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La doma del potro

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La voz se corrió por toda la Aguada con la rapidez de un refusilo y, en menos que canta un gallo, la concurrencia se amontonó, enfervorizada, junto a las vallas del corral. Todos apretujados como piojos de gallina, sólo para ver a Gringo Tadge jugarse el pellejo. La doma iba a comenzar. Azabache, el pingo endemoniado, ya tenía historia. Una historia difícil de revertir; estaba manchada de sangre. Los criollos de la zona decían que el animal guardaba al diablo en las tripas. Le temían sin tapujos. Azabache llevaba tiempo rezongando en la cuadra, sin hallar un paisano corajudo que se atreviera a desafiar su terquedad, desde que cobrara dos víctimas fatales y otros tantos averiados.

El palenque solitario resistía los sacudones del frenético Azabache. La silueta negra, como un reto a la noche, se retorcía sinuosa hostigando el ronzal. El animal movía sus patas y sus manos en perfecta sincronización, sin darle tregua al minuto. Pisoteaba el suelo con osado empeño y, cada tanto, arrojaba su cogote de quebracho para atrás desafiando al universo. Volvía a pisotear el suelo con animosidad, como si quisiera triturar las entrañas de la tierra.

El animal presentía su próxima actuación. Estaba ansioso. Llevaba largo tiempo cautivo. Tal vez su sangre nómada, su espíritu vengador, pedían otra víctima. Gringo Tadge se le fue acercando cauteloso, midiéndolo, oliéndolo. Si Azabache tenía olfato de pingo, Tadge tenía olfato de diablo.

El hombre gambeteó el encuentro hasta acortar la distancia entre sus caras. Ajustó las bridas para inmovilizar su cabeza y le pasó la mano por la frente sudada. Sus ojos se hallaron. Unos azules, fríos, como un pedazo de vidrio nada más, frente a los negros exorbitados, la mirada indecisa entre el miedo y el odio. Gringo sintió en su cara colorada el resoplido cálido del potro que le escupió su aliento. De sus narices dilatadas se escapaba la respiración como humo de una chimenea. La mano calculadora de Gringo siguió recorriendo el pelo húmedo y caliente. En ese mismo instante lo estremeció el temblor súbito que sacudió el cuerpo del equino. Ríos de sudor surcaban el negro universo de Azabache. Pero el blanco del ojo era cada vez más blanco. Porque crecía. Crecía el pánico. Crecía la furia. Las venas empezaron a engrosarse, la sangre a atropellarse. Gringo sintió los latidos a través de la palma de su mano. En la planta de sus pies, los latidos de la tierra.

Sin aflojar las riendas, Gringo se elevó del suelo y encajó perfecto en el lomo erizado. El potro quebró los cuartos traseros, reculando. El retador se le adhirió como garrapata y, con toda su mole insurrecta, invadió el universo negro y esquivo de la bestia. A partir de ese momento, Azabache adivinó el peligro: lo que llevaba encima era una verdadera amenaza.

 

El relincho del potro encabritado violó el silencio de la tarde. Gringo Tadge atenazaba el vientre del animal con sus piernas de granito. Rebenque en mano, el brazo en alto, dibujaba arabescos en el aire ante cada corcoveo. El cuerpo se le chicoteaba cual vara de mimbre azotada por el zonda. Pero Gringo no se soltaba. La otra mano, agarrada a las bridas con dedos de acero, no daba tregua al animal. El bicho juntaba los cuartos delanteros con los cuartos traseros en el aire, arqueándose como una herradura, y luego caía en picada. Golpe seco, hocico contra el suelo chorreando babas, bufidos estentóreos, resuellos. Corcoveó, transpiró, se retorció, relinchó y rodó por la tierra. Hubo polvareda, latigazos, sudor, crines, orina y sangre en el redil. Pero Gringo Tadge no se soltaba. Tenía las piernas como garfios incrustadas en el vientre del animal, que empezaba a desfallecer.

La bestia fue agotando tercamente sus energías hasta resignar su orgullo y quedar casi vencida. Su pelaje negro brillaba como un espejo, chorreaba transpiración. El vientre combado crecía y decrecía con denodado esfuerzo. Azabache estaba a punto de estallar. En el cogote, ancho como la quebrada de toda la Aguada, se le dibujaban los galopes del corazón abatido. Los paisanos, arremolinados en las vallas, permanecían atónitos, como a la espera de un desenlace fatídico.

Artemio, el viejo payador, se abrió paso entre la peonada y ayudó a Gringo Tadge a desenmarañar las piernas del vientre humillado del animal. Pero Gringo permanecía petrificado arriba del corcel. Parecía una estaca clavada en medio de su lomo. A Azabache se le quería escapar el corazón. La vena del cuello se agrandó y luego la vena de la sien. Lentamente se fueron acercando otros para ayudar a Artemio a desenredar las extremidades obstinadas del jinete y arriarlo del animal. Cuando Gringo pisó suelo firme, su mole tembló.

En el preciso instante en que la concurrencia gritaba vivas al vencedor, Azabache cayó al suelo para no levantarse nunca más. El último jadeo, el resoplido final, hallaron un lugar donde perpetuarse: las entrañas de Gringo Tadge.