Artículos y reportajes
Hernán Vargascarreño
Hernán Vargascarreño.
A propósito del poemario Piedra a piedra, de Hernán Vargascarreño

Comparte este contenido con tus amigos

Escribir es, sobre todo, el acto de leer. Y eso lo sabe muy bien Hernán Vargascarreño, de quien uno puede decir, sin temor alguno, que es poeta.

Hernán nació en Zapatoca (Santander), pero vivió muchos años trabajando como docente en la ciudad de Santa Marta, en donde inició un trabajo cultural extraordinario con el grupo “Poetas al Exilio” y el programa Poesía Mar Abierto. La primera vez que lo leí fue, precisamente, gracias a un recital al que me había invitado, en un momento en que (esta es una confesión) sentía que mi trabajo poético se había estancado y no sabía qué rumbo tomar. Allí me regaló una buena cantidad de libros, entre éstos Plural. Agradecido por su gesto, lo leí con entusiasmo, pero los textos me decepcionaron.

Años más tarde me encontré con su segundo libro publicado, País íntimo. Me conmovió y eso me alegró mucho, porque a los que tenemos amigos que, como uno, escriben, no hay nada mejor que saber que lo hacen bien. Por Hernán volví a saborear la poesía de Emily Dickinson, a quien leí y disfruté en mi juventud. Leí nuevamente a la escritora norteamericana en una pequeña antología de Mondadori, pero no pude recordar el goce original hasta cuando encontré la muy poética traducción de Hernán.

“Piedra a piedra”, de Hernán VargascarreñoAhora me encuentro con su nuevo libro, Piedra a piedra, el que es sencillamente hermoso. Allí se encuentran, implícita y explícitamente, la vastedad de su mundo poético, al cual han contribuido sus lecturas juiciosas: Rimbaud, Li Po, Pessoa, Cavafis, Borges, Homero, Emily Dickinson, Borges, Omar Khayyam, entre muchos otros que serían aquí innumerables. En una entrevista realizada al poeta por Antonio Acevedo Linares y publicada en La Pipa de Magritte se le pregunta por los poetas que han influido en su obra, a lo que responde: “Todos los poetas que he leído en mi vida han influido en mi propia obra poética; y no sólo los poetas, también los narradores, los pintores y directores de cine, los dramaturgos, todos ellos han ido moldeando con sus obras al poeta que se asiló en mi ser”.

Hernán lo sabe, escribir es sobre todo el acto de leer. Pero no basta. Escribir es sobre todo el acto de vivir. Y es la vida misma la que está en su poesía. Su infancia, los trenes, su amada Bahía de Santa Marta, en fin, todo. Como se refleja en su poema “Partidas”: “Vuelvo al inicio de mi viaje. / Regreso al final de todo hombre / sabiéndome soñado. / Me despojo de esta máscara que tanto talla / y me ajusto el rostro apacible de la nada”.

Hernán lo sabe. Pero no basta. Escribir es, sobre todo, el acto de atender. Como afirma Eliseo Diego en el prólogo de su poemario Por los extraños pueblos:

¿Y para qué sirve un libro de poemas?, preguntarían ahora, obedientes, mis hijos. Servirá para atender, les respondería. Maestros mayores les dirán, en palabras más nobles o más bellas, qué es la poesía; bástele entretanto si les enseño que, para mí, es el acto de atender en toda su pureza. Sirvan entonces los poemas para ayudarnos a atender como nos ayudan el silencio o el cariño.

Hernán lo reconoce en la misma entrevista cuando afirma: “Ser poeta es simplemente ser un hombre que puede ver más allá de donde todos ven. Por lo demás, somos iguales a la gran masa: muchos defectos, pocas cualidades, temerosos, infelices, míseros, caníbales, y afortunadamente, mortales”.

En ese aprender a atender han debido ser claves sus lecturas de los poemas de Kabir y Li Po. El primero, en un contexto místico, más válido para la poesía, dice: “La luna brilla en mi interior, pero mis ojos ciegos no pueden verla”. El segundo, del cual podríamos tomar muchos ejemplos, afirma en medio de su ebriedad:

Los hombres de hoy no ven la luna de antaño,
mas la luna de hoy ha alumbrado a los hombres antiguos.
Tanto los del pasado como los del presente,
vienen y se van como las aguas de un río,
y todos contemplan la misma luna.
¿Qué podría yo desear sino ver siempre,
mientras canto y bebo,
su reflejo en mi copa de oro?

Leer, vivir, contemplar. ¿Por dónde empezar? Sólo puedo concluir, humildemente, que si falta uno de los tres no habrá poesía. Hernán lo sabe. Y lo refleja. Razón por la cual estamos, sencillamente, frente a un poeta.

Aquí están todas las rutas.
Nadie lo sabe.
Van y vienen sobre los rizos del mar
ondulando los tremores del mundo y
haciendo de los vientos los ecos del deseo.
Para alguien están demarcadas.
Algún ojo avizor las hará suyas.
Almas encerradas
que precisen del destierro
han de encontrar aquí su bajel.
Sólo tienes que seguir la ruta
demarcada dentro del pecho.
La indeleble ruta
que no sabe a dónde ir.