En la habitación tiene un Jesucristo de cera a medias derretido, el objeto es rojo y los brazos terminan en dos muñones que tuvo que atar con una soga a la cruz de metal. En el resto de la casa tiene estampitas, la foto del Papa (no la de Juan Pablo, si no la del actual, cuyo rostro es algo siniestro), las cortinas negras. Y dos sillones donde nos sentamos a charlar, frente a la biblioteca: muchos libros de filosofía, muchos libros de Balzac, cuatro o cinco de Roland Barthes.
Hice la confección, la comunión y la confirmación, pero nunca había tenido la oportunidad de tomar un café y charlar con un cura.
Con esa idea fui a golpear puertas de algunas iglesias. El tercero de los que consulté dijo sí y me invitó a su departamento. Daniel Audoux (cambio apenas las letras del nombre por pedido del entrevistado) tiene treinta y cinco años, es alto, rubio y de grandes ojos azules. Es cura en una pequeña iglesia de las afueras de París, profesor de filosofía y según él, buen jugador de básquet.
La idea es saber cómo es la vida cotidiana de un cura: qué come, dónde lava la ropa, dónde duerme, qué siente, qué piensa.
Por eso le pedí que me deje recorrer un poco el lugar donde vive y mirar sus cosas.
Es un departamento anexo a la parroquia, el lugar es pequeño pero muy lindo. Tiene un living, una cocina, el baño y la habitación. Me deja pasar a la habitación: hay una cama de dos plazas de hierro, pintada de negro y unas mantas blancas muy lindas. Al frente de la cama está el Cristo de cera rojo y al lado un Cristo tallado en madera y barnizado, demasiado barnizado: capas gruesas de un ocre transparente le ocultan casi los ojos.
Me trae un café y empezamos a charlar:
“Soy profesor de filosofía, he elegido ser cura. Es fácil reírse de mí, porque no tengo relaciones sexuales, porque no voy a los bares, porque nunca hablo mal de los otros, porque rezo cada día. No me parece una postura muy inteligente. La gente no quiere aceptar que alguien escoja libremente una vida así. Yo elegí ser cura, no tener relaciones sexuales y pasar mucho tiempo en la iglesia. ¿No soy libre de hacerlo sin que me señalen? Soy tan libre como el artista que decide decorar un museo con cáscaras de bananas. Que cada uno haga lo que quiera. Y es un cura el que lo dice. No sé por qué un vecino podría juzgarme porque decidí ser cura. Yo he luchado mucho en mi vida y he sufrido mucho. Hice una elección. Quizás con mayor valentía que el que elige ser abogado o trabajar en un supermercado.
”Tenía quince años cuando decidí ser cura, estudié filosofía, arte, hice un doctorado sobre unos aspectos muy específicos de la Edad Media. Mientras yo estaba con mis libros, mis amigos estaban en el bar emborrachándose. Y después se reían de mí. Yo crecí en las afueras de Marsella. Cuando vuelvo y los veo, me doy cuenta de que se han convertido en Homero Simpson, pero siguen riéndose de mí. Alejan a sus hijos de mí”.
—Eso le da rabia, me imagino, pocas veces he visto a un religioso expresar sus sentimientos. Quizás ese es uno de los aspectos que aleja a los curas de la gente.
—Claro que me da rabia, pero la doctrina católica llama a perdonar, a optar por el amor antes que nada. Yo comencé a ser cura por amor a Jesucristo, me hice fan de Jesucristo como otros se hacían fan de Kurt Cobain o de John Lennon.
—Quizás uno de los “errores” de la religión católica es centrarse en lo que “se debe” y no tanto en los deseos de cada uno.
—Si tomo a mis amigos de Marsella por ejemplo: ¿qué deseos tienen ellos? ¿Se han centrado en sus deseos? Se parecen a Homero Simpson. ¿Homero Simpson se centra en sus deseos? A simple vista puede parecer que sí. Pero yo creo que en realidad se dejan arrastrar. Y se dejan arrastrar hacia abajo. No estoy hablando del pecado. Estoy hablando de que viven su vida sin demasiadas ganas, sin convenciones. Muchos me han contado que ni siquiera saben si aman a su esposa. Terminan engañando a sus parejas. Y no porque sean pecadores, sino porque viven su vida sin ninguna creencia.
—¿Nunca tiene dudas de su fe?
—Sí, muchas. Soy humano. Ser cura es un cliché. Yo no soy cura, soy Daniel. Eso puede ser un poco herético, pero es la verdad. Daniel tiene dudas, como todo el mundo. Pero ante las dudas prevalece el amor que siento por todo lo que me rodea, por todo en lo que creo profundamente.
—¿Tiene deseos sexuales?
—Usted me obliga a la sinceridad y tengo que decirle que sí. Sobre todo antes. Cuando era más joven. Por eso dejé la doctrina por dos años y me fui a vivir con una mujer. Ella quedó embarazada pero perdió el hijo. Poco después yo sentí que este era mi camino y volví. Ya sé lo que usted quiere saber, le voy a responder con toda sinceridad: sí, a veces cuando voy por la calle y veo una mujer atractiva siento deseos.
—¿Usted se masturba?
—Lo he hecho algunas veces. Pero mi mente está ocupada normalmente por otras cosas. Cuando se pasan años sin pensar en eso, la mente lo deja de lado. El deseo sexual no se acumula, se apaga.
—¿La masturbación es considerada pecado por la Iglesia?
—Depende del caso. Pero sí está considerada pecado la excitación voluntaria de los órganos genitales porque es un acto hecho sin amor y por fuera del matrimonio.
Me pasa un cuaderno de fotocopias unidas con un espiral de plástico y me muestra un párrafo: “Tanto el Magisterio de la Iglesia, de acuerdo con una tradición constante, como el sentido moral de los fieles, han afirmado sin ninguna duda que la masturbación es un acto intrínseca y gravemente desordenado. La razón principal es que el uso deliberado de la facultad sexual fuera de las relaciones conyugales normales contradice esencialmente a su finalidad, sea cual fuere el motivo que lo determine. Le falta, en efecto, la relación sexual requerida por el orden moral; aquella relación que realiza el sentido íntegro de la mutua entrega y de la procreación humana en el contexto de un amor verdadero” (CDF, decl. “Persona humana”, 9).
—¿Le parece que vivir sin tener relaciones sexuales puede tener efectos perjudiciales?
—No. Eso no está probado científicamente. En nuestro caso, todo nuestro amor está centrado en Dios.
—La pregunta es obligada: ¿qué opina de la gran cantidad de casos de abusos a menores por parte de los curas?
—Esos curas tienen que ser condenados por la Iglesia y por la justicia. Muchas veces siento, si salgo vestido con mi hábito, que la gente me mira mal, y sé que tiene que ver con eso. Es muy injusto, hay miles de curas en el mundo que no son proxenetas. Es como si se encontraran dos médicos proxenetas y la gente empezara a odiar a todos los médicos del mundo.
—En realidad son más que dos casos...
—Sí, pero de todas maneras es injusto que se generalice y que se hable solamente de eso cuando hay miles de curas que le hacen mucho bien a la sociedad. Que son personas correctas, buenas y humildes.
—¿Cuál es la posición de la Iglesia Católica con respecto a las relaciones homosexuales?
—En un principio las consideraba pecaminosas: porque son relaciones que no se hacen con el fin de la procreación. Pero ahora que toda la sociedad se está abriendo con respecto a ese tema también lo está haciendo la Iglesia.
—¿Y cuál es su opinión personal?
—No creo que la homosexualidad sea un pecado ni una enfermedad. Conozco muchas parejas homosexuales y sé que su amor es sincero. Ninguna religión puede condenar eso.
—¿Cómo es un día cotidiano en su vida?
—Yo trabajo como profesor de filosofía en una escuela religiosa. Cuando me levanto voy al gimnasio, después tomo una ducha, preparo las clases, estudio, leo, almuerzo y voy a la escuela. Los sábados juego al básquet. Leo mucho y eso toma muchas horas. Tengo un día muy ocupado, tanto que duermo sólo seis horas.
Además, es buen cocinero: después del café trae un fondant au chocolat delicioso. Quedamos para jugar al básquet juntos el sábado.