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Teseo dando muerte al MinotauroReflexión y anhelos a partir de Obando, Nielsen y Borges

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La exploración del sentido de las cosas y de los acontecimientos ha llevado a los seres humanos a las más sorprendentes afirmaciones.

Cuando las cosas no salen ni regular, hay quien siente que vive un laberinto. De ahí se extendió el sentido de esta palabra de noble estirpe, originada en Creta antes del florecimiento de los griegos, hace tres o cuatro milenios.

Así, por ejemplo, en la novela El más violento paraíso, del costarricense Antonio Obando, leemos: “Noche a noche lo buscan por todos los laberintos de zinc que hay en el mundo”.

Lo traemos a colación porque quisiéramos, obviamente, encontrarnos con menos laberintos en el Año Nuevo. O salir de ellos o resolverlos o derribarlos. Y nuestro contemporáneo, Obando, hizo este curioso aporte en el que el laberinto del minotauro de la leyenda se ha venido a transformar en los laberintos de zinc que hay en el mundo.

La literatura ha servido muchas veces como testimonio documental, en esto de laberintos. Veamos cómo escribe de la responsabilidad ética otro autor.

En la extensa e impresionante novela El amor enfermo, el argentino Gustavo Nielsen relata de manera marginal la historia de una violación sexual.

El fragmento de este abuso a una muchacha es casi un apartado, al estilo de los mejores novelistas que se van a un recodo para narrar un paralelo a la historia central, pero ésta de Nielsen se enmarca en el conjunto del contenido de la obra, que por ahora no vamos a comentar.

La importancia de los párrafos de este segmento que nos llama la atención del capítulo 14, radica en que propone observar la responsabilidad ética del testigo. Este tipo deja transcurrir el acontecimiento brutal y... ¡no hace nada! Leemos en El amor enfermo: “Fue hasta la ventana. Abrió la hoja, asomó la cabeza. Abajo, el señor mayor, pelado, arrinconaba a una mujer contra la pared. Ella tenía el pelo largo y anteojos. Estaba vestida con ropa de colegio”. En efecto, se trataba de una estudiante: “Era la hija de la psicóloga. Aquella niña arisca. Los libros de la escuela estaban atados en un paquete sobre la otra silla”. Pues bien, viene el llamado de atención de Nielsen. Describe la pasividad del protagonista: “Saravia dio un paso atrás. ¿Cómo podía dejar que eso pasara, una violación ahí, en el patio? ¿No iba a hacer nada?”. Sin ser el eje de la novela, la pregunta cobra la mayor trascendencia porque el protagonista no hizo nada.

¿Cómo es posible que historias como ésta las leamos todos los días en los periódicos, en la radio y la TV, sin que los testigos digan y mucho menos hagan nada? Y eso cuando por lo menos tenemos una noticia de esta clase de abusos, porque a veces ni eso. Es que en muchos casos se impone el silencio, que también es cómplice.

El registro en el capítulo 14 de la novela de Nielsen nos queda como expresión cultural de esta época latinoamericana, de la que Costa Rica forma parte, pero a nosotros nos llama a que, ante estos crímenes, hagamos algo. Y así nos deja ante un dilema ético.

Impunidad es la otra cara de este tipo de acontecimiento. Pero ahora vemos que, a diario, el crimen sin castigo queda consolidado, como tantos crímenes, en el más completo silencio.

Un caso literario que llama y mantiene la atención de los lectores es el que relata, en el cuento “La intrusa”, Jorge Luis Borges. La involucrada es Juliana Burgos, de la que poco sabemos. Lo que genera una tragedia es que ella activa un odio cainita entre los hermanos Eduardo y Cristián Nelson.

Todo empieza cuando uno de los hermanos se lleva como concubina a Juliana Burgos a la finca familiar y, en determinado momento, Cristián le dijo a Eduardo: “Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, úsala”.

Machismo, brutalidad, prostitución, semiesclavitud y muchos otros delitos de la zona rural argentina a finales del siglo XIX, pero a los que no son ajenos los transgresores de las leyes de nuestra época y nuestra realidad costarricense. Relata Borges: “La mujer atendía a los dos con sumisión bestial”.

La tensión que se genera entre ambos hermanos por estar compartiendo a Juliana la intrusa lleva a la solución: el crimen, pero no fratricida. Quien cae sacrificada es Juliana Burgos y así no hay solución cainita entre ellos, sino que el conflicto se resuelve en la impunidad compartida por los dos partícipes en el concubinato y en la solución del drama pasional.

El desenlace, magistral como corresponde a Borges, resalta el regreso de la cotidianeidad y con ella, el olvido, o sea la impunidad.

—A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con sus pilchas, ya no habrá más perjuicios.

Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.

Con el olvido otra impunidad ha surgido en el horizonte.

Volvamos al laberinto. ¿Podemos encontrar un sentido en los acontecimientos? El laberinto y el delito impune nos reavivan a diario el sueño y los anhelos de legalidad, si es que hubiera leyes vigentes y si las instituciones humanas pudieran aplicarlas. Queremos y a veces buscamos realizar el afán de un ordenamiento planetario y la posibilidad de que la vida tenga un sentido. Pero para ello, cuando la insuficiencia y las limitaciones de la humanidad se nos hacen patentes, entonces recurrimos a lo trascendente, lo divino.

En otro de sus cuentos, tal vez el más aclamado, Borges nos alerta sobre el alcance de esta legalidad teológica: “...de acuerdo a leyes divinas —traduzco: a leyes inhumanas—”, escribe. En su texto la frase es desquiciante porque es inútil responder que la realidad está ordenada. A lo sumo admite: “Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas...”.

Ley humana, ley natural o ley divina —traduzco como Borges, inhumana—, si al menos existiera una ley vigente el mundo iría mejor en este 2011. Esperemos que así sea. Y no estaremos encerrados en el laberinto, sea cretense o de zinc.

Sin embargo, en la peor opción que esbozara el ciego profeta el universo ni siquiera es un laberinto, sino “simplemente un caos”. Entonces, concluía Borges, sí estamos perdidos.

El dilema ético empieza por convencernos de hacer algo. Una tarea para ya.