Entrevistas
¿Qué hace Eduardo en París?
Conversación con Eduardo García Aguilar

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Eduardo García Aguilar
“París está marcada en mi piel. Es mi hábitat animal en el más profundo sentido de la palabra, es mi zoológico personal, mi jaula propia”.
 

Nos hemos visto dos o tres veces, fugazmente, en ferias de libro, donde uno va de aquí para allá y se saluda de afán con todo el mundo. Siempre he sabido de Eduardo García Aguilar, ya sea por sus libros, por sus amigos colombianos, por su conexión con México, por París. Alguna vez me solicitó un cuento para una antología y le dije que no porque no quería que perdiera su condición de inédito, razón que nunca comentamos pero que sin duda aceptó y entendió. Como no es raro ahora, nos encontramos mucho más en el ciberespacio. Leo su blog y me fascino con sus textos. Le pido permiso para publicar en el mío su manifiesto de adoración por Charlotte Rampling y su aprecio por Herta Müller, y así empieza la conversadera. Para no preguntarle una cosa hoy y otra mañana, elaboro la lista de mis curiosidades y, a pesar de su otitis y el invierno y los afanes de la vida cotidiana, se apresura a responder.

Desde la adolescencia supo que sería escritor. Ganó un concurso de cuento en el colegio y le dieron un libro de cuentos de Hemingway como premio. Tal vez sea la misma edición que atesoro en mi biblioteca en Pamplona desde esos mismos años, pues no sólo de Charlotte Rampling y otras bellezas nos alimentamos. Léase Flaubert, Proust, Stendhal, Nabokov. Después de todas esas vueltas que da la vida, Eduardo García Aguilar publica Cuaderno de sueños (El Tucán de Virginia, 1981), una breve colección de cuentos, en México, siempre tan generoso con los extranjeros. Gana entonces el premio de cuento Los Otros Editores. Con las novelas Tierra de leones (México, Editorial Leega, 1983), Bulevar de los héroes (México, Plaza y Janes, 1986), ya publicada en inglés con prólogo de Gregory Rabassa, y El viaje triunfal (Bogotá, TM Editores, 1993), también traducida al inglés y, además, al bengalí, conforma la trilogía que lo gradúa de escritor ante el mundo. Existe una cuarta novela, Tequila coxis (México, Colibrí, 2003), un homenaje al Distrito Federal, la amada y monstruosa capital donde vivió quince años.

Nació en Manizales, Colombia, y ha vivido en un sitio y otro, en Bogotá, en Francia, en Estocolmo, en Estados Unidos, en México y otra vez en Francia, dueño y señor de su estatuto de extranjero. Aunque mantiene la biblioteca repartida en los tres países más cercanos a su corazón de nómada, su vida y sus pasiones en realidad anidan en París, que va y viene en esta conversación. Vamos por el principio.

 

—¿Qué hace Eduardo en París?

—Aquí vivo y he vivido. París es el centro, la matriz, el lugar amniótico donde me siento a salvo. Porque soy extranjero, que es el estatuto que más amo, me diluyo en esa increíble variedad de habitantes de todos los orígenes, de todos los rincones del planeta, de todos los mestizajes, pobres, ricos, miserables. Aquí llegué de 20 años, aquí estudié, aquí aprendí a vivir, a conocer el mundo, a relacionarme con gente de todos los colores y tendencias y aquí he vivido los momentos más felices y los más terribles de mi vida. París está marcada en mi piel. Es mi hábitat animal en el más profundo sentido de la palabra, es mi zoológico personal, mi jaula propia. No porque sea bella y esté llena de historia, sino porque en ella he vivido la mayor parte de mi vida para bien o para mal.

—¿Cuándo llegó a París y por qué? ¿Cómo fue su primer día en París? ¿Qué esperaba y qué encontró? ¿Tenía la intención de quedarse o se fue quedando?

—Llegué a París en abril en 1974 porque la Universidad Nacional de Colombia, donde estudiaba sociología, siempre estaba cerrada por huelgas y disturbios y me sentía asfixiado en ese país arcaico, cerrado y cruel. Además quería conocer el mundo. El primer día decidí guardar las maletas en un locker y caminé todo el día solo. A mediodía me bajé del bus Air France en la explanada de Invalides y vi por primera vez el Sena, el Grand Palais con sus cúpulas verdes de hierro, el Louvre, la emblemática Torre Eiffel, imágenes tan familiares de tanto haberlas visitado en los libros. Comenzaba la primavera. Acababa de morir el presidente Georges Pompidou. Compré Le Monde y Le Nouvel Observateur y empecé a caminar, aunque los amigos franceses que me esperaban estaban preocupados por mi “desaparición”, según me dijeron después. Era un grupo de espléndidos maestros trotskistas, encabezados por Madame Raganaud y su madre, una resistente comunista, que desde entonces fueron los mejores amigos, a quienes he visto envejecer y morir como una familia. Esa misma semana me mostraron los tugurios donde vivían hacinados como bestias los árabes que llegaron después de terminar la guerra de Argelia. Ahí descubrí el lado oculto de este país racista y que los negros y los árabes eran humillados y discriminados. Y las terribles heridas que habían dejado en los franceses tantas guerras perdidas.

Eduardo García Aguilar
García Aguilar, en 2006, en un puente sobre el Spree.

—Tengo entendido que vivió en Los Ángeles y San Francisco. Qué envidia, carajo. ¿Qué hacía por allá? ¿Qué otras ciudades frecuentó?

—Uno de los años más felices de mi vida lo pasé en California, en 1980. Primero en Los Angeles, donde viví con unas amigas en una casa en Loma Drive, cerca del downtown, el San Bonaventure Hotel y la vieja biblioteca municipal. En esta última leí por primera vez en inglés Lolita, de Nabokov. También estuve en un festival de cine en Century City y ahí vi al gran Joseph Losey. Asistíamos a maratones nocturnos de cine, por ejemplo series de películas de gladiadores o de guerras bíblicas y debates con jóvenes y viejos cineastas. De hecho ahí escribí una crónica para la revista Café Literario, que se publicaba entonces en Colombia. En la UCLA asistí a una conferencia de Octavio Paz y tuve una primera visión de la cultura sincrética mexicana, pero lo más importante fue descubrir la soledad de los mexicanos y los chicanos, la miseria de los trabajadores inmigrantes. Había playa y rock and roll, pero esa tristeza de los trabajadores, ese culto al trabajo, los salarios de miseria, el dominio del dios automóvil en las autopistas, me impresionaron. Por eso me fui de ahí a San Francisco, donde primero viví en el Hotel Western de la calle Leavenworth, cerca de Market Street, con sus chicanos y low riders. Era un mundo de película, marginal, terrible y maravilloso a la vez. Inmigrantes chinos, camboyanos, filipinos. Droga y miseria en las calles, pero también mucha cultura alternativa. Después viví en una casa en Berkeley, en Virginia Street, con unos estudiantes y con amigos entrañables como Arturo Escobar, Susana Cabrales y Margarita Restrepo, viví una vida de balneario bronceándonos en Lake Anza y montando en bicicleta por la Bay Area, junto al Golden Gate. Berkeley todavía vivía las remanencias del hippismo y en los bares uno podía de repente ver a Carlos Santana o a su hermano haciendo solos de guitarra o grupos punk como Dead Kennedys... Además trabajé para el censo de Estados Unidos todo el año y ahí tuve oportunidad de conocer a mucha gente interesante. Era cerca del puerto, por Van Ness Street, junto a esas calles hermosas por donde cruzaban los tranvías. San Francisco es inolvidable, el París del Pacífico. Una ciudad sísmica que fue destruida en 1906, anclada en una arquitectura victoriana y en la modernidad de los rascacielos junto al mar.

Eduardo García Aguilar
Fiesta de Ganescha, en París, en 2009. Fotografía: Angélika Simbaqueba.

—¿Por qué se fue a vivir a México?

—Hubo un momento en que a pesar de vivir en ese extraño paraíso que era San Francisco, sentí la necesidad de volver a un país hispánico que no fuera Colombia y donde pudiera escribir y publicar en revistas y periódicos y emprender la escritura de unos libros. Estados Unidos es muy pragmático, todo el mundo habla de dinero, de ahorrar, trabajar, acumular, y ese no era mi objetivo. Tenía hasta dos cuentas de banco, una en California Savings y otra en Bank of America. Entonces de un día para otro compré el boleto barato en el vuelo de Mexicana llamado Tecolote o La Lechuza, avión nocturno donde regresan los inmigrantes, y me fui al Distrito Federal. La primera semana me presenté en Excélsior con don Edmundo Valadés, el amigo de Juan Rulfo y director de la revista El Cuento, y le dije que quería escribir allí. Me pidió dos artículos de muestra. Desde entonces he sido columnista de Excélsior. Don Edmundo Valadés me dio toda la libertad. Hoy, en el Nuevo Excélsior, sigo escribiendo para la página cultural mi columna “Café París”. En México me abrieron las puertas y publiqué todos mis libros, trabajé en Unomásuno y en el famoso suplemento literario Sábado, donde escribí centenares de artículos y ensayos literarios, que están registrados en el Diccionario de escritores mexicanos de la Unam, participé en muchos congresos y ferias, fui jurado y viví una intensa vida literaria. Pero después de 15 años no quería oficializarme, volverme un escritor oficial, satisfecho de sí mismo, engreído, inflado, tieso como estatua. Quería una nueva aventura en una ciudad hasta donde el más grande genio del mundo es un anónimo en las calles. Y tiene gripe y se deprime.

—¿Por qué volvió a París?

—Como viví mis años universitarios en París en una década espléndida de cambios y revoluciones, quería volver a vivirlo ya “grande”, adulto, con un trabajo fijo y ver las transformaciones de la ciudad y su gente. Ha sido una experiencia comparativa muy interesante. De hecho tengo un libro inédito de crónicas sobre París en esta primera década del siglo XXI, que no tiene nada que ver con el París de los años 70. Ahora es otra cosa. Antes los edificios estaban cayéndose y no los habían limpiado desde el siglo XIX. Ahora es un museo, todo lo limpian y lo renuevan cada año, cada esquina, monumento, estatua, gárgola, la pulen día a día. Es un inmenso museo o un escenario para los 60 millones de turistas que vienen cada año. Y además volví porque amo la literatura francesa de todos los tiempos y los libros de ocasión son baratos y hay miles de actividades culturales fascinantes. Frecuento los barrios de extranjeros, negros, paquistaníes, chinos, indios, y asisto a sus fiestas multitudinarias como la que se hace en honor del dios elefante Ganesha.

—¿De qué vive?

—Trabajo en la Agence France-Presse, a donde entré en la oficina de México en 1986. Ahora estoy en la sede, a una cuadra de donde vivió Bolívar en la rue Vivienne en 1804 y 1806 y al lado de donde Stendhal escribió Rojo y negro, mataron a Jean Jaurès y donde estaban los periódicos históricos del siglo XIX, en ese ambiente periodístico tan bien descrito por Maupassant en Bel Ami o por Balzac en Esplendor y miseria de cortesanas. Aquí a dos cuadras estaba el diario La Aurora, donde Zola escribió el famoso Yo acuso. Para mí ha sido una gran experiencia haber trabajado gran parte de mi vida en esta agencia, que es una de las tres más importantes del mundo al lado de Reuters y AP. Aquí he aprendido y sigo aprendiendo mucho. En este momento estamos todos trabajando con la revolución en los países árabes. Es un trabajo agitado y emocionante, colectivo, que mantiene en circulación el cerebro. El resto es literatura y arte. Caminar y tomar vino con los amigos en las barras de los bistrós. Y deprimirse y sufrir terribles gripes y otitis en invierno.

—Ya sé que es caro vivir en París. ¿Qué tan caro?

—París es una ciudad muy cara, especialmente después de la llegada del euro. Para vivir correctamente aquí hay que tener un trabajo estable y cuidarse mucho de no derrochar el dinero en los bares y restaurantes, que son inmensamente costosos. Hay que ser administrador de sí mismo, siempre pendiente de pagos de facturas, impuestos, y requerimientos de todos los tipos. Francia es un país muy burocrático, lleno de papeleos, hay que estar siempre con carpetas a la mano y no descuidarse un instante porque si se olvida uno de enviar un correo, puede entrar en una verdadera dinámica kafkiana. Cada día aumenta la precariedad, hay mucha pobreza oculta y una soledad impresionante, hay miles de indigentes, personas que pierden el empleo o se divorcian o enviudan y entran en una espiral implacable de marginación, pierden todo, el sistema los tritura, los vuelve marginales. A esos cientos de miles que caen en esa espiral los ayudan muchas instituciones caritativas como los Restaurantes del Corazón o Emmaús, que sirven millones de comidas diarias para dar de comer a pobres, ancianos, jóvenes, niños, inmigrantes que medran en todo el país escondidos en sus precarios alojamientos o en la calle y debajo de los puentes, entre el frío y la soledad. Pero hay mercados y lugares donde se consiguen cosas muy baratas y supermercados como Leader Price, donde compran los pobres, los desempleados y la clase media a bajos precios.

—Una pregunta obvia, Eduardo: ¿va al cine? ¿A conciertos de rock? ¿A qué otros espectáculos? ¿Algo curioso ha sucedido entonces? ¿Ha conocido a alguien famoso o especial?

—Sí hay temporadas en que voy mucho al cine. No a ver novedades de Hollywood, que me interesan poco, sino cine de arte asiático, europeo o latinoamericano. También desde que tenía 20 años voy a los cines de la rue des Écoles, en el barrio latino, cerca de la Sorbona, que se dedican sólo a los clásicos de la cinematografía. Ciclos de los años 30, 40, 50 y 60. Ciclos de los grandes directores. La esquina del cine Champolion es una delicia. Ahí una noche se me sentó en la butaca de al lado Claude Chabrol durante la proyección de una película de Hitchcock. Siempre hay alguna sorpresa que uno no ha visto hace tiempo o nunca ha visto. En lo que respecta a conciertos de rock, voy poco, pero en cambio voy a jams de jazz en la rue des Lombards, en el bar Baiser Salé, o al Caveau de la Huchette, que existe desde los tiempos de Miles Davis, y a escuchar música popular francesa en Pigalle en Les Noctambules. Y voy a conciertos de mitos o leyendas como la gran Juliette Gréco, la existencialista, que todavía está viva y bella. Por estos días hay conciertos de viejas rockeras como Marianne Faithfull o Pat Smith, por ejemplo. Pero se necesita mucha plata y mucho tiempo para ir a todo.

—Todos los grandes van o han pasado por París. ¿A quiénes ha visto? ¿Espió alguna vez a Cortázar, como él mismo hizo con Sartre? ¿Ha hecho los recorridos de la Maga por París? García Márquez en sus tiempos de pobre vio pasar a Hemingway por la otra acera y le dijo: “Adiós, maestro”. ¿A quién ha visto en las calles en París?

—De famosos, lo increíble es que uno se los cruza por la calle a todos. Por ejemplo, me he encontrado con Catherine Deneuve en alguna barra en la rue Saint Honoré, donde toma un café con su novio, cubierta por un gran abrigo de piel. Otra vez me crucé con Dennis Hopper, al lado de una modelo que doblaba su estatura por Palais Royal. En mis tiempos de estudiante vi una vez en Saint Sulpice al mítico Papillon y en un café de Saint Michel vi cómo nos miraba con lascivia a mí y a mi amiguita de entonces el poeta Louis Aragon, cuando, ya anciano y viudo, tras la muerte de Elsa Triolet, tenía el pelo largo y estaba a la deriva desatado en sus años finales. Decían incluso que se había vuelto homosexual. Por supuesto, en 1979 vi babeante a Jean-Paul Sartre llevado del brazo por Simone de Beauvoir en el cementerio Père Lachaise, en el entierro de Pierre Goldmann, mientras tocaba congas Azuquita. Y era fácil ir a cursos y ver por ahí a Roland Barthes, Louis Althusser, Jacques Lacan, Michel Foucault, en esos inolvidables años 70. También cuando trabajaba en L’Express en 1975, entregando las prendas a las modelos para las sesiones fotográficas, en la sección Madame Express, vi llegar a Alain Delon joven, en pleno apogeo, ante la histeria de todas las empleadas de esa revista que casi se desmayaban a su paso. También tuve la fortuna de conocer y hablar con Julio Cortázar en Toulouse y perseguirlo y escrutarlo durante tres días, en 1978, cuando sólo salía con la cantante de protesta y novelista colombiana Alba Lucía Ángel. Y recientemente estuve en casa de Edgar Morin, que es el lúcido patriarca nacional de la filosofía y el pensamiento en estos momentos en Francia. Me llevó en su carro por Normandía. Me ofreció tequila. Nos tomamos fotos. Me contó su vida y su amistad con Breton. Tiene 87 años y parece de 30. Es un tipo espléndido.

Tequila
Tequila, la gata de García Aguilar. “No hay nada como un gato. Son curativos y nos hacen sabios y serenos”.

—¿Tiene perro? ¿Tiene gato? ¿Tiene canarios? ¿Tiene pulgas? ¿Con qué animal vive?

—Tengo a la adorable gata que se llama Tequila y la amo. Creo que es el animal perfecto para convivir con escritores y poetas. Es una delicia cuando se sientan a tu lado mientras lees o escribes. Su mirada, su calma eterna de esfinges. No hay nada como un gato. Son curativos y nos hacen sabios y serenos.

—¿Qué hace un domingo en París?

—Los domingos, cuando no trabajo, porque la France-Presse nunca para, mi mayor placer en la mañana es ir a un típico mercado sobre ruedas donde hay productos y cosas traídas de todas las regiones del campo. La gente se agita para comprar quesos, productos marinos, verduras, carnes, platillos y objetos domésticos, flores, especias, pan y ropa barata de muy buena calidad. Es el campo que se desborda en todas las ciudades y pueblos los domingos, un campo que tiende a desaparecer por la industrialización agraria en el marco de la Comunidad Europea. Ahí uno se libera del odioso supermercado. Es una feria, una alegría, hay música, militantes que reparten hojas, vendedores de periódicos, loquitos, humoristas, todo puede ocurrir ahí. En la tarde me gusta ir a un mercado de pulgas, llamado Brocante, donde chécheres viejos, ropa, objetos, muebles, libros, se extienden por cuadras y cuadras donde uno puede encontrar cualquier sorpresa, incluso, por qué no, un Rembrandt por un euro. Cartas viejas, postales, bibelots, libros. Eso es lo que más me gusta. A veces sueño que en uno de esos mercados de chucherías encuentro todas mis cosas personales y objetos que tenía en mi estudio de Buttes-Chaumont, cuando era un muchacho en mis 20 años. Es un sueño cíclico. Por fortuna guardo muchas cosas de esa casa, como una máquina Underwood de 1909.

Eduardo García Aguilar y Günter Grass
Con Günter Grass, en Berlín.

—¿Cómo es su casa? ¿Qué tan cerca o tan lejos del centro de París? ¿Qué edificios, monumentos o calles o personajes ve todos los días cuando va al trabajo?

—Vivo en la Place d’Italie desde hace 12 años. Cuando empecé el curso de francés de la Alianza Francesa, a los 15 años, lo primero que aprendí era que Monsieur Thibault vivía en el número 13 de la Place d’Italie. Y bueno, aquí estoy en la Place d’Italie, cerrando el ciclo de lo que aprendí en el primer curso de francés. Me gusta mucho el lugar porque está muy cerca de la calle más bella de París, que es la medieval rue Moufettard y del barrio latino, a donde voy caminando. También está cerca de un nuevo polo moderno y universitario creado alrededor de la Biblioteca Nacional de Francia. Bajando por un lado, a cinco cuadras, están el río, los muelles, los barcos-peniches donde hay espectáculos, bares y conciertos. Por el otro lado está el maravilloso Jardin de Plantes, donde se sitúa el cuento “Axolotl”, de Julio Cortázar. Y al frente está la entrada al gran hospital La Salpetrière, donde trabajó Charcot y murió Lady Di. Por ahí transcurre gran parte de Los miserables, de Víctor Hugo. También por aquí está el barrio chino. A tres cuadras vivieron Chou En Lai y Ho Chi Minh. Más abajo, en Avenue d’Italie, Günter Grass escribió El tambor de hojalata, y a dos cuadras murió Jean Genet. Es mi barrio. En todos los cafés y bistrós me conocen. Desde las ventanas veo toda la ciudad en panorámica, porque vivo en un piso 12 de un sólido edificio moderno construido en 1969. A veces regreso a pie del trabajo: cruzo el Palais Royal y Pont des Arts, tomo la vieja rue de Seine, llego a Odeon, subo por Saint Michel hasta Panteón y de ahí bajo luego por Moufettard hasta llegar a la Place d’Italie.

—¿Qué es lo más raro que le ha sucedido en París? O lo más triste. O lo más feliz.

—Lo más raro es haber sobrevivido en el intento. Lo más triste lo llevo en mi corazón. Lo más feliz, haber vuelto de nuevo después de 15 años de exilio, cuando todo parecía indicar que no regresaría nunca más a vivir aquí.

—¿Dónde tiene sus libros? ¿Cómo es su biblioteca? ¿Ahí está el libro de Hemingway que le dieron de premio cuando era un muchacho?

—Tengo los libros esparcidos entre Colombia, México y París. Los de la adolescencia están en Colombia, en casa de mi hermano. En México tengo todos los libros que conseguí en las librerías de viejo de la capital y están muy bien en una casa no lejos de Coyoacán. Y aquí tengo los que he acumulado en París. Cada día llego a casa con uno o dos libros nuevos o viejos que me encuentro en una librería en el camino. El libro de Hemingway, Las nieves del Kilimanjaro, está en México.

—¿Volvería a vivir alguna vez en Colombia?

—Nunca digas de esta agua no beberé.

—¿Quiénes son sus amigos en París?

—Son tantos que no podría mencionarlos aquí y alguno se quedaría por fuera. Tengo amigos como en capas geológicas. Amigos que me conocieron aquí cuando yo tenía 20 años y están ahí siempre. Luego amigos conocidos en otros lugares del mundo que llegan aquí por las vueltas de la vida. Muchos nuevos amigos y amigas conocidas en este nuevo periodo de París. También hay amigos por grupos, los latinoamericanos de diversas nacionalidades, peruanos, mexicanos, argentinos, así como franceses de distintas regiones, gente de otros lugares del mundo que uno se cruza por ahí. Vecinos. Colegas. Escritores. Poetas. Es una ciudad manuable y si uno la ama es muy vivible. Es una terrible jaula de oro. Todo mundo se queja de vivir aquí y hace todo lo posible por ser infeliz. Yo no.

—¿Cómo son las parisienses? ¿Locas? ¿Descaradas?

—Bueno, primero que todo París es una ciudad cosmopolita. Entonces los parisienses y las parisienses son de todos los orígenes, etnias y clases y se dan unas bellezas escalofriantes, desde blancuras prerrafaelitas hasta mestizajes exóticos de todos los matices. Se es parisiense cuando poco a poco la gente va adquiriendo ese glamour tan especial, que hace que con un simple jean y una camiseta, un foulard y una chaqueta de cuero, o un saco simple, la persona se vea espléndida. Hay un arte en la mezcla de los colores, que es muy especial, además del perfume, que también es muy preciso y tiene significados profundamente eróticos. Ahora, el parisino o la parisina, negro, asiático, árabe, eslavo, es discreto, no es bullicioso, la gente deja la efusividad para la intimidad. Hay un gran sentido de la individualidad y la discreción. Un temor de invadir y violentar al otro. No es bien visto abordar o dejarse abordar por desconocidos como sí ocurre en otros lugares del mundo. Los parisinos son depresivos en invierno y hedonistas en verano. La gente suele vivir sola y muchas parejas viven cada quien respectivamente en sus lugares. Como en todas partes del mundo viven aventuras secretas en hoteles anónimos. Pero el parisino también es el clochard, que ahora se llama SDF (sin domicilio fijo), los marginales, los ancianos solitarios, la gente abandonada que duerme en la calle, huele mal y está cubierta de llagas. Muchos están deprimidos y no pueden amar ni besar. La soledad es la reina. El amor, el deseo, milagros súbitos. Las parisienses son bellas y terribles.

—¿Qué otra parte del mundo conoce y qué ha significado en su vida?

—El viaje que más me ha marcado y significó un antes y un después en mi vida, fue el que hice a la India, a las ciudades que baña el río Ganges: Nueva Delhi, Benarés, Agra y Calcuta. Ese viaje me dejó muchas incógnitas, la primera de ellas que me hubieran traducido El viaje triunfal en bengalí y que lo publicaran ahí mis amigos de Calcuta, o Kolkata como se le dice ahora. Allí estuve en la Feria del Libro. Es gente espléndida. Los bengalíes parecen latinoamericanos. Son rebeldes y literarios. De ahí era Rabindranath Tagore.

—¿En qué otra ciudad del mundo le gustaría vivir? ¿O París no se cambia por nada?

—París es mi punto central por haber vivido aquí siempre desde los 20 años, con un largo período de exilio de 15 años en México. Sin embargo, me encanta Nueva York y algunos pueblos indígenas de México como Tepoztlán, Oaxaca o San Cristóbal de las Casas. Y por supuesto, la Costa Azul, en el Mediterráneo. Me gustaría vivir entre Niza y Menton, cerca de la frontera con Italia. Es una zona romana que fue dominada por España en los tiempos de Cervantes. Claro que París se puede cambiar cuando termina una etapa, se vuelve rutinaria o por razones económicas.

—¿Es cierto eso de “Siempre nos quedará París”?

—Hasta ahora es una de las ciudades más conservadas y cuidadas del mundo. Pero como toda ciudad está llamada a desaparecer y ser una ruina hundida en un desierto como Nínive y Babilonia, Atenas, Troya, Karnak o Tebas.

París-Pamplona, 3 de febrero de 2011