Letras
En fomento de los rumores

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Esa noche no difería de otras. En el cielo despejado se veía la constelación de Orión, y del sureste un viento transportaba el frío que en las calles se colaba por los resquicios de las casas que parecían deshabitadas, salvo por el sonido de las respiraciones que fallecían en la intimidad. En la extensa calle, tras el monótono zumbido del mediocre alumbrado, los pasos resonaron como fugaz estela que ondeaba tras quien avanzaba en dirección contraria al viento. Su figura se iba agrandando, deformada por la ropa vieja y holgada que contrastaba con el cabello desordenado y manchado por canas que, realzando los surcos de su rostro, personificaban la adversidad.

Aguzando el oído a posibles ruidos que delatasen persecución, se detuvo frente a una casa de dos pisos, distinta de otras en varias cuadras a la redonda por estar deteriorada, aunque su construcción no sobrepasaba los quince años. Habían transcurrido más de nueve desde el día en que el último agente de policía, o un pariente lejano, salió de allí; y a pesar de que nadie más había salido o ingresado en el transcurso de ese tiempo, él nunca habría afirmado que se encontraba vacía. Pensando en ello impidió que el pasado se desbordara por sus ojos, y dio un par de pasos hasta la puerta de metal carcomida por el oxido; la empujó con el peso de su cuerpo y se reafirmó lo difícil que sería de abrir. Retirándose un poco se acercó a las rejillas de las ventanas sin vidrios del primer piso, y observó el espacio en que antaño estuviesen ubicadas la sala y una habitación. Se retiró lo suficiente y miró las ventanas del segundo, libres de rejas, con grandes pedazos de opaco vidrio que delataban la imposibilidad de introducirse sin sufrir algún corte; única dificultad que le extrañó, por no haber sido superada por los vagabundos que se dijo nunca disminuirían. Calculó su ingreso, se quitó la chaqueta y poniéndola sobre su hombro trepó por la pared; al encontrarse al pie de la ventana envolvió con parte de la chaqueta el puño libre, y golpeó el vidrio fracturado que cayó sin mucho estruendo en el interior. Mirando a sus costados ingresó sin dificultad y descargó su peso sobre el suelo, al tiempo que invadió la habitación un crujido de vidrio y madera podrida que espantó a las ratas. Escapó de la luz del alumbrado público y esperó unos segundos prestando atención a los sonidos, aspirando el profundo olor a humedad, acostumbrando su visión a la oscuridad que aferraba la mayoría de la estancia. Al recorrer sus ojos los lugares en que habían estado los muebles que imaginó habrían incinerado sus familiares en algún lugar descampado, avanzó hasta la puerta y recorrió el pasillo con su mano derecha sobre la endeble barandilla que protegía del vacío hacia el patio descampado. Llegado al inicio de las escaleras, descendió apoyando sus manos en las paredes para evitar resbalarse con el desecho que abundaba de un escalón a otro, internándose en una oscuridad más profunda. Ya en el último, dio medio paso a su derecha y se detuvo en el umbral del patio rememorando la amplitud que no veía. Caminó con lentitud aplastando con sus viejos zapatos los moños de hierba y plantas que habían quebrado el pavimento; sintió la textura amorfa del muro de piedra bajo los dedos de la mano izquierda y chocó contra una pared. Subió sobre una base de concreto que recordó había sido el primer peldaño de una primera escalera que daba ingreso al segundo piso, y levantó sus manos tanteando el muro. Encontró el hueco e introdujo su mano derecha. Con dificultad, con las puntas de los dedos, retiró un pedazo de ladrillo, que lanzó lejos de sí, y una caja de metal. Bajó del escalón y se sentó en él, recordando que allí ponían materas con plantas que marchitaban rápidamente, apoyando su espalda contra la pared y cerrando los ojos sin tratar de impedir que las imágenes, que durante años lo venían atormentando, se hiciesen presentes matizadas de realidad. Sugestionado por cada uno de sus pensamientos, creyó identificar el viejo olor a sangre que salpicó su piel la noche en que lo invadió la ira. El padecimiento espiritual se acrecentó rápidamente rebasando sus párpados, al recordar nuevamente, a varios metros de sí, los pequeños cuerpos desnudos, su piel inerte bajo la lluvia ensañada. Abriendo sus ojos y la caja de metal sobre sus piernas, miró el cielo despejado que no fue testigo de la mirada trastornada de la mujer que amó sin restricciones, ni de las descargas que hizo desfigurándole el bello rostro al no soportar su propio sufrimiento. Tomó la bolsa sellada del interior de la caja y liberó el revólver; sacó de su bolsillo una bala, memoria de esa noche, y la introdujo en una de las recámaras del tambor, listo para accionar el gatillo. Rodeado de fantasmas, tras haber tolerado miles de segundos mientras huía de los fantasmas y agotaba su propia cobardía, levantó el revólver en su mano derecha fiel a su fracaso y accionó el gatillo. Aun luego de caer inmovilizado sobre el frío pavimento, arrojado por el fallido tiro, el estallido quedó resonando en sus oídos durante el tiempo que consciente demoró en desangrarse, mientras gradualmente se superponía el rumor de las ratas que una a una, un poco tímidas, se acercaron curiosas, tal vez hambrientas, al tiempo que él se veía obligado a contemplar el cielo despejado.