I
Él entra a su casa como cada noche, viene de su oficina y de haber pasado unos cuarenta y cinco minutos envuelto en el tráfico; durante todo ese tiempo escuchó uno de sus discos favoritos, fumó un par de cigarrillos, compró una bolsa de papitas fritas a un vendedor ambulante, llamó a su madre, chequeó a través de su celular el saldo en su cuenta corriente, comió las papas, y aguantó diez minutos las ganas de orinar. Ahora entra al departamento, va al baño, se cambia, come un sándwich, toma un vaso de jugo, luego sirve agua casi hasta rebosar una vieja jarra de cerveza y va hasta su cuarto, coloca el agua sobre la mesa de noche, se tira en la cama, toma el control remoto del televisor y enciende el aparato.
El hombre que de lunes a viernes pasa al menos dos horas conduciendo su automóvil, decidió hace unos seis meses no ver noticieros, ni programas de opinión, ni sobre animales, ni sobre ciencia, ni sobre arte, sólo se permite películas ya vistas. Sólo quiere la tranquilidad de lo conocido, no está interesado en tratar de entender nuevas tramas, escuchar a nuevos personajes, sorprenderse con nuevos finales, tampoco está interesado en la calidad o en el género, el único requisito es que ya lo conozca, así que vuela por los setenta y cinco canales buscando la reposición de algún film. De pronto, reconoce en una mujer con una mascarilla color morado oscuro a Julia Roberts, y se da a sí mismo el permiso de engancharse. Sabe que Julia trata de arrebatarle el novio a Cameron Díaz, sabe que el novio quiere a Julia pero siente que la mujer de su vida es Cameron, también sabe que en un punto todos cantarán en un restaurante de langostas:
In the moment I wake up
before I put on my make up
I say a little pray for you.
El hombre que ve sólo películas repetidas y que, además, tenía doce años cuando vivió su primera gran humillación al declararle su amor a una compañera del colegio y, sin saber por qué, salió corriendo, se deja llevar por la trama sin sobresaltos, y piensa que luego de la canción de Dionne Warwick lo más probable es que apague el televisor, tome un sorbo de agua y luego duerma.
II
Ella llega a su casa como cada noche, viene de su oficina y de buscar a su hijo por la guardería. Contando ambos traslados ha pasado unos cincuenta minutos en el tráfico de la ciudad, la mayor parte del tiempo lo ha invertido en tratar de controlar al niño de cinco años, primero con caricias y arrumacos, luego con juguetes y chucherías, y finalmente con un par de gritos y una larga lista de amenazas. Ahora entra al departamento, lleva al niño al baño, le quita la ropa, lo mete en la bañera, le permite unos minutos de juegos, mientras ella se quita la falda negra y la blusa de seda blanca que se compró justo después de operarse las tetas, busca el teléfono celular en la cartera, lo saca, verifica que está funcionando, observa que tiene un mensaje de su mejor amiga, lo lee: “llámame coño”, coloca el aparato sobre la mesa del comedor, luego busca la toalla de Winnie Pooh y la pijama del Hombre Araña. Envuelve al chiquillo en el paño con capucha, lo carga hasta la cama y lo viste. Enciende el televisor, no necesita pasearse por los canales, el aparato está sintonizado en el favorito de su hijo, deja al niño hipnotizado y sale a la cocina a prepararle un simple sándwich de queso. Luego de unos minutos le entrega el emparedado y un jugo de uvas, luego se sienta a su lado, los ojos de la mujer enfocan a un grupo de jóvenes disfrazados como robots de colores que al parecer luchan contra el mal; su mente evalúa la posibilidad de responder el mensaje de su amiga pero decide no hacerlo. El niño se duerme, ella le coloca una pequeña almohada debajo de la cabeza y un peluche desgastado sobre el rostro, apaga el televisor, enciende la luz de noche y sale del cuarto. Luego de recoger un poco aquí y allá va hasta el baño, se lava el rostro, se aplica un astringente y luego un humectante. Es consciente de que mira su rostro sin verse en realidad, pero no le gusta pensar en eso.
La mujer, que cuida su hijo ella sola sin ayuda de un padre, decidió hace unos meses ver sólo la programación de los canales españoles, así que toma el control remoto del televisor de su cuarto, lo enciende y se concentra en la programación de Televisora Española. Se distrae con los últimos acontecimientos en la península; con las amas de casa quejándose por el aumento del precio del marisco y de la fruta, luego, con el encuentro que han protagonizado dos funcionarios de partidos rivales, los hombres se han regalado uno al otro una copia de Utopía de Tomás Moro y un bonito y antiguo reloj de arena. La mujer no llega a entender la razón para los presentes ni el significado de cada obsequio, pero le agrada lo civilizado de la situación. Luego de un comercial de espléndidos hoteles en el Caribe, comienzan a hablar del fútbol; el Barcelona y el Sevilla se preparan para competir por una copa en Alemania o en Austria, la verdad es que la mujer no está muy segura dónde queda la ciudad de Hausruck.
La mujer que sólo ve programación española y que además tenía veinte años cuando abortó un bebé de su profesor de Contabilidad de Costos, programa el sistema de apagado del televisor para las doce y treinta, luego se arropa con una sábana ligera y duerme.
III
Hoy es sábado, el hombre que tenía doce años cuando declaró su amor por primera vez a una compañera del colegio y que además durante sus cuarenta y cinco años ha sido diagnosticado dos veces con sífilis y una vez con gonorrea, decide ir al centro comercial más popular de la ciudad. Siempre que puede, le deja saber a quien desee escuchar cuánto odia estos malls que se reproducen a velocidad de vértigo, pero hoy tiene que depositar un cheque y pagar un par de tarjetas de crédito, y siendo fin de semana, no tiene otra opción.
La mujer que tenía veinte años cuando abortó un niño de su profesor de Contabilidad de Costos y que además siente en secreto mucha envidia por su mejor amiga, que está de novia con un chico de sólo veintitrés años, sigue su rutina de los fines de semana, despertarse cuando escucha al niño rondar por la casa, darle el desayuno, tomar un café negro no muy cargado y salir cuanto antes. Quedarse no es una opción, ya que de hacerlo el chiquillo le crisparía los nervios antes del mediodía, además tiene que llevar unas cuantas prendas a la tintorería, comprar algunas cosas en la farmacia y hacer mercado. No sabe por qué pero siente antojo de comer arroz a la marinera y kiwis.
Ni el hombre que fue diagnosticado dos veces con sífilis y una vez con gonorrea y que además sintió un gran alivio cuando su esposa lo dejó y se fue a vivir con sus padres a Miami, ni la mujer que siente envidia por su mejor amiga y que además decidió tener un hijo de un hombre casado porque ya tenía treinta y cinco años, han escuchado las noticias antes de salir. Así que ninguno sabe que en los alrededores del centro comercial una multitud se congrega para manifestar en contra del gobierno. Al ver la aglomeración, ella piensa: “Qué ladilla, ¿van a seguir con la vaina?”. Él piensa: “Qué fastidio, seguro que el estacionamiento está full”.
IV
Dos carros se enfrentan en una bifurcación en el tercer nivel del estacionamiento de un mall. El hombre que sintió alivio cuando su esposa lo abandonó y se fue a vivir con sus padres a Miami y que además resiente el hecho de no haber tenido aún un hijo, y la mujer que decidió tener un hijo con un hombre casado porque ya tenía treinta y cinco años y que además le gustaría tener una nueva relación, cruzan una mirada, usan el vistazo sólo para decidir quién tiene mayor derecho a pasar primero. Resulta ser ella. Cuando el auto de la mujer pasa, él logra reconocer un gesto mecánico de agradecimiento de parte de ella y cómo el niño asoma la cabeza y con su brazo imita la señal de su madre. Él maneja su auto justo detrás y puede ver al chiquillo moviendo los brazos. Ése va cantando algo, piensa. Ella consigue un puesto y estaciona, él continúa unos metros más y consigue un espacio libre. Mientras espera el ascensor de la torre A, ella registra en su memoria el número donde aparcó el auto diciéndose por lo bajo: 39A, 39A. Él toma el ascensor de la torre B y luego de pulsar el botón del nivel donde, sabe, está la agencia bancaria a la que debe ir, piensa que no reparó dónde estacionó; mierda, bueno, por lo menos sé que era el nivel cuatro... ¿cuatro o tres?
Cuando llegan al centro comercial ambos perciben un ambiente de nerviosismo evidente, él logra apenas hacer sus transacciones antes de que un vigilante de la agencia bancaria cierre el acceso a otros usuarios, ella logra pasar por la tintorería pero en el supermercado escucha cuando uno de los empleados le dice a otro: “La cosa se está poniendo fea, parece que comenzaron a disparar”. Ella abandona el carrito lleno de víveres y sale sin nada de la tienda. Mientras camina al ascensor de la torre A, trata de explicarle a su hijo por qué deben irse y soporta apenas la molestia del niño.
La mujer que le gustaría tener una nueva relación y que además se siente sola y el hombre que resiente no haber tenido aún un hijo y que además se siente solo, se encuentran esperando el ascensor de la torre A, por un instante se miran y ambos sonríen.
La sonrisa que se ofrecen mutuamente es la expresión típica de cortesía que se comparten dos personas que se reconocen pero que jamás se han hablado. La misma que él les regala a las personas que trabajan en el mismo edificio donde se encuentra su oficina pero en otras empresas. La misma que ella les regala a las otras madres que tienen sus hijos en la misma escuela a la que asiste su hijo pero en niveles diferentes.
Él podría decir algo así como que: no es el día como para salir de la casa, ¿verdad? Ella podría decir dirigiéndose al niño: ves, hijito, mira lo que dice el señor. Él podría hablarle entonces al niño y decirle que quizás mañana sería un mejor día y que de pronto su mamá podría llevarlo al parque. Ella podría decir divertida: no le dé ideas, mire que después... Ambos reirían. Luego él diría: hace algún tiempo leí que los ingleses usan el contacto carro a carro para conocer gente. Ella quedaría en silencio, luego podría sonreír sólo un poco. Él diría algo así como que: pero un ascensor que no llega puede resultar mejor, ¿no? Y extendiendo su mano podría continuar: me llamo...
Pero él hombre que se siente solo y la mujer que se siente sola, esperan en silencio el ascensor. Él piensa: “Yo estacioné en el mismo nivel que ella”. Ella piensa: “Ese peo afuera y el ascensor que no llega”. Cuando llega el elevador, él le pregunta:
—¿A qué nivel van?
—Tres, por favor.
Cuando llegan al estacionamiento, él retiene las puertas para que ella y el niño salgan primero. Ambos dicen: hasta luego, sin verse. El hombre y la mujer que se sienten solos y que además han perdido la gran oportunidad de sus vidas sin siquiera saberlo, caminan hasta sus respectivos autos, arrancan, dejan los vidrios arriba, bajan los seguros de las puertas y jamás vuelven a verse.