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Fulgencio Carranza

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No sé por qué no me hizo caso. Se lo advertí infinidad de veces. Pero no; tenía que dejarse llevar por sus impulsos, por la influencia de sus amigos. Es cierto que no somos una familia acaudalada, pero tenemos un hogar estable; los niños están en un buen colegio, nos damos ciertos lujos que no cualquiera tiene. Cuando lo hizo la primera vez yo casi estuve de acuerdo, es cierto. Pero fue porque en ese entonces estábamos pasando un momento crítico: su sueldo ya no nos alcanzaba para nada y nuestras relaciones se habían tornado muy tirantes; varias veces pensé en la separación definitiva; y si no lo hice, fue sólo por ellos, por los niños. Sea lo que sea, no tenemos derecho de arrastrar a los hijos por los caminos tortuosos; al fin y al cabo ellos no pidieron nacer y uno tiene que aceptar la responsabilidad de tenerlos y de guiarlos para que sean algo en la vida. Afortunadamente la primera vez todo salió bien y nuestra situación económica se alivió bastante. Por eso yo le decía que era suficiente, que no reincidiera. Pero él insistió. No comprendo por qué; porque ya estábamos liberados de ese agobio económico tremendo que nos estaba asfixiando.

Si yo le hubiera hecho caso no estaría aquí; claro que no. Pero se siente tan bonito satisfacer a la familia, darle todo lo que necesita, comida, educación, ciertos lujos. Pero ella tenía razón: no siempre las cosas salen bien. La primera vez tuvimos mucha suerte; todo salió como lo planeamos. Ah, qué satisfacción; pasamos una muy buena temporada. Dicen que el dinero no lo hace todo, pero yo creo que hace bastante. Casi salvó la inestabilidad de mi hogar. Es cierto que el amor es importante, pero no es menos cierto que el dinero ayuda a la estabilidad de la vida. Lo malo es hacerlo una vez; es como cuando un niño prueba un dulce: después quiere otro. Además, es muy difícil decirles que no a los compañeros: lo primero que piensan es que uno tiene miedo. Pero bueno, hecho está. Tengo que salir de aquí a como dé lugar. Yo creo que Eva estará bien; afortunadamente tiene la compañía de Guayo. En estas circunstancias es cuando se conoce a los amigos y yo sé que su amistad es muy grande. Él tiene que ayudarla a dar las vueltas, a ver a los niños. Lo que necesito es un buen abogado; realmente no tienen pruebas de nada y yo voy a salir de aquí.

Ahora sí que metió la pata éste. No sé cómo se le ocurrió meterse con esos tipos; con sólo verles la cara se sabe qué clase de personas son. Especialmente el bajito ese: en la mirada se le nota su instinto retorcido. Pero yo voy a acompañar a Eva; jamás podría dejarla sola. Es una buena mujer. Y los niños son tan agradables; me quieren mucho: casi como si yo fuera su tío. Realmente lo soy; aquél siempre ha sido como un hermano para mí. Claro que siempre lamenté no haber conocido antes a Eva; pero no puedo negar que hacen una buena pareja. Vamos a conseguir un abogado, Eva, y lo vamos a sacar de ahí, ya verás. Por de pronto tenemos que ir a verlo; le llevaremos ropa, comida, y sus útiles de aseo. Es importante que no se sienta solo para que su fortaleza no se venga al suelo. No hay nada peor que estar privado de la libertad. Y los niños deben irlo a ver también; se sentirá mejor así. Vamos inmediatamente, Guayo, quiero verlo. Quiero que sepa que es lo más importante para nosotros. Claro que no voy a hacerle ningún reproche; necesita de aliento. También deben saber esos policías que no está solo, que tiene una mujer que va a luchar por él, que tiene amigos y que tendrá un buen abogado para su defensa. Pasemos a comprar comida, llevémosle ropa, vamos Guayo, ayúdame con los niños.

Qué tristeza la que siento; qué soledad tan grande. ¿Es que Eva no sabe que estoy aquí? ¿Y Guayo? ¿Qué pasa con él? Sabía de nuestra tentativa y me ofreció estar al tanto. Además a esta hora ya debe haber salido la noticia en todos los diarios y en la televisión. Pero cuando uno está encerrado pierde todo: no sólo los amigos sino también el trabajo: todo. Y Eva, ¿qué pasa con ella? Es cierto que no estaba de acuerdo, pero tampoco me dijo que no lo hiciera. Casi sentí como que en su interior ella también lo deseaba, pero que no quería responsabilizarse dándome su consentimiento. Cómo me duele el cuerpo; estos desgraciados no son gente. Les encanta torturar. Pero jamás me sacarán una palabra. Lo juro. Voy a salir de aquí como sea.

Queremos ver a Fulgencio Carranza. Sabemos que está aquí desde ayer. Fue capturado por el Comando Especial. Ella es su esposa y ellos sus hijos. Sí, señor, queremos verlo; estamos angustiados. No hay nadie con ese nombre registrado; ayer vinieron muchos, pero nadie con ese nombre. Vamos, Eva, hablaremos con el abogado; él tiene qué decirnos lo que debemos hacer.

Traigan a ese Fulgencio Carranza otra vez. Ahora tiene que decirnos todo. Si ayer aguantó ahora va a reventar. Sentate ahí vos y me vas a contar todo: ¿qué tenían tramado hacer? ¿Verdad que ustedes son los mismos que atacan por los cuatro costados la ciudad? ¡Contéstame, cabrón! Con este alambrito vas a brincar un poco: así, así, claro; te creés hombrecito, ¿no? ¡Saltá, cabrón, saltá! Vamos a ver si podés con la capucha; respirá ahora, así, ¿bastante, ves el agua? ¿Te gusta? Pues tragá todo lo que podás. Otra vez; atorate, cabrón, atorate. Llévenselo; por hoy basta. Para mañana lo tendremos ablandado. Si no se ha muerto, claro.

No puede ser que mi mujer esté tan sentida conmigo. Ay, cómo me duele todo. Qué sed tengo. ¿Cómo estarán los niños? Espero que bien. Guayo debe estar con ellos, estoy seguro. Pero, ¿por qué no habrá venido? ¿Por qué no habrán hecho algo para averiguar dónde estoy? O quizás me están negando. Pero alguna manera tiene que haber de averiguarlo. Sé que lo van a hacer. No pueden dejarme solo, no pueden...

Estoy desesperada, Guayo, no es posible. Un mes ya y no hemos averiguado dónde está. Me parece increíble que ningún abogado haga nada. ¿Es que no saben su oficio? ¿No lo matarían? Guayo, ayúdame, por favor... Cálmate, Eva, cálmate. Tienen que averiguarlo; va a aparecer, ya lo verás. Lo hubiera detenido, Guayo, no lo hubiera dejado ir; fallé, le fallé a él y a los niños; ya no soporto esta pena que me consume. Si no fuera por ti me hubiera vuelto loca, gracias por tu amistad. Te quiero mucho. Yo también te quiero, Eva, te adoro. Siempre te he querido. Puedes estar segura que estaré contigo toda la vida. Y los niños me tendrán a su lado; son casi como mis hijos, son mis hijos, Eva...

¿Y esa luz? ¿Por qué no apagan la luz? ¡Dejen que las sombras me cubran! Ya no soporto la claridad. ¿Dónde estás, Eva? Tráeme a mis hijos, ven con ellos. Vamos al campo a perdernos otra vez en los laberintos del bosque; escuchemos el trino de los pájaros, siente el olor de las flores. Pero apaguen la luz, ya no soporto la claridad. Ah, qué dolor, no palpites, corazón, porque me dueles. Descansa, Eva, tráeme a los niños, vivamos juntos de nuevo; tapémonos con nuestro cariño, descansemos en la oscuridad, que apaguen la luz, ya no puedo, Eva, me deslumbra la claridad... Por favor, ven, te necesito... ¿Dónde estás, Guayo? ¡Sé mi amigo, acompáñame, apaga la luz, tú puedes, no permitas que me duela, acompáñame Eva, no la dejes, Guayo, ayúdame! ¡Mis piernas, no siento mis piernas! ¡Ah, corazón, detente, para, no palpites! Los niños, los niños, mis hijos, ¿dónde están? Pórtense bien, sean buenos, salgan adelante, ayuden a su madre, Eva, ¿qué te has hecho? ¿Por qué no vienes? Eva, Eva, Eva...

Tanto tiempo, Guayo, no sé qué hacer o qué pensar. De no haber sido por ti me hubiera vuelto loca; los niños no se han sentido tan mal por tantas atenciones tuyas, por tus mimos. Quisiera saber en dónde está Fulgencio; ¿qué será de él? Me parece incorrecto lo que hacen; si hizo algo malo deberían castigarlo, consignarlo a los tribunales, pero no desaparecerlo, destruir de esta manera un hogar, una familia. Pero, Guayo, hemos hecho lo posible, tú lo sabes. No nos queda más que esperar, que confiar en que no le haya ido tan mal. Ya no pienses en eso Eva, ha pasado tanto tiempo... Pero hicimos todo lo que se pudo; lamentablemente fue infructuoso. Los niños te necesitan; ellos no tienen la culpa de nada; y yo estaré contigo siempre, no te preocupes. Jamás podría dejarte.

¿Se deshicieron de él? Bien; todos son iguales. Se quedan callados como si con eso fueran a lograr algo, como si sus amigos apreciaran lo que hacen; de todos modos no saldrían de aquí, pero sufrirían menos. Siempre están confiados en su familia, en sus mujeres: como si no supieran que la vida sigue, que no van a estar pendientes de ellos eternamente; pobres pendejos...