Letras
El árbol, la roca, la serpentina sierpe

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Gracias por responder, Ana; le quise quitar a mi mensaje todo lo negativo sobre él.

Al volver del parque, compramos dos cervezas y se las quiso tomar solo en el patio trasero del taller mecánico donde hasta ese día trabajó; “quiero pensar”, dijo, y lo entiendo, porque está por empezar un nuevo trabajillo. Yo me subí al carro, hablé por el móvil con mi hija un minuto y, al echarle una mirada a él, sentado bajo un arbolito, decidí acompañarle un rato.

Lo encontré taciturno, sentado imperturbable, como sabiendo que yo iba a acudir a su “llamado”. Ha ocurrido antes esta escena de La balandra Isabel llegó esta tarde (¿no has visto la película del argentino?), pero tuvo una variante: me senté callada sobre una roca, un poco detrás de su espalda y él apenas se volvía a verme, las manos le colgaban; ahí sin hablar estábamos; le digo que si me da un traguito de cerveza y se vuelve con una mueca mordida y me hace un ademán, con dos manazas callosas como una caricia, de sacar un gran botellón de la mochila. ¿Qué tomaremos?, le pregunto. “Vino tinto español”, dice con sorna, y me pasa una sutil botella de cerveza de un litro. “No, gracias”. Y muy seria.

Sólo reaccionó a una frase que comencé con algo sobre sus tíos, “¡No te metas con mi familia!” me saltó. ¡Oh amor intenso, etílico, ojos de gavilán, cuerpo de león!

Al irme hizo un comentario vulgar sobre lo que no quise hacer con él (“¿Cuándo será que me..?”, fue lo que lanzó al aire). Lo sentí siniestro; será que sigue creyendo en eso de si adquirir poderes, o que está fumando mota, o está desesperado, simplemente. Me dijo que la mujer de su amigo el ocultista lo dejó y se llevó a los niños; le dije que una mujer puede seguir queriendo a un hombre pero a la vez aburrirse de él y vivir tranquila (¿lo crees, Ana?)

“Me gustan demasiado las mujeres”, había dicho una vez, “me gustan todas las mujeres”. “Y tú”, le dije ahora, “tú les gustas a todas las mujeres, a todas ésas que llegan al taller con sus carros europeos” (sonríe con los labios pegados), “y eres parecido a tus tíos”. “¿A qué tíos?”, me pregunta. “A esos dos tíos que estaban locos por todo ese mujerero, adictos a ellas, a ésos que terminaron suicidándose”. Ahí fue que saltó con lo de “no te metas con mi familia” y me miró amenazador. Recordé nuestro último encuentro, lo alterado que estaba, lo remoto que se puso y cómo me fui rauda por entre los matorrales, la luna me pisaba casi llena, sin que hiciéramos nada, y cómo le dije “tú me quieres hacer daño, le quieres hacer daño más que a mi cuerpo a mi ánima”. Y no respondió ni se movió, ni parpadeó, ni jadeó, ni dejó de mediosonreír con sus labios apretados, esa línea que mi lengua bífida conoce. Así quedó él mientras me vestía sin secarme, mientras el carro me llevaba y nos separábamos.

Anoche, sentí que mi espíritu había resistido al suyo o al que le posee. Le deseé suerte en su nuevo trabajo. No dijo nada. Al voltearme lo vi; era un árbol blanco bajo la luna estátil, no tenía expresión, estaba “ido”. Y yo estaba perdida sin Adán, sin Edén.

“Adán” significa “tomado de la tierra”, sabes, en arameo o algún lenguaje antiguo.

Según lo acordado entre mi esposo y yo, tras la vuelta a la convivencia, ya no hay secretos. Le dije: “ÉL me está llamando y necesitamos hablar ÉL y yo”. ÉL volvió a encontrar trabajo, mejor que los de antes (otro trabajucho, Anita, pero es lo que ÉL puede) y cerca del apartamento de su novia, donde vive con ella, donde deambula pensativo, con necesidad de compartir todo esto conmigo. No hicimos nada, ni un beso nos dimos (me rozó una nalga pero, si no hace eso, es que se le cae la mano), aunque estábamos en nuestro parque.

Claro que no era conveniente vernos, pero hace un año que no estábamos juntos y “solos” ojo a ojo. Casi no habla (aunque te rías diciéndome “tu mecánico”); tiene un agua helada y empozada en el alma. Yo veo en las personas almas y las veo cada vez más claramente, es algo que me está empezando a pasar. No es que a él no lo desee vorazmente y hace años, al que es “carne de mi carne” como dice la Biblia, sino que al empezar a ver su alma, todo lo demás va perdiendo corporeidad y volviéndose más y más tenue, desde su pelo hasta su voz consustancial, el dorso portentoso en que me entretejo, su perfil cetrero, el terroso pene, sus manos de sierpe, la espalda inmensa que recorro. Me lo quiero tragar.

Mi editora, dama viajera, me dice que echan de menos mi presencia en la oficina, que vuelva, que lo deje (¿a ÉL?, ¡ya quisiera ella dejar a uno así!), que me suelte de su garra.

Clavado en mi alma, siento su amor como sangre que ya no corre sin cauce, inundándome. El perdón que siento es mayor cuanto más insensato le veo; recuerdo mi insensatez.

O más bien recuerdo mis batallas perdidas y ya no sé contra quién las libré allá en Edén.

Le da rabia que yo sonría con los labios pegados; me pregunta si recuerdo nuestro pasado y aún le quiero, y si lo he perdonado, y si quiero irme con él al hotel; y ahí van en orden:



sí, pero no lo voy a hacer.

“¿Entonces por qué sonríes?”. Porque tengo del todo mi pasado; recuerdo cómo te amé, que fui auténtica, fui entera, fui valientemente hacia ti, integrando el presente en un pasado que llegué a poseer de modo pleno, integrándome en alma y cuerpo a ti. ¡Escúchame, ÉL!

El cuerpo tiene recuerdos, el vientre recuerda, los labios recuerdan, los párpados, las fosas nasales, las del sexo, las puntas de los dedos. Y te dicen “gracias”. Con toda el alma.

Le dije esto porque no podía haberle dicho “no triunfa de mí tu tiranía... pues te labra prisión mi fantasía”. Porque, Ana, él no ha leído a sor Juana Inés de la Cruz ni la leerá, y porque, a decir verdad, una cervecita y ya mi piel se dejaba caer sobre la roca bajo el árbol.

Que contiene una fantasía contenta con amor decente

Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes, satisfecho,
de que triunfa de mí tu tiranía:
que aunque dejas hurtado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

[para Ana Gato Allende, amiga inolvidable de una vez lejana]