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Kapuscinski non fiction, de Artur Domoslawski
El culto por la montaña

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Ryszard Kapuściński
En la VI entrega de Lapidarium Kapuściński recuerda: “El aidos griego: el respeto mutuo como norma básica de comportamiento ante el Otro”.
 

“Practica la escalada. Practica el culto por la montaña”. No se trata de animar a que uno se dedique a los deportes de riesgo, sino de consejos: profesionales y morales, que nos brinda Ryszard Kapuściński en la sexta entrega de Lapidarium, editada póstumamente.

No resulta tarea difícil darse cuenta de la relación entre ese credo que le guiaba hasta el final y el hecho de que alcanzó alturas de vértigo como periodista, escritor e intelectual.

Kapuściński constituía un conjunto unielemental, estaba siempre en la vanguardia. Sobre la incapacidad por parte de sus compañeros de hacerle competencia, habla así ya por el año 1978 uno de ellos, Wojciech Giełżyński, en su texto Czterokrotnie rozstrzelany: “Entre los reporteros que luchan [...] para conseguir las plazas más prestigiosas [...] se disputan los puestos desde el segundo hasta el trigésimo. Cada año se barajan los puestos pero ‘Kapusta’ (una abreviatura de su apellido que usaban sus amigos) ocupa siempre el más alto [...]”.

¿Qué hacer para alcanzar al Maestro o al menos reducir la distancia que les molesta en su ambición como una piedrecita en el zapato? No todos son capaces de tal fatigosa escalada; sólo a unos pocos les basta el talento para acercarse. Y entonces, ¿por qué no tirarle de la pernera y bajarle aquí, con los demás? De esta favorecedora para nosotros perspectiva, nuestra mediocridad parece menor, no tan evidente, y nuestros fracasos quedan justificados con los errores de aquellos que gozan de autoridad y prestigio: porque si ellos, tan extraordinarios y sin embargo cometieron ésto y lo otro, ¿cómo no pudo habernos pasado a nosotros?

Artur Domosławski, autor de la biografía Kapuściński non fiction, parece representar la tendencia de hacer bajar a los grandes, cuando el camino hacia ellos resulta demasiado empinado para alcanzarles allí en lo alto; la táctica de empequeñecer al genio para sentirse mejor ante lo inasequible, opuesta al principio de escalada, el culto de la montaña, profesado por Kapuściński.

¿Ha disminuido la distancia? Todo lo contrario. “Kapu”, como lo llamaban sus amigos y seguidores en el extranjero, debido a su impronunciable para ellos apellido polaco, se lanzó hacia delante dejando a todos atrás de nuevo. ¿Cómo lo hizo esta vez? Pues gracias a que él jamás dió muestra de semejante mezquindad, de gritón de mercadillo del pueblo, falta de discreción y afán por revolver ilegalmente en la intimidad de otros. Él no actuaba en nombre de la primitiva satisfacción por demostrar las debilidades ajenas cuando más difícil resulta probar su propia grandeza.

“No te dediques a las tonterías. Tontería, pequeñez, te hacen bajar [...]. Practica la escalada. Practica el culto por la montaña”, le aconsejaba un amigo y él seguía este principio. Por eso no se involucraba en polémicas de asuntos insignificantes, no se enredaba en forcejeos verbales, no profundizaba los matices de antipatías en la vida pública y sus porqués; iba a lo suyo, se dedicaba a su obra, no se desviaba de su camino hacia la cumbre.

“Salir al extranjero me daba el lujo de mirar a Polonia desde una perspectiva lejana [...] pudiendo guardar distancia de los conflictos y disputas. No me orientaba y no quería orientarme acerca de quién no le gustaba a quién y por qué. A mí la gente me gusta [...]”, confesión recogida por Witold Bereś y Krzysztof Burnetko para su libro Ryszard Kapuściński: Nie ogarniam świata.

“Lo más difícil: no dejarse adherir por el día a día, aturdirse por la banalidad, necedad. Hay que reprimir en sí mismo la curiosidad sobrante por asuntos vanos, sin importancia. La curiosidad ha de ser selectiva, servir al escribir”, advierte en la II parte de Lapidarium.

El presente texto (inspirado no sólo por la controvertida biografía sino también por el debate que esta última provocó) contradice por sí mismo al “principio de Kapuściński” de no entrar en polémicas, querellas, disputas. Pero el asunto no es cualquiera porque se trata del propio escritor y el buen recuerdo de él.

Y él también, en múltiples ocasiones, manifestaba su postura bien con la pluma o con su presencia, en defensa de personas o ideas en las que creía. Porque, según uno de los mensajes del mítico Americano impasible, algunas veces, para ser humano, hay que posicionarse.

 

“Kapuściński non fiction”, de Artur DomosławskiObra en venta, no su autor

Biografía, al menos en la forma elegida por Artur Domosławski, es un intento de ennoblecer, trasladar la prensa rosa y el cotilleo al rango más respetable, hasta el nivel de la literatura: un intento fallido porque a pesar del disfraz, la fuente de ambos brota en el mismo lugar. Responden a la necesidad de saber, sí, pero del nivel más elemental y fútil, el menos noble: el saber sobre la vida íntima de otra persona. Tocan la más primitiva, y por lo tanto la más común, de las cuerdas del público: sacian la curiosidad pueblerina suministrando cotilleos, destapando los secretos ajenos, normalmente sin consentimiento del sujeto del ataque.

Sus autores se disfrazan de intelectuales, rebuscando al mismo tiempo en la bragueta de los protagonistas, su cesto de ropa sucia y la correspondencia privada. Se esconden detrás del argumento de que este tipo de conociemintos sobre el creador nos ayudará a entender mejor sus obras...

“Kapuściński no escribía sobre mujeres y su biógrafo plantea ¿por qué?”, pregunta Katarzyna Zacharska en una entrevista a Agata Tuszyńska para la revista Metro. Tuszyńska, autora de varias biografías y catedrática de reportaje literario, responde: “Lo decidió así. ¿Es que existe la obligación de confesiones sobre este tema? ¿La erótica del autor de El Emperador y El Imperio puede tener alguna influencia (y si la tiene, ¿cuál es?) en el valor literario de estas publicaciones? [...]” (Metro, 03-03-2010).

Está claro que se trata de un género tentador, porque el nombre de su público, el menos sofisticado de entre los lectores, es “multitud”, y garantiza pues el éxito de ventas. Sólo que ¿para qué la cortina de humo de motivos seudointelectuales?

En el libro Ryszard Kapuściński: Nie ogarniam świata, su protagonista afirma: “No sé hablar de mí mismo, no me gusta”. Mientras en la II parte de Lapidarium advierte que el tema “yo” puede llegar a ser tan absorbente que “ya no queda tiempo para nada más”. A él, a Kapuściński, le absorbía el mundo.

Fue conocido su abierto rechazo ante las declaradas intenciones por parte de algunos investigadores literarios de renombre en su país de escribir su biografía.

Tenía tiempo, 75 años, y tampoco le faltaban ocasiones para contarnos sobre su vida lo que considerase importante, cuanto estimase oportuno. Nos dio los frutos de 50 años de duro trabajo, desempeñado a costa de su vida privada y familiar. Lo que cubrió de silencio, guardó para él de manera intencionada, fue su margen de intimidad al que tenía derecho.

No se respetó lo que él decidió, ni los límites que marcó.

Estoy de acuerdo con el periodista polaco Bartosz Marzec que dijo: “[...] No preciso para nada (ni yo ni muchas otras personas) la información relacionada con la vida familiar de Kapuściński. Sé, en cambio, que su revelación causará dolor a sus seres queridos” (diario Rzeczpospolita, 17-02-2010).

Deseo recomendarles Ryszard Kapuściński. Biografía del escritor, de Beata Nowacka y Zygmunt Ziątek, que se publicará en breve en España. Es el tipo de biografía que entrelaza los datos más destacados de la vida del protagonista con el tema principal, que es la obra de Kapuściński. De este modo, los asuntos se colocan en su justo lugar, no hay intercambio de papeles y el telón de fondo no ejerce de estrella. Quien busca al escritor y su obra y no sensacionalismo, apreciará este título.

¿Habla en su contra el hecho de que sus autores se muestran respetuosos con el protagonista y arrojan sobre él una luz favorable, amena, lo contrario a la agresiva y desenmascaradora biografía de Domosławski? Bueno, puede que estimasen que se merecía esta forma y no otra, después de tantos años de aventuras intelectuales que le agradecemos y por su excepcional influencia en formar la consciencia de sus lectores, tanto dentro como fuera de su país.

En materia de biografías se ha visto mucho hasta la fecha. Y en cómo se afronta la memoria de los grandes personajes. Uno de los ejemplos, el caso de la Madre Teresa de Calcuta y las polémicas afirmaciones que difundía acerca de ella Christopher Hitchens, demuestra que no hay santo que se libre.

“Emprender una biografía no es tarea fácil. El autor francés Pierre Assouline decía que el biógrafo es una mezcla de policía, soplón y barrendero”, recuerda la cita Eutimio Martín en su texto homenaje a Miguel Hernández con el motivo del centenario de su nacimiento, Más allá del mito (El País Semanal, 7 de marzo de 2010). “Esta fórmula es sin duda más llamativa que la subyacente, menos ingeniosa, pero de mayor propiedad: un biógrafo ha de reunir la triple condición de investigador, informador y archivista de documentos, orales y escritos”.

Es un claro ejemplo de diferentes enfoques sobre la naturaleza de este género literario: mientras que el primero se mostraba dispuesto a buscar debajo de las piedras con tal de hallar algo que huela a escándalo, otro opta por respetar ciertos límites y rechazar los modos moralmente sospechosos.

Juan Cruz, periodista y escritor, es autor de Egos revueltos, el libro sobre los escritores con los que tuvo la suerte de codearse, en el que dibuja sus perfiles literarios; “una memoria que se quiere personal pero no arbitraria, intimista a veces pero jamás indiscreta”, reza una de las reseñas.

La idea del libro surgió, según el autor, de la curiosidad por indagar en la cara más oculta de los creadores, por saber de sus inquietudes, sus ambiciones, angustias y obsesiones.

En una entrevista el periodista le describió, resumiendo a la vez el carácter de la obra de la siguiente manera: “El título asusta; uno se pregunta ¿qué trapos sucios habrás sacado a la luz? Pero tú no eres de los que hacen daño, tú describes”.

Alguien dijo: “Cuando una cultura coloca a una persona en un pedestal, perdemos la oportunidad de conocerla”. De esta, quizá errónea teoría, se deriva la creencia, y por consiguiente la práctica, que sólo derribando un personaje del pedestal, donde fue colocado en honor por su obra, se dará a conocer su vida.

Y todo apunta a que, mientras exista la curiosidad humana, se seguirá demandando la puesta en venta no sólo de la obra sino también de su autor. El papel determinante en cómo se haga, lo juegan las motivaciones y criterios éticos de cada biógrafo.

 

Límites

Existen cuestiones a las que hacer públicas autorizan exclusivamente las autobiografías. AUTObiografías. El problema aparece cuando definir cuáles son estas cuestiones no está regulado por las leyes codificadas (lo que comprobó Alicja Kapuścińska, viuda del escritor, intentando, sin éxito, bloquear la difusión del libro de Domosławski por vía judicial), cuando los difusos límites de estas cuestiones los determinan elementos sometidos a la subjetiva e individualizada graduación como: el sentido de moderación, el buen gusto, compromisos morales que impone la amistad y la confianza depositada; sobre todo el reconocimiento de la existencia de los límites como tales.

“Tengo miedo al mundo sin valores, sin sensibilidad, sin pensar. Al mundo en el que todo es posible. Porque entonces lo más posible es el mal”, leemos en la II parte de Lapidarium.

El debate que provocó la biografía no se encaminó, según mi juicio, en la dirección deseada por su autor, y es a él a quien más daño hizo, no a Kapuściński. Sacó a la luz, desempolvó otros temas, entre ellos el derecho a la información frente a los límites de la verdad, de hacer públicos los conocimientos; la actitud hacia la autoridad; los compromisos que conlleva la amistad, las obligaciones de una conducta honrada y decente.

La muerte como espectáculo de Michela Marzano trata sobre estos temas. Habla de casos, imágenes difundidas en la televisión e Internet, de las ejecuciones de los terroristas, de actos de violencia y agresiones de todo tipo, en nombre de la libertad de información. El problema que plantea es: ¿hay que mostrarlo todo? ¿Es realmente información lo que busca uno viendo estas imágenes? Marzano intenta trazar una línea entre el derecho a la información, a saber y el morbo, sensacionalismo y reta a los profesionales de los medios de comunicación a que reflexionen sobre ello desde su posición de responsabilidad.

“[...] Siempre se puede sostener que se trataba de la Verdad. Incondicional. Verdad que no tiene en cuenta la amistad, que se burla de la discreción, la desprecia, no comprende la empatía”, escribe Magdalena Środa, ético-filósofa, publicista (portal Wirtualna Polska, 01-03-2010). “Seguramente dentro de poco resultará que (Kapuściński) era ciclista, masón, judío y ateo. Es una pena que [...] escrupulosos periodistas no tienen acceso a los documentos del Servicio de Inteligencia de las épocas más remotas, porque entonces descubriríamos mucho acerca de las debilidades, traiciones o confabulaciones de Mieszko I (el primer Príncipe cristiano y fundador del Estado polaco, siglo X), Copernicus (astrónomo polaco), Mickiewicz (uno de los poetas más extraordinarios polacos, siglo XIX), Sienkiewicz (escritor, Premio Nobel de Literatura de 1905) o Kościuszko (héroe polaco del siglo XVIII/XIX, general y líder del levantamiento contra los invasores rusos). Perderíamos, eso sí, autoridades y monumentos, pero poseeríamos la Verdad”, ironiza sin piedad Środa.

Eso es: parece ser que no se ha hecho el balance de pérdidas y beneficios (y no se trata de la dimensión económica), acerca de qué es deseable y qué no, en caso de levantar argumentos de semejante peso y resonancia sociales. Domosławski se marcó un objetivo: “bajar a Kapuściński del monumento”, demostrar todas las fisuras posibles en esta, hasta ahora, monolítica e intacta imagen del gran personaje con mucha autoridad.

¿Y qué hay de malo en las autoridades? ¿Para qué tanto quejarse de que los jóvenes de hoy en día no las tienen? ¿De dónde iban a sacarlas, si la generación anterior se encarga de, cuando aparezca alguno, efectuarle una vivisección? Quizá faltó reflexionar sobre ¿qué trae más ventajas y qué hace mayor daño?, ¿qué es lo que más nos hace falta: personajes respetables y modelos a seguir o la verdad incondicional (encima conseguida de una manera muy controvertida)? ¿Qué beneficio nos aporta este asunto? ¿Hemos experimentado alguna especie de katharsis tras esta ducha de “la verdad” que nos ha caído encima de la mano de Domosławski?

Este debate es también sobre si existe verdad a toda costa o si debe tener límites. La clave en esta polémica está en determinar qué debería imponer estos límites. Hay asuntos en la biografía cuya omisión dictaría el sentido común, respeto por los que ya no están aquí, honradez profesional etc., y no ganas de manipular, mentir, el beneficio económico y otras motivaciones vituperables.

Donde falta moderación, reinan extremismos. Es fácil entonces clasificar una mínima y justificada crítica a un afroamericano de racismo, a Israel de antisemitismo, etc. Ejemplos no faltan. Pero ¿quién quiere vivir en un mundo así: extremista, sin límites?

¿Qué clase de persona insistirá a una madre, ya mayor y de salud muy frágil, que no cree en la trágica muerte de su hija y acaricia el convencimiento de que ésta sigue viva? ¿Quién se beneficiaría de destapar la verdad a toda costa?

Cubrir con silencio de manera elegante en nombre de paradigmas nobles, distintos a la verdad absoluta, ¿tiene que atraer la tormenta y oleada de acusaciones de mentir y manipular, si no hace daño?

Los conceptos: verdad incondicional, derecho a la información, censura preventiva, etc., sufren un uso abusivo en demagogia e interpretación libre. No estaría de más atribuirlos a contextos concretos cada vez que sean estudiados, sin olvidarse de no marginar la voz del sentido común y otros valores no comerciales.

La editorial polaca de Cracovia, Znak, rechazó la publicación del libro Kapuściński non-fiction. La perspectiva de indudables ganancias de su venta no fue suficiente:

“No edité este libro porque quería estar de acuerdo con mi conciencia”, dijo el redactor jefe de Znak, Jerzy Illg. “Ryszard era amigo mío, no podría mirarle a los ojos si editara semejante libro”. Illg subraya que el motivo de su decisión no fueron los capítulos relacionados con la supuesta colaboración de Kapuściński con los Servicios Secretos del régimen comunista polaco que, admite, están bien elaborados. La editorial resignó de la colaboración con Domosławski cuando éste exigió que su intención de escribir una biografía del reportero no podía ser revelada a Alicja Kapuścińska. Ya que ella estaba de acuerdo con la publicación de un libro que tratara sobre la vida profesional de su marido y de cómo se percibe la obra del reportero en el extranjero, y en ningún caso de su vida íntima (PAP, Agencia de Prensa Polaca en sus siglas en polaco, 23-02-2010).

El escritor Andrzej Stasiuk lo comentó de la siguiente manera: “El jefe de la editorial Znak echa mano del tono sentimental de que no podría mirar a los ojos a su amigo (es decir a Kapuściński) si publicara este título. Hay que suponer que si editara un panegírico, entonces sí podría mirarle a los ojos” (diario Gazeta Wyborcza, 02-03-2010).

Queda inexplicable para mí, de dónde viene esa estrecha visión del mundo en blanco y negro que representa Stasiuk. Pues hay una distancia infranqueable entre echarle a alguien un cubo de desechos a la cabeza y un panegírico.

Al igual que la editorial polaca Znak, buena parte de las editoriales europeas rechazaron la publicación de Kapuściński non-fiction.

Juan Riambau, editor de Galaxia Gutenberg que publicará la biografía en España, apunta que “es un libro importante para aportar luz sobre la trastienda de la realidad comunista, un aspecto que es coherente con nuestra línea editorial”.

Me gustaría creer que éstos son los auténticos motivos y no el morbo por desmantelar los detalles de la vida íntima del reportero. La duda surge del hecho de que la biografía tiene más de sensacionalismo que de un manual histórico, capaz de explicar los mecanismos de la realidad comunista polaca a un lector español.

“Y si usted estuviera escribiendo la biografía de Kapuściński, ¿qué habría hecho si hubiese encontrado este tipo de información?”, le pregunta Katarzyna Zacharska a Agata Tuszyńska: “Consideraría si después de haber escrito un best-seller, todavía podría mirarme en el espejo. Esto sigue siendo determinante para mí. Yo no habría continuado escribiendo su biografía en esta forma. Quiero ser justa: hay muchos fragmentos del libro de Domosławski que con precisión cuentan sobre la necesidad de entrar en los acuerdos con los miembros del Partido, describiendo el contexto de la vida dominada por la pasión por el trabajo periodístico, etc. Pero un amigo es para mí alguien a quien protejo, por encima de todo lo que hubiera hecho. Domosławski le inflige muchos golpes brutales, sin tener en cuenta los sentimientos de los vivientes. Como biógrafa, considero deshonroso e innecesario revolver en el corazón, cabeza y bragueta de Kapuściński”.

“Domosławski ocultó ante la viuda del escritor la intención de escribir una biografía”, continúa Zacharska.

“Yo no podría vivir con esto”, asegura Agata Tuszyńska. “Pero es algo individual. Creo que Alicja sabe con quién compartía medio siglo de vida. En nombre de eso hoy protesta” (revista Metro, 03-03-2010).

Las citadas declaraciones (de Tuszyńska e Illg) no se sostienen en los argumentos de los órdenes legales codificados. Están ancladas en el afán por un comportamiento acorde con la ética, decencia; cuyos barómetros individuales cada uno lleva en su interior. Ellos son los compañeros de Kapuściński en la escalada; del mismo equipo de practicar el culto por la montaña.

 

Traición

Lo que más objeción y rechazo inspira no son los datos y conjeturas revelados en la biografía sino el hecho de su revelación. Causa repugnancia el oportunismo del autor y que se aprovechó de manera astuta de la confianza de su fuente.

Domosławski truena sobre las consecuencias como la pérdida de credibilidad por parte de todos los reporteros cuando uno de ellos confabula, mezcla géneros periodísticos con los literarios; sobre la sospecha que recae sobre todos los corresponsales cuando ésta existe sobre uno de ellos.

Al parecer, no ve el paralelismo en su propio comportamiento y consecuencias que puede conllevar el hecho de que traicionó su fuente. Según Alicja Kapuścińska, ella le había abierto a Domosławski la puerta de su casa, le había facilitado el acceso al archivo de su marido con toda confianza y éste aprovechó el preciado material y la confianza depositados para fines bien distintos del acordado y publicó el libro escrito de esta astuta manera, a pesar de las protestas de la señora Kapuścińska. La viuda del escritor sostiene que el libro contiene muchísimos abusos. Iba a ser un libro que mostrara cómo se percibe la obra de Kapuściński en el mundo, y no una biografía:

“Este libro me sorprendió”, dice Kapuścińska. “Yo misma encargue un libro a Artur Domosławski bajo el título provisional: Kapuściński en los ojos del mundo. Le dije: señor Domosławski, usted está capacitado para llevarlo a cabo. Conoce ambas Américas, sabe castellano, inglés, habló mucho con mi marido. Yo le proporcionaré el material y usted vaya al extranjero porque en Polonia no se sabe cuál es la percepción de Ryszard y su obra en el mundo. Domosławski aceptó inmediatamente, mostrando un gran entusiasmo y agradecimiento por mi confianza. Le pedí que no publicara en Świat Książki porque no tengo buenos recuerdos de colaboración con esta editorial”.

“Domosławski venía a casa al archivo, viajaba; tras volver de Etiopía me contó lo bien que hablaban allí de Ryszard. Yo le proporcionaba direcciones, contactos, teléfonos, tarjetas de visita. Estaba convencida de que él estaba creando la obra de acuerdo con esta línea. Y de repente perdí contacto con él”, añade dolida. “Un tiempo más tarde me enteré de que el libro se editará en Świat Książki y que la editorial Znak, que iba a publicarlo, lo rechazó. Entonces fue cuando salió a la luz que era una biografía”.

“Cuando Domosławski dice que yo sabía que ésta era su intención, miente. Jamás en nuestras conversaciones apareció la palabra ‘biografía’. Él no tenía derecho, no estaba autorizado para escribir sobre nuestra vida privada, sobre mi hija a la que no ha conocido, ni siquiera ha visto jamás. En este libro hay un montón de abusos”. Y continua aclarando: “Yo no le llevé a juicio por valorar la obra de mi marido, sino por quebrantar bienes personales, derecho de buen recuerdo de mi marido, el culto del familiar difunto y de la vida privada; los derechos del autor, porque hay muchísimas citas. En la demanda mi abogado alega una decisión del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos que sentenció que los derechos personales prevalecen sobre el derecho a la libertad de expresión”, subrayó la señora Kapuścińska (portal Wirtualna Polska, 03-03-2010).

El publicista Sławomir Jankowski ofrece un comentario muy acertado cuando afirma que “al autor de Ébano le traicionó uno de sus principios que desarrolló viajando durante más de medio siglo por el Planeta: ‘Hay que confiar en las personas. Hay que creer a cada hombre al que se encuentra’. Confiar en todos, menos en Domosławski”, termina tajantemente Jankowski (portal Studio Opinii, 15-03-2010).

Quiero citar un fragmento del prólogo que escribió Kapuściński en otro libro de Domosławski, publicado en 2003: “El libro de Artur Domosławski es el primer intento desde hace muchos años en nuestro país de una profunda y sabia descripción de esta, todavía hoy, poco conocida tierra: América Latina [...], un intento ambicioso, meticuloso y absorbente [...]”.

Parece que no le convenía a Domosławski en aquel momento preguntar a su Maestro por las amantes, confabulación, creación de su propio mito, colaboración con el Servicio de Inteligencia. Le beneficiaba más vivir en amistad, conservar las invitaciones a casa de los Kapuściński. Porque el montón de libros para reseñar, escribir prólogos, comentarios, etc., era enorme y no paraba de crecer, ¿para qué arriesgarse a quedarse fuera, perder la posición privilegiada, caer en desgracia?

Le pregunto: ¿Dónde estaba entonces este hombre tan partidario de la verdad incondicional?

“¿Verdad ante todo lo demás? ¡Por supuesto! ¡Es lo que me guía en mi trabajo!”, parece manifestar Domosławski mediante la elección de la forma de la biografía. “Pero el momento hay que saber elegir, saber cuál es el oportuno, cuándo la verdad me conviene y cuándo mejor esperar con su revelación”, debería añadir, si quisiera ser honesto consigo mismo.

Andrzej Skworz, redactor jefe de la revista mensual Press, resume así el oportunismo de Domosławski: “A los que se les atragantaban las preguntas cuando él (Kapuściński) vivía, ahora se ponen a enumerarle las amantes” (Press, 02-03-2010).

La periodista Monika Olejnik le pregunta por ello al biógrafo durante una entrevista para la emisora Radio Zet:

—¿Por qué no le hacías estas preguntas difíciles cuando estaba vivo? Eras su amigo, estabas cerca de él, pudiste haberle preguntado por todo eso que ahora escribes en el libro.

—Sí —responde Domosławski—, pero es que yo nunca pensé que iba a escribir su biografía —¡Sic! ¿Sugiere que biografía es el único género que le autoriza a un periodista a hacer preguntas?).

—Pero, ¿y por curiosidad? —insiste la entrevistadora—. Al fin y al cabo eres periodista, pudiste haberle preguntado: Ryszard, ¿por qué hiciste esto y lo otro?

—Nos hacíamos muchas preguntas —afirma Domosławski—, hablábamos sobre todo de los temas corrientes (Wirtualna Polska, 25-02-2010).

Esta explicación puede convencer sólo a quien se empeñe categóricamente en ser convencido.

Tomasz Łubieński, escritor y ensayista, escribe: “En el libro hay páginas que seguramente aumentarán su venta pero demuestran que Domosławski no era un buen discípulo de Kapuściński, que sí era un verdadero caballero” (Gazeta Wyborcza, 3-03-2010). Y remata con un acento muy atrevido: “No sin razón Dante halló en uno de los círculos bajos del infierno a aquellos que habían abusado de la confianza de sus amigos, y Artur Domosławski se consideraba amigo de la familia Kapuściński cuando escribía este libro”.

 

Amigos

Hablando de amigos: el libro está repleto de las expresiones: viejo amigo/amiga; amigo de toda la vida, cercano amigo..., que dan paso a las declaraciones a menudo crueles y poco apropiadas para este tipo de relación, como éstas:

  • “La sonrisa era una máscara, la modestia también. Se puede decir muchas cosas de él pero no que era modesto”;
  • “No era un hombre de mucho coraje”;
  • “Son muy nobles sus teorías (sobre la retirada de la edición americana de El Sha, el fragmento relacionado con el apoyo que le brindaba la CIA al Sha iraní, leal a América). Yo tengo otra, menos simpática...”;
  • “Rysiek (diminutivo de Ryszard) creyó en su propia grandeza y empezó a formular reflexiones generalizadas sin tener unas bases sólidas. Leía de manera selectiva, le interesaban menos los procesos, no siempre veía los mecanismos principales”. (Me llama poderosamente la atención la opinión de que “leía selectivamente”. ¡Como si fuera posible leer más que Kapuściński! Por poner un modesto ejemplo, para los que no han visto su biblioteca repartida entre las plantas de su casa, su despacho y los “depósitos literarios” que tenía por todo el mundo: antes de escribir Viajes con Heródoto había leído 140 libros sobre este personaje. Además, ¿le habrían bautizado en todo el mundo una autoridad por el contenido de sus reflexiones si éstas carecieran de “bases sólidas”?);
  • Uno de los “amigos desinteresados” todavía le reprocha que no le escribió el prólogo en su libro aunque sí lo había hecho para tanta otra gente, no tan cercana o incluso desconocida, mientras que el éxito de uno de los libros de Kapuściński en el mercado norteamericano en gran medida se debe al mérito suyo;
  • “Era un hipocondríaco. Siempre se moría de algo”, afirma otro, desde lo más profundo de su amistad...;
  • “Un alarmista, con tendencia a dramatizar”, asegura otro;
  • “Me gritó tanto que me hizo llorar”, etc.

Me viene a la cabeza una triste conclusión: ¡Dios, protégeme de semejantes amigos!

Entre asuntos que sería mejor que no se tomasen en serio tras la lectura de este libro es precisamente el concepto de amistad, mancillado aquí por la manera de la que hablan del difunto sus “amigos”, supuestamente también en nombre de la Verdad absoluta.

El “Traductor”, la figura llamada así por el biógrafo, que analiza en el libro el papel y el peso de la supuesta colaboración de Kapuściński con los Servicios Secretos del régimen comunista polaco, paradójicamente muestra al reportero de modo más favorecedor de lo que lo hizo más de un “amigo”... ¡Qué bien que no vivió para verlo!

El escritor y periodista peruano Mario Vargas Llosa cuenta en su columna del periódico El País cómo, durante su visita a Haití, el país destrozado por el terremoto de enero de 2010 que se llevó más de doscientas mil vidas, conoció a un personaje peculiar que deambulaba entre las ruinas de la capital. Sostenía que era Jesús de Nazaret y que su padre, Dios, le había enviado a la isla porque quería a Haití. Y ¿qué pasaría, se pregunta Vargas Llosa, si Dios odiara a Haití?

Del mismo modo me pregunto: ¿qué forma tendría la biografía si Domosławski no se declarara amigo, discípulo y admirador de Kapuściński?

 

“Un retrato realista, simplemente”

La biografía y los comentarios sujetos a ella, en ocasiones adoptan un acento cómico (el que ríe con más ganas es, sin duda, el biógrafo cuando oye crecer los beneficios de la venta del libro). A comedia suenan sobre todo las declaraciones de Domosławski que Kapuściński non-fiction está escrito “con honestidad y simpatía, empatía y admiración” y que “simplemente es un retrato realista”. Pero se partirán de risa sólo aquellos pocos que no se sienten ofendidos por el biógrafo, que tanto desprecia la inteligencia de los lectores que intenta convencerles de algo semejante. Como si una sola frase pudiera contradecir al maligno carácter de cientos de páginas del libro.

Éstas son algunas de las opiniones que respaldan esta última impresión:

  • Adam Boniecki, el redactor jefe de Tygodnik Powszechny: “Desgraciadamente, a la lectura de este libro le acompañaba mi más profunda sensación de tristeza. Tenía la impresión de que Domosławski ve el mal por todas partes, que no le deja escapar a ninguna ocasión que se presente para darle a su Maestro un buen puñetazo, desnudar sus debilidades y errores” (Tygodnik Powszechny, 02-03-2010).
  • Marek Beylin, periodista del diario Gazeta Wyborcza y jefe de Domosławski: “Busco palabras para no ofender a Artur Domosławski, mi compañero de redacción, y a la vez de expresar mi indignación. Porque Domosławski infringió la dignidad de los vivientes en nombre del sensacionalismo [...]. Las dudas hablan en contra de Kapuściński —es muy frecuente en este libro. Entre todas las posibles interpretaciones de la relación de Kapuściński con el semanario Polityka, Domosławski escogió la menos probable pero la peor para su protagonista” (Gazeta Wyborcza, 27-02-2010).
  • Martin Pollack, el traductor de libros de Kapuściński al alemán: “Tengo la sensación de que el autor no escribía esta biografía sin prejuicios, tal y como uno podría esperar de un biógrafo, sino que lo hacía con un objetivo concreto: desacreditar, dejar al desnudo a Kapuściński, desenmascarar su sonrisa: ‘siempre esta sonrisa, sonrisa en todas partes’, como estudiada, falsa. Considero deshonesto desplegar insinuaciones acerca de asuntos de tanto peso, como lo hizo Domosławski. [...] No traduciré este libro” (Gazeta Wyborcza, 01-03-2010).
  • Agata Tuszyńska: “Me duele pensar que este fue el objetivo de este libro. Desenmascarar al Maestro. Veo muy pocos intentos de justificar al escritor. Kapuściński era hasta el final un personaje misterioso. ¿Por qué no respetar esta decisión? Así se inventó a sí mismo, así quiso permanecer. ¿Es el papel del discípulo desenmascarar a su maestro? ¿En nombre de qué? (Metro, 03-03-2010).

En la VI parte de Lapidarium Kapuściński escribió: “La tendencia de la gente de estigmatizar a otros. De señalarlos. La marca ha de ser una abreviación, un símbolo claro y fuerte. Lo mejor cuando es una palabra. Tacaño. Izquierdista. Putero. Esta señalización es, por lo general, permanente; una vez etiquetado, la marca ya se queda, una opinión es muy reacia a los cambios”.

Domosławski no fue el destinatario de estas palabras cuando Kapuściński las escribía, no obstante, hoy se podría considerarlas como un comentario póstumo del reportero de lo que somos testigos.

El biógrafo nos propone pues una nueva manera de ver al Maestro a través de etiquetas: mitómano, confabulador, oportunista, mujeriego, comunista...

Con el tono sarcástico y desenmascarador, típico y recurrente en esta biografía, Domosławski le reprocha al autor de El Emperador que a éste le encantaba cotillear. No se da cuenta de que tan múltiples conjeturas, insinuaciones y reticencias sitúan su propio libro en el estante reservado para el cotilleo.

Por no mencionar que la etiqueta “cotilla” es otro ejemplo del malintencionado biógrafo a la hora de elegir entre disponibles modos de interpretación de los hechos. Porque existe otro, alternativo: un hombre que pasaba la gran parte del año fuera de su país, al volver necesitaba encontrarse en su, al fin y al cabo, mundo, entorno. Y no hace falta especular, el mismo Kapuściński escribió que los amigos y conocidos dejaron de involucrarle en sus asuntos, acostumbrados a sus prolongadas y frecuentes ausencias y cómo, encontrados por la calle, expresaban su sorpresa: ¿es que aún no te has ido? O: ¿ya has vuelto?, dejándolo, inconscientemente, fuera de la corriente, en la orilla, de donde podía observar pero no participar. Eso fue uno de los precios de su dedicación al trabajo, de anteponer la vida profesional a la privada; siempre en movimiento, siempre en camino.

Quizá sea por esta razón por la que pregunta, muestra curiosidad e interés por las cosas de los que son su ancla, que le dan la sensación de que Polonia sigue siendo su sitio, su casa, a pesar de la vida nómada que lleva. Procura estar al día para no perder el contacto con ellos, no romper el hilo que les une, no desprenderse de las raíces.

Es fácil encontrar una explicación racional y sencilla para muchos comportamientos y motivaciones de Kapuściński, expuestos en la biografía. Sin embargo, parece que su autor optó por la manera más llamativa, etiquetándolo por ejemplo de “cotilla”.

Abundan estigmas como éste; su uso es la táctica recurrente del biógrafo para pintar a su Maestro de modo desfavorable.

Aquí vienen más muestras, escritas con “simpatía y admiración” para el Maestro:

“Es capaz (Kapuściński) de echarle un sermón a una guardarropa por tardar en entregarle su abrigo”.

Se trata de un incidente que (supuestamente) sucedió cuando el escritor estaba ya, por aquel entonces, sufriendo una enfermedad terminal, viviendo sus últimos meses de vida; apagándose. Pero ésta no es para el biógrafo una circunstancia que justificase nada. Con este ejemplo se puede apreciar con total claridad el grotesco afán de Domosławski por demostrar “la verdad” sobre su protagonista.

Puede que sea la verdad en aquel concreto instante, pero ¡qué falta de moderación! y ¡qué ignorancia de la perspectiva y las circunstancias! Y ¡cómo desacredita la objetividad, declarada por el biógrafo, a la hora de crear el retrato del escritor, sacando a la luz este aislado incidente..!

Parece imposible que el Maestro sea capaz de satisfacer las severas exigencias de su discípulo, que espera de él que en vísperas de su muerte lo dé todo de sí, mientras que cuando en incalculables ocasiones demostró su superioridad, el biógrafo sospechaba de él, de que siendo demasiado ideal, monumental, tenía que esconder algo detrás de esta eterna, cálida y modesta sonrisa, de esta fuerza fuera de lo común de la que carecían incluso sus compañeros más jóvenes.

En la biografía leemos también que poco antes de morir, a Kapuściński le faltaban fuerzas para “amueblar la cara” en contactos con desconocidos ante los cuales, como es natural, rigen otras normas de comportamiento, mucho más estrictas de las que se derivan de la confianza y amistad; una especie de etiqueta que desaparece entre amigos y familiares.

Es curioso que la postura de Kapuściński, justo antes de morir, que tanto escandaliza y decepciona al biógrafo, es tan frecuente y natural entre muchos personajes conocidos, arrogantes y pomposos, incapaces de mostrar a su público tanta generosidad y cercanía ilimitada que caracterizaba al gran reportero.

Me cuesta también percibir la presunta noble intención del discípulo en la siguiente descripción de su Maestro: “Kapuściński quería que lo viéramos como a un periodista, luego como a un escritor y, en sus últimos años, como a un pensador”. De nuevo está husmeando. Esta vez, el éxito de Kapuściński lo imputa a sus dotes de autocreación, de convencer a los demás para que le percibieran de un modo determinado. De acuerdo con esto, bastaba con que Kapuściński deseara mucho que le vieran como a un escritor para que todo el mundo se lo creyera; procura convertir al Maestro en usurpador con una sobrecrecida ambición, ignorando de pleno sus logros y talento. Mientras que Kapuściński ERA un gran periodista, ERA un escritor, ERA un pensador. Sobre esto no hay confusión alguna.

Se pueden describir los momentos de torpeza o debilidad de uno de manera neutral o incluso simpática, lo cual resalta los rasgos del personaje retratado, sin insultarle. Pero es algo muy distinto lanzarse con un arpón a por cada uno de semejantes ejemplos, creando conscientemente una imagen exagerada hasta los límites, hiperbólica, como si fuera observada por una lupa.

Así sucedió con la historia de cuando Kapuściński se perdió en París durante una visita allí con su mujer en los años sesenta. El biógrafo demuestra su total falta del sentido de la proporción; contrapone una única anécdota (porque ésta ridiculiza, desenmascara a algún defecto); el hecho de perderse una vez, a una odisea de viajes de Kapuściński que duro más de 50 años alrededor del planeta, intensa y tan fructífera, resumiendo: “falta absoluta de sentido topográfico”. Un sólo suceso le basta a Domosławski, le da derecho, según cree, a construir generalidades, formular cualidades e ignorar el hecho de que durante medio siglo de experiencias viajeras Kapuściński demostró algo totalmente opuesto a la “falta de sentido topográfico”. En caso contrario, no habría El Emperador, El Sha, El Imperio, Ébano, etc., no existiría el periodista, corresponsal, reportero, escritor que era, sin duda uno de los más grandes.

Este tipo de comportamiento del biógrafo, recurrente en el libro, desacredita, repito, su declarada ambición de ser objetivo y, más aun, de crear un retrato cariñoso del autor de Lapidarium.

Se le nota a Domosławski constantemente alerta, preparado a negar en cada momento, desbaratar los fuertes de Kapuściński: como este de que sabía escuchar —una cualidad clave para cada reportero.

Para “domesticar” el aura de monumentalidad que rodeaba a Kapuściński, por si algunos lectores lo necesitasen, en vez del libro de Domosławski que supuestamente aspira a este papel, les servirían las confesiones que hacía el propio Maestro de que, por ejemplo, le costaba mucho escribir. No pretendía ocultar su lado más humano y sencillo. La clave, como siempre, está en hacerlo con tacto e intenciones honradas.

Un buen ejemplo de ello es el relato de Nelly Bly, un icono del reportaje norteamericano, de su viaje alrededor del mundo en 1889, que empieza con las lamentaciones de Bly por tener que madrugar. Y eso, ni más ni menos, en la faz de una empresa de este calibre a la que secundaba el mundo entero, conteniendo la respiración. Una descripción generosa en la que Bly canaliza su “descontento” por tener que levantarse pronto, pone ante los ojos del lector una imagen de la intrépida pero dormilona viajera y reportera, reacia a soltar su almohada antes de mediodía, que en el contexto del primer viaje alrededor del mundo de una mujer, en solitario, en el siglo XIX, le da a esta heroína americana sobre la cual los niños cantaban canciones, una dimensión humana, a través de las mencionadas debilidades y aficiones tan ordinarias.

Pero existen formas y formas, proporciones, y de respetar o traspasarlas depende de qué manera se percibirá un mensaje, si le provocará al lector repugnancia o una sonrisa de comprensión.

Quisiera citar de nuevo a Andrzej Skworz que dijo: “Artur Domosławski dedicó tanto espacio para desmitificar a Kapuściński, que ya no le quedaba más para demostrar su grandeza. Tantas veces habló de sus debilidades, que se olvidó de por qué había estado tan deslumbrado y fascinado por él. Tanto quería protegerlo de los que investigan los casos de colaboración de los personajes públicos con el Establishment durante el régimen comunista polaco, que no se dio cuenta de que es él quien se lo reprocha con mayor fuerza. Se enredó tanto que estimó oportuno hasta informarnos de que Kapuściński recibía la comunión sin confesarse...”.

”Pero yo guardo mayor rencor hacia aquellos que le conocían y, tal y como hoy presumen, eran amigos suyos, pero se atreven a sostener que Kapuściński no podría desearse a sí mismo que le escribieran una biografía mejor. Yo creo que sí podría. Dicen que dividía la gente entre con los que les gustaría compartir la misma trinchera y los demás. Tengo mis dudas si el biógrafo y el biografiado estarían en la misma trinchera” (Press, 02-03-2010).

Por lo visto Domosławski es así: implacable con su Maestro, borde y burlón con el trabajo de sus compañeros de profesión. Sobre un periodista colombiano dice, mordazmente, lo siguiente: “A Óscar Escamilla le impresionaron los consejos de ‘Kapu’ acerca de construir imágenes más amplias de detalles, y en el prólogo de Los cinco sentidos del periodista escribió: ‘Me llamaron la atención sus (de Kapuściński) pequeños pies. [...] Alguien me comentó luego que jamás se habría imaginado que una persona que pasó la gran parte de su vida recorriendo el mundo, podría tener los pies tan pequeños’ ”.

De esta manera poco elegante Domosławski se burló de esta observación del colombiano, tan simpática y tan propia de Kapuściński.

El principal argumento que le sirve de escudo a Domosławski cuando rechaza múltiples acusaciones por el tono de este libro al puro estilo de la Inquisición, es que pretendía evitar escribir una hagiografía. Y aquí no hay lugar a dudas: ha cumplido con su objetivo. Sin embargo, es una pena que no fuera capaz de encontrar la justa medida. Porque entre el hecho de que a la lectura de este libro acompaña el silbido de un látigo cortando el aire y una hagiografía, hay un abismo que acogería compromisos de todos los matices.

Ser el mejor no te convierte en perfecto. No me juego nada suponiendo que sin esta biografía este truismo, como su nombre indica, sería obvio para todos. El autor de Ébano tenía sus defectos y debilidades muy humanos. Sin embargo, nadie, excepto Domosławski, se decidió a cometer semejante linchamiento, cruel y público, con el que pretende demonstrar lo lejos que estaba Kapuściński, a pesar de ser el mejor, de ser perfecto.

 

Ryszard KapuścińskiSe desenmascaraba a sí mismo

Ante el presunto afán de Kapuściński por crear su imagen, mitologizarla, lo que con tanto empeño intenta demostrar Domosławski, ¿es posible que el reportero no fuera consciente de sus debilidades? ¿Realmente necesitábamos al biógrafo para que nos convenciera de la existencia de éstos?

En la segunda entrega de Lapidarium podemos leer lo siguiente: “Desde hace un tiempo hablo de mí mismo nosotros, usando a conciencia la forma plural. Lo hago porque quiero sacar a la luz este otro ser que hay en mí, mejor que el yo habitual que soy. No creo en que pueda mejorar, cambiar del todo, categórica y totalmente. No obstante, quiero intentar algo mucho menos ambicioso pero por ello más realista —crear de y en mí mismo un alter ego, un segundo yo que vigilaría el yo principal, el básico, que no quiere o no es capaz de cambiar a mejor”.

Una de las curiosas cuestiones en la biografía es el miedo y el presunto esfuerzo del reportero por ocultarlo, con el fin de crear su imagen de héroe.

“Su coraje lo creaba en la literatura. Sabía que era distinto”, asegura uno de los “amigos”. Y remata Domosławski: “Durante años creaba su propia leyenda, la de un reportero macho que no teme ni a la guerra, ni al hambre, ni a los animales salvajes, ni a los insectos tropicales, ni a las enfermedades, ni enfrentarse a la muerte”.

Es sorprendente ¡qué poco atentos que eran algunos de los lectores de Kapuściński! Porque en sus obras encontraremos tantas descripciones (¡y qué sugerentes!) del miedo que sentía estando en diferentes lugares inflamables, ante múltiples situaciones peligrosas, que resulta imposible no darse cuenta de ellas. No solamente no escondía su miedo sino que hablaba de él mucho y de manera muy bonita. Por lo que sobre la presunta creación de un reportero intrépido me entero... por la biografía. Parece que su autor consiguió el objetivo opuesto al deseado.

A pesar de que el miedo era un compañero habitual de los viajes de Kapuściński, éste volvía con empeño a los lugares peligrosos. ¡Necesitamos más “cobardes” de este tipo!

Vale la pena recordar cuánto esfuerzo creativo dedicó Kapuściński para compartir con sus lectores la impotencia, la imposibilidad de funcionar bajo el calor sobrecogedor de las zonas tropicales en las que le tocó trabajar, para darnos a conocer los combates que libraba contra la apatía pegajosa como una niebla densa, contra la soledad y otras debilidades que nos confesaba.

Fue él quién nos dijo que hablar en público le provocaba un pánico tremendo: “Soy una persona muy tímida. [...] No sé hablar en público. [...] Siento un temor salvaje de oír mi propia voz en lugar donde hay más de una docena de personas. Nada más pronunciar la primera palabra pierdo todas las ideas, como si me las hubiera robado alguien [...]” (Ryszard Kapuściński. Biografia pisarza).

Él mismo cuenta también que durante todos los años que trabajaba para PAP (Agencia de Prensa Polaca), en todas las ruedas de prensa que cubrió, no hizo ni una pregunta —no se atrevió. Semejante confesión: la falta de pujanza, arrogancia y ferocidad, provoca una risa de compasión, una burla por parte de la generación de jóvenes periodistas. Si no conocieran al autor de estas palabras, le dirían: ¿qué busca un pardillo como tú en este oficio?

Ignorar todos estos fragmentos es leer de manera selectiva, un intento tendencioso del biógrafo de probar sus propias tesis que encajarían con la integridad previamente diseñada.

Quisiera añadir unas palabras más acerca de la importancia para Kapuściński de la lección de humildad que suponían las situaciones que, según el biógrafo, las contaba para autocrearse, lucirse como un tipo macho, mientras que “Kapu” lo explica de modo opuesto: “[...] Cuando salimos de un viaje peligroso sanos y salvos, sentimos una satisfacción que carece totalmente de soberbia, pomposidad. Tenemos la impresión de ser habitantes de este planeta con todos los derechos. [...] He pasado por momentos tremendamente difíciles, que obligan a uno a enfrentarse a sí mismo, como un puñal que de repente se tuerce en contra del que lo sostiene. Entonces nos damos cuenta de que no somos nada. Que el ego no es nada, que de lo que presumíamos hasta ahora, desapareció, ya no está, no hay nada. Y experimentar este vacío es absolutamente necesario en el camino de la vida. [...] De lo contrario, nos pavoneamos como unos dandis hasta la tumba” (Ryszard Kapuściński. Biografia pisarza).

La cuestión de las confabulaciones imputadas a Kapuściński y de esconder, manipular la verdad, vale la pena ser estudiada acordándose de que más de una vez, cuando el reportero mentía, lo reconocía él mismo después. Mentía en que estaba enfermo o daba otras excusas cuando se veía obligado a rechazar las numerosas invitaciones que le llovían de dentro y fuera del país para conferencias, congresos, reuniones, etc., para poder dedicarse a escribir. Muy valiente por su parte reconocerlo, porque pudo haberles ofendido a las nobles y respetadas instituciones que reclamaban constantemente su presencia, y cubrir con una sombra su honestidad. Por lo visto no tenía tanto para ocultar cuanto sugiere el biógrafo, si no le daba importancia.

 

La impertinencia del discípulo

“Lo que escribía y decía (Kapuściński), su obra, no está analizado, no despierta un profundo interés, a nadie le importaba ni discutía con eso. Como todo autor, confío en que mi libro lo cambiará. [...] Creo también que Kapuściński acariciado, compuesto de halagos y entusiasmo sin reflexión es poco interesante, no enseña nada, no es exigente”, afirma Domosławski durante la entrevista con Monika Olejnika para la Radio Zet.

La mencionada afirmación es un indicio de soberbia muy poco frecuente, de arrogancia y el convencimiento de que lo suyo es una misión. ¿Qué clase de discípulo es éste que tras la muerte de su maestro difunde que su obra no nos enseñó nada, no inspiraba ningún debate y era tan sólo un “entusiasmo sin reflexión”? Muchos de este oficio de escribir desearían que sus obras inspirasen una fracción de reflexión que las de Kapuściński.

Domosławski confunde reflexiones a las que invita una obra (las únicas a las que aspiraba Kapuściński) con deliberaciones acerca del escritor y su vida privada. Para la mayoría de la gente estas últimas están de más.

Qué soberbia, repito, creer que hacía falta esta biografía para forzar a los lectores a mirar con ojos críticos, que será por este libro que se inicie un debate constructivo. Insinuar que a los amantes del trabajo de Kapuściński no impulsará para pensar nada que no sean revelaciones sensacionalistas, es ofensivo tanto para el escritor como para sus lectores.

Además, ¿a quién apunta con el dedo Domosławski diciendo que Kapuściński no tenía crítica en Polonia? ¿Quién, según él, tiene la responsabilidad de esta situación si él mismo, trabajando para uno de los medios más relevantes del país, por lo tanto disponiendo de una tribuna de la cual iniciar un debate, no tocaba cuestiones polémicas por cobardía u oportunismo porque prefería mantener la preciada invitación a la casa de los Kapuściński?

“Estoy creando una plataforma para opiniones muy críticas sobre él”, continúa con este espíritu impertinente el biógrafo. Lamentablemente, Domosławski no está creando nada, más bien procura destruir. Y, muy probablemente, no provocó ninguna avalancha de sus semejantes, como esperaba.

“El tono (de biografía) es para mí inaceptable”, valora Agata Tuszyńska. “Autoritario, omnisapiente, revelando al mundo la única verdad, sugiriendo rastros del reivindicativo modo de pensar a seguir. Me pregunto a mí misma: ¿para qué Domosławski escribió este libro? No me convence la explicación de que los lectores se merecían un retrato multidimensional del Maestro. Que tres años después de que se haya ido nos hace falta una verificación ‘oficial’ de su vida. ¿Por qué cada paso del protagonista de la biografía está sujeto a un comentario crítico y desenmascarador? Todas las dudas se resuelven en contra del reportero. ¿Por qué?”.

Me llega a la mente un aforismo del escritor, poeta y aforista polaco, S. J. Lec, referente a la soberbia humana: “Siempre habrá algunos esquimales que elaboren para los habitantes del Congo Belga unas instrucciones de la conducta en caso del calor sofocante”...

 

La cuestión de Jakub Barua

Domosławski le reprocha a Kapuściński que al criticar en uno de sus libros el guión de Jakub Barua, un polaco de raíces kenyanas, provocó, presuntamente, una avalancha de consecuencias negativas para Barua, que le impidieron triunfar en Polonia. Una empatía bastante selectiva, por cierto, ya que Domosławski careció de ella escribiendo la biografía de Kapuściński, ignorando su impacto en la manera de percibir al Maestro en el futuro.

Toda la crítica por parte de Kapuściński de la que habla el biógrafo se limitó a una frase: “Para mí, repetir la tesis de que hay muchos racistas en nuestro país no aporta nada al debate”. A continuación vino un resumen del guión del joven artista, Barua, e indicaciones de Kapuściński de las posibles direcciones que podría tomar el debate si quisiese ser innovador.

En este caso resulta especialmente difícil librarse de la impresión de lo mucho que intenta Domosławski encontrar algo para desacreditar a Kapuściński. De nuevo el discípulo da muestra de sus cambiantes expectativas hacia el Maestro: por un lado, pues, cuando Kapuściński habla con elogios de los textos sobre los que le piden su opinión, Domosławski sugiere que seguramente el escritor no valore la mayoría de ellos, le acusa de hipócrita; otras veces, sin embargo, cuando Kapuściński no pronuncia peanes, como en caso del guión de Barua, el biógrafo defiende al herido creador.

Domosławski hasta se atreve a responsabilizar al autor de El Emperador por la decisión del redactor jefe de una revista de quitar el fragmento del guión de Barua en el que éste discrepa con los conceptos que propagaba Kapuściński —sin presentar pruebas de la presunta malvada influencia y presiones, lo que lo convierte en nada más que un clamante abuso. Una decisión tomada según su propio criterio por parte de aquel redactor acerca del material publicado en la revista que dirigía, a través de una cadena de conjeturas con las que se atreve el biógrafo, siembra dudas en el lector acerca de lo ocurrido; lleva hacia la acusación a Kapuściński de silenciar a alguien de manera activa para sus propios fines, lo cual el escritor ya no podrá desmentir.

La palabra clave que describe esta biografía es: conjeturas; allí donde puede, su autor llena las páginas con conjeturas.

La respuesta a que si un periodista serio y honrado puede permitirse el manejo de semejante técnica, es más que obvia para cualquier laico.

Domosławski tanto quiere demostrar que Kapuściński es el responsable de la emigración de Barua, de destrozarle la carrera por sabotear su trabajo, que pierde el sentido de la proporción y equilibrio y sigue con las conjeturas, cuya difusión no le cuesta nada. Excepto la pérdida de la credibilidad por la parcialidad tan evidente.

El biógrafo afirma que el documental del joven director de cine, Barua, polemiza, pone en entredicho todo esto que Kapuściński propagaba durante décadas acerca de las relaciones entre los polacos y los africanos: “Nosotros, los polacos, no cargamos con la responsabilidad por el colonialismo, nunca hemos tenido colonias; nosotros mismos somos ‘los africanos’ de Europa, nuestras experiencias se parecen a las de los habitantes de tierras conquistadas”. Barua muestra hechos y sucesos de la historia polaca que, presuntamente, contradicen esta afirmación. ¿Realmente contradicen? Es sabido que Polonia tenía ambiciones coloniales, e incluso en 1937 fue mandada una expedición de reconocimiento al continente negro, a Madagascar, con este fin (un acento polaco anterior relacionado con este asunto se remonta hasta el siglo XVIII cuando Maurycy Beniowski dirigió una misión colonizadora por encargo del gobierno francés, también a Madagascar). El caso es que, en definitiva, nunca llegamos a tener colonias y ningún guión puede poner este hecho en entredicho.

Lo esencial, otra vez en esta biografía, son las proporciones. Habiendo acusado en repetidas ocasiones a Kapuściński del uso de hipérboles, de exagerar, Domosławski comete constantemente este mismo error. Porque a pesar de los casos de racismo de los que habla Barua (bien documentados, con los que no discute nadie, no les niega tampoco Kapuściński, tan sólo observa que repetirlo y remover el pasado no aporta nada nuevo), nuestros pecados polacos a cuenta del dominio sobre los africanos son, comparados con los colonialistas, inexistentes.

Los paralelismos de opresión en la historia de Polonia y la de África que utiliza Kapuściński le sirven para convencer a los africanos de lo bien que les entiende para que, a pesar de ser blanco como los colonialistas, estuviera aceptado por ellos. Es también, quizá, a través de estas similitudes de las historias, una manera de justificarse, conociendo su humildad, que un hombre de Polonia se propone a hablar en el foro mundial en nombre y en defensa de los africanos —y es escuchado.

El adelantamiento de Domosławski es aquí gigantesco: es una cadena que empieza con una frase en Lapidarium y cuyas consecuencias llegan, según el biógrafo, hasta los dirigentes de la Televisión Polaca.

¿Habrá profundizado correctamente los principios según los cuales se guían los directivos de la programación de la televisión? Muchas producciones de creadores con considerables y extraordinarios logros en su haber, encima estando en la nómina de la TVP, material realizado por ellos por encargo de la cadena, se emitieron fuera del prime time. Por lo que no sorprende que le pase lo mismo a un debutante. Es entendible que se sintió herido, menospreciado o incluso boicoteado. Pero, quizá, buscar un complot y responsabilizar de él a Kapuściński es demasiado...

Y si ya se decide el biógrafo a plantear semejante aberración, teniendo en cuenta el peso de sus posibles consecuencias, incondicionalmente debería haber sitio para el principio periodístico básico: darle voz no sólo a un creador resentido, Barua. Y ¿dónde están las demás partes? Kapuściński ya no se pronunciará, pero ¿por qué faltan las declaraciones contrastadas de los jefes de la redacción que encargaron el documental de Barua y después lo marginaron? ¿Dónde está ese “alguien del equipo dirigente que decide sobre las concesiones de fondos para las producciones televisivas” que anunció a Barua que “en Polonia ya no hará ninguna película”?

Sin esto, el valor del asunto se reduce a una queja emocional, a una confesión de una persona resentida que por supuesto tiene derecho a expresarla. Pero un periodista responsable, que cuide de la calidad de su comunicado, no tiene derecho a transmitir a los lectores una imagen parcial, carente de los demás elementos clave.

Un hombre que demuestra una falta de profesionalidad tan chocante, quizá no debería ponerse a enumerar a Kapuściński sus faltas periodísticas.

Hay algo más que llama poderosamente la atención: Barua lamenta que Kapuściński le recibía en su casa como a un amigo para posterior y repentinamente criticarlo en su libro. Se percibe la compasión por parte del biógrafo para la queja de Barua y un reproche para el comportamiento del Maestro. Resulta irónico que Domosławski se solidariza con el director, entiende que éste se siente traicionado por su amigo, teniendo en cuenta que él mismo también era recibido por Kapuściński para luego, con este fervor, criticar al que era su amigo en su libro.

Y para acabar este asunto: “La estrategia de Kapuściński de acercarles África y los africanos a los polacos...”, escribe el biógrafo. “Estrategia” no es una palabra neutral, no es libre de connotación. Sugiere manipulación, un plan meticulosamente elaborado. De nuevo sigue este rastro que sugiere que todo en la obra de “Kapu” era sometido a un objetivo de autocreación; de nuevo resuena el eco de reproche.

Mientras tanto, sucesivas generaciones emprenden viajes por África, y otros lugares, “siguiendo los pasos de Kapuściński”, con sus libros bajo el brazo, aprendiendo a respetar a los africanos como lo hacía él, intentando imitar su perspectiva de observación, su compasión y empatía por los africanos y sus problemas; hablar de ellos, darles la voz.

 

La hija

La cuestión de las relaciones de Kapuściński con su hija es otra de las obras maestras periodísticas de Domosławski, que dio aquí un paso más que con el asunto de Barua donde, aunque de manera tendenciosa y unilateral, al menos se había molestado en hablar con uno de los protagonistas de la historia. Sin embargo, analizando minuciosamente las difíciles relaciones entre Kapuściński y su hija, no había hablado de ello ni con el escritor, ni tampoco con la hija. A pesar de eso, se consideraba suficientemente documentado y autorizado para tocar este tema.

En ocasiones, entre líneas de la biografía, se puede leer el postulado de Domosławski: “No aprendáis el periodismo a base de las obras de Kapuściński”, cada vez que le acusa de confabulación, sobrepasar las fronteras de géneros, acercarse demasiado a la ficción literaria, etc. ¿No debería el mismo biógrafo sonrojarse ante esas faltas cardinales en el arte periodístico que abundan en su libro?

 

Con cariño sobre Pińsk

Domosławski no duda en sugerir que detrás de las favorables y cariñosas descripciones de Pińsk, lugar del nacimiento y la primera infancia de Kapuściński, que propagaba el reportero a pesar del ambiente hostil que reinaba entonces, se esconde el intento de manipular la realidad.

Esto es simplificar la percepción del mundo, llevarlo a la estrecha esfera de los hechos, ignorando la emocional, propia de una perspectiva de recuerdos de infancia por la que optó Kapuściński.

Nuevamente nos encontramos ante la dominante atmósfera de sospecha que intenta desplegar el biógrafo en este libro sobre las intenciones y motivaciones del reportero.

La mencionada hostilidad en Pińsk se debía, según los recortes de prensa de aquella época que cita Domosławski, a la compleja estructura étnica en la zona y los conflictos y tensiones surgidos a partir de ahí.

La imagen de Pińsk que procuraba perpetuar Kapuściński, como un sitio multicultural y abierto al mundo, era, según el biógrafo, un fundamento útil para el escritor sobre el cual levantó su imagen del traductor de culturas, que justificaba este deseado por él origen. Aspiraba a este papel y necesitaba un sostén para esta aspiración. De allí, asegura el biógrafo, este ficticio rostro de Pińsk.

Y ¿qué pasa con el apego al lugar de la infancia, los sentimientos nostálgicos y biográficamente justificados y la valoración subjetiva tras el paso de los años? ¿Y el derecho a la memoria selectiva, humana e infantil?

Apreciar el lado bueno de cada persona y de la realidad de la que formaba parte, estaban ligados indudablemente al carácter de Kapuściński; era su modo de percibir el entorno, al que miraba a través de este filtro impregnado de bondad, lo cual queda muy lejos del intento de engañar al lector. Pero el biógrafo se niega a reconocer los motivos sentimentales del escritor y elige acusarle de inventarse raíces que justificarían su prestigiosa posición de traductor de culturas, lo que le proporciona a la biografía un aire más sensacionalista.

Llamar a Kapuściński manipulador por procurar perpetuar la imagen de un sitio de manera más favorecedora que realmente pudo haber sido, resulta incalificable. Por no mencionar su condición de niño que era por aquel entonces y el carácter inocente y ameno de la percepción del mundo durante la niñez, que con el tiempo no sólo no se ajusta mejor a la realidad sino que tiende a idealizar más aun todo aquello que pasó en la infancia. La falible memoria es otro elemento que interviene en los recuerdos de los primeros años de vida.

“Veía pobreza por todas partes”, suena a otra acusación. Domosławski denomina autocreación el hecho de que el pequeño Rysio (diminutivo de Ryszard) era consciente de la pobreza que le rodeaba. Mientras que fue allí, en Pińsk, donde dio sus primeras clases de empatía, la que años más tarde le haría destacar entre los reporteros de todo el mundo; es allí donde empezó a formarse esa sensibilidad periodística de la cual hará el eje central de su trabajo, consistente en “darles la voz a los pobres”.

El biógrafo se apresuró con la conclusión de los recuerdos de la hermana de Kapuściński que primero afirma: “No éramos ricos pero no nos faltaba de nada”, para seguidamente citar otras declaraciones suyas, contradictorias a esta frase y que demuestran que Rysio no confabulaba, no dramatizaba sosteniendo que sufría pobreza en la infancia: “Me acuerdo de que todo el rato se hablaba de la comida, de que había que conseguir algo para comer o cuándo traían algo para comer. [...] A veces no había sopa para todos y mamá decía entonces que no tenía hambre”, recuerda la hermana del escritor. Entonces sí que en ocasiones les faltaban cosas básicas, sí que sufrían penuria.

En definitiva, las afirmaciones de los hermanos parecen coherentes, mientras que el comentario del biógrafo no tanto. No consiguió esta vez demostrar que el Maestro dramatizaba sin motivos, para obtener efecto literario más sugerente.

 

“El mito” del padre en Katyń

El biógrafo aborda en repetidas ocasiones el fenómeno de la memoria humana que, a pesar de toda su complejidad, trata de manera increíblemente ligera y superficial. Al parecer, Domosławski ve los misterios del funcionamiento de la memoria como una herramienta que le sirve a Kapuściński para manipular, cambiar los hechos a conciencia. Con esta hipótesis, Domosławski le negó a la perspectiva científica la razón de ser, mientras que es la única capaz de responder a muchos de los porqués planteados al Maestro por su discípulo.

Las investigaciones que demuestran el caprichoso, selectivo y también creativo carácter de la memoria humana, no son ningún secreto protegido; muchos de los fascinantes aspectos de la memoria dieron pie a sonoras películas.

Al insinuarle a Kapuściński que en su larga carrera periodística cambiaba los hechos de los sucesos conscientemente, vale la pena recordar que durante décadas desempeñaba su trabajo disponiendo de un cuaderno y un lápiz, a menudo tan sólo de su propia memoria, y no de los sofisticados dispositivos electrónicos de hoy en día. En ellos no influye el tiempo: no borrará recuerdos, no deformará imágenes, no intercambiará el orden de los sucesos, no esconderá una parte de ellos en las entrañas del cerebro.

Domosławski divaga por qué Kapuściński “le añadió a su padre un rasgo martirológico” al mantener que éste escapó del transporte de los presos a Katyń: “Lo primero que se me ocurre es que de este modo está ajustando las cuentas con una parte de su propia biografía en la que confió su corazón y su mente a la idea del comunismo. [...] Katyń es en la historia de la martirología polaca del siglo XX algo sagrado. En la dirección de Katyń resulta más difícil lanzar una piedra”.

¿Cómo no?, lo primero que se le ocurre a Domosławski, el primer guión es, qué casualidad, siempre el desfavorable para su Maestro —como le gusta llamar a Kapuściński y que “en este contexto suena algo cínico”, según observa el traductor de las obras de Kapuściński al alemán, Martin Pollack.

Pollack analiza de manera muy acertada la cuestión de la memoria infantil, tratada de modo muy superficial como tantos otros asuntos en la biografía: “Otro mito se refiere al padre que supuestamente volvía del cautiverio ruso. Se trata de los recuerdos de un niño, Ryszard tenía entonces siete años. Describe este suceso con frecuencia, siempre de manera fragmentada, y de la más sugerente en El Imperio. Es de noche. De repente alguien llama a la ventana. El pequeño Rysio se despierta, ve a su padre entrar en el cuarto, apenas le reconoce. ‘Viste una camisa de lino hasta la rodilla, amarrada con un cinturón de lienzo, calza zapatillas de esparto. De lo que está contándole a mamá entiendo que se quedó preso de los soviéticos y que les hicieron correr hacia el Este’. Durante la marcha el padre consigue escapar y volver a Pińsk.

”(Domosławski) hace preguntas a la hermana de Kapuściński, que vive en Vancouver, al respecto. Ella asegura no saber nada y afirma categóricamente: ‘Mi padre nunca estuvo preso de los soviéticos, la providencia divina cuidaba de él’. Entonces es una leyenda más, inventada a consciencia por el gran autor. [...] Sé de mi propia experiencia”, continúa Pollack, “lo falible que puede llegar a ser la memoria. En mi libro Śmierć w bunkrze. Opowieść o moim ojcu escribo sobre el entierro de mi padre que fue asesinado en 1947 en el collado Brenner y al principio enterrado allí; tras muchos años fue exhumado y trasladado a la ciudad familiar, Amstetten.

”Me acuerdo del entierro en el municipio de la baja Austria, me dieron día libre en la escuela y vine desde Salzburgo, donde vivía en un internado.

”El internado se hallaba arriba en la montaña, cerca de Mittersill, de donde salía un tren de vía estrecha a Zell am See, donde se hacía el trasbordo a un tren normal; el viaje desde la escuela hasta Amstetten duraba muchas horas. Todo mentira, todo inventado. Un año después de que se publicara el libro, un historiador de Amstetten me llamó la atención sobre que mi padre no fue enterrado, tal y como escribí, en los años cincuenta, sino el 30 de octubre de 1964 y por aquel entonces ya no iba a la escuela sino estudiaba en Viena. Desde allí a Amstetten se llega en tren en una hora.

”¡Un error terrible! ¡El entierro de mi propio padre! ¿Cómo me ha podido ocurrir? Hasta hoy en día me parece que lo tengo todo delante de mis ojos, parto desde la escuela, subo en Mittersill en un tren. En realidad no fue así. No soy capaz de explicarme este, como lo llaman, recuerdo falso y no tiene importancia si tenía 14 o 20 años porque no es ni mejor, ni peor. Es igual de horrible. Imperdonable.

”¿Sería impensable que a Kapuściński le pasara algo parecido? ¿Que el supuesto recuerdo del padre que volvía del cautiverio soviético que se formó en la infancia de las imágenes y cuentos sobrepuestos, y por los que Ryszard no volvió a preguntar nunca más?

”¿O quizá el padre participó en esta leyenda haciendo comentarios, sugerencias que Ryszard, siendo un niño, captó y guardó como su propio, presuntamente, recuerdo? Pero este tipo de interpretaciones inocentes”, concluye Pollack, “no son contempladas por Domosławski; éste prefiere insinuar motivos de naturaleza dudosa, que Kapuściński, con esta leyenda de su heroico padre, quería desviar la atención de su propio involucramiento en el sistema delictivo” (Gazeta Wyborcza, 01-03-2010).

 

El Emperador

El reportero norteamericano Mark Danner le dijo a Domosławski que le gustaría que su libro le explicara a qué experiencias se debe que Kapuściński entendía tan bien y describía como nadie los mecanismos del poder y la revolución. La lectura de la biografía con certeza le proporcionará a Danner respuestas a sus preguntas, ya que Domosławski investiga meticulosamente esta cuestión, demostrando que la realidad política de Polonia le facilitó al escritor, le enseñó cómo descifrar las entrañas de los procesos paralelos que observaba durante sus viajes periodísticos alrededor del mundo.

Y ésta es la clave para explicar otras presuntas confabulaciones periodísticas del gran reportero, las relacionadas con El Emperador.

Por un lado pues el biógrafo subraya que la fuente de esta extraordinaria intuición del reportero se origina en las experiencias polacas, que sus libros más relevantes son alegorías de Polonia de la época del régimen comunista, tratados universales sobre el poder y mecanismos revolucionarios. Alega una especie del juego al que jugaban con Kapuściński sus compañeros de la redacción cuando escribía El Emperador, publicándolo en fragmentos en el periódico para el que trabajaba por aquel entonces. Se trataba de introducir en estas entregas los elementos cogidos de la realidad polaca, esquivando la censura, por ejemplo que el emperador etíope, es decir, Edward Gierek (el secretario general del Partido Comunista), nunca leía libros.

Este dato que conoce Domosławski no le impide, sin embargo, citar a un etíope, el biógrafo de Hajle Sellasje, que sostiene que el emperador era un hombre culto y un intelectual y descarga su furia contra Kapuściński por haber divulgado semejantes mentiras sobre el dirigente del país africano. Domosławski no enlaza estos dos hechos, los deja sin seguir el rastro, con tal de dejar de nuevo en entredicho a su admirado Maestro, permite al lector que se le escape la conclusión evidente.

Me pregunto si el biógrafo le dejó también al etíope con sus convicciones, dañinas para Kapuściński, acerca de los abusos por parte de este último o si aprovechó para intentar influir en su reivindicación, explicándole los bastidores de esta obra, alegoría del poder polaco, donde se entrelazaban elementos de la realidad etíope y la polaca. Y donde la imagen de Hajle Sellasje es sobre todo un conjunto de rasgos grotescos de un modelo de dirigente-tirano. ¿Habrá aprovechado la ocasión para neutralizar esta desfavorable opinión del escritor etíope sobre Kapuściński?

 

Artur Domosławski
Artur Domosławski.

¿Lector a la altura de su escritor?

Volviendo al asunto de El Emperador y las polémicas relacionadas con la pureza de los géneros literarios y periodísticos: al parecer, la sociedad no estaba preparada para el Kapuściński-escritor y tratándole inmutablemente como a un reportero, veía en El Emperador una pieza del reporterismo clásico, en su más pura y estricta forma.

Por lo que si hoy le escandaliza a alguien que, según el autor, el perro Lulú se meaba encima de los zapatos de los dignatarios, a pesar de que en realidad no podía haberlo hecho, ¿no sería esto más bien culpa nuestra, la cuestión de un lector inmaduro y no una estafa del autor como sugiere el biógrafo?

Lo mismo ocurre en caso del magnífico El Sha al que se cuestiona como un manual de historia, un reportaje... El caso es que independientemente del estante en el que lo colocásemos, ningún libro, ni el más puro en cuanto a los indicadores genéricos, explica de manera tan elocuente los motivos de la revolución iraní.

Kapuściński decía muchas veces que no le importaba cómo se clasificaba lo que escribía. Llamaba la atención sobre el empeño, el apego del público a la rigidez de los géneros que, al fin y al cabo, según creía, estaban sometidos a una constante evolución; no entendía la necesidad obsesiva de congelar los indicadores de los géneros literarios y de seguirlos minuciosamente; ni el rechazo a aceptar los cambios y variaciones que en este oficio de escribir, como en cualquier otro de creatividad, deberían brotar.

Él mismo experimentaba como pocos, no era capaz de aceptar las limitaciones de forma, con lo que constantemente causaba problemas a su público. Porque nos sentimos más seguros cuanto menos grises que compliquen haya; cuanto más claro esté el esquema: blanco y negro. Los géneros sincrónicos, híbridos: reportaje literario, íntimo; tratado antropológico... Está bien, pero entonces ¿qué es: un reportero o un escritor? Definitivamente tiene que caber en algún cajón en concreto; mezclar no es nada bueno. Cualquier salida de la raya nos inquieta, impacta, no se sabe qué hacer con esto.

¿Cuál fue la contribución a este juego de atribuir las obras a los géneros del propio autor y cuál de los críticos y nosotros, los lectores?

Kapuściński decía que su lector ideal era el que no temía a remangarse la camisa para sudar, al duro trabajo intelectual sobre sus textos; que no evitaba el esfuerzo de reflexionar. No escribía libros que se leyesen de una sentada, lo cual asociaba con algo banal. Este tándem de escritor y lector y su esfuerzo colectivo, era, según él, el más fructífero y beneficioso.

Parece ser que aquí es donde más le hemos decepcionado: al nivel de reflexionar sobre la forma de sus libros, aferrándonos febrilmente a los caminos trillados, cuando él trazaba los nuevos. Por este motivo ¿es justo que le llamemos hoy confabulador, acusar de fabular los hechos?

 

Biografía técnicamente

Múltiples repeticiones con las que el autor procura llamar la especial atención sobre algunas cuestiones, cansan: es una medida de la que abusa. Además, son casi siempre fragmentos de carácter negativo, desfavorables para el biografiado.

Las fotografías se repiten: tres de ellas se publicaron en 2007 en Kapuściński: nie ogarniam świata (W. Bereś, K. Burnetko) y otras tres en Ryszard Kapuściński. Biografia pisarza (B. Nowacka, Z. Ziątek) de 2008.

Sorprende el abundante capítulo sobre la colaboración de los periodistas norteamericanos con la CIA: ¿por qué un norteamericano explica la naturaleza de la dependencia de la prensa de los Servicios de Inteligencia en Polonia? La respuesta llega con un dato que se halla en Agradecimientos, al final del libro: el autor expresa su gratitud hacia el Instituto Remarque de Nueva York por haberle concedido una beca en EEUU con el fin de investigar justamente estas cuestiones en la historia de la prensa americana, de lo cual este fragmento, sobrante desde mi punto de vista en la biografía, es mera consecuencia. El autor tiene un compromiso con el mencionado instituto y de este modo inoportuno, incluyendo en el libro cuestiones que no vienen a cuento, le rinde un tributo por la generosidad y la ayuda prestadas. Lo cual no me convence, no justifica la razón de ser de este fragmento en la biografía.

Es imposible y contradictorio mostrar paralelismos a través de mecanismos que funcionan en dos contextos totalmente diferentes. El fondo político y los motivos de comportamiento de los periodistas en Polonia y EEUU eran demasiado distintos.

Es irritante que el biógrafo trate maniáticamente a las hipérboles, exageraciones, agigantamientos que utilizaba Kapuściński con fines literarios, en sentido figurado, de manera textual en vez de como figuras estilísticas, retóricas. Como en el caso de los presuntos dos libros que había leído el escritor: “A nosotros, los nacidos sobre 1930 en la profunda y empobrecida provincia polaca [...] en la época de posguerra, nos caracterizaba, sobre todo, un nivel muy bajo de conocimientos, absoluta escasez de títulos leídos [...] (mis ridículas, míseras lecturas en aquellos años: publicado en 1913 Historia żółtej ciżemki de Antonina Domańska o Wspomnienia niebieskiego mundurka de Wiktor Gomulicki, publicado en 1906”.

No es un inocente error sin consecuencias por parte del biógrafo a la hora de interpretar las medidas estilísticas, porque las utiliza para acusar a su Maestro de mitologizar, de dramatismo efectista, de manipular los hechos.

 

Conclusiones finales

“Hace años escribí un libro que en la traducción polaca se titula Ojcobójca (Parricida) —me vino a la mente este título cuando leía la biografía escrita por Domosławski”, confiesa Martin Pollack. “La manera de afrontar estas cuestiones tiene algo de parricida y según parece se trata de arrojar a su padre del pedestal” (Gazeta Wyborcza, 01-03-2010).

Pollack no es el único que comparte la impresión de que Domosławski, en nada menos que casi 600 páginas (edición polaca), expuso lo que se podría calificar como el síndrome de parricida. De entre sus múltiples manifestaciones, aquí se trata de un discípulo que tras la muerte de la figura que admiraba, su maestro y guía al que debe mucho, se vuelve en su contra y despliega hostilidad hacia él.

Stefan Bratkowski, periodista, publicista y escritor, dijo sobre Domosławski que es “una hiena porque ataca a los muertos”.

Al lado de éstos y semejantes calificativos, anteriormente mencionados, este texto es apenas una voz moderada en este debate.

Resulta imposible comentar todas las cuestiones; no toco asuntos con los que estoy, por lo general, de acuerdo, como la presunta colaboración de Kapuściński con los Servicios Secretos de Polonia comunista, que el biógrafo resume: “No perjudicó a nadie y era un genio esquivándolos”.

Polemizo con la despiadada, según mi juicio, crítica que le hace el biógrafo a Kapuściński, y propongo explicaciones alternativas para algunas cuestiones controvertidas, cuya existencia ignora de manera sistemática Domosławski.

El escritor Andrzej Stasiuk sentenció: “Kapuściński era como Polonia: desgarrado, optando por compromisos, quizá asustado, quizá egoísta, pero a la vez lleno de fuerza y determinación. En contra de los tiempos que corrían y su enredamiento, hilaba su bonito e irrepetible cuento” (Gazeta Wyborcza, 02-03-2010).

Yo diría que es Domosławski quien es como Polonia: mezquino, no respetando a las autoridades, aprovechando cualquier ocasión para pelear con gusto, para meter el dedo en la llaga, buscando un complot allá donde no lo hay, sospechando de los pocos que están sonriendo —dónde si no en este país de gente sombría, donde el que sonríe a menudo irrita, inquieta, seguramente es un loco...

Toda la esencia “kapuscinskiana”, la que quieren y admiran millones de personas, tanto en la obra como en la personalidad del escritor, se ha puesto en duda en la biografía. El biógrafo cuestiona el coraje, el arte del Maestro, sospechando artimañas y estrategias incluso en su sonrisa.

La frase inicial del libro suena a acusación: “Sobre todo, lo que llama la atención es la sonrisa. Siempre la sonrisa, sonrisa por todas partes”. Pronto queda confirmada esta desagradable impresión que nos causó esa frase: “Es que cuando alguien tiene esta sonrisa para todo el mundo, no puede ser sólo amabilidad, tiene que haber algo más detrás de esto”. Para reforzar el impacto, una “vieja amiga” asegura que aquella sonrisa de Kapuściński “era una máscara que con el paso de tiempo se convirtió en su propia naturaleza”.

Durante las conferencias y encuentros con sus lectores o con estudiantes, Kapuściński mostraba una inagotable paciencia y esta cálida y amena sonrisa a cada uno de sus seguidores que formaban la interminable cola, de longitud en pocas ocasiones vista, y él con serenidad y a pesar del cansancio, charlaba con cada uno, dando las gracias por venir; levantaba la vista de los ejemplares que firmaba para, con este pequeño gesto pero tan clave, establecer un instantáneo contacto visual, mostrar su respeto a los que leían sus obras y lo mucho que le importaban; cuidar de hacerles sentir que les prestaba su atención y cariño.

En uno de los encuentros con los estudiantes de periodismo, un compañero de la facultad antes de hacer su pregunta se dirigió a Kapuściński diciendo “don Ryszard”. Por el aula se deslizó un zumbido de consternación que se podía traducir como: “Pero ¿cómo se atreve?” (en Polonia, esta forma, aunque respetuosa, es considerada demasiado familiar a la hora de dirigirse a un personaje destacado, ya que estas cuestiones se rigen por las normas muy estrictas, reglas que no admiten modos desenfadados e informales de dirigirse a la gente desconocida, mayor de edad o de la vida pública).

Kapuściński, como si no entendiera este conmoción, le mostró su total apoyo al audaz estudiante y dijo sonriendo: “Pero ¿qué es lo que pasa?, si todos aquí somos compañeros del oficio”. Como ésta, hay miles de anécdotas que atestiguan su cercanía, su gran corazón y soltura para convertir situaciones embarazosas en simpáticas, desarmando posibles tensiones o malentendidos con su sonrisa.

No era un gran orador, no llevaba en la sangre esto de hablar ante multitudes; otros lo hacían mejor, lo que él mismo confesaba sin reparo y sin ánimo de esconder sus debilidades e imperfecciones. A pesar de eso, las salas se desbordaban cada vez que aparecía ante algún público y tras la ponencia se formaban colas gigantescas —todos esperábamos lo que hacía falta para entrar en el radio de esta cariñosa y poco habitual sonrisa, un gesto cercano de un gran escritor.

Por eso mismo, resulta tan difícil hoy convencernos de que todo esto era un pose, una máscara. Y por eso las insinuaciones de que esta sonrisa formaba parte de una estrategia cuyo objetivo era seducir, sobornar a la gente con el encanto para aniquilar posibles críticas, como si fuera un fajo de billetes, despiertan un gran rechazo.

Domosławski sostiene que el que durante medio siglo nos explicaba el mundo, que no temía parecer anticuado y ridículo afirmando que un periodista ha de ser una buena persona, que sin esto no hay un buen periodismo, nos engañó, que nos dejamos estafar. Pues dentro y fuera de su país natal somos millones los “engañados”.

En la VI entrega de Lapidarium Kapuściński recuerda: “El aidos griego: el respeto mutuo como norma básica de comportamiento ante el Otro”, un principio muy noble pero que, como demuestra la biografía, a veces llega al vacío.

Y hay tantas maneras, mucho más elegantes, de conversar sobre los ausentes, los que ya se han ido. Incluso si no nos limitáramos a analizar la obra, como aconseja S. J. Lec: “Se debe desnudar a la persona sin mostrar sus trapos sucios”.

Sin embargo, en la biografía Kapuściński non fiction faltó moderación y esto es lo que más trastorna. De acuerdo con la impresión compartida por muchos, en este libro se han traspasado muchos límites; por eso, en señal de desacuerdo, los incondicionales en Polonia compran las obras de Kapuściński para igualar la venta de la biografía.

La manera de ver y describir el mundo por Domosławski discrepa enormemente con la de Kapuściński, por lo que el reto de entender y mostrar al Maestro en todas las dimensiones posibles resulta, lógicamente, inalcanzable para Domosławski.

Estas dos miradas son incompatibles, tan diferentes como por ejemplo, simplificando, dos posibles modelos de comportamiento durante un viaje periodístico cuando se está rodeado de extraños, sumergido en un entorno exótico: uno es ir con sonrisa, humildad y agradecimiento por ser aceptado, por poder acercarse, y el otro es arrogancia, soberbia con la que se “arranca” la story y vuelve triunfante a casa con el botín.

Mientras que Kapuściński solía decir: “No sé gritar, saltar a los ojos, rabiar, armar escándalo, regañar” (Ryszard Kapuściński. Biografia pisarza), a Domosławski, en cambio, le irritan los excelentes modales de Kapuściński, su educación, la falta de arrogancia, su amabilidad, humildad y saber estar y se burla de él al recordar las visitas del Maestro en la redacción cuando, a pesar de su fama e indudable posición, se aseguraba siempre con el tono de quien se disculpa si no interrumpía el trabajo, no molestaba con su presencia. Resulta preocupante que al representante de la generación más joven le molesten estas cosas; y si realmente los buenos modales, la falta de arrogancia, etc., son propios de los veteranos, una cuestión del pasado, significaría que estamos perdidos.

En el libro domina el afán por la proyección del autor de su propio sistema de valores, tan ajeno al de Kapuściński, en la interpretación de las motivaciones que inspiraban al escritor —interpretación errónea. Destaca la incapacidad de comprender cómo Kapuściński veía el mundo.

Una anécdota lo refleja de modo tan acertado como pintoresco:

“Cuentan que Mahoma, acompañado de sus seguidores, llegó a una ciudad para difundir sus enseñanzas. Se les unió un discípulo que vivía en aquella localidad. ‘Maestro, en esta ciudad te van a perseguir, calumniar y demonizar’, le dijo preocupado. ‘Los habitantes son arrogantes y no quieren aprender nada nuevo ni diferente. Sus corazones están sepultados bajo una losa de piedra’. Mahoma asintió sonriente y le respondió con serenidad: ‘Tienes razón’. Más tarde apareció otro discípulo de Mahoma que también vivía en aquella comunidad. Radiante de alegría, le dijo: ‘Maestro, en esta ciudad te van a acoger con los brazos abiertos. Los habitantes son humildes y están con muchas ganas de escucharte. Sus corazones están dispuestos a nutrirse con tu sabiduría’. Mahoma asintió sonriente y de nuevo afirmó: ‘Tienes razón’. Entonces uno de sus acompañantes le preguntó: ‘¿Cómo puede ser que les hayas dado la razón a los dos si están diciendo exactamente lo contrario?’. Y Mahoma, impasible, le contestó: ‘No vemos el mundo como es, sino como somos nosotros. Cada uno de ellos ve a los habitantes de esta ciudad según su punto de vista. ¿Por qué tendría yo que contradecirles? Uno ve lo malo y el otro ve lo bueno’ ” (Borja Vilaseca, “¿El enemigo está fuera o dentro?”, El País, 4-04-2010).

El modo del que ve el mundo Domosławski le obliga a creer que la forma de la biografía de Ryszard Kapuściński que propone nos va a enriquecer, que nos hace falta. Y no serviría de nada intentar contradecirle.

Quizás, éste es el momento para el debate sobre los límites en este género literario.

Y sobre los límites en general.