después, entra a la oficina del senador Monteagudo un mensajero del investigador privado a quien el senador había contratado, y le entrega unos papeles. El senador, luego de haber despachado al mensajero, se acomoda en su butacón de cuero, se alisa distraídamente los ralos cabellos, permite que el butacón se lo trague, y examina los documentos esparcidos en su escritorio.
—Te agarré... Sabía que te iba a agarrar, bribón —dice con un alto grado de regusto.
El senador Monteagudo se entretiene entonces poniendo sus pensamientos en orden.
Y es que el senador Monteagudo tiene ahora, en su poder, pruebas fehacientes de malos manejos y negocios turbios que hundirán irremediablemente a su contrincante, el senador Narciso Fuentes. Y como un fogonazo divino se le insinúa, pálida y amorfa al principio, con contornos más definidos segundos después, y clara y diáfana por último, la victoria final, la meta anhelada, el alfa y el omega de su carrera política.
—La alcaldía será mía —murmura, paladeando las palabras como si las estuviera deglutiendo—. ¡Narciso Fuentes... te acaba de llevar la desgracia!
La estrategia de ahora en adelante debe ser cuidadosamente planificada. Nada que dejar al azar. Se jugará hasta la última carta y si es preciso, sacará el as de la manga.
Llama a su secretaria, quien entra a la oficina dejando a su paso un revuelo de sensualidad y el peculiar aroma de su perfume. Evaristo Monteagudo la observa por encima de sus espejuelos mientras ella organiza diligentemente papeles y documentos. Siempre ha sentido una secreta pasión por aquella muchacha enigmática que de vez en cuando se ha atrevido a hacerle sugerencias que él ha considerado cargadas de intenciones ocultas, pero que nunca ha tenido la certeza de poder adivinar, porque ella inmediatamente retoma aquel aire de diligente profesionalismo, cortando por lo sano cualquier intento de esclarecimiento. Él por su parte prefiere que todo quede así. En su actual posición y con sus metas claramente definidas, lo mejor es mantenerse al margen de las tentaciones. En circunstancias distintas ya hubiese explorado buenamente las intenciones veladas, si es que las había. Es como una maldición, piensa Evaristo Monteagudo. En su vida de abogaducho de segunda categoría, cuando podía haber hecho y deshecho como gusto y gana le diera, el destino le había provisto con cada esperpento de secretaria que ni con los ojos vendados se hubiese aventurado a meterle el diente. En cambio ahora, cuando debe andar con pie de plomo, el travieso destino le depara este bombón.
—Prepare una conferencia de prensa —dice mientras trata de disimular un resquicio de pensamiento malvado que se empecina en asomarle a las pupilas nubladas por el deseo adoptando aire de profesionalismo—. Quiero que estén los principales medios. Radio, prensa y televisión. Para mañana en la noche, después de las cinco.
—¿No cree usted que es demasiado apresurado? Necesito tiempo para planificarla —protesta ella, cruzando y descruzando las piernas desnudas y tentadoras.
—Son las tres y treinta y dos —dice el senador Monteagudo examinando el Rolex de su muñeca—. Tiene lo que resta de tarde y todo el día de mañana.
—Insisto que necesito tiempo, Licenciado —y su voz enronquecida y ligeramente orgásmica tiene la virtud de corretearle por la entrepierna. Y como siempre, también tiene el poderoso efecto de disuadirlo.
—Tiempo... tiempo... ¿cuánto?... Esto es urgente y vital, y sobre todo, confidencial... Extremadamente confidencial —exclama él con simulado enojo.
—Pasado mañana, licenciado... a las seis de la tarde —dice dedicándole la más perversa de las miradas y sale apresuradamente cerrando la puerta tras de sí.
—¡Qué mujer! —y como si recapacitara—. Evaristo... no dejes que el enemigo te confunda. Ve al grano, hombre, que para eso habrá tiempo.
Son las cinco y cuarenta y cinco minutos de la tarde. A las seis en punto es la conferencia de prensa. El senador Evaristo Monteagudo lleva horas sentado en su butacón, con la mirada fija en un punto muerto. Todo está listo. Las estrategias estudiadas hasta la saciedad. Los ademanes, gestos e inflexiones aprendidas de memoria. Las frases claves, aquellas que como dardos irán directo al hígado, ensayadas y vueltas a ensayar. Todo está planchado. El senador Evaristo Monteagudo paladea la victoria y sueña con la poltrona de la ciudad capital, que coqueta le hace guiñadas desde el cielo de sus ilusiones.
Dos discretos golpecitos en la puerta coinciden con el timbre del teléfono. Hábilmente el senador hace ambas cosas a la misma vez: abre la puerta y atiende el teléfono.
—Senador, dentro de poco llegará un mensajero...
—Acaba de llegar —le interrumpe el senador impaciente. Recién se da cuenta de la hora que es.
—Mejor. Escuche bien lo que tengo que decirle. El mensajero tiene consigo documentos importantes que pueden interesarle.
—¿..?
—Asuntillos personales, si gusta,... cuernos...
—¿Cuernos?
—¡Vamos hombre!... Cuernos, infidelidad, chilla... Como quiera usted llamarle.
—¿Quiere usted decir que el puerco de Narciso también tiene una chilla?
—Eso mismo quise decir, senador.
—¿Y qué pruebas precisas tenemos?
—Las tiene en las narices, hombre. Pero primero, antes de abrir el sobre, hablemos de plata.
—¿Plata?
—Sí, como lo oye, plata. Esto no estaba en el contrato. No estaba en asuntos de investigación cuando lo sorprendí. Fue luego.... de casualidad.
—Mire, hombre —le interrumpe nuevamente el senador impaciente—, dentro de par de minutos tendré una conferencia de prensa y no tengo un minuto que perder.
—Ah... entonces, he llegado tarde. Lástima porque iba a ser su jaque mate.
El senador Evaristo Monteagudo observa al mensajero de pie frente a él con el sobre en la mano. Hace ademán de tomarlo, pero el mensajero lo aleja y le señala el teléfono.
—No puedo pagarle un centavo más. Es la investigación más cara que he visto en mi vida —dice continuando su conversación telefónica—. Como le dije, tengo una prisa atroz y no tengo tiempo para negociaciones estúpidas. Ese material me pertenece. Así que lo tomaré y no hay más que hablar.
El senador Monteagudo cuelga el teléfono y vuelve a dirigir su atención hacia el mensajero. El mensajero, que parece tiene instrucciones específicas, le sale al paso.
—Senador —le dice en un tono que para en seco al aludido—. Son mil doscientos pesos extras si quiere las fotografías. Repito... si las quiere. Si no las quiere no tiene obligación de nada. Arrivederci..., adiós..., chao —y dando una última mirada de pocos amigos, se dispone a partir.
El senador Evaristo Monteagudo traga gordo. Se debate entre arrebatarle el sobre por la fuerza, disuadirlo por las buenas o dejarlo partir sin más. Se rasca el cogote pelado como culo de mono, vuelve a mirar el Rolex y toma una decisión apresurada. Saca de una gaveta una chequera, escribe a grandes rasgos un cheque y lo extiende al mensajero. Éste, con una amplia sonrisa de triunfo en su rostro, lo toma y extiende el sobre de manila. El senador Evaristo Monteagudo le arrebata el sobre con furia y sale como centella puerta afuera. Son exactamente las seis de la tarde.
Los reflectores de las cámaras del noticiario y las luces de las cámaras fotográficas tienen al senador Evaristo Monteagudo sudando como caballo. El maquillaje que le aplicaron comienza a correrse y siente las manos húmedas y frías. Su secretaria, diligente, organiza papeles y documentos. A escasos segundo para que la conferencia de prensa dé comienzo, el senador Evaristo Monteagudo se prepara a asestar el golpe irremediablemente definitivo que derrumbará por el suelo a su único contrincante en la carrera por la alcaldía de la ciudad capital. De antemano, el senador Monteagudo sabe que lo que tiene que informar al país terminará de una vez por todas con cualquier aspiración presente y futura que pueda tener el senador Narciso Fuentes. Poco le importa a él que sea de su propio partido; en la política, como en la guerra y el amor, diría él, todo está permitido. Providencialmente ha descubierto que el senador Narciso Fuentes ha estado involucrado en incontables ocasiones en unos turbios negocios que han abonado caudal a su hacienda personal a manos llenas a costa del bolsillo del pueblo. Cuando no estaban en sus planes las aspiraciones a la poltrona municipal, el senador Monteagudo se había hecho de la vista larga, después de todo era de su propio partido. Pero ahora la cosa cambiaba. Consiguió documentos donde aparece el senador Fuentes como dueño de corporaciones que, hábilmente y en crasa y descarada violación a toda ética, han desviado fondos pertenecientes al erario público, amparadas en servicios fantasmas que jamás fueron recibidos por el pueblo. Y para cerrar con broche de oro, resulta que el senador Narciso Fuentes, que tiene a su cargo los asuntos de familia, le pega cuernos abierta y descaradamente a su mujer.
El golpecito en el codo que su secretaria, sentada a su lado, le aplica, le avisa al senador Monteagudo que la conferencia de prensa ha comenzado. El senador abre el sobre que tiene aún en sus manos, el mismo que recién recibiera del investigador privado y que no ha tenido la oportunidad de abrir. La primera foto, ampliada, que tiene ante su vista, le muestra a un sonriente y meloso senador Narciso Fuentes saliendo de su auto Cadillac blanco. En la segunda foto, el mismo senador Fuentes, con la misma sonrisa acaramelada, de frente a un letrero que claramente lee Hotel Suspiro de Amor, conduce del brazo a una no menos sonriente dama cuyo rostro es idéntico a...
—¡Puta! —exclama involuntariamente y sin poder evitarlo el senador Monteagudo.
En la confusión del momento, la ligera presión en el codo que ejerce su secretaria devuelve a un confundido senador sus sentidos.
Todos los micrófonos se acercan precipitadamente hacía el senador Monteagudo, como en reacción espontánea.
—...la disputa... Vuelvo a repetir..., que el senador Narciso Fuentes ha diseñado, orquestado y dirigido hacia mi persona —prosigue con voz trémula y un poco quebrada— no es necesaria. He convocado esta conferencia de prensa para informar al país y especialmente al senador Narciso Fuentes que puede guardarse sus amuniciones para dirigirlas al candidato de la oposición, porque he decidido que no deseo aspirar a la poltrona municipal de ésta, nuestra ciudad capital. Mi decisión ha sido ampliamente considerada, aquilatada y meditada y es final, firme y definitiva. Problemas personales me obligan a considerar mi retiro definitivo de la vida pública.
Y con estas palabras, el senador Evaristo Monteagudo abandona a toda prisa la mesa de la conferencia de prensa atestada de reporteros y camarógrafos, que se han quedado en espera de la prometida jugosa pieza con que llenar sus espacios noticiosos, y se abre paso, atolondradamente, entre la multitud, apretando, entre sus manos trémulas por la rabia, el sobre de manila que contiene las fotografías.
Cuando la puerta del desierto elevador se cierra a sus espaldas, el senador Evaristo Monteagudo vuelve a examinar las fotos.
—¡Narciso, puerco, quédate con la alcaldía! —exclama a punto de llorar—, también te regalo como premio la primera dama. Será tu complemento perfecto —y escupe un feo salivón que como horrible blasfemia se estrella inmisericordemente en la fotografía que muestra el sonriente rostro de la que hasta esos momentos era su mujer.