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Ramón del Valle-InclánLuces de Bohemia: el espejo de una generación

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Grande fue la labor literaria de Valle-Inclán, cosa que le ha hecho merecedor, con otras justas distinciones, de padre de la literatura española contemporánea. Entre tanta febril producción cabe destacarse, empero, un título que repercutiría sobre la dramaturgia española de dos tercios del siglo XX, hasta nuestros días: Luces de Bohemia.

Influenciado por la escuela simbolista francesa y por uno de los padres del decadentismo europeo, Gabrielle D’Annunzio, Valle-Inclán aporta en ella una visión periférica de una España que se halla en sus días más tristes, careciente del poderío colonial que antaño la encumbró. Para ello creará un subgénero expreso para describir las diferentes clases sociales del momento, el esperpento:

“(...) Mi estética actual es transformar con matemática de espejo cóncavo las normas clásicas (...)”.

Ramón del Valle-Inclán.

Simpatizante del PCE y descontento con la política española de finales del XIX y principios del XX, lo que se tradujo en una máxima del carácter revisionista que marcaría a los integrantes de la Generación del 98, de la que fue miembro fundador; su novela Ruedo ibérico (al tiempo, preámbulo del esperpento) se revelaría como una burla de las instituciones y la política española del momento, lo que llegaría a su máximo esplendor con Luces de Bohemia (1920), un excelente retrato de la sociedad madrileña de la época. La cosificación de los humanos (elemento que veríamos acentuado decenios más tarde en el entorno cinematográfico felliniano) se establece con escenas muy realistas, donde los diálogos sobre política y literatura equilibran el peso de unos personajes que se muestran como meros comparsas de una sociedad en declive, sujeta a fuertes cambios y con numerosas diferencias de clases que empiezan a atisbarse en el sino de un contexto humano que se describe con términos de objetividad periodística.

El actor Carlos Lemos interpreta a Max Estrella en una representación de “Luces de Bohemia”. Fotografía: Wikimedia Commons
El actor Carlos Lemos interpreta a Max Estrella en una representación de Luces de Bohemia. Fotografía: Wikimedia Commons.

A diferencia de la comedia de enredo, este nuevo concepto dramático aparecido con el gallego exhibe, con toda una serie de personajes cliché abanderados por el poeta Max Estrella, prototipo del bohemio de principios del XX, las diferentes capas sociales dentro de un tono humorístico-satírico, que bien podría tener sus similitudes con las escenografías del Siglo de Oro (tales como Gran teatro del mundo, de Calderón de la Barca). Sin embargo, a esos nuevos próceres de la literatura moderna (Maeztu, Baroja, Inclán...) les era imposible de hallar argumentos para su poética, cuento, novelas y ensayos en la exaltación de pasadas glorias nacionales y la inclusión del estulto lenguaje naturalista, o becqueriano, en sus nuevas aportaciones dentro del panorama literario hispano. En un período donde el narcisismo se resquebrajaba, perdiendo toda su esencia, a favor de un lenguaje menos epicúreo y de mayor calado social, convergían en una búsqueda de nuevas fórmulas para concienciar al ciudadano de la época y, así mismo, desarbolarle del mundo de fantasía al que, antes, vivió sometido. Y sería de la mano de una nueva corriente literaria-social, el modernismo, que el artista de este mundo nuevo (en el que el trabajador se alzaba firme contra su patrón y la burguesía empezaba a desbancar a la nobleza en poder y posición) usaba toda la munición que estaba al alcance de su mano para acometer contra unos y otros en pos de un deseo de versar acerca de los problemas sociales del momento, en antítesis del carácter medievalista, o clásico, propio de los románticos. El “bon sauvage” como versión idílica del hombre romántico se transformaba en objetividad, racionalismo y pensamiento liberal, que, históricamente, podríamos decir que podría remontarnos a la primera mitad del XIX, oscura etapa social y literaria en la que hombres de la talla de Larra o Jovellanos nos enseñaron que el ensayo y el artículo ayudaban a la masa a encontrar las bases en las que se cimenta la sociedad. Y es que toda crisis trasunta un análisis del pasado, un “retorno al principio”, como reza una de las obras de Nietzsche. Asimismo, el personaje de Zaratustra, clara parodia del vitalismo en esta pieza teatral de Valle-Inclán, arguye (en la Escena segunda) una comparación entre el cristianismo y el marxismo (designando a este último, metafóricamente, con un símil: “los de izquierda”); describiendo, a lo largo de la obra, una vastedad de conceptos que constituyen un retrato perfecto de la época de entreguerras, y mayormente, en un contexto social muy particular (como se percibe, claramente, en la Escena sexta, cuando el preso critica a la industria, y al pequeño burgués barcelonés. Claro está que la Madrid de la época es una ciudad de provincia, descuidada, fangosa y estéril, económicamente, comparada con otras urbes). De ahí que el protagonista principal de la obra, Max Estrella, escritor venido a menos, como poeta no tenga lugar en la nueva sociedad que se avecina:

“(...) Ante el mostrador, los tres visitantes, reunidos como tres pájaros en una rama, ilusionados y tristes, vierten sus penas en un coloquio de motivos literarios. Divagan ajenos al tropel de polizontes, al viva del pelón, al gañido del perro, y al comentario apesadumbrado del fantoche que los explota. Eran intelectuales sin dos pesetas (...)”.

Luces de Bohemia, Escena II.

Una crítica cínica, en versión críptica, apoyada en la figura de un poeta ciego que recorre las calles de un Madrid post-imperial. Caído en desgracia, protagonista principal, Max, incapaz de realizarse en fantasía, y ante la irrealización del sueño romántico, contemplando ya la existencia desde una perspectiva materialista, la que —de algún modo— vibra en el ambiente, se reivindica (la obra) como una oda a la modernidad. Suicidarse, acción de dudoso honor pero muy propia dentro de la concepción romántica de ver el mundo, no es una opción, es un engaño. Lo propio ya es enfrentarse a la cruda realidad, con las manos desnudas, cosa que requiere un aparatoso choque de fuerzas, articulándose en versión farsa en la Escena novena, donde el mismo Rubén Darío aparece en una tertulia en un café con los espejos rotos, hecho que llegará a la paradoja más absoluta cuando en la Escena catorceava el Marqués y el mismo Darío, en el entierro del mismo Max, entablan un diálogo “catónico” en el que restallan dudas acerca del modernismo y el romanticismo, sin saber del todo dónde empieza uno y acaba el otro. Un verdadero espejo deforme de la realidad de una época, que muy bien podríamos considerar como el preámbulo de un concepto más nuevo al que llamamos deconstructivismo. Sin lugar a dudas un estilo (el esperpento) llevado a la práctica hasta nuestros días, diversificado en formas dispares aunque análogas, de las que descubrimos sus semblanzas con obras posteriores a Inclán como En la ardiente oscuridad (1946), de Antonio Buero Vallejo; Tres sombreros de copa (1952), de Miguel Mihura, y Fiestas gordas del vino y el tocino (1975), de Miguel Romero Esteo, pasando por ciertas obras propias del “independiente” hasta nuestros días.

 

Bibliografía

  • Brichs Papiol, Ángel; “Un cine ‘diferente’ ”. En: Literatura del Mañana.
    —; “Una lírica neomoderna”. En: revista Letras, Tu Revista Literaria, Nº 30, página 67, 2011.
  • Díaz Plaja, Guillermo; Introducción al estudio del romanticismo español (4ª edición), Espasa Calpe, 1972.
  • Buero Vallejo, Antonio; En la ardiente oscuridad (17ª edición), Espasa Calpe, 1997.
  • Valle-Inclán, Ramón del; Luces de Bohemia (11ª edición), Espasa Calpe, 1980.