Es la fiesta de los muertos. Toda una tradición en México. Pero también representa un largo, complejo e intrincado proceso de sucesivas fusiones de diversas tradiciones. Las dos principales: la de los “otros” que siempre han dominado, pero que no necesariamente han sido los mismos. Y la de los otros “otros”, los sujetados que también no siempre han sido los mismos. En el devenir histórico los dos “otros”, se han enriquecido, fragmentado, excluido, suprimido, y recreado mutuamente en quién sabe cuántos órdenes y en qué medida. Llego a la comunidad. El calor es sofocante. En el camino saludo a algunos conocidos. Hay una gran movilización en el pueblo. Prácticamente todos los habitantes se encuentran preparando la fiesta o haciendo rituales. Aspiro profundamente, huele a vegetación, y al perfume de las flores para muerto. Me siento transportado a un tiempo pretérito donde prevalece la magia y donde la divinidad está en todas partes y momentos. Esta fiesta es, sin duda, una de las celebraciones de mayor complejidad para el culto a los antepasados que haya en América Latina.
Veo mi casa. Me da un vuelco el corazón. Me dirijo a ella. Abro la puerta. El golpe del aroma del altar me sacude. Es un aroma compuesto por la combustión de las velas de cera de abeja, las flores de muerto, flores de mano de león, alcohol de caña de azúcar que llaman refino, cigarros consumiéndose, pan y diversos platillos como mole rojo y tamales. Veo a mi padre con su piel remojada por los años de vivir aquí. Un balde de alegría me empapa, me llega a las venas. Papá está de espaldas. Lo saludo efusivamente. Voltea a verme con una sonrisa que me ilumina el corazón. Pero su sonrisa se evapora tan pronto me mira con precisión.
—¿Qué haces aquí? Ya ni los muertos se aparecen así —me dice con amargura en nuestra lengua madre.
—Vengo a visitarte —le digo en español.
—No vengas como siempre vienes. Estás más muerto que ellos —me dice mientras mira las fotografías de los difuntos que ha habido en nuestra familia—, y habla en nuestra lengua —me ordena.
—Tengo mucho trabajo, no puedo venir de otra manera —le digo en nuestra lengua.
—Ya te comieron todo allá. No se puede hacer cosa alguna por ti —me dice con tristeza. Luego me pregunta:—. ¿Cuándo vas a traer a los niños? Pero tráelos de verdad, no como tú vienes. Todavía se puede hacer algo por ellos.
Ya no contesto. Sólo escucho los regaños de mi padre. Mi padre es profesor de tradición local en el pueblo desde hace veinte años. Está especializado en religiosidad y medicina tradicional. Se encarga de formar a los niños de la comunidad en relación a los papeles que deben desempeñar durante su vida en el sistema de cargos en la localidad. También tiene bajo su responsabilidad la selección y formación de especialistas en medicina tradicional: curanderos y parteras. Igual participa en el consejo de sabios de la localidad para diseñar, operar y evaluar proyectos de desarrollo sustentable en nuestro pueblo.
Siempre que vengo, papá me dice que soy parte del engranaje de la maquinaria de la economía global. Me recrimina haber salido del pueblo y de su cultura. Él dice que históricamente los programas sociales para “enriquecer” las distintas culturas que hay en nuestro país, son en realidad estrategias para diluir nuestra cultura y subsumirnos al mercado. Según él, soy un ejemplo de ello. Lo soy porque decidí aprovechar los beneficios del Estado para mi formación científica. Lo soy porque me he ocupado de desarrollar ciencia y tecnología en relación a las comunicaciones, y que eso, según las ideas de mi padre, de ninguna manera ha contribuido a que mejore la calidad humana de cualquiera de los habitantes de la tierra.
Después de escuchar los argumentos de mi padre, me digo que no tiene sentido permanecer más tiempo aquí. Me despido de papá. Él me ignora. Continúa en la celebración de los fieles difuntos. Voy cerrando los sistemas. Veo a mi padre y al mismo tiempo el lugar saturado de tecnología en donde estoy. Me quito las interfaces que tengo conectadas al cuerpo. Dejo de percibir los aromas, la temperatura, los colores, las formas que hay en la localidad, menos la añoranza de abrazar a mi padre. Regreso aquí. Trato de ver lo que hay a mi alrededor con otros ojos. Veo las máquinas. Pienso en su prácticamente ilimitada capacidad para imitar la realidad, pero su ineficiencia para estar con mi padre. Pienso en que las máquinas que he diseñado hacen que nos proyectemos en otros espacios en tiempo real y que percibamos la gravedad, la temperatura, los olores, la presión atmosférica, en fin, todo lo que el cuerpo humano puede percibir, pero en verdad nunca estaremos allí.
Prácticamente en todas las ciudades importantes del mundo está replicado un lugar como en el que estoy. Está disminuyendo el uso de transportes convencionales, y con ello los daños a los ecosistemas. Pero la interacción humana no es la misma. A veces creo que este tipo de comunicación es análoga a la comida que sirven en los restaurantes de comida rápida que igual están replicados en casi todo el mundo: insípida y dañina para la salud. Reflexiono con cierta tristeza que he llevado a la más alta sofisticación el engaño, y el abuso de esta tecnología puede llevar a otros daños, pero en lo humano. Pienso que quizá papá tenga razón, quizá sea hora de regresar, en verdad, a la comunidad.