Letras
Se llamaba Benjamín Valero

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

“Cómo resolver acertadamente
las contradicciones
en el seno del pueblo”.

(Título de un artículo
de Mao Tse Tung).

Se llamaba Benjamín Valero, natural de la región de Sumapaz, y el Secretariado Nacional del partido lo había enviado como funcionario de organización de la colonia campesina de Centro América, ubicada en la selva del San Jorge. Era un hombre menudo, bajo y delgado, con apariencia de no matar una mosca; hablaba pasito, casi que bisbiseaba, y su risa era como silbido de culebra.

Valero tuvo la osadía o la ingenuidad de presentarse en el despacho del jefe maoísta Julio Márquez, en plena montaña, en las estribaciones de un cerro matoso que se decía tenía abundantes yacimientos de níquel y cobalto. Y que había sido el escenario del enfrentamiento entre los colonos que se apropiaron de sus tierras y un latifundista que decía poseer los títulos para demandar el desalojo de sus habitantes.

—¿Qué hace usted por aquí, Valero? —masculló el gordo Julio Márquez, al verlo entrar esa mañana de octubre de 1965. Habían estudiado juntos en la Escuela Internacional de Cuadros de Moscú y habían sido camaradas en el comité central del partido.

—He venido por mis pertenencias que tengo en la colonia y quiero pedirle el favor de que me autorice a retirarlas.

El líder maoísta no supo si reír o estallar en cólera. Le pareció tan ingenua la petición de Benjamín, pero al mismo tiempo tan atrevida, que optó por darle rienda suelta a sus dotes de político avezado en el arte de esquivar el acoso de las situaciones embarazosas:

—Hombre, Valero, yo te doy la orden pero tenés que andar con cuidado allá en el poblado, oís, porque tu mujer ya tiene otro dueño y además hay más de uno con ganas de cobrarles la muerte del camarada Pirazán; pero yo los aguanto, no te preocupés.

Valero llegó a su viejo rancho de Centro América y encontró a la que había sido su compañera durante el período que estuvo de funcionario del partido en la colonia antes de la división.

—¿A qué vino usted por acá, Valero, usted está loco? —le dijo su ex mujer. Se trataba de una campesina adolescente de ojos color miel y cabellos lisos y negros, que exhibía orgullosa su cuerpo de calabaza mientras pilaba.

—Vengo por mis cosas —le contestó el otrora funcionario del comité central del partido en la colonia revolucionaria.

La muchacha dejó a un lado el pilón y se dirigió hacia su rancho de caña y paja ubicado al comienzo de la trocha que conduce hacia el arroyo. Durante el trayecto rememoró los episodios de su entrega a Benjamín, definida por la célula del caserío en contra de su voluntad, con el argumento de que al camarada funcionario, según decía el camarada secretario, había que brindarle la costilla de una mujer costeña para que no sintiera el acoso del guayabo producido por la distancia de su tierra andina. Y luego el traspaso de su querencia, por decreto de estado mayor, a los brazos y deseos carnales de otro funcionario más alborotado que no se andaba con rodeos para resolver a balazos las ofensas verbales y las cuentas aplazadas del rencor. Pero pensó, para consolarse, que esas eran determinaciones de la fatalidad que se arreglaban en la cama con el correr del tiempo.

En su cuarto de paredes de bahareque cubiertas de papel periódico y piso de tierra apisonada, abrió un baúl derruido que a Benjamín le dijeron había pertenecido al legendario agitador sindical Jerónimo Triviño y que éste había comprado en Curazao, en una tienda de antigüedades, al concluir su exitosa gira por el Caribe como boxeador profesional.

Luego regresó donde Benjamín y le dijo:

—Tenga usted —y le entregó una mochila y unas carpetas llenas de papeles amarillos—. Debo informarle que su revólver hechizo y su escopeta de cacería se los entregué al EPL, que es partidario de la guerra. Ya que usted no lo es, le entrego sus binóculos para que se la vea desde lejitos. Y, por favor, ¡váyase antes de que regrese mi marido y lo mate!

Benjamín Valero agarró la mochila con su ropa y los cartapacios con su correspondencia personal y se marchó por el mismo camino selvático y culebrero por donde había llegado, no sin antes mirar a su ex compañera por última vez y recordar con una sonrisa de picardía sus polvos desnudos a la orilla del arroyo y sus maullidos de éxtasis, tan intensos y resonantes que excitaban a los gatos salvajes de los alrededores.

Recordaría también, mientras avanzaba por la trocha, las interminables discusiones en el comité de zona sobre las vías de la revolución y la división del partido entre partidarios de la guerra revolucionaria y de la combinación de las formas de lucha; y aunque veía como inevitable el desenlace armado del conflicto social, creía que el comité central tenía razón cuando sostenía que en el San Jorge no se daban todavía las condiciones para la lucha guerrillera.

A pocos metros del muelle de madera que los colonos habían construido a orilla de la quebrada de San Pedro, Benjamín divisó a varios de sus antiguos camaradas del comité de autodefensa que él y los colonos organizaron para defenderse de las incursiones policiales que ordenaba el latifundista para hacerlos salir de las parcelas. Benjamín pensó que nada pasaría con ellos, por la amistad y porque la orden del jefe Julio Márquez era que lo dejaran abandonar la región sin agredirlo. Y avanzó hacia sus viejos compañeros confiado, pensando tal vez que, por muchas diferencias de criterio que tuvieran sobre la táctica y la estrategia, estaban del mismo lado de la revolución y en contra de los terratenientes.

Pero no fue así. Los integrantes de la patrulla lo esperaron con cara de pocos amigos y le reclamaron airados por la muerte del camarada Pirazán y él les sostuvo hasta el final y en vano, que no sabía nada de eso y que el comité de zona tampoco, que averiguaran quién había sido el autor intelectual de esa muerte, posiblemente los terratenientes, porque el partido, con seguridad, nada tenía que ver en ese crimen.

—¿De cuál partido hablás, cabrón? —le gritó entonces el altanero comandante de la patrulla—. ¡Aquí el partido revolucionario somos nosotros y por eso lo mataron, revisionistas de mierda!

—Por favor, camaradas, ustedes me conocen, yo soy incapaz de matar a un revolucionario —dijo Valero mientras veía cómo el comandante de la patrulla sacaba su revólver de dotación.

Unos días después de ese incidente, varios cazadores de Puerto Bijao encontraron el cadáver de Valero descompuesto en un rastrojo, cerca a la quebrada.