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Poemas

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Migrante

Quieta y estática, se percibe
su silueta, dibujada en el trasluz,
de un portillo detenido en el tiempo.
Por manos, añosos sarmientos,
que culminan en ese bastón
sobre el que golpetea el dedo cordial.
La vitela de su rostro, hoy ya mustio,
guarda una envidiosa serenidad,
que lo sostiene por sobre este presente.
En el dúo de sus ojos, como gran fanal,
como fulgores, todavía se destacan,
picardías que sólo son recuerdo.
Segada la sonrisa en los vallados labios,
apenas se percibe, insinuante,
por debajo del cano pelambre de su bozo.
Enteras y quietas tardes gasta,
en invocar idas vivencias
de su asturiana juventud.
Aún, la mar salobre le aroma,
Y “Campanines de mi aldea” le endulza
Triste, en su oído, la añoranza.
Descansa sus cansadas piernas
en esta plaza que hoy le deja
con migas de pan, engordar palomas.
En la dormitada somnolencia,
cada vez más cerca de ella,
la so muyer de la mano le lleva.
Volver a Asturias una vez quiso,
retornar a la sidra y al carbón,
y nunca más tierra asturiana pisó.
Constructor importante de este paisaje
Simboliza su figura señera
El añoso migrante que encarna.

 

Calle Azul

Calle Azul,
que se esconde de la luna
en la sólida bruma
de tus ojos de fuego
mientras mi silbido lerdo
rebota en las paredes
viejas de ese barrio
que me vio esperarte, solo,
en la esquina tenue
de la calle Azul.
Calle Azul,
donde la esperanza se desnuda
aguardando tu llegada,
en pasos que se pierden,
sobre pisados adoquines,
que prolongan en un eco
los latidos presurosos
de mi corazón que aguarda
en la calle Azul.
Calle Azul
que se termina suave
en el borde de tu falda
y se ilumina roja
en tus labios húmedos
llamándome a transitarte
de norte a sur,
noctámbulo y embriagado
de tu talle Azul.

 

Mínima importancia

Cuando los tiempos eran suaves,
Los soles amanecían danzando,
Y las estrellas dormían despiertas,
Mi mundo era un continuo sonreír.
La mar semejaba una fresca caricia,
Las brisas jugaban escondidas,
Y las arenas bruñían mi piel
En un festival de placeres.
Eran buenos tiempos los tiempos suaves.
Y aquello duró lo que dura
La bellota en germinar y crecer,
En ser fronda y dar sombra,
Que siempre resulta poco,
Para los que deseamos su eternidad.
Pero luego vinieron fecundos tiempos,
De algarabía, de quehaceres,
De armar y desarmar destinos,
Estos nuevos tiempos duran más,
Aún están durando, porque nunca,
Esto de estar ocupándose
De la cotidiana tarea del vivir
Parece alcanzar su final.
Pero mi piel ahora se brilla,
Sólo con el roce permanente
De apiñados transeúntes.
Esconderme es imposible
De diarios problemas a resolver.
El mar es una fotografía,
De alguna playa donde no me llevarán
Nunca los vientos de la monotonía.
No veo estrellas en el cielorraso,
El smog no se deja vencer por el sol.
Y lo detiene antes de que llegue a mí.
Ya no puedo decir que los tiempos,
Como aquellos viejos tiempos, son suaves.
Pero qué importa todo eso,
Qué mínima importancia puede tener,
Si durante todo ese tiempo,
Y durante todo este tiempo,
Siempre vuelvo a renacer.