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Proust y Joyce

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James Joyce y Marcel Proust

En muchas ocasiones me pregunté hasta dónde la vida es contraria a la literatura, pero gracias a algún comentario de Andrés Rivera, supe de una opinión de Cesare Pavese: “La literatura moderna se escribe en primera persona”. Así, esta inquietud quedó atrás. Es verdad que este artículo podría haberse titulado “La génesis misma o la razón fundamental de la corriente de la conciencia”, por ejemplo, pero el cometido de este ensayo es el de expresar el origen de una idea demasiado trascendente en la literatura como para obviarla, pues rebasa a estos dos: fieles y prodigios expositores... Igualmente, desde el consenso actual, ambos se han ganado su lugar, profesaron algo único en el campo de la novela: la infinitud de la conciencia o, por decirlo de otra manera: la inexistencia de lo inconsciente. En lo respectivo a esta frase, sendos prefijos de estos sustantivos significan negar la negación. En los trabajos de los dos subyace la expansión de la conciencia, en negar la negación que, por regla lógica, resulta lo positivo, verdadero y real. Tal vez éstas son el rico fruto que sus obras producen aun hoy. Mi intuición me indica que la literatura de Joyce y Proust, en un sentido implícito y jamás declarado de modo manifiesto, y a partir de negar la negación, encuentra un lugar vacante en la historia de las letras. Dicha operación llevó a afirmar la existencia de algo tal vez más expreso y menos rebuscado que ese tópico inventado por el psicoanálisis: la mera vida interna aunque con una tendencia a ser, prácticamente, infinita: eso al menos, nos enseñan el Ulises y En busca del tiempo perdido.

Para bien o para mal, Marcel Proust fue pariente político de Henri Bergson, ¿puede suponerse que la obra del autor de La evolución creadora haya influido en En busca del tiempo perdido? Claro que sí. Es más: una de las premisas filosóficas de su pensamiento era “que todo era susceptible de conciencia”. Lo que Joyce y Proust reproducen en sus novelas no es sino esa conciencia con un alcance superlativo, por no decir, infinita. La vida de los personajes surge siempre tan rica en detalles y tan puntillosamente narrada que uno cree estar leyendo vidas verdaderas y reales. La filosofía de Bergson posee mucha incidencia en todo esto, pues la literatura tanto de Proust como de Joyce es torrencial en el sentido de cada mínimo sentimiento figurado en sus respectivas obras, porque, ¿hasta qué punto son vivencias meramente pasadas? ¿Hasta qué punto deja de ser muchos recuerdos si se habla de una consciencia omnisciente, si después de todo, ésta se ríe del tiempo y de las categorías del tiempo? Lo cierto es que tal experiencia infinita se asemeja a lo que alguien dijo una vez: El individuo es una sucesión de individuos; ningún hombre es una isla sino un regimiento de consciencias recordándolo y mostrándolo todo; un fenómeno que aglomera el presente con el pasado, con solución de continuidad. La literatura a la que nos referimos nos recuerda a personajes que actúan desde la memoria y la palabra, desde un pasado: el soplo divino de cada accionar, desde la voz que si bien narra su presente, es movilizada por el pasado: desde allí podemos pensar —por ejemplo— que esa memoria es móvil, y llega hasta nosotros para actuar en el mundo; y por el contrario, podríamos pensar también que tal memoria es inactiva: nosotros somos parte de ella y vivimos en el sentido de Bergson, en el pasado. Pero además recordemos dos premisas de Walter Benjamin: “El ego es un texto: hay que descifrarlo” o bien: “El ego es un proyecto, hay que construirlo”, el tipo de literatura propuesta por ambos, parece sujeta a las superficies más profundas y laberínticas del yo, y a su vez, nos enseña de la Duración. Y como bien dice en Adolfo Vásquez Rocca en su Proust y Deleuze; los signos y el tiempo recobrado:

El tiempo al que alude Proust es el tiempo vivido, con todas las digresiones y saltos del recuerdo, por lo que la novela alcanza una estructura laberíntica. El estilo de Proust se adapta perfectamente a la intención de la obra: también la prosa es morosa, prolija en detalles, profusa en sobre-interpretaciones y obsesiva en sus descripciones.

Podemos entender, además, que se trata de la construcción del ego del narrador, su bautismo de fuego en medio de esa otra manera de vida que para el mismo Proust consistía en la literatura: la pluralidad de los mundos así como la pluralidad de los libros, libros todos en calidad de mundos posibles, por siempre anteriores a lo concreto, de allí la necesidad de evocarlos.

Se trata finalmente de la versión literaria de una exégesis filosófica, que nos alecciona de una conciencia que podemos figurárnosla como perenne y móvil y que nos es tan familiar y extraña debido a sus más mínimos detalles expuestos, y a sus más refinados recuerdos. Adhiero por otra parte al ensayo de Justin Beplate en su “Joyce, Bergson, and the memory of words”: en donde se refiere a esa memoria compacta que se hace eco de las frases recibidas desde un pasado literario y personal. Yo al menos, a estos calificativos, y recordando los libros de la increíble Jamaica Kincaid, le añado las características de ancestral y hereditario, los imbricados lazos de la sangre, bregando desde el pasado hacerse presente, consolidarse como tales. Por eso en las novelas de Proust, como en la de tantos otros, la vida personal del propio autor se imbrica en su propia obra. Lo vivido por el autor se convierte en parte de la creación, una manera de crear y recrear su vida. Así lo real y el arte se fusionan y se expanden hasta aglutinarse, y convertirse en lo mismo. Literatura y vida interna, a veces, son una sola cosa.