Letras
Marisa y el desequilibrio

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A Jean Nicole Zabaleta, de cuya antagonista
(o de una de sus muchas antagonistas)
me he basado para componer
parte de este cuento.

 

Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños;
más profundo era el silencio, y la calma no acusaba
ruido alguno... Resonar
sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
yo me puse a murmurar,
y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...!
esto apenas, ¡nada más!

Edgar Allan Poe, fragmento de “El cuervo”.

3:05, marca el reloj en la cumbre de la pared de la estación El Silencio. Marisa se azora al recordar que ha olvidado comprar algo importante. Por suerte, el lugar en donde lo debe comprar está a dos cuadras de la estación, a menos de un kilómetro (por lo tanto, relativamente cerca), así que se va rápido para no llegar tan tarde a casa. A diez kilómetros por hora —aproximadamente— se le hace difícil detallar el destello de lo que tiene alrededor, y, mientras más rápido, los momentos para pensar se reducen a microsegundos.

Al momento de cruzar la calle, un carro veloz, cuyo conductor está más concentrado en el celular que en la vía, la atropella como la bola al pino. El cuerpo vuela dos metros desde el punto exacto del impacto y cae en el pavimento, sin vida. Una mujer grita con fuerza, luego, una especie de orquestador etéreo les da la entrada a otras voces femeninas y demás tiples, que gritan y gritan, hasta que parecen cornetazos vehiculares multiplicados por el infinito. El conductor, al instante, se entera de que es un asesino. Sólo su ojo derecho observa la sangre en el parabrisas, su otro ojo se desnutre en el cuerpo ensangrentado que se encuentra acostado y se ciega, hasta que arropa al otro ojo. Se oscurece el espacio desde su perspectiva. Shock.

El rostro del cadáver yace con los ojos abiertos, en dirección al letrero que dice: “De turno”. En la mano derecha carga un papel en el cual están escritas unas indicaciones con una letra espantosa y en la mano izquierda carga un billete.

***

Marisa abre los ojos repentinamente. Está friolenta, envuelta por un espacio oscuro, delimitado por una franja central por la que parece colarse un poco de luz blanca. Escucha unos sonidos, sonidos de humanos, una especie de chasqueo bucal muy exagerado, un traqueteo de metal contra plástico y sobrellevadas respiraciones. Los sonidos se transforman en habla. Aquel timbre masculino no es reconocido, es demasiado grave como para ser de un chico, y no tan astringente como para ser el de un anciano.

Siente que su cuerpo es más ligero de lo que antes era, siente que está acostada sobre el aire. Decide levantarse para poder ver en cuál lugar se encuentra. Al hacerlo, la oscuridad se transforma en un espacio inmenso, enmarcado por una atmósfera de baldosas blancas, cuyo techo está delineado por bombillos larguiruchos de luz fluorescente. El sitio parece ser un archivo repleto de estantes grises que circundan el área, aunque aquello que rapta bruscamente la vista es un grupo de camillas que sostienen envoltorios negros y alargados.

Ella observa que en el fondo hay dos hombres vestidos con trajes azules. Ellos comen tranquilamente; no se percatan de su obvia presencia.

—¡Oigan! —grita en vano. Los hombres le son indiferentes. —¡Oigan! —repite, igualmente sin éxito. En ese instante, decide levantarse y caminar. Sus piernas están inactivas, pero desde arriba observa su acompasado movimiento; ese suelo es como aire comprimido que la sostiene, pero no da equilibrio. Se tambalea hacia el lugar en el que los hombres están comiendo y les dice—: Oigan, por qué no me atienden. ¡Hey! —hace un gesto con la mano y da unos brinquitos. Allí se harta e impulsa la misma mano con velocidad hacia el rostro del que está más cerca. La mano, cual si fuese una matriz de gas compactada, atraviesa el rostro sin causar el mínimo daño. Se consterna y retrocede tambaleante, detalla su palma, parece normal, como siempre hubo sido. No duda en internalizarse en aquel miedo que proviene de la curiosidad. Exalta los ojos.

—La curiosidad mató al gato —susurra para sí.

Al darse vuelta, nota que en ese empaque negro de piel sintética existe un contenido familiar. Grita.

***

Clemente está acalorado; mira el techo del ascensor como buscando algo de suma importancia. Verdaderamente, es la luz la que le absorbe el atisbo y lo controla, o esa posición es como una manera de ventilarse el cuello sudado y es por ello que la mantiene hasta que se abren las puertas en el piso nueve. Se comienza a desligar de su corbata mientras se saca las llaves del bolsillo derecho del flux.

—¡Marisa! —dice al momento de ingresar al apartamento—. ¡Mi amor!

Marisa nunca suele llegar tarde. Trabaja hasta las cuatro y sólo consume una hora y media de viaje en la vuelta a casa. Por lo tanto, para Clemente, es muy extraño revisar hasta el closet y encontrarse con oxígeno podrido por los ácaros, pero no con algún mínimo rastro de su esposa.

—Qué raro —dice para sí—. ¿Dónde estará a esta hora?

En ese momento, se dirige a la cocina para ver si existe allí algún indicio de que su mujer estuvo en el apartamento. Esperaba encontrar una especie de envase plástico o refractario sobre el que hubiese una notita pegada que dijera: “Estoy en casa de una amiga, voy a llegar un poco tarde, cómete esto mientras llego”, o algo por el estilo. Pero sólo se encuentra con aquel caldero que ella había utilizado en la mañana para freír empanadas y que no había lavado por falta de tiempo. Más rarezas. Con esa imagen exhausta, se dirige hacia el apartamento de al lado y presiona el timbre. Dos minutos de espera y nada. Debe ser que no hay nadie. Entonces, se dirige a la otra puerta y presiona el timbre; esta vez sí hay contestación.

—Hola, Betty —dice Clemente.

—Hola, mi amor —responde ella con picardía—. ¿Cómo estás?

Betty es una ilusa. Se desvive y siempre se ha desvivido por su vecino rubio, Clemente, pero era una hipócrita a la hora de verse con su amiga Marisa, ya que siempre le andaba advirtiendo de lo guapo que es su marido y que seguro éste lanza canas al aire siempre que puede. Marisa sabía que a Betty le gusta Clemente, pero no le importaba; siempre estuvo segura de que él nunca le fue infiel. Clemente no soporta a Betty; le dan asco las gordas. Él es narcisista y se cree mucho para algo como eso. Ya por la actitud de ella, deduce que su mujer no está metida en ese lugar, pero de igual manera quiere corroborarlo.

—Bien —responde con poca gana y luego pregunta—: ¿por casualidad no has visto a Marisa?

—¿Qué pasó, se te perdió tu esposita?

Doña casquillo, ése es el epíteto con el cual Clemente suele referirse a ella en conversaciones privadas. El apodo se debe a que Betty constantemente le cotillea cosas no muy gratas acerca de Marisa, pero él no le hace caso, sabe que son los celos.

—No... Bueno... —tartamudeó y ella se comenzó a burlar con una risilla—. Sólo dime, ¿la has visto?

—No —respondió al fin, como recordando aquel bien con el que él había respondido a su saludo, desganado.

—Muy bien. Gracias, Betty.

—De nada, mi amor.

Vuelve al apartamento y decide que va a llamar a la madre de Marisa para saber si tiene alguna noticia acerca de ella. Marca el teléfono y logra contactarla casi al instante.

—¿Aló? —responde una voz agriada.

—¿Señora Iris? —pregunta él.

—Sí... ¿Clemente?

—Sí.

—Hola, mijo. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias. Pero usted no se escucha muy bien que digamos. ¿Está enferma?

—Ay sí, mijo, es que he estado con un catarro insoportable desde anteayer.

—Qué vaina. Bueno, la estoy llamando para saber si Marisa está con usted.

—No, no está conmigo.

—Ah... Lo que pasa es que no ha llegado a la casa.

—Ay, bueno, tranquilo, ésa seguro está con unas amigas.

—Okey, gracias. Qué se mejore.

—Chao, hijo. Gracias.

Cuando cuelga el teléfono, la extrañeza llega a un límite en el que comienza a transformarse en preocupación. Recurre incontables veces al teléfono, hasta que esa simple preocupación se vuelve una angustia incontenible.

***

Hora: 1:41 am, según el reloj de la sala, instante en el que resuena el teléfono. Es una voz pusilánime pero poco malograda, sin muletillas:

—¿Es usted familiar de Marisa Morón? —cuestiona con cierto sopor.

El estómago se impulsa y se vuelve decrépito, quiere expulsar lo poco que carga.

—¡Sí! —responde Clemente, exaltado—. ¡Soy su esposo! ¿Quién es?

—Pues, primero le diré que a su esposa la atropelló un carro esta tarde en la avenida Baralt. Desafortunadamente, murió...

***

Av. Los Jabillos, La Florida, lugar de constantes climas lúgubres. Aquella casa suele pasar desapercibida por su antigüedad, una casa poco atractiva, o como cualquier otra que se haya construido en los años mozos del siglo XX. En su interior existe un complejo fondo que se nutre de emociones, desde el odio hasta la más ridícula demostración de amor verdadero, desde la vergüenza hasta la deshonra. Es allí el lugar de una reunión de personas, o de seres que claman el negro y, en general, la oscuridad.

Está una mujer mayor con el pelo teñido de rojo que llora retraída del mundo, sosteniendo un pañuelo que borda su boca por la parte superior. Está un hombre rubio de ojos claros, al parecer, un extranjero de lenguaje criollo o un hijo de extranjero; su nombre es Clemente; él está tranquilo, con el pie pegado a la pared y con una taza de café en su mano; ésta está a punto de quedar vacía.

Coexisten unas personas de mediana edad, surtidas en sexos, que suman un total de cinco, aunque sin contar a aquel que se ha retirado un instante para ir al baño o para buscar una taza de chocolate caliente.

Y aquél, el más importante, el que se encuentra en el centro del salón: un cadáver femenino, dentro de una urna de madera y vidrio, cuya imagen parece pasar por vistas sorprendidas, que destacan una belleza particular, un rostro puro, falto de imperfecciones, una vida que repentinamente se ha esfumado pero que en lo inmaterial es espía.

Marisa está allí. Siente que llora, que está triste, pero a la vez no parece percibirlo de una forma clara. Está en el marco de la puerta, sintiendo el desequilibrio del piso y esa súbita sensación de soledad. Pronto, todo el mundo parte, cada quien busca un lugar de absorción para descansar del ritual.

Ella sigue a un grupo de personas, de quienes recuerda el potencial que tuvieron en algún momento para fomentar la diversión entre ellos mismos. Aunque le cuesta apostar por un reconocimiento inmediato, se dice a sí misma: “son mis primos”. Johnny, el mayor y quien alguna vez fue el más tremendo. Jaime, el hermano de Johnny, cuando niño fue tímido y tranquilo —en general—, pero a veces tira la piedra y esconde la mano. Joanna, la menor de los primos hermanos, es una chica superficial y quien solía ser el objeto de las fechorías de los más grandes. Fidias, el gordo (de adulto, no gordo, aunque su apodo se mantiene), él solía salir con los chismes cuando algo fuera de lo común sucedía. Pamela, ella es una especie de nerd traviesa, sus gafas sufrieron y sufren más que ella. Y Carlos, el inventor, el que de niño proponía juegos suicidas pero divertidos.

Ese grupo se aísla en una zona recóndita de la casa funeraria. Joanna no contiene el llanto y sus lamentos comienzan a molestar a Marisa, la espectadora.

—Ella era tan buena...

Fidias le da un abrazo y él tampoco contiene el llanto. Los otros comienzan a hablar, a confesar crímenes e instigaciones cuya culpa en algún momento recayó sobre Marisa.

—¿Recuerdan aquella vez —habla Johnny—, cuándo mi mamá cumplió años y mi papá le compró una torta grandísima?

Todos asienten casi al unísono, como tontos.

—Pues, yo fui el que me comí ese pedazote el día antes de la fiesta, no Marisa. Y la culpé para que mi mamá no me castigara.

—¡Eres un desgraciado! —dice Pamela—. Fue por eso que en esas vacaciones no la dejaron ir para Maracaibo. Nosotros la pasamos en grande y ella se lo perdió por tu culpa. ¡Eres una rata, Johnny!

—Pero es que... yo tenía que protegerme y ella era la única a la que podía culpar.

Marisa se consterna al escuchar a su primo confesar algo que le hubo dolido en el alma, algo que Fidias sí hubiese hecho, pero no él, el que más la protegía, en quien ella más confiaba.

—No eres el único —agrega Jaime al estilo lamentado del momento—. Yo también la culpé de algo: ¿recuerdan esas vacaciones en Maracaibo cuando fuimos a la casa del tío Humberto, la que tenía la piscina grandotota? Bueno, yo fui el que rompió la ventana del porche, con la pelota de beisbol que me regaló tu papá, Fidias.

—¿Ah? —espira Pamela—. Pero qué rata eres. El papá de Marisa tuvo que pagar ese vidrio. Le costó un realero, y estaba pelando; me consta.

—Sí, ya lo sé y me siento muy mal por haberla culpado.

Marisa se acerca al rostro de su primo y se decepciona. Jaime era el más tranquilo del grupo de niños, pero en aquel momento de confesión existe una auto-difamación grave que genera cuestiones robustas y venenosas. Ella se molesta, porque recuerda que ese vidrio roto la dejó sin mesada por dos meses, dos meses de hambre al momento de salir al recreo.

—¿Pero qué hablas tú, Pamela? —replica Joanna, quien se encuentra un poco más tranquila—. Yo me acuerdo de que tú y yo nos aliamos para culpar a Marisa de los muñequitos de cristal rotos de mi tía Ingrid que destruimos cuando nos estábamos peleando por la Barbie, ¿acaso no te acuerdas?

—Pues, sí, pero...

—¡Pero nada!, tú también eres una desgraciada, al igual que yo, al igual que todos.

Marisa aplaude el intento de Joanna de desenmascarar la pedantería de Pamela, pero no le perdona que haya usado su nombre en un crimen que le costó un mes de estadía en casa sin televisión. Esa confesión es la gota que colma el vaso, y ella decide moverse por el pasillo desequilibrado.

***

La reja encarcela el rostro del chico. Parece sosegado, aunque en su paso tambaleante hacia la pared hoyada con gracia, Marisa nota que hay mucho más que un simple desasosiego malinterpretado. Ya no está adentro, sino en frente del chico que comienza una charla por celular. Sus cejas parecen pesadas, arrugan su frente. Marisa está conmovida; con su mano de gas intenta palpar las mejillas de su hermano, pero le es imposible. Arturo, sin embargo, es víctima de un escalofrío, una reacción que le hace girar hacia la ventana. Parece no hacerle mucho caso y vuelve a su celular.

—Hola —dice. Sonríe, pero al tiempo parece que las lágrimas se le van a salir. No contiene la emoción y la gota se le escapa como la partícula que emerge del corazón de la flor después de la noche. Para Marisa la conmoción está en un límite inimaginable. Siente que llora. —Mi hermana murió —dice él. El sollozo no da crédito a la vista. —Me siento mal. Te tengo sólo a ti, mi amor.

Más conmovida queda. Que su hermano se apoye en un sentimiento por otra persona es satisfactorio. No contiene la sonrisa. “Mi hermanito”, piensa. No hay límite para los suspiros, de parte y parte. Él, por un lado, siente que el muro lo sostiene y que ni la tristeza más hercúlea puede empujarle y tumbarle. Ella, por otro lado, sintiendo cosas distantes, ama más a ese joven de aspecto relajado, que carga ese peculiar arete en su oreja izquierda y ese cabello tipo cresta que su madre suele criticar, pero que ella, personalmente, apoyó. “Te vez guapo, hermanito”, le dijo aquella vez que llegó con el corte a su casa, buscando estadía nocturna, pues su madre lo había echado, acusándolo de rebelde. “Mi mamá no entiende”, le dijo ese día, “ella no comprende que los jóvenes de ahora se hacen estos cortes, ésa es la moda. Mi mamá fue una hippie, ella no tiene moral para criticarme”.

El joven prende un cigarrillo. Escucha con atención lo que le dicen.

—¿Cómo señal? —cuestiona, como hablando a escondidas con el aire, susurrando. Marisa está atenta—. ¿Crees que porque mi hermana murió yo le voy a confesar lo nuestro a todo el mundo? ¿No piensas? Mis padres me matarían.

Ella está extrañada. Confesar el amor no debería ser una de sus exhaustivas preocupaciones. Sabe que su madre lo consiente mucho, y en cierta medida, lo sobreprotege más de lo humanamente debido, pero el chico quiere la libertad, ya tiene veinte años.

—No veo el día en que ya me pueda ir de la casa. Ese día nos vamos a un lugar lejano, a Europa, no sé. A un lugar en donde podamos disfrutar plenamente de nuestra relación. Qué más da, le diré a mi mamá que voy a estudiar o no sé. Pero yo no quiero estudiar. Sólo quiero... vivir a solas, contigo.

Sus palabras comienzan a consternar a Marisa, quien observa detenidamente cómo las lágrimas se escapan de los ojos de Arturo, como si éstos fuesen prendas que se escurren poco a poco después del aguacero. ¿Dónde quedaron los valores?, se pregunta, ¿a dónde quiere llegar, por qué piensa de esa forma?

—¡Cómo crees que le voy a contar a mi familia sobre lo nuestro! ¡Me van a matar!

—¡Qué sucede! —grita Marisa inútilmente—. ¿Por qué estás tan triste e iracundo, hermano mío?

A él se le escapa la última lágrima de la conversación.

—De acuerdo. Lo pensaré... —concluye el chico—. Te amo, Gabriel.

***

No recuerda nada. Al parecer aquel joven que está allí le sirvió de consuelo en algunos momentos de angustia, momentos que ahora se tornan borrosos. Él está solo, bajo un árbol, junto al bote de basura; toma un refresco, fuma un cigarrillo, llora. Parece que su nombre está en la punta de la lengua, pero es, aún, muy escurridizo.

—Dios mío —logra leer en sus labios húmedos—. Qué tristeza.

No existe suficiente cercanía para percatarse de las lágrimas, pero sabe que allí están. Alrededor hay gente que luce tranquila, algunos hasta están alegres. Nota su tristeza evanescente, envenenando cada expresión que le nace, cada mirada hacia los que se atreven a llamarse amigos, casi danzantes, casi fiesteros. Ahora ella recuerda, con cierta vaguedad, pero poco a poco se va aclarando ese semblante un tanto fracturado por los vellos, esa nariz delgada y los ojos naturalmente adormecidos. Marcel.

—¿Qué te sucede, Marcel? —dice, en vano.

—Estoy triste —habla él, sin ánimos de respuesta. Sólo lo dice como un discurso desmotivado.

—¿Por qué?

—Te has ido. Qué horrible.

El sentimiento es profundo, desgarrador. Los diez minutos se van con el humo del cigarrillo. Luego, otro cigarrillo, y así por una hora. Al minuto sesenta y uno, llega una mujer. Su cara es familiar, pero es como si el recuerdo se hubiese quedado en el rostro de Marcel. La mujer lo ve con cierta preocupación y no duda en plantear su cuestión:

—¿Qué te pasa, Marcel?

—Nada, Helena.

“Helena”, un nombre que cabe en la memoria, pero que no es uniforme. Helena da un parpadeo y Marisa reconoce su timbre de voz. “Mi mejor amiga”, piensa.

—Vamos. Algo te pasa, Marcel, si no, no estuvieras fumando como un desquiciado. No lo sueles hacer mucho.

—Es que estoy... triste, sólo eso.

—Lo sé. Yo también lo estoy. Todos lo estamos. Pero tú... tú estás especialmente triste. ¿Por qué?

El hombre suspira, descarga un potente peso y se siente en la necesidad de desahogarse. Suspirar no le es suficiente.

—Te voy a contar un secreto, pero ni se te ocurra decírselo a otra persona, porque puede llegar a los oídos de Clemente y eso sería... grave. Júrame que vas a guardar este secreto, por favor.

—Sí, sí. Lo juro. Soy una tumba.

—Okey... La razón por la que estoy tan triste —su voz es un susurro— es porque me gustaba Marisa.

Marisa observa con detenimiento, pero se le hace complejo entender el parlamento. Sólo entiende que el corazón de Marcel está tan arrugado como una uva pasa y que seguirá así por mucho tiempo.

—Siempre estuve enamorado de Marisa —continúa él—, pero a ella le gustaba Clemente.

—¿Y por qué nunca se lo dijiste? —pregunta Helena.

—Se lo dije, una vez se lo confesé. No estaba ebrio ni nada por el estilo; estaba perfectamente consciente de lo que hacía. Pero ella creyó que estaba bromeando y me dejó con la palabra en la boca. Luego, le volví a decir y me dijo que me alejara, que no siguiera esperanzado, que ella no iba a dejar a Clemente.

“Un sollozo”, piensa Marisa, quien yace en la incomprensión. Se mueve y casi queda dentro del cuerpo de él. Quiere escuchar.

—Qué horrible —vuelve Helena—. Debes sentirte muy mal.

—No te imaginas lo mal que me siento.

Las lágrimas vuelven a hacer acto de presencia luego de una hora de haber sido egoístas con la tristeza y la impotencia; solas éstas tuvieron que luchar contra el agobio de las risas.

“Helena”, piensa Marcel, “eres una hipócrita desgraciada. Te odio”.

***

Helena camina en círculos. No es discreta, por lo tanto, Marisa duda de su bienestar. “Mi mejor amiga”, se dice a sí misma. Da una vuelta por la casa, al parecer, evaluando locaciones. Marisa la persigue por los pasillos. Ya el tambaleo del suelo y del contexto no existe, más bien, existe una costumbre de movimientos que no se toman en cuenta, pero que son determinantes al momento de andar. El baño está ocupado, el cuarto de conserjería está a la vista de muchos... Sólo está esa pequeña alcoba, quizás poco notada por muchos; en el momento justo es utilizable para un encuentro secreto.

Helena va a la sala en la que la urna reposa y hace una seña que, desde su perspectiva, apunta hacia ese hombre que está sentado en una silla cómoda. Lo incita a que la siga. Necesita comunicarle algo serio. El hombre, con impresionante discreción, se levanta de su asiento. A Marisa le es familiar, parece que lo conoce pero no se siente segura de si es alguien cercano o, si bien, es sólo un conocido. Pero se siente atraída por él, no aguanta, lo sigue, anda por pasillos lúgubres, sube una escalera y llega a una alcoba en la que los seres se aseguran al trancar la puerta. Helena se acerca al aparente desconocido y lo abraza, le da un beso en la boca, en el cuello. Él se harta y la toma por los brazos.

—Espera un momento —es una voz angustiosa, sobre todo, muy familiar, seductora.

—¿Por qué, mi amor? —dice Helena.

—Porque estamos en el velorio de mi esposa. Le debemos respeto.

***

Iris está tan desconsolada que no quiere dirigirle la palabra a nadie. Sólo habla con su hijo Arturo, le da abrazos continuamente, y él los responde con igualitaria ternura. Están los dos solos frente al ataúd. En tanto, llega Berta, madrina de Marisa y sus dos hermanos: Gonzalo, el mayor, y Arturo, el menor. Berta es una señora mayor, aparentemente de la misma edad que Iris, pero más resistente al momento de enfrentarse con la tristeza.

—Por qué no nos dejas un momento a solas, Arturo —dice Berta.

—Está bien, madrina —responde él y se va del cuarto.

Ambas se quedan allí. El rostro de Berta es de profunda intriga.

—No se lo dijiste, ¿verdad? —continúa, ahora en susurros.

—No —responde Iris.

Marisa siente que está entre dos pilares de arcilla que se van desmoronando. Esa señora parece, como ella, un espíritu que erra pero sin tambalearse, que siente los pies y las manos y que sabe cuándo llora. Ella le da un abrazo a Iris y le comunica:

—Sé que era difícil, pero tenías que decírselo. Te arriesgabas a que creciera traumada, y más si lo llegaba a descubrir por su cuenta. Recuerda lo que te dijo el psicólogo, era por su bien.

—Lo sé, amiga. Pero es que no podía, pensaba que le iba a romper el corazón, que diciéndole la verdad sí le iba a causar un trauma de por vida.

—No, no, cómo crees. Más bien, tienes suerte de que ella fuese una muchacha normal. Pero ése no es el punto. Ella merecía saber la verdad. Eso también la iba unir más a ti y a Raúl.

—¿Cómo lo sabes?

—Sus verdaderos padres la abandonaron, Iris, y tú y Raúl le dieron un amor incondicional, el amor que esa niña inocente merecía.

—Lo sé. Pero yo no tenía corazón para decírselo.

Marisa siente que llora, siente que se tambalea. No recuerda nada, no relaciona ningún rostro. Capta el sentimiento con el cual la mujer se expresa y no duda en ver hacia ese ataúd, al que no había atisbado por recelo. Cuando reconoce su cuerpo, retrocede y consagra cada verdad. Ese retroceso y el desequilibrio, en consenso, hacen que caiga.