Letras
Sin paz

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Gruesas gotas de sudor bajan de su rostro enrojecido por el insoportable calor de la tarde. La voz del locutor de la radio habla de 38 grados a la sombra: en el interior del auto es mayor. El tráfico es ligero. Una tienda comercial se observa del lado derecho. Él busca la calle que lo lleve a su hotel, pero no ve ninguna placa que lo oriente. No conoce la ciudad y parece estar perdido. Un par de automóviles se detienen para dejar cruzar a una familia que lleva algunas bolsas de plástico con la despensa del hogar. La música del auto contiguo inunda el de él y cubre por completo el sonido de la radio. Hace una mueca.

Avanza, pero poco después los autos se detienen.

Un ligero silencio se hace de pronto: sus oídos parecen sordos y siente el cuerpo tan ligero como si flotara. Observa a su alrededor: la familia que antes pasara corre aprisa en sentido contrario a la circulación; algunas personas huyen asustadas; los vehículos delante de él retroceden.

El sonido vuelve: gritos, llanto, una voz altisonante y una ráfaga de metralla se dejan escuchar. Sin pensarlo, mete la reversa. Por el espejo contempla a los automovilistas tras de él. Algunos se pierden a lo largo de la calle, otros, como él, deciden refugiarse en el centro comercial por temor a ser alcanzados por una bala. Pero antes de entrar al estacionamiento observa a un joven, no mayor de veinte años, sosteniendo entre sus manos una cuerno de chivo y disparando hacia todas direcciones. Dos más se unen a él: también están armados.

Se estaciona. “¡Agáchense!”, se escucha que alguien grita. Él permanece un momento dentro del auto... agazapado en el asiento. Los otros automovilistas hacen lo mismo.

El joven sigue disparando. Se escuchan los cristales de los parabrisas caer. Sus compañeros corren por la calle.

Sale de su escondite, levanta un poco el rostro y mira la entrada del centro comercial. Algunos descienden de sus autos y corren al interior del lugar. Él hace lo mismo. Adentro, el llanto de los niños y las mujeres se expande por las paredes de cemento. Algunos empleados corren hacia la entrada y con cuidado, miran que nadie más se acerque: a lo lejos los hombres continúan disparando. Cierran la puerta y bajan la cortina metálica. Dos pequeños se abrazan a su madre embarazada mientras escuchan el ruido de las balas.

Son las diez de la noche. Todos llevan más de cuatro horas en ese lugar. Los empleados, consumidores y los automovilistas, ya han comprado algunos alimentos para mitigar el hambre y la ansiedad. Los celulares suenan insistentemente.

Cerca de las cajas una familia prepara algunos emparedados: en los ojos del padre se deja ver el temor. La madre trata de tranquilizar a los niños con algunos cantos escolares.

Las balas cesaron hace ya algún rato, pero ninguno de ellos se atreve a salir. No se escucha el pulular de las sirenas de las patrullas ni los carros del ejército que desde hace algún tiempo deambulan las calles de las principales ciudades del Norte del país. Parece que han decidido no salir a proteger a la población.

Son las once y media de la noche.

—Si alguien desea quedarse aquí, por nosotros no hay problema... acondicionaremos un lugar para dormir... Es una situación extrema —señala el gentil gerente del establecimiento.

Todos se observan preocupados. Al no recibir respuesta el hombre camina hacia sus empleados y da algunas indicaciones.

—¿Es usted de aquí? —pregunta el padre de familia que horas antes preparara alimento para sus hijos.

—No, vengo del Distrito Federal. Soy vendedor y vine a traer un pedido a un cliente... iba para mi hotel... —dijo el hombre alto, de cabello rizado y cuya piel morena ya no está enrojecida por el sol.

—¿En dónde se hospeda? —interroga el padre.

—En el Hotel Imperial —dice el hombre.

—¿Sabe usted llegar?

—No, apenas lo estaba buscando —afirma él.

—Está no muy lejos de aquí. Mi esposa y yo vamos a irnos a casa, es probable que ellos regresen y si ven movimiento habrá problemas... si usted quiere puede irse con nosotros, pasamos cerca de su hotel —asegura el padre que toma la mano de su hijo que se aproxima.

—Se lo agradecería mucho. Me llamo Omar —señala y alarga la mano.

—Miguel.

Minutos después las puertas del establecimiento se abren. Todo es silencio: no hay autos circulando, no hay gente. Omar camina aprisa hacia su auto y saca de la cajuela una pequeña maleta: mañana regresará por él.

Se sube al auto de la familia. La mujer observaba en todas direcciones con ojos temerosos. El resto de las personas que se refugiaron en el lugar empiezan a salir.

El auto regresa a la calle en la que horas antes comenzaran los disparos. Cruza el semáforo y entra a una calle estrecha. Los vehículos tienen los vidrios rotos y muchas balas incrustadas en los costados. Los niños se esconden en el asiento de atrás, siempre abrazados a su madre. Continúan por un par de calles oscuras: no hay nadie en ellas. Salen a la avenida donde un auto con el logotipo de un periódico se encuentra con las puertas abiertas. De reojo, Omar identifica manchas de sangre en el asiento del piloto. “De seguro se lo llevaron”, dice en voz baja Miguel, para que no lo escuchen sus hijos. “Siempre se llevan a los periodistas”, susurra. Omar fija la vista en la carretera, no quiere pensar en la sangre, los vidrios rotos y en el portafolio abierto en el asiento del copiloto de ese auto. No desea imaginar lo que le pasará a ese hombre, pues en el país el periodismo se ha convertido en la actividad más peligrosa de ejercer.

Duda que lo encuentren con vida.

—La situación se ha puesto muy difícil, joven. El hijo de mi compadre era periodista, lo mataron y balearon el periódico donde trabajaba. Hace un mes unos vecinos iban de vacaciones a la playa y en un retén el ejército les baleó la camioneta, mataron a dos de sus hijos... no tenían ni diez años. De quién se tiene que cuidar uno: ¿de los narcos o del ejército? —señala Miguel siempre viendo al frente.

—El país se está cayendo a pedazos —asegura Omar.

—Nosotros ya no vamos a durar mucho aquí. Ya no podemos ni salir a la calle en las noches.

Nuevamente el silencio.

Durante veinte minutos recorren calles solitarias sin toparse con una sola patrulla o un soldado. Un letrero luminoso se ve a lo lejos: “Hotel Imperial”. Omar se tranquiliza. “Lo dejaremos enfrente. Sólo baje rápido. Mañana, si usted ve que es seguro, recoja su auto y váyase”, señala Miguel.

—Les agradezco mucho —dice Omar, mientras mira por el espejo el rostro intranquilo de la mujer que abrazaba a sus hijos dormidos—. Si algún día van al DF y en algo puedo servirles háganmelo saber, aquí está mi tarjeta.

—Gracias —agrega Miguel tomando el trozo de papel.

El hombre desciende del auto, llevando su maleta bajo el brazo, y entra rápido al hotel. Ya en su habitación comprende por qué la empresa a la cual recién ha ingresado, cancelará sus relaciones con los diversos clientes ubicados en los estados de Chihuahua, Sinaloa, Nuevo León y Tamaulipas: meses atrás dos de sus vendedores fueron secuestrados, aún no sabían nada de ellos; algunos de sus vehículos han sido asaltados, perdiendo totalmente la mercancía.

Omar se tira sobre la cama mirando el techo. Cierra los ojos y piensa en ese México de hace algunos años donde la vida era más tranquila. Ahora, los grupos delictivos se han apoderado de las calles en todo el territorio nacional, principalmente de las ciudades más importantes del Norte, donde los pueblos están abandonados, pues su gente se ha marchado “al otro lado” donde afirman que aún existe la esperanza. Los empresarios y sus negocios también emigran con beneplácito al vecino país del Norte dejando estas tierras mexicanas donde la paz se ha ido para difícilmente regresar.