Juro que no he puesto ningún peso adicional en el portafolios. Debe ser el calor, entonces. Seguro. En el portafolios no hay más que remitos y facturas. Y algún cheque. Remitos y facturas de Berta Sociedad Anónima. Debe ser el calor, nomás. Purificadores Berta, un modo de purificar la vida. Habrá que entrar en este bar, Uruguay y Viamonte, las tres de la tarde, pleno enero. Enero y febrero son malos para la venta. Y para la cobranza. Rogelio siempre lo dice. Rogelio Berta se lleva una mano a la frente y dice: “Buenos Aires en verano es como un cadáver, Uriarte. Nadie compra, nadie paga”.
Habrá que elegir una mesa cerca de una ventana, desajustarse el nudo de la corbata, parar los motores. El mozo está cansado, tiene calor, se nota. Viene con paso corto, desganado. Le pido una gaseosa, pero enseguida me arrepiento. “Mejor, un agua mineral, sin gas”, digo. El hombre no contesta. Es alto. Y morocho. A pesar de los dos grandes ventiladores funcionando al máximo, uno tiene la sensación de que todo va a derretirse en cualquier momento. Es el calor, aunque uno sabe que no es solamente el calor, que hay otra cosa.
Pienso en mi vida. Mal momento para ponerse patético. El portafolios ahí, con sus facturas pendientes. Cinco clientes faltan todavía, cinco clientes para terminar la tarde: tres en el Centro, uno en Vicente López, el último en Núñez; clientes que a lo mejor están de vacaciones, que a lo mejor no pagan; clientes a los cuales hay que sonreír y tratar muy bien antes del inevitable abordaje, antes del “venía por esta facturita”. Hay que decir “facturita” para minimizar la cosa, para quitarle importancia. El portafolios ahí, al lado, sobre la silla, con su peso muerto, con su tonelada de facturas blancas y de remitos verdes. Pienso en mi vida. Hace demasiado calor y los ventiladores no alcanzan. Pienso en Mirta. Ella no tendría que haberse casado con un cobrador de Berta Sociedad Anónima. Un cobrador no está para grandes empresas. La cosa tiene su gracia, después de todo. Rogelio siempre explica que Berta es una gran empresa. Siento que algo no encaja, que algo está mal. Yo no estoy para grandes empresas, soy un cobrador. Berta es una gran empresa. Algo falla. Algo he perdido, hace mucho, no sé dónde; y no sé qué es. Mirta me quiere, ella sostiene que es feliz. Pero yo sé que no tendría que haberse casado con un cobrador; tendría que haberse casado con un médico, con un ingeniero agrónomo, con alguien que hubiese podido darle hijos. Con un cobrador, no.
Ahora llega el mozo. Coloca la botella de agua mineral sobre la cerámica de la mesa. Después, el vaso. Bajo el cenicerito de lata amarilla pone el ticket. Sin decir nada, se va. El cenicerito tiene manchas negras; todo tiene manchas negras. Me sirvo un poco de agua. Es agua límpida, pura. Agua pura. Un modo de purificar la vida. La vida. Mi vida. Mal momento para ponerse patético. Mi vida. Borges. “¿Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue..?”. Mirta. El cenicero. Las manchas. El calor. Las facturas blancas y los remitos verdes. Los hijos. Mirta.
En el bar no hay mucha gente. Unas pocas personas desperdigadas, sufriendo la temperatura, combatiéndola con líquidos casi congelados. Enero. Las tres de la tarde. Un hombre en una mesa, a mi derecha, toma café. Un loco. Café. El pavimento de la calle Uruguay, un caldo negro, hirviente. Pocos coches, feria judicial. Enero. “Buenos Aires en verano es como un cadáver, Uriarte”. Acá a la vuelta, en Viamonte, la AFA. Ahí lo vi una vez al Beto Alonso. Recién empezaba en Ríver. Un pibe, el Beto. Alonso. Alonso es un jugador de fútbol. Alonso no es un cobrador de Berta Sociedad Anónima. Alonso no anda por las calles con un portafolios lleno de facturas ni escucha atentamente las sesudas reflexiones de Rogelio, ni ve cómo Mirta va destiñéndose despacio, año a año un poquito más, frente a la pila de camisas para planchar. Alonso no sabe, ni tiene por qué saber, que Mirta es la mujer más buena del mundo, que Mirta merece vivir de otra manera, con algo que le permita levantarse a la mañana de un modo más feliz. Alonso no sabe y yo tampoco, yo tampoco sé. Porque todos aquellos pedazos de realidad no son ciertos, porque yo también soy un jugador de fútbol, pero no ya el que se mete en algún picadito con los muchachos, el sábado, en el club. Yo soy Julio Rafael Uriarte, el “Puma” Uriarte, el diez de Ríver. Mirta es mi mujer, por supuesto. Vivimos en una casa enorme, en San Isidro. No, en San Isidro no. En La Lucila, mejor. La Lucila. Dos plantas, ladrillo a la vista, techos de pizarra negra; atrás, un gran parque con pileta, donde nuestros hijos juegan todo el día. Y nunca, juro que nunca, he entrado a una casa de artículos para el hogar con una factura en la mano.
“¡U-riar-te..! ¡U-riar-te..!”. Ahora la hinchada de Ríver ocupa toda la bandeja alta de la tribuna Sívori, en el estadio Monumental. Hay que decir que no estamos en enero, que estamos en setiembre, y que la temperatura es perfecta. Hoy, Ríver y Boca, final del campeonato. “¡U-riar-te..! ¡U-riar-te..!”. El túnel. Voy por el túnel hacia arriba. Los tapones de los botines hacen un ruido seco al subir la escalera de cemento. Clack... clack... clack... Llevo el número diez en la espalda. Me persigno. Tengo veinte años. Ocupo el lugar que una vez fue de Norberto Alonso. Soy el “Puma” Uriarte. Zurdo, aunque le pego con las dos piernas. Veinte años. Aparezco en la cancha. “¡U-riar-te..! ¡U-riar-te..!”. Una promesa grande de nuestro fútbol, dice la tapa de El Gráfico. Mirta y los chicos me esperan en casa. Dos plantas, ladrillo a la vista, techos de pizarra negra. Los purificadores de cocina Berta no existen.
Sin darme cuenta, he bebido toda el agua mineral. Me saco el saco y lo acomodo sobre el respaldo de la silla. “Me saco el saco, me pongo el pongo”. Chiste de Rogelio. Lo dice seguido, lo dice siempre como si lo dijera por primera vez, lo dice como si fuera gracioso. Llamo al mozo. Está acodado en la barra, transpirado, aburrido. Le señalo la botellita vacía y le indico con un gesto que traiga otra. Hay una mosca que se empecina en recorrer la cuerina del portafolios. Va y viene, va y viene. La miro sin odio. La mosca no sabe. Los remitos, las facturas, la mosca no sabe. Faltan cinco clientes: tres en el Centro, uno en Vicente López, el último en Núñez. Núñez. El Monumental de Núñez. La cancha de Ríver. Soy el “Puma” Uriarte. Ríver-Boca, la gran final. Ahora estoy haciendo “jueguito” en el círculo central. Me sacan fotos. El árbitro llama a los capitanes. Las tribunas deliran: “¡U-riar-te..! ¡U-riar-te..!”. Los fotógrafos van a ocupar sus lugares, detrás de los arcos. La hora de la verdad. Setiembre. No hace calor, no hace nada de calor. El árbitro revolea la moneda. La moneda gira y gira en el aire, no termina de caer. Queda allí suspendida. Magia. La botella es de color verde y el plac sobre la cerámica me trae de nuevo al bar. Otro plac, cuando el mozo deja el segundo ticket bajo el cenicerito de lata amarilla. Me sirvo agua. La bebo a sorbos cortos. La botella es verde. “No gasificada”, dice la etiqueta. Quinientos centímetros cúbicos de agua pura. Medio litro. El calor. Se derrite el mundo. Se derriten Uruguay y Viamonte. La esquina de Uruguay y Viamonte. La esquina. El tiro desde la esquina. El córner. El Monumental. Ríver y Boca. El arquero de Boca, que acaba de sacar la pelota al córner. Las tribunas, que no paran de gritar mi nombre. En la platea San Martín hay una bandera enorme, roja y blanca. Tendrá treinta o cuarenta metros de largo. En el medio hay un corazón. “El Puma”, dice en letras negras. “¡U-riar-te..! ¡U-riar-te..!”. La pelota está ubicada al lado del banderín del córner. Va a venir el centro. Un compañero le pega con el pie izquierdo. Le pega seco, abajo, elevándola. La pelota viene en comba hacia adentro. Va a caer justo en el punto del penal, donde estoy parado. Todo se frena de golpe, todo ocurre en cámara lenta. La pelota en el aire, dos grandotes con la camiseta de Boca que van a encerrarme, que van a tratar de impedir mi cabezazo. La pelota comienza a caer, suave. “¡U-riar-te..! ¡U-riar-te..!”. Me agazapo. Despacio. Y enseguida me elevo. Los grandotes se elevan también, custodiándome. Subo. Subo. Subo. “¡U-riar-te..! ¡U-riar-te..!”. La pelota cae justa. Cabeceo. Le doy con el centro de la frente y le cambio la dirección. Va hacia el arco. El arquero despega sus pies del suelo. Vuela. Lentamente. Es un tipo alto, que ahora vuela. Se estira al máximo: estira el brazo, la mano, las puntas de los dedos, pero la pelota lo supera. Apenas, pero lo supera. Va a meterse por el ángulo superior. La mano aparece desde algún lado. Es una mano pequeña, morena, sucia. Lleva una caja verde, con aspirinas. La pelota va a entrar. Estoy a medio segundo de la gloria. Va a ser gol. El gol del campeonato. El gol de mi vida. La mano con la caja de aspirinas me arrastra, desarma el arco, las tribunas, la euforia. La mano deja la caja sobre la mesa, al lado de la botella de agua. No quiero volver al bar, quiero ver cómo la pelota toca la red, quiero abrazarme con mis compañeros. La mano no me deja. El dueño de la mano dice algo. No le entiendo ni tengo ganas de entenderle. Hace calor de golpe. Enero. Uruguay y Viamonte. El portafolios. Cinco clientes. Un modo de purificar la vida.
La mano ha quedado allí, apoyada sobre la mesa, esperando. Ahora se mueve, acompañando lo que dice su dueño. El dueño es un chico. Cinco, seis años, remera azul, muy gastada, en letras grandes la palabra “winner”. Terrible. “Winner”. El pelo del chico empapado en transpiración, una gotita bailoteándole sobre la frente. No sé qué es lo que quiere. Señala la cajita. Le digo que no con la cabeza. El pibe insiste. Sonrío forzadamente. “Dele”, dice el pibe. Dele. Dele. Dale. Dale Ríver. Dale “Puma”. Tengo que volver a la cancha. Repito el gesto con la cabeza. El calor es intolerable. “Dele, cómpreme”. El chico conoce su trabajo. Pone cara triste, agarra la cajita y golpea rítmicamente con ella sobre la cerámica de la mesa, mirando el suelo. Ahora no, tengo asuntos pendientes, sabés: una pelota, un arco, un gol. El chico golpea. Tic... tic... tic... “Dele”.
Viene el mozo; viene derecho al pibe. Va a echarlo. Winner me mira. Juega su carta final. “Es para comida”, dice. Ya tiene encima al mozo, que lo agarra de un brazo. “Déjelo”, digo yo. Debo poner cara fea en serio porque el hombre lo suelta enseguida. Después trata de justificarse, explicando que el pibe viene todos los días. “Son una plaga”, agrega. “A mí no me molesta”, comento en un tono más suave. Pero el mozo prepara un contraataque, así que me adelanto. “¿Tenés hambre?”, le pregunto al chico.
El chico no contesta. Mira el piso, la caja de aspirinas, otra vez el piso. Ahora dice que sí con la cabeza. Hago un rápido arqueo de caja. Un arqueo mental. Bien. Un sándwich y una gaseosa, alcanza. Se cruza la imagen del arquero en el aire. Arqueo-arquero, obvio. La imagen está congelada, la pelota todavía no entró. Aparto la escena, la borro. El arquero no existe, la pelota no existe, el “Puma” no existe. Lista urgente de las cosas que sí existen: Berta Sociedad Anónima, el calor, el cenicero de lata amarilla, el portafolios, el mozo, este pibe, la inscripción “winner”.
“Un pebete de jamón y queso. Y una cocacola”, le pido al mozo. El hombre quiere decir algo, pero decide no hacerlo; gira y va hacia el mostrador. Le pregunto al chico por qué no se sienta. Winner. No me vendría nada mal una remera así. El “Puma” no existe. Yo ya sabía, ya sabía que al final el “Puma” no iba a existir.
Ahora que estoy definitivamente instalado en el bar y que la realidad es este peso muerto en las espaldas, no puedo dejar de pensar en mi vida. Mi vida sin goles. Mi vida. La que pudo haber sido y no fue. Borges. Rogelio Berta se asombró una tarde, cuando le conté que leía a Borges. Como si ser un cobrador invalidara ciertas zonas de universo. Rogelio Berta se asombró. Como si Rogelio Berta hubiese leído alguna vez a Borges.
El pibe me mira. Tiene ojos grandes. No parece muy cómodo, acá sentado, conmigo. Le pregunto cómo se llama. “Oscar”, me contesta en voz muy baja. Oscar. Muy bien, Oscar. Mal pronunciado y es como en Hollywood. El Oscar... And the winner is... Winner. Oscar. Oscar no es un winner, definitivamente. Por otros motivos, o tal vez, en el fondo, por los mismos, yo, Julio Rafael Uriarte, tampoco. El mozo coloca el plato sobre la mesa; después, la botella de gaseosa. El chico no saca los ojos del plato. El mozo levanta el cenicerito y deja el tercer ticket. Oscar no se mueve. “Y dale, comé”, le indico. El pibe atrapa el sándwich con las dos manos y se lo lleva a la boca. Come con furia. Una dentellada tras otra. Furia. Este pibe tiene furia. Le sirvo un poco de gaseosa. “Despacio, che. Te vas a atragantar. Tomá algo de líquido”, digo. Y lo que digo me suena tan estúpido, tan descolocado, que siento vergüenza. Le pregunto dónde vive, por salir del paso. “Por ahí”, contesta él. Intuyo que “por ahí” debe ser cualquier sitio. Oscar come. Y verlo comer da miedo. Este pibe tiene furia.
“¿Y la escuela? ¿No vas a la escuela?”. La frase sale de mi boca sin que mi mente haya tomado previa intervención. Sospecho que acabo de rendir la última materia de “El Idiota Perfecto”. Oscar niega con la cabeza, por supuesto. Enciendo un cigarrillo. Aspiro una bocanada profunda. Bien. Largo el humo y después juego con la brasa, apoyándola sobre las manchas del cenicero. Descubro que estoy tratando de taparlas o de quemarlas. El chico habla poco, pero lentamente va entrando en confianza. Le sirvo más gaseosa. Los últimos restos de pebete desaparecen como en un acto de magia. Oscar toma líquido con desesperación. Me mira. No dice nada. No sé qué hacer. Segundo arqueo de caja. Algo de plata queda. “¿Querés otro sándwich?”. El chico asiente. “Otro”, le digo al mozo señalando el plato vacío. El hombre hace un gesto que prefiero no descifrar. Oscar se ríe. Se ríe por primera vez. Adivino que hemos ganado algo, alguna guerra, no sé dónde ni contra quién. Por no quedarme sin hacer nada, le guiño un ojo. Nos reímos los dos, entonces.
Oscar reacomoda su silla y de pronto surge el tema de la familia. Vaya uno a saber por qué, le cuento al pibe que soy casado, que mi mujer se llama Mirta y que es muy buena. Él escucha con atención. Me pregunta si tengo hijos. Le digo que no. Me pregunta por qué. Llega el segundo pebete, pero esta vez él no espera: se zambulle en el sándwich. Vuelve la furia. Vuelven las dentelladas certeras, implacables. Cada mordisco duele acá adentro. Siento culpa, no sé de qué. Con la boca llena, Oscar me pregunta de nuevo por qué no tengo hijos. Hago un gesto idiota y me quedo callado. Miro uno de los ventiladores, tira aire caliente.
Ahora habla el chico. Habla y come, todo junto. Confirmo algunas cosas previsibles: no tiene familia, su única familia es Norby, “un chico grande, como de doce”, que es quien consigue las aspirinas para Oscar y para los otros. Porque son varios. Se encuentran todos los días en Plaza Lavalle. Norby se queda con la plata al final de la tarde. A veces les da algo. Norby es bueno, pero hay que llevarle la plata; si no, se enoja. Y es mejor que Norby no se enoje. Norby tiene otros amigos, más grandes, pero Oscar no los conoce. Escucho algo sobre bolsas de plástico y sobre pegamento. No quiero escuchar.
Aplasto el cigarrillo contra el cenicero. Las manchas siguen ahí. Vuelve la mosca. La Mosca II. Vuelve obsesionada. Va y viene, traquetea la cuerina negra como si adentro del portafolios hubiese un destino. Un destino. Mirta necesita un destino; Mirta necesita algo más que una pila de camisas para planchar, las tortas de chocolate, la telenovela de las cinco. Mirta necesita un destino. Yo también necesito un destino.
Veo que el segundo pebete de jamón y queso ya es casi un recuerdo. Se ha volatilizado sin que me diera cuenta. Cinco clientes. Cinco, que podrían ser tres si paso Vicente López y Núñez para mañana. Dos colectivos de ida, dos colectivos de vuelta. Cuatro boletos. Mañana. Hoy casi casi está sobrando plata, entonces. Pienso en la palabra “flan”. La veo. Estoy viendo la palabra, rodeada de crema. Consulto la pizarra de precios. Justo, justito. “¿Querés un flan con crema?”, pregunto después. Oscar dice que sí. Llamo al mozo y hago el pedido. El mozo está en retiro efectivo: no hace gestos ni dice nada, se limita a levantar el plato y las botellas vacías. El pibe sonríe. Ganamos. Ahora ya es seguro. Ganamos. Winners.
“¿Te gusta el fútbol, Oscar?”. Oscar asiente. El fútbol. El “Puma”. ¿Dónde estará el “Puma”? “¿Dónde estará mi vida..?”. “Hoy juegan Ríver y Boca”, indica Oscar. “En Mar del Plata, por la Copa de Verano”, le confirmo. “¿De qué cuadro sos?”, agrego, con la íntima esperanza de que el pibe conteste “De Ríver”. “De Ríver”, contesta el pibe.
Algo ha comenzado a funcionar, cierto mecanismo, cierto engranaje. No por el fútbol, claro. Viene de antes. Pero lo siento recién ahora. Algo en alguna parte, dentro o fuera de mí, no sé bien. Y Oscar tiene que ver con el asunto.
“Lo dan por la tele”, me explica. “Sí”, digo. “¿Lo vas a ver?”. El chico hace una mueca. Dice que no sabe; que cree que sí, pero que no sabe. Se me ocurren algunas preguntas, todas inútiles. Sobre la mesa aparece el flan con crema. Enorme. Una fiesta. Oscar se relame. Levanta la cuchara, la hunde en el flan. Ahora come despacio, saboreando el bocado. La furia perdió poder. Muy bien. Miro el reloj. Pego un golpecito en la mesa e insulto en voz baja. Tres clientes en el centro. Se está haciendo tarde. Llamo al mozo. Ya que acabo de postergar Vicente López y Núñez quiero llegar temprano a casa, quiero estar con Mirta lo antes posible. Se está haciendo tarde. Oscar tiene crema en la punta de la nariz. Me río. Miro el portafolios: la mosca ya no está. Pienso que afuera el calor debe ser terrible. Llega el mozo y suma los tickets. Le doy la plata justa. El hombre rompe los tickets y se va sin hablar. Bien. Oscar consagra su existencia al flan y a la crema. En la remera azul, sobre la ere de “winner”, resbala una gota de caramelo. Me levanto y me pongo el saco. El chico me mira. Si yo supiera qué decir...
“Mirá, pibe, la vida... la vida vale la pena. Yo sé que no todos tienen oportunidad, que no es fácil. Yo sé. Pero la vida es linda. Y es lo único que nos sirve, sabés; el único paraíso. Hay que sacarle el jugo, hay que aprovechar, te das cuenta. Vos a veces pensarás... yo me imagino que vos a veces pensarás que todo es muy negro, que todo es muy triste. Pero te digo que no, que no es así, que para nada es así. Y que hay que sentirse contento de estar vivo, pibe”.
Basura. Un asco. Oscar merece más respeto. ¿Cómo se le pone un punto a una situación así?
“Bueno, Oscar, tengo que irme”, digo por fin. Oscar traga un último resto de flan y se levanta de un salto. “¿Vos andás siempre por acá?”, pregunto desde el exacto núcleo de mi oligofrenia. “Nos vemos, entonces”, agrego, estrechándole la mano. Vamos yendo hacia afuera. Los dos. Abro la puerta del bar y salimos. Los dos. De repente, la calle: enero, una bocina, el calor partiendo las veredas, el portafolios pesando como nunca. La calle. Oscar queda ahí parado, en medio del sol, una mano a modo de visera para poder mirarme. La mano de Oscar sigue siendo pequeña, morena, sucia. “Chau”, le digo. “Voy a venir seguido a este boliche, así que a lo mejor nos encontramos de nuevo”. Oscar no dice nada. No se mueve. Me mira. “Chau”, repito. Doy media vuelta, camino unos pasos y giro otra vez. “Seguí siendo hincha de Ríver, eh!”, le grito. Ahora sí, tomo definitivamente la calle Uruguay en dirección a Corrientes. No necesito comprobarlo: sé que Oscar sigue ahí, protegiéndose del sol con una mano sobre la frente, mirándome.
En Lavalle voy a doblar a la derecha. Cuatro cuadras. “Kate Hogar”. Una casa grande, buen cliente. ¿Cobraré? Camino rápido. ¿Por qué todo tan de golpe? Despedida urgente. El portafolios pesa, la conciencia pesa. Todo muy de golpe, demasiada urgencia. Oscar ya ha quedado atrás, Oscar ya no existe. Dos pebetes y un flan con crema hacen milagros. La vida sigue. “Kate Hogar”, factura gorda, buena plata. La vida sigue. Dos pebetes y un flan con crema aplacan cualquier furia. ¿La aplacan? La aplazan. La vida sigue. Camino rápido. Escapo, estoy escapando. ¿De qué? Yo sé bien de qué. Una vergüenza, me escapo. El portafolios pesa, la conciencia pesa.
Bueno, está bien. ¿Qué otra cosa podía haberse hecho, eh? ¿Iba a llevármelo a casa? A casa no sé, pero por lo menos no dejarlo ahí. Todo tan de golpe. ¿Así que ahora voy a hacerme cargo de los males de este mundo? Fenómeno, es bueno saberlo, así uno se prepara. No, no, ¿qué mundo? Oscar, yo, a lo mejor también Mirta. Mirta. ¿Qué hubiera hecho ella en mi lugar? No sé, no sé. De cualquier manera, ya es tarde, ya es muy tarde. Uno tiene los reflejos empastados, eso pasa. Y ahora ya es tarde. Exacto. Calma, calma. Calma, aunque uno sienta que es la última mierda puesta por Dios sobre la tierra.
Camino rápido. Un nudo en la boca del estómago. Debe ser el calor. Llego a la esquina de Tucumán. Viene un colectivo. Ahí, los Tribunales. Un par de confiterías, negocios, lotería y quiniela, monitores y teclados, calculadoras, un quiosco. Cruzo la calle. Camino. La vereda. Baldosas amarillentas, desparejas. Desacelero. Ando más despacio. Unos cuantos pasos. Voy a volver; sigo caminando pero sé que voy a volver. Ya se me ocurrirá qué decirle al pibe, pero tengo que encontrarlo. Doy vuelta. Allá, Oscar. Del otro lado de la calle, Oscar; Oscar a veinte metros, metiéndose de golpe en una farmacia. No quiere que yo lo vea. Voy a buscarlo. La calle Tucumán. Un auto toca la bocina. Me apuro. Corro. Oscar se ve descubierto. No tiene más remedio que salir del negocio. Me acerco, me agacho en mitad de la vereda, quedo a su altura. “¿Me parece a mí, o me estabas siguiendo?”. El pibe no dice nada. Le pongo una mano sobre la cabeza. “¿Por qué me seguías, eh?”. Oscar no contesta. Clava la vista en el piso. ¿Y ahora qué? Se me ocurre algo. Y se lo digo. “¿Te gustaría que esta noche viéramos juntos el partido?”. El pibe no hace gestos ni articula sonido, pero yo me entusiasmo. Le cuento entonces que tengo trabajo por delante, pero que no importa, que voy a dejarlo para otro día; le cuento que vamos a ir a mi casa, que voy a presentarle a Mirta, que Mirta hace unas tortas de chocolate que son fantásticas, y que siempre hay un par de porciones en algún lugar de la heladera; y le cuento que más tarde, a la noche, después de una flor de pizza de muzzarella, vamos a sentarnos en el living, frente al televisor, para ver cómo Ríver le mete cinco goles a Boca. “Cinco”, repito mostrándole la mano abierta.
“No puedo”, dice Oscar. Le pregunto por qué. Él señala con un dedo hacia Plaza Lavalle. “Norby”, explica. Me incorporo. Se quejan algunas articulaciones, estoy poniéndome viejo. Lo agarro a Oscar de un hombro, caminamos por Tucumán hacia Talcahuano. “Por eso no te preocupes. Mañana o pasado venimos y le explicamos”. Pero Oscar no está convencido. “Norby se va a enojar”, dice. Sonrío. “Vos no te hagás problema. Yo vengo y le explico. Vas a ver que no se enoja”. Oscar camina a mi lado. No habla. Camina. “¿Y tienen crema las tortas?”, pregunta después.
El sol pega fuerte. Pienso en Mirta. ¿Qué dirá de todo esto? Si la conozco como creo que la conozco, Mirta, después de la sorpresa y el acomodamiento, va a guiñarme un ojo. El portafolios pesa menos. Nos vamos acercando a la reja del subterráneo. Purificadores Berta, un modo de purificar la vida. Debe ser cierto, pero hay otros modos. Seguro que hay otros modos. La boca del subte está ahí, frente a nosotros. Bajamos las escaleras. Oscar me agarra la mano y yo me sorprendo un poco. Este chico está acostumbrado a la calle, no necesita un seguro para bajar simples escalones. Aferro su mano con fuerza. “¿Cinco goles?”, pregunta él. “Cinco. Ya vas a ver”, afirmo.
La boletería. Los molinetes. Oscar quiere colarse. Lo detengo. Meto una mano en el bolsillo y le muestro dos tarjetas. Coloco una en la ranura y pasa él; coloco la segunda y paso yo. Las escaleras mecánicas. Vamos bajando hacia la plataforma. El calor es aquí todavía más intenso. El ruido empieza despacio, lejos. Vamos bajando. El ruido es más fuerte. Un subte va a entrar en el andén indicado con el cartel “Trenes a Congreso de Tucumán”. Es el nuestro, nuestro subte. Ahora corremos. “¡Que no se escape!”. El ruido es una estampida, un volcán en erupción. “¡U-riar-te..! ¡U-riar-te..!”. El subte; se trata del subte frenando en la estación Tribunales. “¡U-riar-te..! ¡U-riar-te..!”. Los durmientes crujiendo por el paso del tren, las ruedas sobre los rieles, los sonidos lógicos en una plataforma subterránea. Y sin embargo, Uriarte. “¡U-riar-te..! ¡U-riar-te..!”.
Pienso que hay muchas formas de hacer goles; pienso que hay muchas formas de ser el “Puma”. El tren se detiene. Despacio. Oscar y yo esperamos. Las puertas se abren con un chistido largo. Sale gente. Por segunda vez él me agarra la mano. Nos miramos a los ojos. Oscar sonríe. Yo también sonrío. Winner. “Cinco goles”, le digo. Subimos al vagón. Nos vamos a casa.