Artículos y reportajes
Ilustración: Neal AspinallEl hombre que camina lentamente
(A modo de ensayo)

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La distancia que observa y, sobre todo, piensa el caminante, nunca posee las dimensiones de la realidad, sino más bien las de la voluntad o las del sueño.

La distancia material apenas existe como realidad, pues el caminante todo lo piensa, y más que medir calcula en razón de innumerables considerandos: su cansancio, su ilusión; la oportunidad, la necesidad del sacrificio; la amistad que aguarda, la prudencia de llegar a una hora que no altere a quien guarda su casa; la prolongación, un poco más, en las sugerencias del camino; el hambre y el frío que acosen nuestros pasos o la noche, desnuda, que retenga nuestra atención para escuchar...

La distancia no suele estar en las manos ni en los pies: reside en los ojos, en el corazón, allí donde hay silencio y sólo se decide luego de meditar.

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El jarrón aguarda también el paso de la lluvia.

Hoy apenas ha habido luz en el cielo de tanto como han estado vivas las nubes allá arriba, con su mensaje obstinado, estricto y sincero para lo que el corazón desea ver y escuchar. Pero así es la Naturaleza para quien espera, siempre confiando en poder percibir el efecto renovador de un sentimiento.

Ahora llueve y casi se ha venido ya la noche, así que, resguardados tras el cristal (cada uno ocupando su lugar) habremos de esperar.

El caminante y el jarrón dejan pasar el tiempo a su lado sin lamento alguno, con la integridad que le es atribuible al solitario.

Y cuando escampe, tal vez venida ya del todo la noche, el caminante sonreirá despertándose de su leve ensueño y pensará para sí que, hoy por hoy, ya está bien de viaje, de camino realizado. Y el jarrón será dócilmente comprensivo en su silencio.

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El árbol del camino pronto se constituye en personaje. De hecho lo tiene todo: presencia, expresividad, autonomía, sinceridad; incluso el grave atuendo que suele asistir a la aristocracia del alma. Por eso no es raro que el caminante (con un punto de envidia, pues ha aceptado su autoridad en cuanto ha visto su figura) le interpele; o, cuando menos, le conceda algunos atributos que para él son intrínsecos al hombre: la lealtad, la discreción, la valentía...

Y cuando haya reemprendido su camino dejando atrás la esbelta figura que la Naturaleza ha puesto allí como interlocutor, el caminante habrá saciado una parte de sus pretensiones, aligerando con ello su deuda con el tiempo.

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El barco enseguida ha asociado su runruneo al ritmo del corazón; ¿o al revés? No a su paso, que es menos universal y arrítmico el andar del caminante, pero sí, a esa voluntad oculta que pronto, quien sale al camino, trata de acordar inconscientemente al ritmo vital de su paisaje.

Y acaso se valga de una condición añadida el barco: el que a su lento quehacer se haya asociado la consecución del horizonte, algo que al caminante sólo le es dado observar como límite; y por su asociación al mar. Esa ilusión llamada mar cuyos límites jamás serán establecidos en las emociones del hombre.

He ahí la alta seducción, la afinidad.

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Lo que se escucha está algo más allá del sonido, más allá del efecto físico que les origina.

Al escuchar se oye el sonido aparentemente desacorde, más complementario y armónico, que es el sonido del mundo. Escucha para sí, dentro de sí, el sonido de la Naturaleza que se transforma en realidad religiosa y que alimenta las imágenes lejos del espacio en que se halla.

De ahí que el verdadero caminante piense el camino como una forma de certeza.

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Salir al camino desnudo, a salvo de la convicción. La actitud de escuchar; cada momento en que el cielo va transformando su silueta; la importancia relativa de ser un hombre a solas...

Toda la armonía que pueda guardar la reflexión, aristocráticamente orgullosa de su origen, que vuelve bajo el amparo de la dignidad que otorga la alta libertad.

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Para el que ama, el camino recorrido es sólo una parte del camino ilusorio en que se vive. Y es que el camino siempre aporta algún fruto al sentimiento del amor: le critica, le ratifica, le rinde homenaje, le valora...

No se halla en el camino el amor; sin embargo no hay paso que no esté revestido de él, ni cosa, próxima o lejana, que no corra el riesgo de ser portadora simbólica de su existencia. El amor, la compañía irrenunciable, exige su existencia en cada acto, en cada gesto, en cada lance de la imaginación.

A sabiendas de que si se ama hemos renunciado a una parte propia para ser-estar en otro, ¿camino y amor no han de ser parte indisolubles mientras, vagamente, caminamos?