Nunca deben leerse libros que extravíen el entendimiento
o corrompan el corazón.
(Jaime Balmes, filósofo español).
Los libros han ganado más batallas que las armas.
(Lupersio Leonardo Argensola, poeta español).
De la misma manera en que no estaremos de cuerpo presente ante la defunción del clavel de la utopía, ni velaremos plañideros el fukuyamático fin de la historia, tampoco nos daremos el luctuoso lujo de ofrendarle un ramillete póstumo de primorosos nomeolvides perfumados, al vituperable vaticinio que polémicamente profetizara la desconsoladora desaparición letal de la liberadora lectura.
Precisamente, no acogiéndonos a este cantarino eco del veleidoso cisne de engañoso plumaje, nos corresponde sustancialmente seguir cabalgando a lomo de chúcara lectura, al proseguir saciando nuestra sensibilizada sed de sapiencia, y continuar zambulléndonos en el catarático hontanar nutricio, con el emancipador ejercicio de leer, decididamente desechando de nuestras contaminadas conciencias todo vicioso vestigio de infame infundio que se confabule a cercenar el cordón umbilical que nos insufla inspiracional incentivo, para empecinarnos en nuestra consuetudinaria cruzada conversacional con los prolíficos propulsores de aleccionadora aptitud hacia la lectura, en el prosístico o poético hábitat culturalmente universal.
Candoroso manual para un enfant desalmado
El otoñal patriarca caribeño del realismo mágico de las letras latinoamericanas y octogenario nobel literario del 82, el colombomacondiano Gabriel “Gabo” García Márquez, en el epilogal acápite de su maravilloso Manual para ser niño, al describir sobre los indispensables ingredientes requeridos respecto de ¿Con qué se comen las letras?, puntualiza que el tiránico recurso del método de enseñanza aplicado en determinados establecimientos educacionales —y no digamos culpabilizando tanto a la TV, el embrujamiento satelital o los malos libros—, impositivamente contribuye a aguillotinar el habitual hechizo de luna de la lectura. Estima el longevo literato que lo ideal sería que a un hiperquinético chiquillo se lo convidara a dedicar buena parte de su fin de semana a disfrutar leyendo un libro, hasta donde pueda y le guste —como específica condición sine qua non, a fin de que se cristalice este propósito—, pero constituiría criminalmente contraproducente condena, para el infante y el propio libro, que se le obligue omnímodamente a los dictámenes de una aterrorizante lectura, mientras se dedica a disiparse del tedioso aburrimiento de sus horas muertas, dando rienda suelta a placenteras jornadas de juego, o en su defecto si acaso se ve forzosamente agobiado por la inminente realización de otras tareas.
En tal laberíntico rompecabezas, se pronuncia por la salomónica solución de establecer una franqueadora franja de gaza especial, bordeando el bachillerato, con orientadoras clases de literatura, que únicamente sirvan de inteligentes guías de lectura o reflexión, para formar buenos lectores, no así esmerados escritores que eso ya es harina para otro pan, justamente ya que nadie enseña a escribir, excepto los magníficos libros cuando son leídos con aptitud y vocación alertas, enfatizó el numinoso novelista.
Apocalípticos cibernautas confabulados
El fabuloso escribidor del epopéyico boom letrillero latinoamericano y flamante Nobel literario 2010, Mario Vargas Llosa, se pronuncia contra la insensata idea que cataloga a la literatura como un pasatiempo de lujo y, contra viento y marea, reivindica la recomendación favorable de considerarla, además de uno de los enriquecedores quehaceres del espíritu, una actividad irreemplazable para la formación de ciudadanos libres, en una sociedad moderna esencialmente democrática y que, consecuentemente, debería inculcarse en el ámbito hogareño, desde la infancia y familiarmente formar parte de todos los programas de educación, como fundamental disciplina básica.
Con sarcástica sutileza que lo caracteriza, como insigne intelectual de inconformismo irredento, estima que la suerte de la literatura está inexpugnablemente interconectada en matrimonio indisoluble con el azaroso destino del libro, ese atesorado producto industrial al que muchos malconsideran obsoleto objeto del deseo, y para quienes presuntamente pasará a engrosar los apolillados anales de añoranza pleistocénica, entre ellos el apocalíptico cibernauta hacedor de Microsoft, quien confabulatoriamente pretende propagar el tecnocretinizado criterio de que la virtual pantalla pretenda reemplazar a determinado mamotreto bibliográfico de tomo y lomo, o suplir al paleontológico papel en las paradigmáticas publicaciones literarias.
El afamado autor de perpetua orgía novelística, periodística o dramatúrgica, con reivindicativa rotundidad en su exultante elogio de la lectura y la ficción, exterioriza sus categóricas dudas cartesianas sobre la defunción de proverbiales páginas espumeantemente impresas, aunque admite reconocer la gigantesca evolución que en el campo de las comunicaciones y la información satelital, ha significado asistir al deslumbrante desarrollo trascendentalmente tecnológico, como se evidencia con el multitudinario uso de las redes sociales computarizadas.
Asimismo, analíticamente advierte que toda buena literatura es un cuestionamiento radical del entorno circunstancial que nos circunda. Enfatiza que en toda magnífica creación literaria —sin habérselo propuesto los escritores—, se refleja una predisposición sediciosa, iconoclasta o insurrecta, un disconforme desafío contra lo estultamente establecido.
Semiótica sapiencia del ludópata lector
El semiótico sabio italiano Umberto Eco, con las puertas abiertas de par en par, en su opera magna, inculcaba a su multitudinaria audiencia una novedosa exploración de la lectura, como una clásica modalidad semióticamente sustentada en sus volúmenes de Lector in fabula y Los límites de la interpretación.
Este consumado bibliómano sostiene que los escritores no son más que empedernidos lectores, asimismo piensa que no avizora un apocalíptico futuro para el libro, y que la relación que se establece con este último es adúlteramente polígama, puesto que ningún mortal se va a la cama con un ordenador, sino con un deleitoso libro. Concatenado con este punto de vista, considera que leer la Divina comedia en una computarizada pantalla, dejaría al usuario exhaustamente cansado y si intentase imprimirla, esta dantesca hazaña haría morir a cualquiera.
Asevera que aunque reconozcamos los apologéticos avances tecnológicos, el libro jamás habrá de verse destronado por esta cibernética circunstancia que asfixiante y acosadoramente lo acecha.
Esperpéntico encanto del espectáculo
El lusitano lírico y nobelizado novelista del 96, José Saramago (1918-2010), con su inquisidora e ingeniosa hidalguía inquiere que una solapada signología globalizante del sentido cultural de estas últimas décadas perdidas, cruzando el umbral de esta nuclearizada centuria, de beligerante barbarie, lo que mayormente muestra es un esperpéntico encanto del espectáculo, antes que exponer el genuino rostro de la cultura que reflexivamente incita a pensar.
El eminente ensayista de Los cuadernos de Lanzarote confiesa que todo se circunscribe a la escatología escandalosa y superflua de lo espectacular, que ha devenido en pandémico fenómeno mundial. Especifica estar imbuido por la catastrófica convicción de que la literatura, la palabra escrita que se confronta y consigna en el libro, es la única que inexorablemente nos impele a engendrar ideas, pero lastimosamente ocupa el último andarivel en el escalafón de los valores esenciales de la especie, y no se vislumbra en el horizonte ancho y ameno de la cultura, ningún tipo de esfuerzo intelectual.
Airadamente apostilló que en el espantoso espejo de la estupidez humana, aunado con el atroz avance tecnocretínico, su palurdo prisma sólo nos revierte reflejante un trágicamente plagado planeta de horrores, y desde su pesimista perspectiva, a duras penas alberga la esquiva esperanza de que haya alguna significativa señal de advertencia, que implique modificar o mejorar nuestro menospreciado mundo de estética envergadura.
Oceánica odisea novelística
Estableciendo un somero recorrido lecturístico, con el espectacular periplo trazado por la oceánica odisea geográfica de la novela hispanoamericana, del colosal naviero narrativo Carlos Fuentes, en su bitácora de cabotaje nos exhorta que novelar es defender a los hombres y, concordantemente, expresarlos mediante los arterioscleróticos artilugios de la memoria.
Con el exclusivo don de hablar —nos recuerda el galardonado autor azteca—, los seres humanos rompen amarras y se aplacan tempestades que repercuten en uno o muchos saberes. Para este insigne intelectual las ideas son pasiones plasmadas por experiencias vitales. De lo cual colige que el lenguaje se transmuta en voluptuoso volcán en erupción, y su cotidiano ejercicio ejemplar moldea y transforma el comportamiento ciudadano.
Este virtuoso visionario mexicano está convencido de que la palabra es el río por el que brota a borbotones nuestra sangre. Todo ello posibilita que supervivan los seres que hablen o escriban el nombre de lo que piensan y sienten, a fin de que otros, similarmente sensibilizados, logren acceder a su lectura con enfática esperanza, y el momento en que la perdurabilidad de la palabra se haya convertido en metáfora y confluencia, y en espacio esencialmente vivencial, entonces los elocuentes mortales se mirarán fija y fraternalmente a los ojos, e inventarán la utopía —tan anheladamente posible— de que los libros preservarán su venerable vigencia, porque serán ávida y laudatoriamente leídos.
Tórrida pasión de leer
Para la magistral y magisteril poeta chilena y también egregia Nobel de Literatura en 1945, Lucila Godoy Alcayaga, mundialmente consagrada como Gabriela Mistral (1889-1957), la entrañable entrega a compartir las providenciales páginas de un libro, se metaforiza en tórrida pasión por leer, cuya confortable calentura semeja, en sentimental desmesura, a la dimensión deparada por el amor y la amistad.
La laureada lirida apostillaba que el acto de leer debe manifestarse con ímpetu casi carnal, que el escritor se convierta en criatura presente en la vida de todos, tanto como suelen aparecérsenos hasta en la sopa, el inveterado político o el inaudito industrial. Estaba convencida de que si la lectura sirviese solamente para calmar la vacuidad del amodorrante aburrimiento, con ello ya habrá cumplido su encomiable encargo. Subrayaba que este apasionado vicio visionario, constituye un idiomático logro virtuoso de la condición humana, que nos transmite placer corporal, a fuerza de conservarnos cultural y cognoscitivamente vivos.
Variadas voces y otros ámbitos lectores
Con su familiarmente fecunda sardónica sentenciosidad, el ingenioso invidente y fervoroso bonaerense Jorge Luis Borges, con jacarandoso jolgorio espetaba: que jactanciosamente otros se complazcan con las páginas que han escrito; a su magnánima modestia enormemente le enorgullecieron aquellos apolillados apuntes que devocionariamente hubo leído. Y en contubernial complacencia con su admirablemente ponderado Carlyle, con socarrona seguridad habrá coincidido en pensar que un buen libro es la esencia más pura del alma humana.
Volteando la página de conspicuas confidencialidades, nos topamos con el brillante narrador británico William Somerset Maugham, quien admirablemente aconseja que adquirir el hábito de la lectura equivale a construirse un reconfortante refugio, a buen recaudo, para protegerse contra casi todas las miserias de la vida.
Y de este relicario reflexivo de refúlgidas perlas cultivadas, no podemos pasar desapercibido un providencial proverbio hindú que nos revela su reivindicativo mensaje magistral: un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora...
Desde su trinchera literaria, la prolífica prosificadora española Rosa Montero asume su abnegado oficio de escribir para combatir al devastador dragón del dolor, y en virtud de su reivindicadora reafirmación de la vida contra el horror, con el plausible propósito de que las cosas memorables no se desvanezcan en el recuerdo de las generaciones que continuarán la contienda detrás de nosotros. Asimismo asevera que cuando los escritores se quedan sin lectores, se vuelven locos, y se sienten caminando entre las sombras, como perro deambulando por la bruma, lastimeramente precisando de caricias, fatídicamente frágil. Enfáticamente expresa que cuando todo nos parezca horrorosa o dolorosamente insoportable, siempre quedará la escritura.
Otro egregio engullidor de los capitales capítulos que pudieron habérsele olvidado a la manchega mentalidad de Cervantes, es el espíritu excepcionalmente ensayístico de Gabriel Zaid, quien en su luminiscente legado lírico sobre ¿Cómo leer poesía?, atinadamente recomienda que no existe receta posible para ello, puesto que cada lector constituye un mundo y cada lectura asume un cariz diferente. Precisa que un poema se deja leer de muchos modos, y éstos a su vez posibilitan vislumbrar aquello que se enuncia de relieve. Acota que una vez que la metodología se trastoca en recetario (estadístico, sociológico, sicoanalítico, semiótico, etc.), desafortunadamente se restringe la lectura. Opina que si alguien se propone leer poesía, es imprescindible que se embarque en este entusiasmado empeño; y lo que unos y otros lectores logremos compartir entre sí, resultará beneficioso e incluso determinante; y un aspecto fundamental de esta complementaria experiencia radica —según recalca Zaid— en compartir la animación por tan venturoso viaje.
A su vez, el afamado fantástico fabulador argentino Rodrigo Fresán, al referirse a las venturas o vicisitudes circunscritas en torno del tenazmente debatido tema sobre el farragoso futuro del libro, exterioriza su entusiasmado optimismo sobre la sobreviviente salud de su inalterada vigencia y fabuloso funcionamiento, arguyendo que el libro, como la rueda y otros determinados artefactos, tuvieron la fulgurante fortuna de nacer inmortales, desde sus iniciales instancias, y de haber logrado un meritorio máximo grado de rendir fecundos frutos y ser objeto de permanente perfeccionamiento. Por lo que, partiendo de esta premisa, afirmó que tanto el libro, la cuchara o el tenedor, no tienen por qué transformarse en otra cosa. En similar sentido señaló que igual como continuaremos haciendo el amor, el libro proseguirá funcionando de la misma manera según la cual se llegó a concebirlo. Equiparó al libro semejante a una puerta, y a las pantallas digitales, simbolizando ventanas limitadas por el entorno de su respectiva enmarcación. Concluyentemente, coligió que mientras en el libro entramos a un asombroso espectro de conocimientos, la ventana sólo deja la única alternativa de mirar.
Un consagrado compatriota del mirífico mago de Macondo, el novelista bogotano Juan Gabriel Vásquez, en su aleccionador y atrevido arte de la distorsión, estima que el lector de ficciones es un impenitente inconforme con reverencial rebeldía, ante la insoportable fatuidad de la monotonía y las prosaicas trivialidades de la vida humana y su fatídico desenlace hacia la inefable incertidumbre del más allá. Este eminente escritor enfatiza que, ante nuestra insaciable curiosidad deslumbrante por lo desconocido o distinto, leemos para ser poseídos por una particular manera de conocer el mundo, a la ubérrima usanza como nos la ofrece una ficción literaria.
Como epilogal epígrafe de este sucinto relato sobre la encomiable experiencia de entregarnos entusiasmados en cuerpo y alma a la insepulta lectura, el numinoso novelista ruso Vladimir Nabokov precisa que no es verdad que leamos con el cerebro o corazón, sino que un conspirativo cosquilleo recorre nuestra columna vertebral, lo cual fehacientemente delata la prolífica presencia de la grandilocuente y genuina literatura.