Artículos y reportajes
“Todo nada”, de Brenda Lozano
Todo nada
Brenda Lozano
Tusquets
México, 2009
Todo nada, de Brenda Lozano

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Todo nada, además de ser una novela que trata temas como el amor, la relación entre abuelo y nieta, la imagen del hombre machista, los sinsabores de la vida, la soledad, la literatura, habla en gran medida de la angustia, cuya presencia se desenvuelve a lo largo de la obra de Brenda Lozano (Ciudad de México, 1981), y es esta angustia ocasionada por una pérdida la que da pauta para que Emilia Nassar nos cuente algo, nos cuente que todo nada.

La novela de la escritora mexicana tiene una curiosa estructura; mezcla capítulos largos y luego unos cortos que a veces no sobrepasan un renglón, ni siquiera el sustantivo. Son frases, expresiones combinadas con ingenio, que en muchos casos llegan a funcionar como breves paratextos, es decir subtítulos, de los capítulos consecuentes. Éstos últimos, en su mayoría se prolongan más páginas y desglosan toda la información aglutinada en las reducidas palabras leídas con anterioridad.

Así inicia la novela, con un capítulo corto que abre la puerta al resto del contenido: “Mi angustia produce obras maestras”. Entonces, Emilia Nassar, narradora personaje, declara lo que está por venir, no tanto una obra maestra, sino el fondo de ese malestar, de los problemas que lo causan y sus consecuencias en ella y en todas las Emilias que puedan existir. No es cuestión de poner en un diván a los personajes, sino conocer sus circunstancias descritas en el texto para entender el ethos que van formando cada uno de ellos.

Emilia es una joven que se percata de que poco a poco se va quedando sola. Su abuelo gastroenterólogo, el viejo Emilio, también. Aquélla se quedó sin abuela y sin padre. Aquél sin esposa y sin hijo. Sin embargo, ambos quedan juntos, se reúnen para confrontar un carácter que los estrecha además del lazo sanguíneo. Emilia no comprende a su abuelo, no comprende muchas cosas que hace y piensa, a diferencia del viejo que cree ya entenderlo todo. Emilio Nassar se suicida y su nieta, envuelta en la angustia de no haber logrado cerrar el signo de interrogación que él representaba, se queda aun más sola y se presenta a contarnos algo, “porque quien cuenta algo ha perdido algo”, y termina la novela. Es de esta forma que el texto logra estructurarse como un interesante círculo, cuyas páginas pueden leerse contrapuestas, como si el relato iniciado en la primera página se reflejase en la última y ésta en aquélla, hasta el infinito. De manera fractal, donde dicho pesar produce algo —un enunciado, un escrito— y desdobla el porqué de su existencia: la pérdida de algo, entonces lo cuenta. Expone su pérdida y se percata de que ésta le causa angustia y la narra.

Así, la obra escrita con tinta de desconsuelo puede tomar diversos rumbos. El primero, expuesto líneas más arriba. El segundo pienso, por ejemplo, en la caracterización del abuelo y el vínculo que guarda con el título.

Emilia es quien nos describe al viejo Emilio Nassar, sin ella no podríamos conocerlo. Él es un hombre duro, misógino, enérgico, rudo, inquebrantable. Es un hombre que desde niño se impuso ante la fuerza del padre. Es un hombre inteligente y despectivo, orgulloso y decidido. Pero también es alguien que vive en una época a la que ya no se puede acostumbrar, “detesta las películas nuevas y el mundo que las produce”, se encuentra rodeado de personas y libros que ya no entiende —o no quiere entender— porque salen de su alcance. Estas situaciones son las que producen en él la angustia ya tantas veces mencionada. Un sentimiento que nace en su mente y que no puede aceptar él, que pretendía alcanzar cada meta y cada ciencia por completo. Podría decir que en este punto llega a una especie de crisis. Emilio Nassar, un hombre moderno, que no pertenece a nuestra modernidad. De esta forma, el personaje, el título y el desarrollo mismo de la novela se unen. Brenda Lozano, por medio de la voz de Emilia Nassar, nos habla(n) de un poco de todo —un todo que nada a nuestro alrededor—, de diversos temas, situaciones, libros, experiencias, que a su vez forman la gama de conocimientos que un hombre moderno de antaño pretendía saber; sí, por más paradójico que parezca. Guiados por una pasión crítica, tanto Emilio como la novela se reúnen para contarnos sus dificultades, problemas que nosotros vemos caminar por las calles.

Tras esta compleja elaboración del vetusto Nassar, poco después de la mitad del libro, Brenda nos ofrece un capítulo —el 23— que en mi modesta opinión es formidable. Escrito en presente, cada oración parece efectuarse en el momento en que lo leemos, no se siente como una historia atrapada por el pasado a punto de olvidarse, sino en una constante actualización. Nos habla del gastroenterólogo tomando una taza de café con su nieta y una plática, cuyas disertaciones tocan muchos de sus recuerdos. Emilio toma la palabra y expone su fuerza de voluntad, su libre albedrío, sus decisiones, su querer ser. Aquí, la enigmática de su suicidio y el suicidio en sí mismo se desvelan. Él dice, recordando a su padre: “Siempre quiso que hiciera su voluntad, no se daba cuenta de que no iba a ser así”. Esta manera de pensar sería la máxima que constituiría el eje de su vida, por lo tanto, no se haría el capricho de ésta —o de Dios—, sino el de Emilio Nassar. Sin embargo, el capítulo alcanza su ápice en el instante en que él, persona inquebrantable, se descubre a sí mismo como alguien frágil, como un ser con debilidades, como un padre. El ethos construido en cada capítulo es opacado a la velocidad de la luz —o de la lectura, si se prefiere— al leer las lágrimas del desdichado Emilio: “Ya sabemos que todos mueren, por obvio que suene. Emilia, mueren los abuelos, mueren los padres, mueren los amigos, ¿pero un hijo? Uno nunca está listo, es algo inimaginable”.

Con 41 capítulos, Todo nada se alza como un texto que habla de un conjunto de cosas, situaciones, conocimientos que nos atañen, de filosofías y literaturas, de realidades. Escrita en un tono muy personal —sin confundir con autobiográfico—, Brenda Lozano nos deja con una novela, una angustia y un buen sabor de boca.