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Ilustración: Kamil VojnarEl artista y el fracaso

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La decepción por la distancia entre lo deseado y lo logrado es un dolor que atraviesa la vida de cualquier ser humano, y hasta se podría llegar a decir que constituye la definición de la vida misma. Sin embargo, el que a todos nos sobrevenga en algún momento u otro, no quita que sea de la más suma importancia el grado en que a cada uno ese dolor le sobrevenga. Para quien tiene pocas ambiciones, para quien no pide de la vida mucho más que lo estrictamente necesario, el dolor fluctuará siempre dentro de la gama de lo más o menos soportable. Pero ¿qué habremos de decir en el caso de esa bestia insaciable o —para ser más idealistas— del incesante alpinista del artista, que no aspira sino a las más altas cumbres que un hombre se puede exigir: la genialidad, y con ella, la posteridad, que ve como una de las formas de la Eternidad? La medida de lo deseado determinará la medida del dolor. Y nadie sabe mejor que el alpinista lo que significa caer al suelo.

El artista se considera fracasado cuando su obra carece de público, lo cual de ninguna manera significa, si por ejemplo se trata de un escritor, que necesariamente haya escrito un libro para que fuera leído por el mayor número posible de personas. El verdadero artista —así es, con esto se está sugiriendo que también los hay falsos, ¡y cuántos!— primero compone una obra por el hecho de componer una obra, no de satisfacer a determinado público, y luego se preocupa por publicarla, es decir, por satisfacer a determinado público. La preocupación está; la diferencia reside no en su presencia o ausencia, sino en el momento de su aparición: en si está desde el comienzo, contaminando la misma elaboración de la obra, o después, como algo totalmente ajeno al proceso de creación.

Sin embargo, en lo que supone un gesto de pudor tan salubre como irrealista, sobran por ejemplo grandes y afamados escritores que se han explayado honrosamente sobre la futilidad de que esta preocupación esté en absoluto, sea delante o detrás. Frente a ellos animémonos a tener una pequeña e irrefutable objeción: han publicado. Tal es el caso, por ejemplo, de Jorge Luis Borges, que si bien repitió muchas veces lo prescindible que era publicar y cómo el escritor no se debía apurar por hacerlo, no sólo publicó su primer libro a la edad de 24 años, sino que incluso se encargó de distribuirlo de forma sorpresivamente desvergonzada para alguien tan tímido como él: deslizándolo sigilosamente en los bolsillos de los abrigos de gente vinculada a la literatura. En fin, aunque algunos primero anhelan un público y luego crean, y otros crean y luego anhelan un público, al fin y al cabo ambos anhelan un público, y al menos los últimos no tienen por qué avergonzarse de ello.

En una reunión muy bulliciosa se tiende a escuchar no al que tiene algo interesante para decir, sino al que por el volumen o tono logra hacer la presencia de su voz prevalecer por sobre todas las demás. La situación literaria actual es una reunión insólitamente bulliciosa y babélica donde la voz de un escritor se tiene que alzar de alguna manera por sobre una miríada de otras voces de escritores tan ávidos y seguros de sí mismos como él. Y desgraciadamente, el equivalente de ese volumen y tono mediante los cuales la voz se hace valer en medio de una conversación caótica, es demasiado a menudo, en el panorama literario actual, el arte comercial —con perdón del oxímoron. La razón por la cual medio planeta es en la actualidad un artista, habría que buscarla en multitud de hechos sociológicos más o menos recientes como la democracia, la emancipación de varios sectores sociales, la libertad de expresión, la accesibilidad de la cultura, etc., en los cuales no es el propósito de este artículo indagar; pero baste enunciar el fenómeno con claridad: es difícil encontrar a una persona con mediana educación que aunque sea en algún momento de su vida no haya cobijado el sueño de distinguirse en alguna rama del arte.

Es así que antes de arribar a la disyuntiva del éxito y el fracaso, que supone una evaluación de la obra en juego, la situación cultural contemporánea ha antepuesto un obstáculo precedente a soslayar: el de ser escuchado. Frente a la enormidad de este obstáculo, incluso los posteriores parecen menores. El artista ansioso de ser juzgado resulta el campesino de Kafka ante la ley: ¡Ni siquiera logra recibir un “no”! Toda la camarilla de los editores y agentes literarios de que lamentablemente todavía depende la divulgación de una obra están demasiado ocupados para dignarse a darle a ese insistente campesino, cuya espalda ya se empieza a arquear, ni siquiera un mezquino “no”.

Entonces, ante las dos formas de fracaso que se le abren: o la completa sordez e indiferencia o, como fracaso ya más logrado, la negativa, ¿cuál será la reacción del artista? Si el artista en cuestión estaba convencido de su genialidad, para que luego de años de indiferencia o rechazo de parte del mundo lo siga estando, debe ser poseedor de determinado temple con que no cualquiera es agraciado: tiene que ser o un gran genio o un gran loco o un gran tonto. Como ejemplar de la primera clase podríamos citar a Nietzsche, a quien ninguna desavenencia con el éxito mundano le impidió escribir en el ocaso de su vida —o sanidad mental— un libro dividido en capítulos titulados “¿Por qué soy tan sabio?”, “¿Por qué soy tan inteligente?”, “¿Por qué escribo libros tan buenos?”, etc. Como ejemplares de la segunda y tercera clase no podríamos citar a nadie, porque son anónimos, porque hay demasiados.

Lo más común para el resto de los artistas, más sensatos (y no necesariamente mediocres) mortales, es una extrema veleidad en su autoestima. Un día estarán más y otro menos convencidos de su talento. Y en verdad no hay nada más desconcertante que la actual arena cultural, donde uno no sabe siquiera si es juzgado o simplemente ignorado, y aun en el caso de ser juzgado, tampoco sabe según qué criterio —estético o financiero— uno lo es. Por momentos uno se rendirá ante el mundo, por momentos se querrá tácito vencedor. Por momentos de histeria amenazará (a sí mismo) con abandonarlo todo, por momentos recurrirá a estrategias defensivas como la de revestir al fracaso de un manto de romanticismo, bajo la convicción de que hay algo muy poético en no lograr objetivos, o como la de aplicar la ley del resentido: todo lo fracasado es exitoso y viceversa (concepción no menos ofuscada que la de que todo lo exitoso es exitoso y todo lo fracasado es fracasado). En fin, por momentos se avergonzará y por momentos se jactará de su fracaso.

Lo cierto es que, sea cual sea el caso, el artista serio, que no concibe la creación excluyentemente como una fuente de ingresos ni como un hobby pasajero, seguirá creando toda su vida aun sin haber publicado una sola línea, porque crear es para él un fin en sí mismo, y simplemente porque no puede no hacerlo. Y si le sirve de consuelo a su fracaso, digamos que quien tiene más derecho a la esperanza es quien sigue trabajando a pesar de haberla perdido por completo. Además hay un regalo inconmensurable otorgado sólo por la creación que ningún creador debe olvidar y que ningún honesto creador desconoce: la justificación de la vida —y, si se me permite la exageración o el sentimentalismo, ¿no equivale esto a decir la vida misma?