El 1 de julio de 1961 fallece Louis Ferdinand Céline. Cincuenta años después su nombre aparece en la lista de homenajeados en un calendario de conmemoraciones nacionales de Francia. Serge Klarsfeld (presidente de la asociación de hijos de judíos deportados de Francia) y Frédéric Mitterrand (ministro de Cultura francés, sobrino de Sarkozy para más señas) deciden retirar su nombre, lo cual desata una vieja polémica en Francia entre partidarios y detractores del genial escritor francés. Su nombre aumenta en las listas de buscadores y en los suplementos culturales vuelve a hacerse oír. Para más detalles: http://witzky.org/maguila/2011/02/cuatro.
Creo que todavía deben andar convulsionándose las piedras, los tres palos, la tumba entera. ¿Qué digo? ¡Meudon entero debe andar virulento! Todavía debe andar por ahí entre humo de fábrica Renault y la Défense, su espíritu entre los recuerdos del Nº 25 Route des Gardes, entre las dos columnitas dóricas de la entrada. Los habitantes de Meudon lo conocían únicamente por el médico Destouches sin saber por qué los periodistas se descolgaban de los árboles intentando obtener una instantánea del monstruo de Francia. El día que esa casa y ese espíritu desaparezcan, la mediocridad, la conformidad habrán vencido sobre la genialidad y la irreverencia.
No sólo se conforman con añadir su nombre a las ya de por sí extensas listas de escritores sacrificados por el “deporte nacional francés”; no son palabras mías, cito al maestro: “Villon (ahorcado), Rabelais (se salvó de la hoguera por poco), Du Bellay, Voltaire, Léon Bloy (exiliados), Chénier (guillotinado), Zola y Valles (exiliados también), ni los ahora monstruos sagrados se salvaron: Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Flaubert (condenados)”...
Todo es poco por “el buen gusto francés”, “por la higiene de los pueblos”, “por la memoria histórica”, una extensa lista envidia del mejor cartel taurino en plena temporada.
“Prefiero la muerte a los melindres”, pobre, bien sabías que no te iban a dejar tranquilo una vez muerto, iban a hacer todo lo posible por hacértelas pasar canutas a ti y a tu recuerdo, pero 50 años es demasiado hasta para ti...
Para muchos el más notable fenómeno de la literatura francesa después de Proust. Dice Lucette Destouches: “A Louis sólo le gustaba el último capitulo de En busca del tiempo perdido, un volumen totalmente consagrado a la caricatura de las personas que el tiempo realiza”. Al cabo de cincuenta años, el protagonista vuelve a encontrarse en una velada en casa de la princesa de Guermantes con todos los que poblaron su juventud y vacila al reconocerlos, piensa que están maquillados, luego los toma por los padres o las madres de aquellos que recuerda. ¿Qué vería Céline de su amado Montmartre ahora? ¿Lo reconocería cincuenta años después? ¿Ha cambiado tanto Francia desde entonces? ¿O son los mismos perros con distinto collar?
Parecía bastante hiperbólico, fiel a su estilo, un delirio de su antisemitismo: “Louis XVI judío, Maurras judío...”, ahora esta noticia da mucho que pensar.
Sólo un libro le bastó y sobró para llevar a la fama a Bardamu, a su visión anarquista, antimilitarista, antinacionalista, su mensaje de estupidez humana en el absurdo de una sociedad que le tritura y de la cual no comprende nada. No podemos olvidar las dos claves de su obra: el lenguaje y el antisemitismo.
No le basta con destruir la frase articulada y desplazarla por una serie de cortos enunciados separados por tres puntos o por un signo de admiración, transformándola en una frase-ametralladora. Lenguaje afectado por la búsqueda de imágenes, asociaciones de ideas, paralelismos... logrando un ritmo peculiar que no tiene nada de entrecortado en contra de lo que pueda parecer. Hay quien habla de similitud con un montaje cinematográfico. La sintaxis nos puede recordar a Joyce en ciertos aspectos y una enorme fluidez de vocabulario, llegando a utilizar palabras groseras dándoles un valor literario, llegando a protestar los regentes de la imprenta donde se componía Muerte a crédito, teniendo Céline que dejar espacios en blanco en el texto, lo mismo que Molly Bloom en su monólogo (aunque en este caso la censura venga dada mas bien por la personalidad íntima de la heroína que por los tipógrafos).
Sobre todo con el Viaje al fin de la noche es donde Céline logra una confesión épico-lírica delirante que envuelve una concepción optimista del hombre. El mundo —y la sociedad— es un lugar donde los seres vivos sufren, se envilecen y mueren, entre estos seres los que más queridos nos resultan a todos somos nosotros mismos.
Lo dramático viene cuando uno se siente condenado a muerte desde el momento de nacer, en todos los sentidos “el Viaje” es la historia de las evasiones de Bardamu (“¿Verdad que, cuando se está en este mundo, lo mejor que se puede hacer es salir de él? Loco o no, con miedo o sin él”).
Pero la evasión celiniana nunca es destructiva: locura sí, delirio sí, pero no la droga, no el suicidio. Céline cree en la vida antes que en nada (“la verdadera amante de los hombres”). Algunas veces a los críticos y comentaristas se les escapa el hecho de que Céline era médico, cree en la vida antes que en nada, por lo tanto un combatiente contra la enfermedad y la muerte. Se debe insistir sobre el tema de su tesis doctoral: el médico húngaro Semmelweis (1818-1865) había descubierto que la fiebre puerperal era una enfermedad infecciosa y transmisible, obligando a sus estudiantes y las personas que trabajaban a su servicio en el hospital a lavarse las manos con una solución de cloruro de calcio (desinfectante). Semmelweis ha descubierto simbólicamente al enemigo del hombre y había luchado hasta la locura (murió suicidándose en una sala de disección) para abrir los ojos cerrados de sus contemporáneos.
Respecto al espinoso tema del antisemitismo de Céline, alfa y omega de todas sus desgracias, baste decir que la mujer con la que compartió tantas penurias, Lucette Destouches, ha luchado para evitar la publicación de los panfletos que tanto odio despertaron entre sus contemporáneos, bajo el argumento de que “actualmente sería malsano volver a publicar la obra de Céline contra los judíos” y el autor los excluyó en la reedición de sus obras que llevó a cabo Gallimard en 1952. Destouches añadió “no es aún la hora de reeditar estos textos, que tanto daño hicieron a su autor, tal vez más tarde cuando llegue un tiempo en que no haya antisemitismo”. Los entusiastas de Céline respetaremos su decisión y nos conformaremos con hojear alguna de las traducciones piratas que circulan, ejemplo de que el tema sigue interesando a pesar de lo espinoso y de los que lo quieren hacer caer en el olvido.
Hay que entender el antisemitismo de Céline como algo que sólo puede ofender a espíritus mediocres (comunistas, nacionalsocialistas, gente de toda clase y condición que ha tenido la oportunidad de leer su obra, especialmente el “Viaje”, ha quedado sorprendida: unos por su calidad, otros por el revuelo que había levantado su autor, otros por su vigencia fuera de toda corriente ideológica y a la vez aplicable a todas). No porque creamos que el racismo es digno de propagarse (no hay doctrina más falsa, más absurda ni más inhumana) sino porque Céline nunca fue un verdadero racista (cosa que no se puede decir de Léon Daudet, Maurras o el mismo Hitler). Toda obra de arte implica una fuerza externa a ella, dentro de su autor, que la hace brotar: en los románticos fue la melancolía o el sentimiento de la naturaleza, en Rimbaud el desorden de todos los sentidos, en Sade la crueldad sexual, en Blake el misticismo, en Malcolm Lowry el alcoholismo, en Burroughs la toxicomanía. La droga de Céline fue el antisemitismo, como la de Lutero fue “la Babilonia prostituida”. Pero cuando se relee, ni siquiera en sus textos más envenenadores se encuentra ningún odio. Nos parece más bien un monólogo interior sin judíos. El drama radica en que las invectivas de su pesadilla se realizaron y millones de personas fueron exterminadas por un grupo de individuos a los que no se les puede aplicar ningún calificativo. El antisemitismo fue hasta 1939 una fuerza ideológica, como el anticlericalismo, el antimilitarismo, el anticapitalismo, transformándose en un móvil prohibido por nosotros mismos y por nuestros actos. Era tierra de cultivo en una época en la que nada hacía presagiar la barbarie que se aproximaba, hasta Umberto Eco en su última novela se hace cargo, forma parte de la personalidad del protagonista, lo ha escuchado desde siempre, y nada raro en una época de conjuras, folletines por entregas y panfletos a cual más incendiario e inverosímil. El problema de Céline es su actitud, no sabía pedir perdón como reconocen todos los que le conocieron, carga con todos sus errores sin claudicar un centímetro, no va con su estilo la disculpa, y menos en sus últimos años, encarcelado, asediado por los periodistas, la nueva Francia, las deudas, los editores... el se lo carga todo y eso es lo que le hace grande frente a otros como Jünger, Sartre, Camus... por mucho que sus partidarios quieran hacer volar sus figuras por el firmamento de las letras universales, caen en picado... no se sustentan... se desinflan a la primera de cambio... frente al monstruo, al racista, al antijudío, al fascista, al misógino, por mucho que apeste su sombra, parece que se va a hacer sentir otros cincuenta, otros cien años, por mucho que a algunos les duela y quieran hacer caer en el olvido.
¿Acaso no veríamos inconcebible que el monumento literario que es En busca del tiempo perdido se viera asediado por las opiniones o costumbres de su autor? ¿Cuál es la diferencia entre el antisemitismo con el que se golpea a uno y la homosexualidad, el sadismo, incluso algunos llegaran a decir la pedofilia en otros? ¿Es una cuestión de moda? ¿De saber reconocer dónde están las victimas y dónde los verdugos?
No podemos dejar de reconocer la genialidad de Céline, con sus pros y sus contras, con sus frases lapidarias y sus páginas aburridas, alucinadas, sus quejas y más quejas, su afán de ser el malo de la película, de verse acosado, ¿pero es que el tiempo le va a dar la razón? No sabemos si Céline volviese la vista atrás cambiaría algo de lo dicho o escrito; yo por mi parte no lo creo, pero dejamos a modo de despedida las palabras que le dedica a otro grande (olvidada en gran parte su obra en España, cómo no, a pesar del empeño de Edhasa en los últimos años), en este caso de las letras americanas, que tuvo la suerte de leer el Viaje... antes de su publicación:
Al colega:
Me alegra poder leer su Trópico. Lo que ya he hojeado me intriga y tengo muchas ganas de conocerlo todo. Me voy a permitir una pequeña indicación en un género que conozco bastante bien. CUIDE MUCHO SU DISCRECIÓN. ¡MÁS Y MÁS DISCRECIÓN! Sepa equivocarse. El mundo está lleno de gente que tiene razón, por eso DESCORAZONA.
Suyo afectísimo,
L. F. Céline.
¡Sepa equivocarse! Casado a los veinticinco con la hija del director de una escuela de medicina, ante él una brillante carrera, consulta en barrios elegantes... sin embargo quema las naves y huye a Ginebra, a Liverpool, es visto en Camerún, en Estados Unidos, en Canadá, en Cuba. La huida, siempre la huida, la obsesión de arrancar las raíces en cuanto empiezan a prender. Partidos de izquierda, soviéticos ven en él al gran escritor revolucionario, al nuevo Zola, ¡sepa equivocarse! Se desembaraza de ellos de una violenta patada, le cierran el consultorio tras su vuelta de Moscú. No importa, se pone a arrojar lava contra todos y contra todo, derecha o izquierda. ¿Qué más da? Con Bagatellas termina de perder todas las simpatías, los últimos amigos se apartan...
¡Sepa equivocarse! Para no morir abandonado, en la miseria, al margen de la sociedad y las conmemoraciones, despreciado como había previsto: “Moriré en la vergüenza, la ignominia y la pobreza”. Pero con la envergadura de un Rabelais, pacifista, amigo de la música, la danza, apasionado de los animales, rebelde en su delirio verbal devastador que trocaba la risa en sarcasmo, en cólera, en juramentos maldicientes que esperemos no se vuelvan a poder silenciar dentro de otros cincuenta años.