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Instinto maternal

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—Comenzó a chillar como si le metieran cuchillos —recordó la mujer—. ¡Se miraba tan mal! Pero no era la primera vez... El pobrecito desde que nació estuvo enfermito con catarros, fiebres, alergias y dolores. En un año lo ingresé diez veces a emergencia... Y todas de noche, porque los bebés se enferman sólo de noche... Y yo me desesperaba porque no sabía qué le pasaba...

—Pero usted es enfermera —respondió el hombre al otro lado de la mesa.

—Por supuesto, dirán ustedes que yo sé mucho, pero no señor, sé generalidades y al verlo vomitando, convulsionando, pálido y frío, no supe qué hacer. ¡Qué podía ser! Tampoco podía administrarle medicamentos sin saber qué tenía. Salí a la calle con él en mis brazos viendo sus ojitos muertitos... Mi pobre niño... En el taxi yo iba apurando al chofer porque los conductores son así: cuando uno va con tiempo, van como alocados, acelerando, frenando, pero cuando tenemos prisa, Ah nooo, señora, espere que no soy su chofer.... Los muy desgraciados... Y el taxista para remate llevó a otras dos personas a un lugar que se salía de la ruta y le grité: ¡Inconsciente, no ve que mi hijo se muere! Él, muy tranquilo, me respondió: No es mi culpa señora y si quiere, cómprese su carro. Malditos... Malditos los hombres porque no saben el sufrimiento de una madre...

—¿Y qué pasó en el hospital? —indagó el hombre apuntando en la libreta.

—Pues tuve que esperar, como si iba de paseo o a pedirles algo. Mi niño había vomitado cinco veces y convulsionado no sé cuántas más. Las enfermeras lo miraban y pasaban de largo. Los doctores nunca salían de los cuartos a atenderlo, y entonces me desesperé y les grité: ¡Por Dios, mi hijo se muere! Una de ellas se acercó y viéndome como si yo estuviera loca, pidió me calmara la estúpida. Por fin pasamos y lo coloqué en la camilla. El pobrecito hasta tiritaba... Vino un médico, otro y otro, pero no me decían nada. Le extrajeron sangre y le administraron un calmante... Yo creo que eso lo puso peor porque sacó espuma por la boca. Se aparecieron otros tres médicos, uno a uno le tomaban el pulso, le abrían los ojos, le escuchaban el corazón y cuando la enfermera vino con los resultados de las pruebas, uno de los médicos lo leyó y dijo: No puede ser. Y pregunté: ¿Qué? Pero me trataban como un cero a la izquierda. De nuevo le extrajeron sangre y mi niño sufrió un paro cardíaco. Pobrecito, tan pequeñito y sufriendo. Era una bolita de carne floja... Si lo hubieran atendido en cuanto se los rogué no estaríamos en esto... Le colocaron el respirador y mi hijito con los ojos tristes, sin llorar, gemía poquito... Trajeron los resultados de otros exámenes y a mí no me dijeron nada... Miraban las evaluaciones, uno se lo pasaba a otro y el otro al otro y de nuevo volvía al primero... Con el siguiente infarto me ordenaron salir. ¡Pero cómo voy a salirme!, les grité. Trataron pero no pudieron porque una madre es madre y quiere estar allí, con su hijo. Me defendí, los arañé, me aferré a una camilla y desistieron pero me advirtieron de quedarme quietecita, sin chillar ni protestar hasta que el personal dio un paso atrás, se miraron y yo grité cuanto pude.

La mujer se limpiaba las lágrimas, las aplastaba con los dedos o dejaba que bajaran a sus labios y se metían en su boca. Se secaba los mocos con la manga de la camisa, se jalaba los dedos y le temblaba la boca.

—¿Y qué pasó con la niña? —reanudó el hombre.

—Fue igual. Un día, sin más, vomitó, y presentí que era la misma pesadilla... Había pasado un año. La cuidaba con más esmero porque temía que algo le ocurriera... Y le pasó. Al poco rato de traerla de clases arrojó la comida. No almorzó y la acosté. Lloró, le di leche, pero la rechazó y más tarde, convulsionó... ¡Ái Dios!... Si ustedes supieran por el sufrimiento que he pasado estos días, me dejarían tranquila porque no he podido ni dormir... Necesito calmarme... Ya no sé qué hacer... Y ustedes sólo me acusan... Como si una madre... Como si una madre fuera capaz... ¡Dios es testigo de lo que amé a mis dos hijos!... ¿Por qué no le preguntan a los médicos y las enfermeras? ¡Ellos fueron quienes me los mataron!

—Descanse —la calmó el hombre y la dejó sola en el cuarto.

Afuera lo esperaban dos policías.

—Le inyectó una sobredosis de insulina y le administró un somnífero —anunció el primer agente mostrando el informe forense.

—Igual que al niño —recordó el segundo.