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Ai WeiweiUn crujido de pipas

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Entre los paralelepípedos de su particular laberinto, meditando en su bosque de bambú cercano a la ciudad de Pekín, probablemente Ai Weiwei haya coincidido con el maestro Borges en que al igual que existen senderos que se bifurcan sobre un jardín de mundos o de tiempos paralelos, una simple pipa de girasol puede muy bien contener el universo —ése que tal vez el artista recrea o sueña o, al menos, una parte de su sentido o significado. Pero Ai Weiwei no es hombre que medite ante una pipa como Hamlet frente a la calavera; cien millones de pipas, cien, alfombran los espacios sobre el suelo pulido de la Tate Modern de Londres, pipas que ceden bajo los pies levantando un polvillo que dicen que es nocivo para la salud y que por ello la interacción ha sido prohibida... Se puede mirar pero no pasear sobre las semillas que no son de girasol sino de porcelana, pintadas una a una por 1.600 artesanos con paciencia de chinos que no han necesitado guardarlas, celosamente sepultadas, bajo el monte Li... Ahí están, con su carga inocente y subversiva sin fruto dentro —¿o sí?—, como estuches que resguardan otro valor simbólico o simplemente conceptual. El montaje ha llamado la atención de todo el mundo, incluyéndome a mí tan acostumbrada a caminar por libre. Fascina ese montón de pipas de Tántalo que no puedes llevarte a la boca como en los cines de verano de la infancia y que ya están adquiriendo coleccionistas por bastante más de su valor real... Ellas lo valen. Hasta mayo podremos disfrutar de esa casi tonelada de exquisitez de orfebre pero a lo grande, y de paso recordar las fotos transgresoras de este autor paseándose con el dedo corazón apuntando al vacío en el cerrado puño, por la Plaza de Tiananmen, en Berlín o en París o ante la mismísima Casa Blanca. Crujen las pipas bajo los pies desnudos. La individualidad de una pisada se yergue fugitiva sobre la uniformidad. Quizás en ese detalle radique todo el íntimo sentido de esta instalación, testimonio velado de una manifiesta rebeldía.

La imaginación consolida esta apariencia, por otra parte tangible, bajo la cual late algo más profundo o más allá de su propio significado que, al mismo tiempo que cede un espacio al servicio del espectador que desea contemplar la obra sin planteamientos metafísicos, abre en paralelo otra dimensión más sutil y secreta que el subconsciente o la memoria se empeñan en proteger. Una infancia marcada por la injusticia que su padre, el poeta Ai Qing sobre todo, su familia y él mismo, sufrieron bajo el régimen de Mao Zedong, dice mucho del compromiso de este artista, de su actitud desafiante ante el poder y sus estructuras, o de sus acciones y manifiestos que algunos han criticado duramente.

Porque, ¿qué nos propone Ai WeiWei al margen del arte-artificio presente en la instalación?

Coexisten aquí diversas realidades complementarias que se superponen sin estorbarse. Frente a esta trama compleja, revestida de aparente simplicidad, hallamos, por una parte, el valor del oficio, la conciencia de lo bien acabado, parecido y distinto, mediante los dedos de tantos laboriosos artesanos de infinita paciencia que han ido conformando la realidad de la China actual, el trabajo minucioso, bien ejecutado también como semilla o garantía de futuro. Luego imaginamos otra clase de simbología, la de una gloria efímera que yace desparramada sobre el suelo. El resto que ha quedado de aquellos girasoles que eran representados inclinándose ante el viento de Mao, reproducidos en los carteles como aureola del icono de turno que el poder fagocita. Luego tenemos la inteligencia de la mirada que se acerca hacia la evocación de lo sencillo y de lo necesario que esos frutos aún representan, y, por último, el tributo al recuerdo que acecha en el temblor de los silencios, de aquel niño que miraba a su padre, un gran poeta, desterrado y obligado a limpiar letrinas mientras consumía esas pipas humildes como alimento y como distracción ante tanta injusticia, ante tanta penuria, ante tanto dolor amordazado.

Pisamos con el pensamiento estos enigmas del alfombrado suelo sobre el ritual de las semillas obsesivamente repetidas como si se tratara de las auspiciatorias frases de algún mantra budista. Gestos en la saturación de un espacio marcado donde dejar la huella que nos mueve o conmueve. Escritura y sonido, una construcción sonora donde auscultar los rastros de senderos borrados, como una imaginada geografía que articula la propia realidad hecha de tránsito y también de incertidumbre. Sabemos que este artista a menudo es hiriente, duramente sardónico, pero ante esta obra pensamos que su centro gravitatorio es la humanidad, y el amor. Ai Weiwei, que es capaz de crear arquitecturas con la forma de un nido: imagen de cobijo, de huida y de regreso, de vuelo en libertad, sostiene en estas pipas las señales de una vuelta al origen de lo amado, reminiscencias o presentimientos, y al fondo, las manos que construyen, la mente que rescata, la mirada que sueña...